UNA VENTANA A LA LOCURA

 

Avenida Gran River, Detroit (Míchigan)

Me llamo Frank, pero todos me dicen Franky. No se cuando me trajeron a este Hospital Psiquiátrico de la Avenida Gran River, solo se que tenía el pelo negro y ahora es blanco como la nieve. Recuerdo muy bien ese día, porque fue cuando papá y mamá se fueron al cielo. Estaba triste, pero el padre Braian me dijo que no me preocupara, ya que ellos estaban con Dios y que con seguridad los volvería a ver.   

Ahora este es mi hogar; esta es mi familia.  Todos mis amigos están aquí. William, el de la mirada triste, vive al lado de mi habitación; John, el que todo el tiempo se ríe, al frente.

Además, aquí tengo a mi ratoncito Puky. Es blanco. Lo alimento  todos los días con las sobras de comida de la cocina. ¡Hay, que hermoso es!; tiene ojos negros tan brillantes y vivaces, que me hacen llorar de alegría. Además es muy bueno, jamás se queja y siempre esta conmigo a donde voy. Incluso duerme conmigo.

Todos los que nos cuidan tienen bata blanca, incluso el Doctor Kuck. Hace mucho tiempo me dijo que yo veía cosas y personas que no existían, que eran de mi imaginación. Al principio no comprendí mucho la diferencia, para mí todo era igual de real. Con el tiempo y los medicamentos que me dieron, pude distinguir la diferencia. Cuando logré esto, me dieron la posibilidad de irme de este lugar: Pero ¿ a donde ?. Siempre vivía aquí. Por suerte, me permitieron quedarme a cambio de realizar algunas tareas; eso me hizo muy feliz.  

Después de ayudar a Clotilde en la cocina, limpiar las letrinas y recorrer con mi trapeador los pasillos, voy a mi habitación a descansar.

Allí tengo una gran ventana. Siempre me gusto sentarme junto a ella y ver a la gente de afuera. Nunca se donde van o de donde vienen, solos los veo mientras transitan mi calle, al doblar la esquina, no se más de ellos.  Muchas veces me pregunté si viven en una casa hospital, con gente de bata blanca que los cuidan. ¿Tendrán también un ratoncito de compañía?.

 

***

23 de Julio de 1.967

“Esa noche, en la ciudad de Detroit, la policía tenía orden de arrestar a un grupo de personas que se encontraban en una cantina sin licencia, ubicado entre la calle Doce y Av. Clairmount,  barrio predominantemente negro. Justo en el lugar había 82 personas dándole la bienvenida a dos veteranos de Vitnam. La policía intentó arrestarlos a todos y la multitud se volvió hostil. La situación se salio de control, hubo represión  y en pocas horas estallo la violencia racial en la ciudad, con tiroteos y pillaje. El resultado: 43 muertos y 2.000 heridos. (Revista Time, edición de Julio 1967)”.

Esa noche el ruido y los gritos que provenían del exterior de mi ventana eran ensordecedores. Me acerque a observar. La luna alumbraba los barrotes que proyectaban su sombra en mi rostro, dificultando levemente mi visión.

El espectáculo era aterrador. En la calle, había automóviles y toda clase de vehículos detenidos; en uno de ellos, mientras se consumía por el fuego, una mujer imploraba auxilio desde su interior.

La tienda ubicaba en frente, humeaba y por los escaparates salían, muy de prisa, personas con objetos en sus manos. Decían toda clase de groserías.  

A unos metros de allí, varios hombres con uniformes azules golpeaban a dos chicos. Uno de ellos estaba en el suelo, sangrando y el otro de pie,  con los brazos tratando de protegerse.  Los golpes eran muy crueles. ¿ Me pregunte que habrían hecho para merecer eso ?.

Un joven se acerco a mi ventana. Caminaba en forma irregular, tambaleándose. Cuando estuvo lo suficientemente próximo, esgrimió un cuchillo muy afilado en posición de agresión y me dijo, con un grito gutural:

-¡Que miras maldito viejo estúpido!. –mientras intentaba lastimarme con embates entre los barrotes de mi ventana. No comprendí el profundo odio que tenía en sus ojos.  

 

No quise ver más ese exterior de dolor, sufrimiento y de infinita “locura”. Me reconforte con mi pequeño lugar de paz, de “cordura”, en este hospital Psiquiátrico de la avenida Gran River.

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