¿Qué tal estás?

¿Que qué tal estoy?

No me quejo,

pero por vago, no por falta de motivos.

No es que esté mal.

Bueno, sí, pero me he acostumbrado.

 

¿Que cómo tengo el corazón?

Mejor, sólo me duele cuando late.

Es que se me rompió hace tiempo,

como tú bien sabes

y las astillas de sus cicatrices

se me clavan con la diástole.

 

¿Y mis ojos, dices?

Empañados de lágrimas y legañas,

veo la vida como a través de un espejo empañado

y la piel de la cara se me empieza a podrir de la humedad.

 

¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

¿No tuviste bastante con romper toda mi persona?

¿Con quebrar cada uno de mis huesos con el eco de mis llantos?

¿Con romperme el corazón?

¿Con empañarme los ojos?

¿Con acabar con mi ánimo?

 

Sé que fue sin querer pero,

¿Cómo pretendes que te perdone

cuando me trataste así?

¿Qué quieres que diga?

 

No quisiera volver a verte,

ya cumplí con mi condena,

ahora, ¡Márchate!

Has firmado mi sentencia de muerte

con tu mirada.

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