¿Albedrío o determinismo? ("Seguiré viviendo" 74a. entrega)

Ir a: La absurda prepotencia del adulto frente al joven ("Seguiré viviendo" 73a. entrega)

El dolor me despertó temprano. La enfermera vencida por el tedio se había dormido en el sillón. En el piso estaban sus zapatos blancos; sobre el asiento sus piernas recogidas; sus brazos pegados al pecho, atrapando calor en la mañana gélida; y su cabeza flexionada, aproximando el mentón contra sus manos. Una frazada calurosa, pero mal dispuesta, escasamente la cubría. No quise despertarla y aguanté el dolor sabiendo que de todas maneras el calmante llegaría.

«El dolor es subjetivo», dije para mí, y me distraje en los placeres del amanecer. Me gustaba que quedara abierta la cortina para ver colarse las luces de la madrugada. Me fascinaba el espectáculo que convertía en día las sombras de la noche. A veces en el silencio de la ciudad, que apenas despertaba, alcanzaba a distinguir el canto de los pájaros. Casi nunca los vi, pero imagino que el concierto procedía del árbol que me quedaba al frente; de pronto de algún gorrión despistado que se posaba en los cables que llegaban a los postes.

Retomé los pensamientos con que me había dormido, que giraban en torno al albedrío. Debo afirmar que siempre actué asumiendo las consecuencias de mis actos, siempre quedando a paz con mis principios. ¿Pero si otro diferente a mí calificara mis acciones como las juzgaría? Un contradictor habría de reprobarlas, un seguidor aplaudiría. Bueno para unos, demonio para otros, ¿en un juicio imparcial cómo resultaría? Tendrían que analizarse mis motivos, descubrir que fallé cuando fui incapaz  de más perseverancia, y que hice el bien cuando de mí brotó sin gran esfuerzo. Como quien dice que mi voluntad no hizo otra cosa que seguir una senda establecida.

¿Qué tan bueno es el bueno, que tan perverso el malo? ¿Cómo tasar al hombre? Los hay buenos gracias a su empeño, pero también hay a los que las buenas acciones les nacen sin esfuerzo. Malos que en la maldad se empeñan, y malos que no quisieran serlo. ¿Qué tan culpable es el culpable? ¿Hasta dónde es el hombre responsable de sus actos? Tuve entonces la impresión de que la virtud era más don que esfuerzo propio.

«Si se ama al prójimo por vocación, sin exigencia –me dije–, igual puedo pensar que se obra mal cuando se claudica a pesar de todos los esfuerzos». Lo que me molestaba de ese razonamiento era que rebajaba a su mínima expresión la responsabilidad del hombre en sus acciones. Como quien dice que se puede proceder mal por una predisposición que hace caso omiso de la voluntad. Me sentía enredado en un sofisma, porque por primera vez en mi vida creía que podía existir una predestinación para lo que se es y lo que se hace. Y la libertad aunque nunca la había creído un absoluto, me resultó tan relativa, que la sentí minúscula y casi inexistente. Era increíble. Mis reflexiones ante la muerte me estaban llevando al determinismo que siempre rechazaba. Tras una vida convencido de la soberanía de mis acciones, debía reconocerme un títere que había seguido, al pie de la letra y sin darse cuenta, el libreto que el destino le había especificado: Habían sido las circunstancias, más que mi voluntad, la causa de mis determinaciones. Y recordé que algún día le dije a un estudiante para afirmar la responsabilidad de la humanidad en sus maldades, que el hombre se inventó al diablo como cabeza de turco de su bellaquería. Él, en unos extravagantes silogismos a los que poca atención puse, concluyó que nadie es bueno ni malo, que sólo obra guiado por defectos y cualidades dados por la naturaleza, luego sobran el cielo y el infierno, el premio y el castigo. Siento en medio de mis reflexiones que no he estado tan lejos de aceptarlo.

Ir a: Sin felicidad la inmortalidad carece de sentido ("Seguiré viviendo" 75a. entrega)
Luis María Murillo Sarmiento

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

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