El tiempo en que no te tuve (VIII)

Miles de gracias como abrazos. Agradezco a todos profundamente por los mensajes de apoyo, de ánimo, de sinceridad. No mencionaré a ninguno por separado, gozo intensamente con su propio anonimato; las palabras han sido estrellas intermitentes en la oscuridad que a veces me avanza, aún contra mi voluntad. Jamás pensé en hacer algo serio con mis letras, pero después de sus estupendas palabras (sin afán de sabio o erudito) pensaré en desempolvar los viejos apuntes, aquellos donde me vacié en agua, en sol, en la tierra volcánica que soy.

 

-No te mojes- alcancé a decir.

Pusiste cara de estupor pero te alejaste de la lluvia fina que caía, tomé el jabón, tú estabas de pie sin dejar de mirarme; esa sensación, te lo dije después, se repetía igual a otras veces ¿Me habías espiado antes?; apenas nos conocíamos pero tu imagen a través del agua, en mis ojos te ponían donde habías estado siempre.

-No te mojes, te quiero íntegra, con tu olor concentrado desde la mañana, con tu sabor. Necesito beberte y descubrirte a pasos cortos, a tragos lentos. Supongo tu sabor.

Apenas conservabas las bragas. Te sentaste en el suelo con las piernas flexionadas y abiertas, entrecerrabas los ojos y acariciabas con el dedo corazón tus labios, acariciabas con la uña los dientes, los dibujabas y volvías a borrar, mordías la punta. Yo enjabonaba el cuerpo por completo, recorría con el jabón y ambas manos el pecho, las dejaba deslizar por el abdomen, por el sexo, por la longitud, imaginando tus manos en el lugar de las mías. No hablábamos y tampoco sabíamos el volcán que empezaba a nacer en medio de los dos metros que nos separaban, tu piel recibía algunas pequeñas gotas, y parecían perlas; tú cubierta de perlas. Apenas cayó el jabón de mí cerré el grifo del agua. No acudí a la toalla, me acerqué y dejé mi sexo frente a ti. El agua se deslizó hasta alcanzar tu pecho y gemiste. Aislaste mi presencia y quedó solo mi pene, único y apremiante, lamiste las palmas de tus manos y las pusiste alrededor mío, movías las manos adelante y atrás, crucé los brazos y cerré los ojos. Entonces salté por el ventanal y convirtiéndome en gaviota fui hacia el mar. El azul de tus playas se volvía tus ojos y la arena caliente era tu lengua envolviéndome, tu boca engulléndome era el aire cálido que soplaba lento. El sonido de la succión era acallado por el jazz suave que reventaba en las bocinas, podía casi sentir ese aire macerado por la trompeta, por el saxofón. Ahora tus manos me empujaban a tu cara, comías de modo suave pero firme, profundo a veces, otras, suave marea; mis manos, las desobedientes fueron a tu cabello claro y rizado, seguían en la danza de idas y venidas. Las palabras quedaban dentro de mi garganta y en lugar de salir, se iban para adentro, se deslizaban por el esófago junto con el escurrimiento de ámbar; pasaba cerca del corazón y hacía ligeras pausas cuando los pulmones se llenaban de aire. Fue el momento, será eso. Será que el aire tan encerrado de ese lugar era reemplazado por el olor de tu humedad. Abrí los ojos para observar que tu mano derecha se perdía dentro tuyo, en el justo medio de tu cadera que se movía en el vaivén natural de la carne, tenías los ojos cerrados y los labios se volvían flor carnívora, yo su presa, mi sexo la presa. Delicadamente te tomé el rostro y levanté, apretaste tu cuerpo al mío y mis dedos te penetraron desde atrás, retuviste la respiración y cuando salí para volverte a entrar de un golpe, pediste, descontrolada, que te llevara a la cama.

Verte caminar frente a mí, con el sol destellando en tu piel mojada de sudor y perlas, las bragas desacomodadas, algunos vellos escapando de la prisión de tela, la hinchazón de tus nalgas a cada paso, el bamboleo de tu pecho que apenas podía resistir los suspiros; me hizo evocarte en las tardes del pasado, las de la chimenea ¿De cuándo? De cuando te tuve, tan obvio eso, alguna vez, en cualquier lugar en cualquier lado, a la hora que fuera. Olí mis dedos y eras quien esperaba, con el aroma de ti, del día, de tu vida completa. Te hincaste sobre la cama y haciendo a un lado el puente de algodón hundiste la cara en el colchón, la voz te salió apagada, era un jadeo persistente, que se hacía uno con la melodía nueva, con la canción: Put your mouth close to mine. I can see the wind coming down, like black night. So speak to me…

-¿Qué ves? Dime... ¿Qué ves?

-No sé... tu sexo...

-Dime más

-El vello, tu vellosidad

-Debo separar- y con los dedos abriste el camino

-¿Qué ves?, dímelo...

-La fruta, la carne, el líquido, tu mar...

-¿Qué harás con los dedos? Con tus manos de escultor...

-Voy a moldearte el interior para que no me olvides

-Para recordarte

-Reconocerte

-Ponlos dentro pero primero apréndeme con la vista

Superaste los sueños, superaste cualquier cosa que hubiera visto. Aspiré la nueva atmósfera antes de...

ErosWolf: El sempiterno

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