Con la enfermedad la crítica se volvió indulgente ("Seguiré viviendo" Entrega 79)

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Mientras que los cambios físicos de José eran casi impalpables para Alicia que visitaba a José constantemente, para Piedad que con menos frecuencia lo veía, eran conmovedores. De cualquier manera para ambas la pérdida del aliento de su amigo era ostensible, y se reflejaba en su voz tenue y sus jadeos, y en los silencios que distanciaban sus palabras, que finalmente se advertían a través de la línea telefónica que había llevado por meses una voz vigorosa que no parecía salida de un cuerpo tan enfermo. 

Hablando con Piedad, José reconoció que su animosidad se había aplacado. Y alentado por ella dejó conocer sentimientos que poco revelaba en sus escritos, que traslucían cierta comprensión por lo que criticaba y buena dosis de indulgencia, y hasta de amor, por quienes habían sufrido la arremetida de su pluma.

Le confesó a Piedad que en el paroxismo de su crítica a la educación había afirmado que los colegios no pasaban de simples guarderías, odiosas además por sus exigencias desmedidas; y que tenía la convicción de que su trascendencia  en la formación de los muchachos no era más que una trillada aseveración trocada en dogma.

–La formación por ley natural es tan pasiva, que se da imperceptiblemente, copiando paradigmas, sin mayor imposición, por pura influencia del entorno. Es que el ser humano llega al mundo más perfilado que lo que los padres y docentes piensan. El germen de la formación lo trae consigo. Por ignorarlo ha de ser que la mayoría de los formadores se confunden.

Y cuando esperó Piedad un juicio implacable a los responsables de esa mala educación, José se mostró inusualmente compasivo, excusó a los maestros de las fallas, y elogió sus sacrificios y virtudes. Y tuvo palabras para reconocer los desvelos de los que fueron sus maestros. Más aún, aseguró que las políticas eran las culpables de los yerros, y los culpables de las políticas, obviamente los políticos, para los que no alcanzó tanta indulgencia.

–Cuando la mayoría de las actividades humanas demandan virtudes, el ejercicio de la política requiere imperfecciones; carencia intencional de muchas cualidades.

Admitió, sin embargo, que podía haber hombres honestos y de buenas intenciones extraviados en esa ocupación. Habló de todo y se refirió a la dureza de la vida, pero reconoció que en medio de las adversidades se disfruta.

–Dirás que me estoy arrepintiendo de todo cuanto he escrito. ¡Pues no es cierto! Me mantengo en cuanto reprobó mi pluma. Pero como humano común y perfectible, reconozco que en las diferencias a todo concepto lo asisten sus razones; en lo perverso todo es susceptible de perdón. Para concederlo basta el arrepentimiento, que reconoce el daño y frena la maldad.

Y como si estuviera rindiendo unos descargos, fue recordando controversias y contradictores, y dando explicaciones.

–No escribí contra el matrimonio impunemente, no lo hice con inquina, más bien con desilusión y con tristeza. Con la tristeza de que los sueños más tiernos de las parejas se malogren. Si de veras el matrimonio se pudiera mantener hasta la muerte, jamás hubiera afirmado lo contrario. Hasta entre los fundamentalistas es un secreto a voces que la monogamia es contranatural y el matrimonio no funciona.

–Las amantes en tu caso tampoco funcionaron.

–Las dichas del enamoramiento son fugaces. Sólo el verdadero amor, que es el que sentimos por el prójimo, perdura. Ese amor es el que me une a ti, y el que siento por Alicia. Pero de mis amantes no tengo un mal recuerdo. Mis pasiones y mis sentimientos más tiernos los viví con ellas. Por el contrario, las gazaperas más memorables se las debo al matrimonio.

–Tu desparpajo al referirte a lo carnal siempre ocultó la dulzura con que trataste a las mujeres. Tu filantropía fue encubierta por la rudeza con que describías la realidad. Tantas protestas no siempre se entendieron como tu preocupación por un mundo más humano para todos.

–Tendrás que dar tu testimonio cuando mi pensamiento sea malinterpretado. Ya no dispongo de tiempo para redactar aclaraciones. Si no hubiera sido perentorio en mis conceptos hubiera resultado más amable, pero menos de tomar en cuenta. En una obra dedicada al moribundo una frase de Rabindranath Tagore me impresionó más que todo el libro. Decía el hindú que los hombres son crueles, pero el hombre es bondadoso. Así tal vez se explica que siempre haya sentido más enfado con la acción que con el responsable; y que muy pocas veces tomara por enemigo al blanco de mis críticas. Definitivamente las razones de un hombre adquieren otra dimensión cuando se le conoce.

–Sin darte cuenta es un juicio que te haces de ti mismo.

Había verdad en ello. Sus escritos pocas veces denunciaban sus flaquezas. En sus textos las mujeres sólo pasaban por el cedazo del deseo, pero en la intimidad las trataba como una porcelana, con tal delicadeza que se volvió obsesivo su temor de lastimarlas. Piedad conocía ese tacto de José para llegar al corazón sin hacer daño; lo había vivido en los años en que la pretendió, y lo recordaba en una anécdota de las tantas que en sus confidencias José le había contado. «A mí no tienes que rogarme, pues mi razón me dice que eres una mujer maravillosa; tan llena de virtudes, que si de mí dependiera ya me hubiera enamorado. ¡Ruega a Dios! ¡Ruega al destino! ¡A mí nada tienes que implorarme! La decisión de enamorarme es por completo ajena a mi mis deseos», le dijo a una mujer por él encaprichada, a quien no podía querer por más que lo intentaba. Cuando a los puritanos les llegó su turno le confió a Piedad que aunque lo exasperaba oírlos pontificar de todo sobre lo que no hay certeza, cierta certidumbre albergaba de la bondad intrínseca a su fe.

–Desaparecidos los tormentos con que castigaban antaño a herejes y pecadores, los siento hoy más tontos que dañinos. Gente de bien, honestamente pienso, crédulos y testarudos. 

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Luis María Murillo Sarmiento
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