LO MATÉ SIN QUERER

Me encanta comer dulces de todas clases: caramelos, confites, chocolatinas, galletas, helados, en fin, todo lo que el ingenio humano produce basado en la miel, el azúcar, el chocolate y  todo lo relacionado con la industria de las golosinas. Los médicos me prohíben el alto consumo en cada visita de rutina porque, maravillas de la naturaleza, tengo el azúcar en un nivel normal y el peso un poco subido, sólo un poco.

Digo todo esto porque lo que voy a contarles me llena de tristeza todos los días y fue una motivación para disminuir el consumo de dulces y bebidas azucaradas. Cuando niño tuve una dieta estricta debido a mi mala salud y la mayoría de comidas que gustan a los niños las tenía vedadas. Años más tarde, cuando recuperé el buen estado físico comencé a probar de todo lo prohibido y me volví adicto a lo que ya mencioné al comienzo.

En los bolsillos del saco y en la maleta que siempre me acompaña llevo una buena provisión de mis “alimentos preferidos” que mastico o chupo a lo largo del día. Ah, olvidaba contar que otra de mis debilidades son las tortas, bizcochos y panes de todas las clases, por eso cuando paso frente a una bizcochería y aspiro el delicioso olor del pan recién horneado no puedo resistir la tentación de entrar y, como puede suponerse, pido una bebida gaseosa para humedecer todo lo que puedo consumir.

Pues el hecho que quiero confesar es que me encontré con un amigo al cual no veía hacia años y que estaba de paso por la ciudad antes de viajar de nuevo a Europa, donde residía hacía tres décadas. La alegría fue mutua y me invitó a su casa donde me presentó a su bella esposa alemana y su hijo de tres años. Hablamos de todo y como notaron la buena armonía entre su niño y yo, me pidieron el favor de cuidarlo una hora mientras hacían una diligencia. Yo acepté encantado porque me encanta escuchar a estos pequeños y sus opiniones.

El chico estaba en un corral de esos modernos con todas las comodidades y ellos me pidieron el favor de no sacarlo; de manera que la conversación   parecía entre un abogado y un presidiario tras los barrotes. El asunto transcurrió normal mientras no se me despertó la ansiedad por consumir mis dulces. Comencé con una chocolatina de tamaño grande  mientras el niño me observaba con sus ojos abiertos pero sin abrir la boca. De pronto me dijo:

_Eso que es?

_Me extrañé por la pregunta, que consideré estúpida, pero recordé que era un niño europeo que balbuceaba bien el español y le contesté: una chocolatina.

_Sabe sabroso? Dijo

_Claro que si, respondí, Quieres probar?

No hubo necesidad de más palabras, compartimos varios manjares durante unos minutos cuando, de pronto, empezó a ponerse pálido primero y después rojo, a temblar y quejarse de dolor de estómago. Yo llamé de inmediato a sus padres pero algo me dijo en mi interior que ocultara lo de los dulces y, mientras llegaban borré todas las señales del consumo. Entraron a las carreras y buscaron unos medicamentos que aplicaron al niño mientras alistaban ropa para llevarlo de urgencias a una clínica. Ni se despidieron.

Tres días después supe que el niño había fallecido, padecía alteraciones graves de hipoglucemia e hiperglucemia. Mejor dicho diabetes aguda. No supe si llamar a sus padres o quedarme callado. Opte por lo segundo y todavía me remuerde la conciencia y me digo: ¿Cómo iba yo a saber que el niño era diabético?

 

 

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