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Vacío...

Desde que te fuiste, ya nadie me reconoce. Ni yo misma puedo hacerlo. Estoy por los suelos y no sé cómo enfrentarlo. Me aferro a cosas inútiles, pensando que podrán ayudarme a saber quién es esa mujer que se levanta todos los días, se mira al espejo y se pregunta: ¿qué hago aquí? Es como vagar por la vida, ¿sabes? Sin propósito alguno.

Después de todo, llevar una vida por los suelos no es tan malo si lo ves desde mi posición. Conoces a vivos sin vida interior como tú. Y de alguna manera te hacen pensar que tu situación no es tan mala como la de ellos. Pero luego me pongo a pensar en que el hecho de que ellos la lleven igual o peor, no cambia que yo siga teniendo esa sensación de vacío. Un vacío que no te abandona. Continúa. Te penetra hasta los huesos. Hasta todo eso que alguna vez formó parte de ti, para después convertirse tan sólo en recuerdos dolorosos, que te acechan sin descanso. Así que ya no es únicamente un vacío a secas, sino que es un vacío doloroso que te ahoga. Que me está ahogando.

No sabes cuánto te necesito en estos momentos...Sí, seguro que debe ser eso. No sabes nada. Seguro que tu mundo nuevo debe ser alucinante. Tanto, que probablemente ya me hayas olvidado. Como todo el mundo lo hace. Claro. Debí suponer que las cosas serían así. No entiendo por qué no lo vi venir. Como si no me sucediera siempre. Supongo que durante estos meses estuve reuniendo todas las esperanzas posibles como para creer que esta vez sería diferente. Pero ya veo que nada cambió. Y que soy más estúpida de lo que ya era. 

Hasta ese punto ha llegado mi vacío. Ha llegado a empeorar las cosas. A empeorar lo que soy...o lo que era. Realmente no lo sé. Y yo que creía que lo peor no se podía empeorar...qué equivocada estaba. 

Pero está bien. Quédate en tu nueva vida. No regreses, ni te preocupes por mí. Que ya nadie lo hace, si quieres saberlo. ¿Por qué lo harías tú? Adelante, sigue con tu vida llena de vida. Yo me quedaré en mi vacío doloroso, que me está matando. Y que, al igual que yo, se encuentra a la espera de mi muerte. 

 

 

Por María José López.

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