Vaca ladrona no olvida el portillo

No me cabe la menor duda de que acusar a algún colombiano de partidario de la guerra sí que es algo que lo niega su propia estupidez.  No tiene mucha lógica decir que uno de esos criminales se haya dado una escapadita a darse un paseíto por la selva, que tan bien conoce y tan provechosamente ha explotado durante toda su vida, azuzado porque Uribe grita “viva la guerra”; ni mucho menos puede ser creíble que este delincuente de tan alto “calibre”  obedezca o se deje manipular por el temperamento altivo y el tono bravucón de Vargas Lleras.

Lo que yo sí creo es que la selva colombiana tiene un atractivo que no se puede encontrar en ningún otro lugar del mundo; lo que sí es evidente es que la selva colombiana, otrora un pulmón del planeta, es un poderoso imán cuya energía es irresistible para todos estos criminales inescrupulosos que hicieron del exterminio de Seres Humanos una actividad muy, muy jugosa y asombrosamente rentable.

Lo que sí veo es que el dolor y la rabia que compartimos todos  los colombianos durante toda la vida, ahora nos divide en guerreristas y pacifistas a quienes asistimos y padecimos la destrucción del país mientras ellos, los criminales, acumulaban dinero a raudales.

De mi parte toda la admiración y el respeto por quienes tan noblemente han creído en este proceso que de manera tan cruel ha sido llamado “acuerdo de paz”;  a decir MI verdad, mientras se defienda una idea mediante el uso de un vocabulario hostil y descalificador, poco, muy poco puede ser el aporte para alcanzar   tan ilustre logro.  Sin embargo, le reconozco total y absoluta validez a todos y cada uno de los argumentos que cada quien esgrime para salvaguardar, contra viento y marea, tan generoso acuerdo de tan nula reciprocidad, aunque no los comparta.

Ergo, yo también razono y esto me permite tener una idea propia; y aprovechando que todavía puedo hacer uso del sagrado derecho a opinar, me atrevo a decir que la raíz del conflicto colombiano tiene un solo nombre y que se llama “narcotráfico” y no existe un negocio más lucrativo para estos narcotraficantes; el cultivo y procesamiento de la coca y demás cultivos ilícitos son el gran combustible que genera la guerra en Colombia; no hay cuento de azuzadores; no necesitamos ni de Uribe ni de Vargas Lleras incendiando a la nación  porque estamos condenados a vivir ardiendo mientras en el mundo no podamos erradicar esta perversa economía. 

Yo no me como el cuento de la lucha por la justicia social, da risa oírlos despotricar  del capitalismo cuando no hay gente más rica y poderosa que ellos… tienen el poder que da el dinero y además tienen el poder de la intimidación, con el cual sometieron al estado colombiano y a la nación entera y que ahora pretenden continuarlo, tutelando  y demandando a periodistas y políticos que aún no hayan olvidado que son asesinos, que cometieron todo tipo de crímenes de lesa humanidad  y que se atrevan a recordárselo, ya que a ellos, a los criminales, se les olvidó. 

Al fin y al cabo, la vida es tan rara y da tantas vueltas que estamos ad portas de mostrarle al mundo la triste comedia de un “lavado de sangre” por falta de un castigo mínimo, lo cual sería comprensible hasta cierto punto con el silogismo de detener el desangre nacional con el que estos hampones han irrigado todo el país; pero lo que sería resultaría incomprensible sería “lavar la historia” con el cuento del derecho al buen nombre, porque este es una construcción personal.

En conclusión, quienes otrora fueron una banda de narcotraficantes devastadores de la sociedad colombiana, son ahora intocables que reclaman, exigen e imponen su derecho al buen nombre; nombre que jamás les importó porque fueron ellos mismos los que lo mancillaron con sus horrendos crímenes.  Todo esto lo han dicho las autoridades colombianas durante más de cincuenta años, para mí, toda la vida. Los nuevos  invencibles y honorables políticos colombianos amenazan con judicializar a todo aquel que les recuerde que han sido  A S E S I N O O O S S S…

 

   

 

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