Nuestro hogar: tres años sin despertar

 

desnuda en la ventana

Perdona si soy inoportuna, me propongo no olvidarte.

Me siento cómoda, el sillón es tan confortable como el primer día que lo utilicé en esa tarde del mes de julio al llegar a esta casa. Admito que el calor ya no está entre las paredes de este hogar, que poco queda de ese aroma único que impregnaba en los rincones más ocultos de esta morada que un día fue nuestro hogar. Recuerdo bien que me dijiste que al comprar esta vivienda todos nuestros sueños se harían realidad, que los niños vendrían pronto, que seriamos padres como todos nuestros amigos, pero no fue así.

Aquella mañana saliste más temprano de lo habitual, tenías prisa. Tu jefe te esperaba para una reunión. Yo te despedí en la puerta, esa que desde aquí puedo detallar, esa que sigue teniendo las mismas dimensiones, pero algo ha cambiado en ella: el óxido, las termitas, el tiempo en si ha hecho su trabajo sobre ella. En fin, el hecho es que te despediste, me besaste para partir. Yo te dije adiós con la mano y sin querer me imaginé que un día haría lo mismo con niños a mi lado, nuestros hijos. Lástima, no sabía que eso solo sería la imagen de un futuro que nunca llegaría, que no era lo que me esperaba al final del camino, ni a ti ni a mí.

Al ver el auto perderse en la carretera en construcción, al verlo cruzar el aviso que daba la bienvenida al pueblo (del cual éramos uno de los primeros habitantes), me volví, miré la casa vacía, llena de cajas en los rincones; suspire, tenía mucho trabajo por hacer. Primero, traté de arma la cama y lo logré, a pesar del peso de la patas y de que me lastime la mano derecha en el proceso. Después, terminé de arreglar el cuarto: acomodé el ropero, la peinadora, el tiempo se fue volando. Escuchaba una canción, esa melodía que un día escuché en un restaurante mientras te esperaba y que desde entonces constituye parte del repertorio de mis canciones favoritas. Todavía en este momento escucho la melodía en mi cabeza, como si estuviera en este instante sonando en la radio. ¡Oh, qué hermosa es la música! ¡Qué hermosa es la vida a través de ella!

Estaba terminado de doblar tu ropa, cuando por causalidad vi hacia la ventana, la noche caía, el paisaje era hermoso, el sol se escondía entre los caseríos apenas en construcción. Esa vista me dejó perpleja, me senté poco a poco en la orilla de la cama. Disfruté hasta el último rayo de sol que ese día nos regalaba. Al ver la luna, me acordé de que pronto llegarías, que debía hacer la cena. Hacia una dos semanas que nos habíamos casados y acabamos de llegar de la luna de miel, en la cual no habíamos cocinado ni una sola vez. Era la primera cena que hacia como tu esposa, ya antes te había cocinado cuando éramos novios, así como tú también lo habías hecho. Eso me hizo recordar que quizá te gustaría que hiciéramos la primera cena juntos, pero preferí hacerla yo. Recuerdo que preparé pasta, era nuestra comida favorita.

Eran las 10 p.m, la comida estaba fría y poco quedaba del apetito que tenía al prepararla, la angustia lo había devorado. Miraba por la ventana que daba a la carretera, esperanzada de ver las luces de tu carro. Acerqué una silla a la ventana y allí me senté, mirando fijamente el camino donde hacia unas horas te había despedido y el cual creía que te regresaría a mí. Me quedé dormida, el cansancio me venció. Recuerdo (o quizá lo esté imaginando), que soñé que estaba en una montaña, que hacia frío y que estaba cansada de caminar. Todo estaba en penumbra, la noche caía. Sentí que mis pies se entumecían, los miré y tenían ampollas, me impresioné y paré de caminar. Pero pronto retomé el camino, tenía que seguir, algo me llamaba al final, algo que no sabía descifrar. En un momento del trayecto comencé a correr, me sentía impulsada por algo, dentro de mi crecía un desespero inexplicable, tenía que llegar, tenía que terminar con este sentimiento que me ahogaba hasta no poder más… Pero me tropecé con una piedra y caí, estaba exhausta, sentía que todo a mí alrededor desaparecía. En ese instante escuché un golpe, me sobresalté y desperté: era la puerta.

Así fue como a las 2 a.m de ese martes del mes de agosto (un mes después de comprar esta casa), me avisaron que habías muerto, que habías sufrido un infarto justo al salir de la oficina. No habían podido dar conmigo, no había teléfono ni ninguna forma de comunicarse a la casa. Eras nuevo en el trabajo y poco sabían de ti, te revisaron y no tenías más que una foto mía y el número de tus padres, los llamaron. Ellos vivían en la ciudad y tardaron en llegar aquí, fueron tus padres lo que me avisaron de tu muerte. En el rostro sin consuelo de tu madre vi y viví por primera vez el dolor que tu muerte dejó.

Decidimos velarte en la casa. ¡Qué ironía!, la fecha que estaba fijada para hacer la fiesta de inauguración de nuestro hogar, se convirtió en la fecha de tu despedida. Pero creo que hace mucho te habías despedido, antes de haber muerto. No sé, quizás ahora veo mejor la diferencia entre la vida y la muerte, entre eso que conocemos y que ignoramos, eso que vemos lejano pero que sabemos que está presente en cada paso que damos. Aunque no se puede negar que preferimos no meditar sobre ello, sobre la diferencia que existe, porque nos gusta seguir sin el cambio que eso amerita. Hay que decir que somos ilusos en ese aspecto, poco nos vale dar la vuelta, cerrar los ojos, porque nada puede impedir que la realidad sea esta: está allí, a nuestro lado.

Tus padres me recomendaron dejar la casa, regresar a mi apartamento en la ciudad y así lo hice. Dejé esta casa por un mes, pero luego decidí que no podía vivir en otro lugar, que este ya era mi hogar, nuestro hogar. Al regresar, encontré que había nuevos vecinos, el pueblo estaba dejando de ser un caserío sin vida. Había familias que veían en este pueblo la esperanza de un futuro próspero, tranquilo, eso que nosotros vimos al llegar. Recordé en ese momento, al entrar al pueblo, que había sido difícil para mí aceptar vivir aquí, que al principio me costó mucho ver que este era el mejor lugar para comenzar una nueva vida, no solo porque esta casa quedara mas cerca de tu trabajo que mi apartamento, sino por lo hermoso de empezar a construir un hogar desde cero.

Al entrar a la casa, descubrí que todo estaba empolvado, tenía que hacer una limpieza profunda. Tardé un poco en arreglar todo, entre el trabajo en la oficina (que no quedaba cerca) y todos los trámites que tenía que terminar de hacer para la venta del apartamento, no me quedaba suficiente tiempo para darle el aspecto que tanto habíamos planeado darle a este hogar. Hoy puedo verme en el umbral de la cocina, hojeando los dibujos que hiciste de nuestra casa, los hiciste con ideas tuyas y mía. Después de 4 meses, pude admirar nuestro hogar, suspiré profundamente, sentía tu presencia a mi lado, sonriente y satisfecho. Pero esa vez entendí que eso solo era una imagen. Sin embargo, estaba vez no era del futuro sino de un tiempo que no encajaba ni en el pasado, ni en el presente y menos en el futuro, era una imagen suspendida en el tiempo.

Pasaron los años y muchos me recomendaron tratar de volver a tener una pareja, pero eso poco me importaba, yo era feliz en mi hogar, en nuestro hogar. Llegaba algo tarde a la casa después de un día agitado en la oficina y me sentaba en este sillón a cenar algo recalentado del almuerzo, el cual  todas las noches preparaba para llevar a la oficina. En ocasiones, visitaba a una amiga en la ciudad y terminaba durmiendo en su casa porque no me gustaba manejar de noche y menos sola. Pero prefería quedarme aquí, mi comodidad estaba aquí y quizás tú también. Lamentablemente, los vecinos no vieron lo mismo que yo y pronto se fueron uno por uno, hasta quedar solo 6 casas habitadas. A lo mejor ellos no tenían nada que los atara aquí, ningún amor eterno que haya nacido en este pueblo. Sí, porque se puede decir que nuestro amor nació aquí. Si yo no me hubiera detenido a ver la maqueta de este pueblo en aquella convención, no te hubiera conocido. Me viste admirando uno de los proyecto de la empresa de la cual eras pasante, y te acercaste a explicarme los detalles de este. Me sonreíste e inevitablemente yo también lo hice. Allí se puede decir que empozó todo, ¿lo recuerdas? Bueno, no sé si lo puedas hacer, no sé si al morir se puede recordar, aunque yo…En fin, no creo que lo hagas.

No me puedo seguir engañando, te debo confesar que no te siento a mi lado, que hoy más que nunca noto tu ausencia. Todos se equivocan al creer que esto llega al lado de aquellos que partieron primero, esto es la absoluta soledad. Estoy tratando de aferrarme a la vida a través del pasado, pero ya es tarde: le hablo a ese cuerpo que veo en ese sillón, que no soy yo, es un bulto de masa en descomposición; por medio de él veo lo que fui, lo que fuimos. Poco queda de la mujer que el mundo conocía, del ser humano, ahora solo soy nada, pues puede que la muerte sea eso, la nada. Aunque, no siento que esto sea el significado de la muerte, algo falta, se necesita algo más para decir que he muerto. No puedo admitir la existencia de la muerte sin eso.

Quisiera gritarle al mundo que he descubierto qué hay después de abandonar el cuerpo, quiero despejar las dudas que tienen, pero por más que grito nadie me escucha. Quisiera decirles que no existe tiempo en la muerte, que no les podría decir desde hace cuánto abandone mi cuerpo, desde qué fecha ya no existo para ellos. Les adelantaría que puedo recordar todo lo que era, todo lo que un día soñé ser. Pero a la vez les diría que esto es desesperante, que no poder decir lo que sé me está llevando a la locura. Eso también les diría, que sigo experimentando sentimientos y emociones, que ayer sentí lastima al ver por la ventana a un ave morir; que siento asco por el cuerpo lleno de gusanos que está en el sillón. Pero que no siento dolor o percibo algún olor, aunque sé que el cadáver debe desprender alguno. ¡Sí! eso es muy importante, quizá la explicación de todo: conservo algunos de mis conocimientos, esos que no vienen de los sentidos.

Ya me he cansado de trata de comunicarme, es inútil. Solo observo por la ventana o me siento en el sillón al lado de mi cadáver. Al ver por la ventana, me doy cuenta que no hay posibilidades de comunicarme con alguien, el pueblo está vacío. Puedo ver unas tres casas lejanas que en ocasiones tienen luces encendidas, quizás solo las utilicen para vacacionar, qué sé yo. El hecho es que nadie pasa por esta casa, nadie se recuerda de mí. En realidad, antes de todo esto, había perdido comunicación con la ciudad. Al jubilarme me encerré en nuestro hogar y nada había en la ciudad que me hiciera ir a ella, solo iba por comida o cualquier otra cosa cada quince días. Me alejé cada vez más de mis familiares y amigos hasta perder todo contacto con ellos, me convertí en un fantasma viviente. Eso me hace pensar en que en este momento sería considerada un fantasma, un alma en pena, pero hay algo que me dice que no lo soy.

No sé qué estoy sintiendo, a lo mejor estoy desapareciendo y esta es la última vez que me dirijo a ti… He encontrado lo que faltaba para considerar mi muerte, era esto, era algo que busqué sin saber lo que me esperaba a su llegada. Han descubierto mi cadáver, si, ahora si lo siento como mío; soy yo la mujer muerta en el sillón de nuestro hogar, esa que lleva un tiempo no definido entre la vida y la muerte, esa que te habla para acallar las voces que la invaden. Alguien ha visto el cadáver por la ventana y tratan de abrir la puerta. Hoy sé que no hay un “Por fin nos rencontraremos”. Un grito ensordecedor sale de mi interior: ¡mi muerte existe! Existe por los hombres, ellos le han dado existencia. ¡Quién iba a decirlo! la tan mencionada y presente “Parca” existe por el hombre viviente, por aquel que le teme a la nada, a la muerte.

¿Se puede llamar a esto “Fin”?

 

 

Inspirado en el reportaje sobre el cadáver de una mujer hallado después de dos años de muerta en su casa en la pequeña localidad de Valdilecha. Los detalles del suceso pueden ser consultado en: http://www.elmundo.es/madrid/2016/03/23/56f2cd14268e3ea9168b461c.html 
 
 

 

 

 

 

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