Justicia por mano propia

La idea de la venganza me da vueltas y crece como una masa que leuda noche y día, dormido cuando la sueño y despierto cuando camino con la intención de hallar al culpable de mi desdicha, llevando conmigo no más que ese olor, inolvidable, de un mugroso aroma salpicado con perfume barato de ese sujeto aborrecible que me encañonó por la espalda, frente a mi casa, para robarme las pertenencias, diciéndome al oído con voz ronca “apúrate hijo de puta, abrí la puerta y pasa para adentro”.

Ya no confío en la justicia, luego de prestar declaración ante el Fiscal y adelantarme que  los resultados difícilmente fueran los que yo esperaba y  “que no confunda a la justicia, porque no es un calzado que deba adaptarse a la horma del pie de quien le conviene sino del que puede probar que merece andar seguro” me dijo y entendí que no haría nada para meter preso a ese malandrín. La rabia me carcome, a cada paso, por estas calles de tierra, entre sucuchos malolientes, a la espera de dar con ese ladrón del que no puedo obtener ninguna referencia en cada barrio marginal que recorro, como si no pudiese romperse el pacto de silencio, en estos aguantaderos donde a nadie se le ocurre buchonear al otro del mismo pelo.

Llevo un papel con la cara dibujaba de un sujeto de cabeza rasurada, tez oscura, ojos saltones, boca gruesa y nariz chata, según el identikit confeccionado por los peritos judiciales, en base a unos pocos datos faciales que yo mismo les suministré, sin estar seguro de sus rasgos por no haberle visto la cara a pleno, sino apenas de soslayo, al tenerlo detrás de mí hasta sentirme repentinamente liberado y entonces si, pude observarlo a ese sujeto que escapaba a las corridas, como si lo ahuyentara una patrulla o se arrepintiera de asaltar a un pobre jubilado como yo. Enseguida comprendí que no había sido esa la razón para la huida, sino el chillido de una frenada que yo también escuché y que provino de la calle donde, de inmediato, se agolpó gente alrededor de un cuerpo que yacía sobre el pavimento, a mitad de cuadra, mientras un vecino se me acercó para decirme, como pudo, que mi hijo había sido atropellado por un auto al cruzar la calle sin mirar a los lados, avisando a los gritos que a su padre lo estaban amenazando. 

Con solo repasar las coincidencias deduje que Alberto, desde la esquina donde aguardaba el colectivo, lo había visto a su padre sujetado por un desconocido y que no dudó en lanzarse a ciegas, en un intento por socorrerlo, con tanta mala suerte que no pudo esquivar el vehículo que pasaba, cuyo conductor tampoco alcanzó a frenar antes de arrollarlo. Me fastidia recordarme de la interpretación que hizo el Fiscal, cuando dijo que “no parecía probable culpar a ese desconocido del accidente de mi hijo, por no existir la figura que contemple una inducción a la muerte mediante acto que, por indirecto, casual  y a distancia, haya ejecutado alguien en el instante mismo de sucederse un deceso fortuito”, lenguaje técnico, jurídico y vacío, con el cual quiso advertirme de la improbable condena hacia un individuo del que no podría probarse, según aseguró, que por su culpa mi hijo se precipitó a correr para auxiliarme,  y respecto de la intimidación que me hiciera el malandra sostuvo, lo más campante, que no pasó de un intento de asalto.

Los líquidos servidos forman finos arroyos a lo largo de cada calle de tierra, donde un aquelarre de pelotas y de chicos se interpone delante de mis pasos, recibiendo de ellos miradas fieras, sin un resto de  esa inocencia infantil, seguramente perdida en ambientes insanos, donde los adultos preparan a los niños para el oficio de robar sin ocuparse, salvo excepciones, de mandarlos a la escuela donde podrían instruirse, tal como lo contempla la constitución y lo anuncia el presidente al tomar medidas para mejorar la educación, asegurando que se trata de un  bien social al alcance de los sectores humildes, los más necesitados de ese derecho que tienen todos los habitantes del país, para el beneficio futuro de ciudadanos libres y educados. Pero no hay caso, existen los renegados, los que se salen del sistema, los que se abstienen de la dignidad que otorga el trabajo y desprecian las mejores oportunidades para crecer y desarrollarse, Son, como los veo pulular por estos lodazales, los marginados de siempre, los que se aprovechan de los políticos en época de elecciones, pidiéndoles dádivas a cambio del voto para ese candidato que no podrá, luego, cumplir con sus promesas de combatir la pobreza porque se oponen los mismos ociosos cuyo pobre modo de vivir no cambiarían nunca, por temor a  mayores obligaciones. Y así prosiguen en su condición, a pesar de los esfuerzos del gobierno por una vida digna, esa que le quitaron a mi hijo y por la que habré de resarcirme, lo juro, con la propia mano, única manera de hacer justicia a la medida de la pérdida  que sufrí.

Del Fiscal no guardo un buen concepto, después de dos audiencias en las que requirió mayores elementos de juicio y el aporte de testigos, de los que no cuento con ninguno por no saber de nadie que haya observado el atraco del ladrón a mi persona, aunque muchas personas asistieron al lugar donde el cuerpo de Alberto yacía inerme tras ser atropellado, pero nada sabrían decir de lo que aconteció conmigo segundos antes. Le dije que mi aporte fue suficiente con la vida de un hijo, contrario al suyo, mezquino judicialmente, en esta guerra de la que todos saldremos perdiendo si los fiscales toleran al que transgrede la ley en perjuicio de quien la respeta, para colmo puso en duda que yo haya sido intimidado con el uso de  un arma real. “Debe entender, señor Luis Acuña, que la gravedad de un delito cometido con un arma real no es idéntica a la de aquél para el que se utiliza una réplica”  llegó a decirme y me pidió evidencias para verificar que no hubiese sido solo un objeto duro el que yo sentí a la altura de las costillas. Fueron demasiados sus reparos en favor del delincuente y así se lo reproché, como también la poca confianza hacia mi y esa actitud suya de no tomar en serio mi denuncia, como si creyera que fui yo quien trató de asaltar al ladrón.

De mi dolor también se burló,  alertándome sobre que no es el mejor consejero y menos una prueba cabal para meter preso a nadie, porque  “Si fuese así no habría para qué profundizar la investigación de un hecho y bastaría tan solo con las sospechas y el dedo acusador del doliente para llegar a una sentencia reclamada por la indignación pública”. Puras excusas las suyas, nada más que para salvar su inoperancia y disimular la poca convicción por llevar adelante la causa y atrapar a un delincuente peligroso; tanto es así que me habló de la prensa y su debilidad por los casos impactantes que inducen a la bronca social y a los reclamos frente a cámaras, como si se pudiera impartir justicia al voleo, me dijo, y los jueces debieran sucumbir al clamor popular y juzgar anticipadamente a quien más tarde, otros jueces, deberían absolver en un juego parecido  al de la mancha, entre víctimas y victimarios. Estaría bueno, a propósito, que jugáramos un poco con la justicia a modo de revancha de los ciudadanos, por  tanta simulación con la que se juega a combatir el delito.

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