UNA OLA EN EL OCÉANO (monólogo)

Las miradas pueblan la humanidad. A veces creo que tienen existencia independiente de sus dueños. Las hay de odio, de amor, de envidia, de esperanza, de humildad, de vanidad, de muerte, de vida,  y así podría seguir enumerando y jamás podría incluir a todas. Miles de ojos humanos engendran esas miradas como mosquitos en una tarde de verano.

De todas ellas hay una que jamás podré olvidar. Fue una noche de verano, en las doradas playas de Rio de Janeiro:

― Dalva, te amaré toda mi vida ― sus  profundos ojos negros incrustados en unas suaves cejas lineales, construyeron una mirada que petrificaron mi alma. ¿Cómo podía dudar de esas palabras?

― Yo también Ayrton ― respondí por instinto, pero la mirada fue lo que me abrió su alma. Algo nacía pero al mismo tiempo moría; lo percibí, pero no pude saber que era en ese momento.    

Miradas. Eso somos. Construimos nuestras vidas, nuestros destinos, con miradas. Debemos saber leerlas. Ellas nunca mienten, aunque el corazón diga otra cosa. Podremos dudar de todo, hasta de nuestra propia existencia, pero no de una mirada. Es sólida como acero. 

El aroma del agua salada al penetrar por mis fosas nasales, el mormullo del agua al estrepitarse sobre la costa, bañada por la luna, junto con los brazos de Ayrton que me envolvían, me hacían ver al inmenso océano Atlántico como si fuera un espejo de mi misma. Así de plena me sentía.

Jamás podré amar a alguien más que a él. Lo sabía en ese momento y lo sé ahora. Han transcurrido más de cuarenta años y lo vivo como si fuera hoy. El amor cuando es tan profundo justifica toda una vida, aunque su existencia sea de unos breves instantes. ¡Qué define el verdadero amor! Su intensidad o su duración.

― Tengo que decirte algo Dalva ― su voz se puso más solemne y masculina.

El océano se tornó iracundo; tal vez como presagiando el futuro. El destino teje su tela y nosotros somos sus tristes víctimas. Estábamos recostados sobre la tibia arena y con desinhibida determinación, mis blanquecinas manos se hundieron en su negra cabellera. Dos jóvenes sumergidos en la pasión era el retrato.  

Éramos tan distintos y al mismo tiempo tan iguales: él morocho, yo rubia; él tenía el pelo largo, yo corto; él ojos negros, yo azules; y sin embargo, el amor era común a los dos. Eso jamás lo dudé.

― Dime ― le respondí con mi mejor voz de mujer, solapando mi inocencia paradigmática.

Nuevamente las miradas. Habían cambiado. La de Ayrton mutaron a sombría.

― Voy a tener un hijo con mi esposa.

El océano no se había equivocado. De repente todas las estrellas del firmamento cayeron sobre mí como agujas afiladas directas al corazón. Yo era su amante, lo sabía desde el principio pero esto no lo esperaba. ¡Un hijo! Siguió tratando de justificarse:  

― Fue en una noche de desenfreno y bueno, ocurrió. No lo quise pero ocurrió. Pero yo siempre te amé y te amo.

― Me has herido de muerte ― le dije. Pero yo sabía que ese era el precio que debía pagar por ser la amante de alguien. Me sentí usada pero al mismo tiempo culpable. Yo permití y acepté esto. Sus brazos que antes eran cálidos ahora se habían tornado frío como un tempano. Pero mi corazón era contradictorio. Lo amaba y aún lo sigo amando. ¡Qué complicadas y frágiles somos las mujeres! Todo lo aceptamos y perdonamos por amor.

Su mirada no me mintió. Lo sé. El me amaba, pero era débil. Cobarde. No pude contener mis lágrimas que yo mismo busqué. Me levanté de la arena, tomé mi ropa y me fui sin decir nada. El silencio era el mejor remedio. Todo había terminado para siempre. Tuvo su hijo lo llamó Mateus. Los años transcurrieron sin que yo supiera nada de ellos.     

Un joven detrás de mí, me besa en la mejilla. Me doy vuelta lentamente y lo veo. Es Mateus.

― Buen día mamá ―  lo abrazo con más fuerza que de costumbre.

― ¿Qué te pasa hoy mamá? Otra vez con tus pensamientos. Siempre estás así en las mañanas  ― Esa palabra que cada día me dice: “mamá”  y que cada día me resulta tan renovador: es mi consuelo. Mi bálsamo. Mi vida.  

― Solo ve a tomar tu desayuno Mateus  ― Le ordeno y sigo con mis pensamientos.     

Hace veinte años, Ayrton y su mujer fallecieron en un accidente de tránsito. Su hijo, Mateus, quedó huérfano. Yo lo adopté  y ahora es mi hijo.     

Su mirada es la misma que la de Ayrton. Sus ojos negros me recuerdan a él. La mirada jamás miente. Es un joven maravilloso y su corazón es puro. Muchas veces le hablé de sus padres, pero jamás de mi relación con Ayrton.

 

Somos una ola en el océano de la vida, destinados a morir en la costa. Lo único que nos puede salvar es el amor que a veces podemos vislumbrar en una mirada.  

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