EL ULTIMO BESO, IGUAL AL PRIMERO

La lluvia arrecia sobre el tejado, es despiadada, castiga con fuerza, como si quisiera desquitarse por su destino. Se azota una y otra vez: ¿qué busca?  ¿Qué la mueve a semejante atrocidad? Tal vez el deseo de tener una finalidad, aunque no la comprenda. El ser engendrada en una nube, el permanecer estática en la inmensidad del cielo, el no ser dueña de su destino, la debe angustiar y tal vez solo le reconforta el saber que será parte de una tormenta. Ella será, solo en ese momento, dueña de su ser. 

Observo la muerte de algunas al estrellarse contra el cristal de mi ventana y no me consuela. Al contrario, me hunde en la desolación de mi alma. Veo como se aplastan y lentamente se deslizan serpenteantes hacia el abismo del suelo; debe ser lo que para nosotros es el infierno. Una vez que lleguen allí, solo serán un insignificante charco de agua en la inmensidad del planeta.  

Mi alma es como una de esas gotas. Si el sol las ilumina, brillan como la luz por un prisma. Cuando reina la oscuridad, no se nota su existencia. ¡Oh Dios, como me asemejo a ellas! Me muevo con el vaivén del viento sin un destino claro.  A veces, me siento aún más pequeña y frágil.   

Mis lágrimas se unen a ese coro de muerte. ¡Vaya que he tragado lágrimas!

Cuando él me dio mi primer beso, yo tenía diecisiete años. Sentí que mi estómago no me pertenecía, solo eran mariposas golpeándose unas contra otras en un espacio muy reducido. Mi cuerpo reaccionaba solo, lo abrazaba sin ser consciente de ello. ¡Qué hermoso es estar enamorada de alguien!

En esos años, las mujeres no éramos como ahora. Nada de caricias y besos. Eso era pecaminoso, provocativo. Solo las chicas fáciles hacían eso. Una señorita debía hacerse respetar. ¡Oh Dios, cuanto perdí por esos preceptos absurdos! El amor no es sucio si es expresado con el corazón. No me arrepiento. Jamás podría arrepentirme de ese beso; tan suave, tan limpio, tan sincero. Jamás.

Éramos de dos mundos diferentes. El, un simple empleado en la gran corporación de la familia Crawford. Yo, la hija menor del gran feudal. Solo una pieza de decoración, destinada a casarme con alguien de mi “altura”. ¡No! ¡No! Yo amaba a Richard; éramos de la misma edad, sentíamos igual, pensábamos igual, queríamos lo mismo, deseábamos igual, solo que el destino era diferente para ambos.

¡Qué sonrisa tenía! Creo que me enamoré primero de su sonrisa. Era franca, leal, no escondía nada. ¡Ah, y sus ojos! Tan cristalinos que insultaban el cielo.

Todo eso, se ha desvanecido en mis recuerdos. Han pasado décadas. Mis manos, que alguna vez acariciaron su piel,  no son tan suaves como entonces;  ni siquiera mi rostro es igual. ¿Podría reconocerme ahora?

Soy viuda. Mi esposo murió hace dos años. No puedo decir que lo amé, pero sí que lo respeté. Jamás le fui infiel y él, creo que tampoco. Fue un amor reposado y predecible. Le di tres hijos y varios nietos. Cumplí con todo lo que se esperaba de una mujer de la alta sociedad inglesa y más aún de una Crawford.  

Ahora debo pensar en mí. Ayer recibí una carta de Richard. Estará aquí, en Londres, por unos días. Me dice que nunca se casó. ¿Por qué lo menciona? ¿Acaso guarda alguna esperanza, después de tantos años sin vernos?

Sé que fui cobarde. Pudo más mi familia que su amor. ¡Está bien! Lo sé, éramos chiquillos, pero el amor que sentía por él era genuino, solo la cobardía me detuvo.

¿Vendrá? Tendrá la suficiente valentía para hacerlo. No me prometió nada en su carta y no lo culpo.  ¿Por qué querría estar con una mujer como yo? Débil, acomodaticia. ¿Por qué no hice caso a mi corazón? Desafiar el mundo y estar con él. ¡Qué vergonzoso! Si le contará esto a mi nieta se reiría sin parar. “¿Cómo pudiste renunciar al amor de tu vida por los prejuicios de la época?”, me diría  y tendría razón.

La lluvia sigue golpeando el cristal de mi ventana, ahora unidas con mis lágrimas. Somos una misma cosa. La muerte de ellas y mi tristeza, nos hermanan. ¿Vendrá? Inútilmente me torturo. Tal vez me olvidó y solo soy un triste recuerdo, una simple anécdota que contar, aunque para mí no lo sea. Jamás lo pude olvidar a pesar de los años. Aprendí a ocultar mis sentimientos y ser una buena esposa y madre. Había días en que casi no podía continuar, la angustia me daba batalla pero siempre tuve fuerzas para luchar: ahora no, ahora quiero perder, dejarme llevar por este impulso adolescente.   

Siento el cansancio del día y el sueño me gana la partida. Me acurruco en mi sofá, en posición fetal; deseo volver al seno de mi madre, donde todo era calor, un refugio primitivo que da seguridad. Las abundantes frazadas no hacen desaparecer el frío que siento, por la sencilla razón que no se origina en mi cuerpo sino en mi alma.  

Abro lentamente mis ojos y veo  a un hombre, con barba blanca, bien cuidada, ojos azules, muy penetrantes, y con un traje que lo lleva con exquisito garbo. ¡Es Richard! Lo reconocería aunque pasaran mil años.

― Hola Elizabeth. Tú hija Irene me dio la llave de la casa, por si acaso no quisieras o no pudieras abrirme. Ella te quiere mucho: ¿lo sabías? ― Y me acaricia suavemente mi cabellera revuelta, con tanta ternura que me estremece.  

No sé que responder. Mi corazón se agita con vehemencia, no puedo respirar. ¡Es Richard! El intuye en mis ojos que jamás lo olvide. Lee mi alma como un libro abierto. Me siento desnuda ante él. No puedo articular palabra alguna.  

Me besa en los labios. No sé si es el último beso o si es la prolongación del primero, pero no me acobardaré nuevamente. No reprimiré mis sentimientos. El amor ha tocado a mi puerta, de manera majestuosa, a los setenta años: ¡soy feliz!

Afuera, la lluvia ha cesado. La muerte ha cesado. Los débiles rayos del sol comienzan a revitalizarse, y un enorme arcoíris surca el firmamento. Es la esperanza de un nuevo día, de un nuevo a amanecer, de un nuevo amor.

 

 

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