Monólogo del hijo consentido

Sé que causa rabia el tema que les envio, pero ¿no  ocurre ?

Por ultimo me dijo: Usted no puede hablar con nadie! – Y entonces..? Pensé- Con quien voy a hablar- conmigo mismo? –me dije. Pero es que yo no soy nadie entonces? No puede ser. Mama siempre decía que yo era lo mejor, pero aquí no me tratan como el mejor. Más bien como el peor. Y que hice yo para merecer esto? Acaso no hay otros que no son mejores que yo? Acaso mama mentía, era tan dulce ella. Algunos decían que me consentía mucho. ¡Y eso que tiene que ver!, estaba en su derecho. Siempre me decía que lo que yo hacía estaba bien. Cuantas veces fue al colegio a defenderme de las malas notas de mi maestra. Y tenía razón; si por cualquier error me bajaba las puntuaciones.  Si llegaba tarde al colegio, la maestra me retaba,  si me hacía la rata, enseguida llamaba a mi mama para contarle. Pero ella me justificaba, Está muy cansado, le explicaba. Por eso me canse, sí, me canse de ir a la escuela, no fui mas. Entonces mama me dijo y qué vas a hacer ahora?. No vas a ir a trabajar, sos muy chico todavía. Tienes edad para jugar. Ya trabajarás cuando seas grande.

Y bueno, entonces me hice de amigos para jugar. Lo que paso no fue culpa mía, era culpa de mis amigos. La mala compañía, decía mamá. Pero usted no les haga caso, pórtese bien nomás, yo confió en usted  mi hijito.

Era tan buena, y claro, tenía que pedirle a ella cuando me faltaba plata. Y ella me la daba. Pero a mis amigos las madres no le daban, eran más pobres que nosotros. Pero lamentablemente mamá una vez  se enfermó muy grave y por eso perdió el trabajo. No tenía obra social, trabajaba por su cuenta. Pobre, si habrá  limpiado pisos y lavado ropas ajenas. Hasta que no pudo más, y sí, tuvo que recurrir a los ahorros, la lata la tenía escondida en el ropero viejo. Yo lo sabía, por eso antes  me apuré a sacar la plata. Como iba a saber que se enfermaría tan gravemente, además habían pasado unos años y mi adolescencia también. Pero no pude conseguir trabajo, por otra parte con lo que ella ganaba nos arreglábamos bastante bien. Pero justo se fue a enfermar, y yo que me había jugado el dinero, lo perdí, pero podía haberlo duplicado si ganaba. Por eso cuando se arrastró de su lecho para buscar la lata y vio que el dinero ya no estaba, su corazón se paralizó. Y yo no estaba en ese momento, de todos modos nunca serví para cuidar enfermos.

Y ahora me tienen detenido aquí, en esta celda miserable. Me acusan de robo con agravantes. Si la plata de mama era mía también, si ella misma me lo decía.

 

Comentar