ROSAS QUE PERECEN

Un pequeño insecto atraviesa el jardín con gran dificultad. De sus seis patas, dos están ausentes. Se arrastra tratando de llegar a ninguna parte. Lucha tenazmente, está decidido a no perecer. Una fuerza incontenible lo impulsa a vivir, morir no está en sus planes. No sabe lo que es la muerte, no sabe lo que es ser nada, no comprende el universo en donde vive, no tiene conciencia que es un insecto, pero sabe lo que es el dolor y trata siempre de alejarse de él. Las espléndidas rosas que rebosan de vida, están allá en lo alto, muy lejos e inalcanzables, la hermosura de sus pétalos tapa su miserable existencia. Sigue luchando, continúa en su aciago destino: existir. Nadie quiere morir. Ni siquiera un insecto.  

Observo detenidamente a este ser. Los rayos del sol nublan por momentos mi vista pero mi mano sobre mis ojos los detiene. Quiero ver hasta dónde llega su sed de vida. ¿Qué desea? ¿A dónde quiere llegar? Se encuentra en clara desventaja con sus depredadores. No podrá sobrevivir: en cualquier momento dejará de desplazarse y las hormigas u otros insectos lo atacarán.  ¿Por qué lucha? ¿No sería compasivo dejarse morir? ¿Vale la pena seguir cuando la herida es mortal? ¡Como se parece esto a mi vida!

― ¿Quieres ser mi novia Elizabeth? ― Le dije esa tarde de otoño  en el colegio mientras subíamos las escaleras. Ella se dio la vuelta con su brilloso pelo negro trenzado y sus profundos ojos marrones que me derretían como mantequilla, solo para decirme:

― Lo pensaré Richard. 

Era lógico, los dos teníamos once años y apenas conocíamos lo que era el amor. Los extraños cosquilleos que sentía en mi estómago eran los mismos que ella sentía, me lo dijo muchos años después. En ese momento me rechazó. Tal vez por timidez…no lo sé. Nunca me lo dijo a pesar de habérselo preguntado muchas veces. Son esos secretos que guardan las mujeres y que los hombres no podemos saber o no queremos saber.

Un eclipse me volvió a reunir con ella. Se produjo en Mayo de 1994 y lo pude ver en el Estado de Illinois. Que un astro tape el brillante sol y proyecte una sombra sobre la tierra era una señal. No lo dudé. Ella tenía veintitrés años, como yo. Por un azar  del destino, los dos fuimos comisionados por universidades distintas para concurrir al evento y escribir un artículo sobre él. Fue maravilloso. No describiré el encuentro, solo diré que le propuse matrimonio.  

― Sí, acepto mi amor ― Me dijo. Esa frase, que es tan simple, jamás la podré olvidar. Podré olvidar todo menos eso. Mi corazón estalló de alegría. Ella me había aceptado por fin. Un insecto conquistó una rosa en el jardín. ¡Cuanto la amé y la amo! Cincuenta años de matrimonio no son nada para mí. La amo como la primera vez. A veces pienso que nací solo para ella.

Ahora no existe. Sus cabellos se transformaron en blancos, su piel se arrugó, sus manos se deformaron por la artritis, su caminar se deformó, su voz se transformó y sin embargo, yo siempre la vi como a esa niña de once años que me dijo una vez “lo pensare”.

Ese insecto sigue luchando por su vida y me sigo preguntando sus motivos. Me siento identificado con él. ¿A dónde va? Quisiera ser como él y tener esa fuerza. Elizabeth murió hace dos años y mi alma está desecha. ¿De qué vale luchar? Me siento un insecto que mira a las rosas desde abajo y las veo perecer.

¡ Qué es este dolor que siento en el pecho ! Oh Dios, es fuerte. Sigo observando el insecto, cada vez camina más lentamente… Oh Dios, mi respiración se me dificulta.

Creo que los dos seremos liberados. Por fin podré estar con Elizabeth. Nuestros destinos se han unido en la muerte. Un insecto y yo. Dos seres que perecen debajo de las rosas. ¡ Elizabeth!...casi no puedo ver al insecto…ya no puedo respirar, es el fin y tal vez el comienzo.   

 

 

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