Perseverancia

En 1983 envíe mi primera carta a la embajada de Canadá, solicitando información acerca de la posibilidad de emigrar a estas frías y prometedoras tierras del norte. “Suipacha 1111, piso 25, Buenos Aires”, nunca olvidaré esa dirección.

Tras rechazarme dos veces por no llegar al puntaje requerido y luego estar cerrada la inmigración por dos largos anos, decidí hacer algunos cursos para mejorar mi curriculum vitae, entre ellos aprendí algo de ingles. Finalmente, después de algunas entrevistas, los exámenes físicos pertinentes y el pago de algunos aranceles, fui aceptado y obtuve mi residencia permanente a finales de 1988. Ahora debía resolver la forma de financiar mi vuelo.

La agencia de viajes no me quiso dar el pasaje a crédito argumentando que si yo partía sin retorno, ellos no tendrían garantía alguna de cobrar su dinero, lo cual era perfectamente entendible. Recurrí entonces a la generosidad de mi hermano Carlos, quien gentilmente pagó por mi pasaje y yo me comprometí a enviarle cada mes la cuota correspondiente hasta cancelar dicha deuda. Todo estaba listo, tenía mi permiso de residencia, mi pasaporte, mi pasaje y $500 dólares que tras mucho sacrificio logré ahorrar para llevar. La última semana fue una mezcla de nerviosismo, alegría y tristeza y no voy a negar que tuve sobre el final muchas dudas.

Tras las despedidas en diferentes casas de mi familia y amigos, sentí la necesidad de invitar a mi hermano a conversar en un restaurante del centro de Montevideo. Hablamos de muchas cosas; de nuestros padres, del futuro, del camino recorrido en general, y nos hicimos la promesa de nunca dejar de estar en contacto. Allí, mientras almorzábamos, recuerdo que un niño se arrimo a nuestra mesa y nos ofreció vendernos unos marcadores de libros y yo gustosamente le compre uno. En el, se veía la figura de un hombre caminando por una playa desierta y una leyenda que decía: “persevera y triunfaras”.Muchas cosas me han pasado desde mi llegada a Canadá, pero esas, son de otra historia.

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