LA NEGRA FERNANDA…

 

En medio de un sol canicular que permite calcular una temperatura de 32 grados, de repente surge una espesa y oscura nube  que parecen ser el presagio de algunas extrañas situaciones pero que son reflejo de la incontable e inimaginable diversidad de sentimientos, sensaciones y emociones que habitan el interior de toda persona humana y que irremediablemente se reflejan en su exterior.

Son más o menos las tres de la tarde de un lunes muy, muy caliente, cuando va entrando al negocio la negra Fernanda.  Efectivamente, de manera imponente pero brusca, entra a la casa de eventos sociales, la vendedora de chontaduros, buscando asesoría para la celebración de los 15 años de su hija menor, la única mujer de los 7 hijos que tuvo esta mujer (seis varones, todos esclavos del vicio y todos sumergidos en la delincuencia, de los cuales solo le quedan dos porque ya han sido asesinados cuatro de estos malandros).

Yo hago un enorme esfuerzo por disimular mi sorpresa e incredulidad frente a este reconocido personaje del pueblo, pues está buscando lo mejor de lo mejor  de este servicio que, de por sí, es costoso; sin embargo la ordinaria mujer insiste en cotizar un paquete completo para atender a unas doscientas personas.

En medio del asombro y la desconfianza yo le presento a la negra Fernanda una cotización por valor de $18.000.000.oo, que incluye: orquesta, comida, licor, salón decorado, meseros, etc.    Para mi sorpresa la grotesca mujer no tiene objeción alguna al presupuesto recibido de tal forma que cerramos el trato con el compromiso de que el siguiente día martes, este valor será consignado en su totalidad en la cuenta bancaria del negocio.

Y así es, a eso de las once de la mañana del martes, nuevamente llega la negra Fernanda, esta vez viene con su extravagante hija, con más estilo de mujer del más bajo mundo que de niña quinceañera, a traerme la consignación bancaria.  Me sorprende tanto saber que la negra Fernanda ya ha cumplido con su enorme compromiso económico que, de todas maneras, lo confirmo con el banco.  Entonces acordamos que nos estamos comunicando durante la semana y que el próximo sábado nos volvemos a reunir a eso de las tres de la tarde para afinar los últimos detalles para la celebración.

De esta manera pasa la semana larga, muy larga, como con pereza de que se llegue el sábado; como un negro vaticinio…   Pero de todas formas se llega el sábado; todo bien, todo perfectamente coordinado… y con el sábado llega también las tres de la tarde trayendo a la negra Fernanda y a su fachosa hija para ultimar los detalles para la gran celebración de los 15 años de la jovencita.    La pinta de la muchacha provoca todo menos admiración: ordinaria y mal vestida, sucia, con una melena alborotada y descuidada, que además de todo esto, le faltan dos dientes…

Madre e hija están deslumbradas inspeccionando el salón, elegantemente decorado para el festejo, cuando se escucha de lejos el sonido de una corneta, todos los presentes identificamos inmediatamente de quien se trata, nos miramos y sonreímos levemente; al momento se escucha desde la puerta del salón un grito que viene de la calle:  “negra, negra le dieron al mocho, lo llevaron al hospital y ahí quedó…”.  Yo no sé qué me causó mayor impacto si esta tragedia tan inoportuna o la fría indiferencia con la que esta mujer contesta a la trascendental noticia que le comunica su marido “el cholo”, un vendedor ambulante de aguacates, que se anuncia por todo el puedo sonando una corneta que lleva adaptada a la dirección de  su triciclo.

Al ver que su mujer no atiende a su llamado,  “el cholo” insiste: “negra, negra…” y hace reaccionar a la negra que sin moverse de donde está desde que llegó su marido a la puerta, contesta con otro frio y desconcertante grito: “pues andá a ver qué pasa…”; “yo no puedo ir por allá a perder el tiempo porque yo estoy trabajando y además con que yo vaya no va a resucitar”,  contesta el hombre con la misma helada insensibilidad de su mujer.  Ahora la negra se altera y sale iracunda a encarar a su marido: “yo también estoy ocupada, gonorrea hijueputa y él también es tu hijo, andá al hospital a ver qué pasa, perro malparido…”, “el cholo” se monta en su triciclo y se va alejando, mientras le grita a su mujer: “y también es tu hijo, perra hijueputa…”.

Yo, entre asombrada y confundida, no tengo la menor idea de cómo reaccionar, estoy pasmada; aunque poco después caigo en cuenta y cruelmente me digo en silencio: “y reaccionar a qué? Si es que aquí nada ha pasado” y continúo cumpliendo mi labor desconcertada ante la frialdad tan helada de este par de seres…  sin embargo, en un arrebato lógico y humano de comprensión y solidaridad, le digo a la mujer cuando esta vuelve al salón: “si quiere vaya al hospital señora, que yo termino de organizar aquí…”.  Pero mi noble y justa intención es contestada con un insultante y vulgar grito: “y qué le voy a ir a ver a un chulo, malparida; con que yo vaya no lo voy a resucitar”… y continúa revisando todo lo dispuesto para su fiesta.  De la hermana quinceañera ni hablar, la muerte de su hermano nada tiene que ver con ella.

Siendo aproximadamente las siete de la noche, la negra Fernanda le dice a su ñera hija: “caminá vamos al hospital”, a lo que la estrafalaria muchacha responde airada:  “no parce, olvídese y entonces a qué hora nos vamos a arreglar? ”; yo que apenas estoy empezando a entender esta rara situación, solo sonrío levemente mientras pienso: “!ah! como si tuvieran arreglo…”, al mismo tiempo la negra reacciona como apresurada a la respuesta de su hija: “!ay verdad¡, vamos a que nos arreglen el pelo y las uñas”.

Asombro, pánico, desesperanza… no  encuentro una palabra, aunque sea una sola palabra que pueda describir lo que yo sentía frente a la escasez de humanidad de estos seres tan, pero tan indefinibles, tan cruelmente realistas, tan inconmovibles; aun así termino mi trabajo y cumplo mi compromiso de esperar hasta las diez de la noche que llega esta flamante familia, anfitriona del evento.   Yo espero ansiosa y desconfiada a que se lleguen las diez de la noche, casi convencida de que no van a llegar porque, como es lógico y comprensible para cualquier persona humana, todos deben estar en el hospital esperando a que les entreguen el cadáver de su hijo y hermano asesinado.  Pues no, contrario a todo humano pronóstico, llegaron todos: los papás, la ñera quinceañera y los dos hermanos varones e inmediatamente comienza la fiesta y el jolgorio.  Yo salgo casi corriendo horrorizada tan solo de pensar que si estos son los anfitriones, cómo será la calaña de los invitados.

Me cuentan después que el cadáver del mocho se lo llevan para el anfiteatro y solo lo entregan hasta  el día lunes; dicen que durante el velorio, solo se comenta de la fastuosa fiesta de quince años de esta horripilante ñera.  

Esta es una de las situaciones que me hacen olvidar mi noble propósito de a nadie juzgar ni criticar para ver si así logro entender y comprender a algunos personajes y circunstancias que observo en mi acontecer cotidiano, pero en esta ocasión me ha sido imposible y solo atino a pensar que “el Ser Humano crea dioses y demonios a su imagen y semejanza”. 

Y es que, en realidad, todo ese cuento de los sentimientos, sensaciones y emociones que las generaciones anteriores arraigamos durante toda la vida y que constituían una riqueza invaluable de nuestro Ser, hoy en día están lejos, lejos de ser una fortaleza y sí son más bien enormes fragilidades que nos debilitan porque no son más que pseudo dioses, cuando los sometemos al juicio de la razón particular, razón sesgada y por tanto juicio parcializado, de acuerdo con los nuestros (sentimientos, sensaciones y emociones).

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