Teresa

Saliste por la puerta y antes  que cerraras se coló para instalarse. Al principio se movió con cierta mesura, husmeaba por algunos rincones y cuando yo veía a esa dirección, se alejaba distraídamente mirando hacia otro lado. No me molestaba su presencia a excepción del baño, lo consideraba más íntimo; se reflejaba en la cerámica azul cobalto y como no queriendo, buscaba algún cabello tuyo en el lavamanos y jugaba con tus cosas: un cepillo, un pomo con crema… o algo de lo poco que olvidaste.

También puede ser que yo en esos tiempos estaba ocupado en imaginar que volverías pronto, que tu viaje no sería tan largo, que esa enfermedad (imaginaria) de tu madre se vería resuelta en las próximas semanas, o que regresarías cansada del trabajo en cualquier momento; igual y por eso no me di cuenta de cómo tomó confianza y al paso de los días se paseaba con mayor libertad que yo dentro de casa. Es entonces que noté como se arrellanaba a mi lado en el sofá, y aunque nunca dijo nada, yo sabía que tardaría en marcharse. Le gustaba meterse en tus cajones y desarreglar las cinco o seis prendas que dejaste, quizá, con toda alevosía.

Su confianza era asquerosa. Ponía en los momentos menos indicados la música que nos gustaba escuchar, a ti y a mí, juntos. Jugueteaba con sus dedos fríos por sobre la botella de vino de nuestra preferencia, esparcía restos de tu perfume por cada rincón de la casa, se sentaba en tus lugares favoritos y hasta ordenaba por teléfono la pizza que tanto te gusta.

Pero eso no era lo peor... no, por mucho no era lo peor. Tuvo el descaro de buscar tu lencería y varias veces la esparció sobre la cama, tiraba al cesto de la cocina las fotos en que aparecíamos juntos después de maltratarlas, lavó el baño hasta quitar las manchas de maquillaje que yo trataba de conservar sobre el espejo. Empezaba a criticar tu música, tu ropa, tus costumbres y todo cuanto tuviera que ver contigo. Yo imaginaba que si alguna vez llamabas por teléfono y dejabas algún recado, si recapacitabas de mi amor, ella lo iba a borrar considerándote un obstáculo para nuestra incipiente relación. Relación forzada, eso he de decir.

Los meses se sucedían y esa presencia se transformó en armónica y silenciosa reunión. Ni siquiera me molestaban los imperceptibles cambios que hacía con los objetos cotidianos en desuso, el polvo sobre los muebles no era una batalla perdida, las paredes descascaradas, mi desaliño y la perecedera botella de licor: todo era la banalidad vencida. Por eso y no por otra cosa, cuando regresaste,  el aire de tu ausencia se había transformado en esta amada e incorruptible lejanía de todo, en esta pasividad sin traición ni malos tratos, en esa infinita compañía a la que le puse el nombre de Teresa para no decirle soledad. Por eso y no por otra cosa ya no cabías en la casa, ni dentro de mí.

 

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