TENGO TREINTA AÑOS Y QUE (UNO)

 

Ya completé tres décadas, seis lustros, trescientos sesenta meses, no sé cuantas semanas, días, horas, minutos y segundos y estoy más confundido que una cucaracha en una fiesta de gallinas. No sé qué demonios hacer, me gradué en la universidad en una carrera que no me gusta por darle gusto a mi familia y la novia de turno que ya ni me acuerdo como se llama, o si pero me hago el que no; trabajo en un empleo que no tiene nada que ver con el título que obtuve solo porque el salario es bueno; tengo una novia linda que creo que me quiere pero sigo con ella porque le cae bien a mis padres y llena mis ansiedades carnales. La verdad me gustaría encontrar las respuestas a todos mis interrogantes actuales. Todos los que me conocen dicen que soy un triunfador y que el futuro me sonríe y yo me digo a mi mismo, eso es lo que ellos piensan pero yo no me siento a gusto con nada.

En un momento de indecisión ante la vida tome la decisión de visitar a un loquero, o psiquiatra que llaman. Me sorprendí al entrar al consultorio y encontrarme con un conocido de la infancia quien después de los saludos y preguntas coloquiales de rigor pasamos a lo mío, lo que me llevaba a consulta y en resumen le dije lo que sentía, que era no sentirme a gusto con mi vida para nada. Me sugirió hacer algo que está de moda y llaman un inventario moral, o ético o no sé que otros nombres; yo le dije que eso era lo más fácil y empecé: una cabeza, un troco, una verga, dos pelotas, dos piernas, una cara… aquí me parí y me dijo “gran pendejo, ese no es, se trata de un recuento de sus acciones”, y es ni más ni menos algo parecido a lo que aprendí en clase de religión cuando me preparé para la primera y última comunión, el examen de conciencia. En otras palabras como una

autobiografía de todo cuanto hice desde que nací hasta el momento de la consulta con mi amigo. Insistió en que rebuscara en mi memoria todos los datos que siempre oculté, las mentiras, los engaños y todo lo falso en mi existencia; entonces le dije: No jodas, y lo bueno qué; y me contestó que lo bueno no martiriza. Salí con la intensión de hacer el listado de todas mis cagadas a lo largo de treinta años sin omitir nada y no fue sino empezar para darme cuenta que no soy un ángel de la guarda mi dulce compañía y que, de acuerdo con la religión, si me moría en este momento me iría de culo para el infierno.

Lápiz en mano y con la mente alerta comencé… es un decir porque no sabía por dónde empezar y recordé que los escritores hablan del fantasma de la hoja en blanco; así que este era el tal fantasma de mierda; empecé cientos de hojas y la cosa no marchaba y tuve que buscar en Google que era un bendito inventario y allí me dieron la idea de iniciar desde el principio, es decir desde que nací, que es cuando uno no recuerda un carajo. Para no acudir a mis padres ni a mi abuela decidí partir desde que recordara, o sea como a los tres o cuatro años.

La recomendación para escribir mi vida era ser honesto conmigo mismo; pensé que era sencillo pero que va, cuando empecé, por fin, la lista, al recordar hechos ridículos o que me apenaban los pasaba por alto pero eso que llamaban mis padres la voz de la conciencia me decía allá adentro del cerebro: “no te hagas el huevón, escribe todo” y ponía sobre el papel que tomé biberón hasta los ocho años y también hasta esa edad me meaba en la cama y al otro día le echaba la culpa al perro pero eso no quitaba que me

castigaran. Mi abuelita fue responsable de que yo fuera un niño apocado y tímido porque era quien me acompañaba todos los días al colegio y me defendía de los supuestos ataques de cualquier perro chandoso que me mirara por la calle y si yo daba quejas del comportamiento agresivo de alguno de los compañeritos de la clase, la viejita me preguntaba cual era y sin pensarlo dos veces se le acercaba y lo zarandeaba mientras le decía una sarta de maldiciones hasta que el niño lloraba… y ay de la madre que lo acompañaba porque también recibía lo suyo.

A medida que iba escribiendo aumentaban los recuerdos y, para mi desgracia, la mayoría eran desagradables. Ahí empecé a dilucidar porqué no estoy conforme con mi vida presente y me siento incómodo no importa si la vida me sonríe, siempre tengo una disculpa para sentirme incomodo y por lo general para incomodar a los que me rodean. Con razón no me duran las novias, y los pocos amigos que conservo es porque tienen un aguante de acero. En realidad mis padres eran buenas personas y ahora me doy cuenta de que me amaban, bueno, todavía me quieren porque siguen vivitos y culiando, supongo. Lo que pasaba es que ambos trabajaban para que la familia pudiera tener un buen estado económico y aquí aclaro que éramos mi madre, mi padre, mi abuela y mis tres hermanos. Yo era el menor y tal vez eso me convertía en el consentido de la abuela y el más pendejo.

 

Edgar Tarazona Angel

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