El tiempo en que no te tuve (III)

Escribo y río fuerte además. Al otro lado de la mesa estás tú, mirándome entre sorprendida y dudosa. Tu rostro es diáfano de mañana, no tienes maquillaje y tu cabello aún escurre agua, el humo azulado del café te da aspecto de una fantasía ¿Eres real? Después de tantos y largos días, pues contados en dolores un día puede ser eterno, al fin estás. Materializada, de carne, de hueso, de la sangre que te levanta casi imperceptiblemente la vena del cuello cuando esquivas mi mirada.

Escribiré, tengo ya tu autorización para publicar esta historia de... no sé que sea... tampoco importa.

Decidí que sería el último día de ir a ese café. Todos saludaban con tanta familiaridad que me espantaba la idea de convertirme en un florero con rosas artificiales sobre una de las mesas. El mozo sabía ya que tomo el café sin azúcar, que detesto el descafeinado, que prefiero las galletas de avena por no ser tan dulces, que no me gusta ver cubiertos encima de la mesa, que los emparedados deben ser dos rectángulos perfectos, que prefiero la mostaza a la terrible salsa de tomate y que siempre bebo dos copas de vino tinto sin importar qué coma. Curioso, pero sabía más que yo de mis gustos.

Con tristeza y masticando el bocado de atún decidí no volver, ni al día siguiente, ni al siguiente, no volver. Pero yo soy nada ante el destino y ante ti... que de pronto apareciste metida en el vestido blanco de flores rojas; supongo que me miraste, aún con las gafas negras sé que me miraste; pensé que irías directo a la mesa, pero tomaste asiento en la terraza. La cabeza se me fue en mil vacilaciones, haciendo historias, todas tristes por supuesto: no me reconoce, no le gusto, no quiere nada conmigo. Al menos tenía que explicarte que los pésimos días de esperarte era lo que me tenía con esas ojeras y esa cara de extraviado en el espacio; explicarte algo, intentar lo que fuera; y sin embargo estaba yo ahí, paralizado por el miedo de... ¿Sabías que el miedo provocado por la incertidumbre es el peor de todos?

Primero escribí en una servilleta “Luces bellísima, te esperé hasta que el calendario apuntó la fecha de hoy, que supongo es nuestro día. Hueles hasta por encima de este café árabe, así es tu feminidad: no admite posibles errores; sigo sin olvidarte, te pienso constante con tu sexo cubriendo mi mano. Esta tarde en mi estudio...”, levanté la vista de la servilleta dejando viajar mis pupilas hasta ti ¿Quién demonios soy yo para hablarte así? Veintidós preguntas en un minuto fueron las que me hice. Olvidé que no hay peor cosa que las dudas cuando se trata de los laberintos de la pasión, primer error. Me miraste, o eso supuse, y yo intenté beber de la taza de café, segundo error. Derramé parte del líquido en el platito, sobre el mantel y aún me sobró para mi pantalón de lino blanco; no salté por el pudor de tu mirada y de los demás. Tendré que confesar que la temperatura era apta para desplumar pollos. Mientras el mozo se movía con rapidez hacia mí, intentabas no sonreír y volviste la cabeza hacia otro lado. Tan nervioso estaba que no sentí las manos del mesero limpiar mis pantalón en las piernas y partes menos decorosas. Reemplazó después la taza por una llena de la aromática infusión, y yo me quedé desnudo de toda seguridad ¿Qué seguía?, ¿de qué forma me presentaría ante ti con una mancha impresionante de café?, ¿qué tendría que hacer?, ¿dejarte escapar?

Quedé estático mirándote de vez en vez sin que volvieras la cabeza hacia mí. Te veía revisar tu agenda, beber café, arreglar tu vestido sobre tus piernas y escribir; llamaste al mesero y mi corazón se detuvo pensando que pedirías la cuenta, él extendió la mano en dirección tuya y no vi más. Busqué un billete para dejarlo y lanzarme tras de ti, pero el camarero me entregó un papel y así conocí tu letra: “Hola: Perdí tu número telefónico y no creí volverte a ver. Lo que son las cosas, hoy me he arreglado para ti, lo que son. Escribo para pedirte de nuevo tu número, sabrás de mí pronto, esta misma tarde. Confieso que mi esposo no está en casa por... ¿Viajes de negocio? No sé, el día es luminoso y promete. Quiero dejarte un nuevo recado en el contestador, se han quedado cosas por decir y necesito que las escuches. A través de la convivencia diaria se quedan cosas atoradas en los labios, principalmente sueños, y tú me has hecho soñar desde el día de... tú sabes que día ¿Mandarás tu teléfono?”. Tuve que leer tres veces para comprender ¿Casada?, ¡qué importa! Comprendí incluso que el mensajero no perdía detalle de tus palabras; le miré con actitud desaprobatoria mientras doblaba la hoja de tu agenda, pedí la cuenta y apunté mi número en una servilleta. El compungido mesero me llevó la cuenta sin mirarme; pagué exacto, sin propina, y me levanté para sentir la humedad de la tela que se me pegaba a las piernas y mi ropa interior ¿Cómo se recupera uno de eso? Fui a tu mesa

-¿Esperas a alguien?

-Sabes que no-, reconozco que fue una pregunta estúpida dado el preámbulo

-Perdona, no supe que decir

-Ya...

-Me tiré el café encima-, y te sonreí con una mirada tonta

-Pude notarlo

-Lo que da algunos días sin dormir

-¿Algo te quita el sueño?

-Después de vivir de sueños todo el día, en las noches ya no queda espacio para cerrar los ojos, no hay ningún caso

-...

-¿Puedo sentarme?

Comentar