El instante supremo ("Seguire viviendo" Entrega final)

Ir a: Un final cercano ("Seguiré viviendo", entrega 84)

Los días prosiguieron en relativa calma y sin angustia. La supervivencia, mayor que la pronosticada, le hacía presentir a José que el fin estaba cerca; ni qué decir su debilidad y su desnutrición extremas. Simplemente esperaba que se diera alguna de las complicaciones que en un ejercicio masoquista, meses atrás, había estudiado como causas posibles de su muerte. Esas lecturas lo enteraron de que podía sobrevenir un embolismo pulmonar que se manifestaría por asfixia y un dolor torácico severo, que podía morir desangrado de presentarse en el tumor una hemorragia incontrolable, también podría morir en sepsis.

A todo estaba resignado. Imaginadas terribles, las cosas iban resultando menos malas que lo presupuestado. Aunque había detestado la idea de confinarse, los amigos, la lectura y los recuerdos, habían hecho el encierro tolerable. Habían hecho llevadero el malestar del alma; como los analgésicos y antieméticos potentes habían vuelto soportable los sufrimientos corporales. Aquella tarde entre las náuseas se coló la sangre. Fueron al comienzo pequeñas bocanadas.

La enfermera se alarmó cuando descubrió que las heces parecían carbón. La lividez de José denunció una anemia aguda y peligrosa. Los galenos le ordenaron sangre pensando que no hacerlo podría ser tomado como negligente. Uno de los médicos le comunicó a Eleonora que el estado de su padre era en extremo grave, tenía una hemorragia masiva dispuesta a no transar con nada. Varias bolsas de glóbulos rojos fueron ordenadas; pero tan rápido como entraba la sangre, la seguía perdiendo. Le explicó que pese a su gravedad no lo enviaría a la unidad de cuidados intensivos, porque nada de lo que allí se hiciera era para curarlo. Eleonora asintió. Le dijo que estaba de acuerdo en que no fueran a prolongar artificialmente su doloroso trance.

El médico se alejó y Eleonora se sentó en la sala de espera, desolada. Le habían dicho que le informarían cuando pudiera regresar al cuarto. Un doloroso sobresalto la persuadía de su inminente ausencia. Presentía que en cualquier instante le anunciarían su muerte. Instintivamente la tristeza buscó refugio en su memoria. Momentos íntimos y recuerdos felices evocaron a su padre. Se vio en sus brazos, muy niña, estrechada contra su corazón; de escolar, cruzando la calle cogida de su mano; de adolescente, bailando con él el vals de los quince años; de bachiller, posando para la foto del recuerdo. Lo revivió al borde de su cama, ahuyentando sus tristezas, velando en sus enfermedades o despertándola de madrugada todas las mañanas.

Vinieron a su mente sus consejos: «Cuántos sicóticos discurren por la vida queriendo contagiar al mundo su locura. Toda afirmación, hija, tiene pies de barro. Digiere todo pensamiento, pásalo por el cedazo de la inteligencia y sólo dadlo por válido si tu razón lo acepta. No tragues entero. No hay normas ni modelos impuestos por el hombre que no sean debatibles».

Recordó sus apreciaciones sobre la virtud y su rechazo a todo lo dogmático: «La inteligencia percibe el bien y el mal en una escala gradual, lejana al blanco y negro de la tendencia maniquea. Diferencia el sacrificio pertinente, del sacrificio inútil; el sacrificio conveniente del superfluo».

Se acordó de sus disertaciones sobre el matrimonio, uno de sus temas favoritos. Aunque eran cáusticas, al presentarlas a Eleonora, las ironías se transmutaban en lecciones constructivas: «El enamoramiento afecta tanto como el amor, pero a duras penas es una chifladura. Distingue el verdadero amor porque perdura, porque es sosegado y generoso. [...] No olvides que en el éxito del matrimonio cuentan la afinidad de los temperamentos y la capacidad de adaptación de la pareja. El carácter avasallador sólo permite la convivencia con personalidades mansas. Dos naturalezas dominantes convierten el hogar en campo de batalla. [...] Nunca escojas a quien demande grandes cambios en tu vida, porque cuando pase la “psicosis” del enamoramiento, tus concesiones se habrán vuelto deber por fuerza de la costumbre, y serán para ti un sacrifico intolerable. No des nunca más de lo que serías capaz de mantener por siempre y sin mayor esfuerzo. [...] Nunca elijas a quien deba sacrificarse para adaptarse a ti. La mejor elección son los afines. Un buen matrimonio es como un engranaje insuperable y se da naturalmente, sin resistencia y sin esfuerzo. Contra la voluntad, nada es feliz. [...] Son afines a ti quienes participan de tus gustos y piensan como tú, quienes comparten tus hábitos y tienen metas similares a las tuyas. Añádele comprensión y tolerancia y encontrarás a tu pareja. En el amor los polos opuestos a la larga se repelen. [...] Nunca asumas la idiosincrasia que no tienes, ni permitas que te confundan con actitudes y virtudes que no son las reales. La pareja hay que aceptarla como es, no como se quisiera».

Le mencionó la adversidad de la rutina, pero omitió decirle que el cuerpo y el alma son parte de la rutina misma. Lejos de insinuar un cambio de pareja, como con frivolidad lo proponía, le contó que los cónyuges distanciados por las obligaciones, viven una relación más duradera. «Combate la rutina evitando que la pareja te sature. Quienes menos se empalagan mejor relación llevan, porque la ausencia destaca las virtudes de quien nos hace falta».

Y le habló de la infidelidad, sin la inexorabilidad con que solía presentarla en sus escritos. Por primera vez dijo muchos –y no todos– somos infieles. Quería alertarla, no desilusionarla. «Con mucha o poca justificación, con mayor o menor remordimiento, con agrado variable y en desigual medida, los hombres somos por vocación infieles. No pienses mujer que tu hombre no te ama porque ha saciado su pasión en otros brazos, es que fácil disociamos el amor y el deseo, una audacia que no lográis vosotras». Así era de perentorio cuando le presentaba la infidelidad a los extraños, pero a su hija en pleno romance, fue incapaz de hablarle con tal desesperanza.

Le mostró los hechos sin tomar partido, la previno contra una infidelidad apenas hipotética, le descubrió las bondades del hogar, y le reveló secretos para hacer frente al hastío: «No conviertas en rutina lo que sin el efecto del amor harías con resistencia, porque cuando decline el sentimiento, las cargas que sin esfuerzo volviste hábito se transformarán en obligaciones insufribles. [...] Olvida los celos, los gritos y las cantaletas».

¡Quién lo hubiera creído! Esperanzado con la dicha de Eleonora le había planteado una tregua al matrimonio. Pero de nada sirvieron los consejos, porque con una mala unión las ilusiones de su hija igual se malograron. Eleonora pasó de los recuerdos a las culpas. Se reprochó no haber estado más atenta de José y no haber aprovechado su soledad para hacerle compañía. De pronto habría podido, tras su separación, vivir de nuevo con su padre. Pero era un remordimiento sin sustento. Ambos amaban la independencia; la soledad no les desagradaba. La angustia consumió su tiempo, y cuando el reloj marcó las dos de la mañana una enfermera se le acercó para avisarle que ya podía volver al cuarto. La tétrica corazonada que la asaltó cuando la vio acercarse se desvaneció con el parte que le adelantó la auxiliar presintiendo la pregunta:

–Está tranquilo, está durmiendo, sus signos son estables. En la habitación todo lucía impecable. Unas horas atrás reinaba el caos en ese cuarto: El tendido blanco bañado por el vómito, la silla y la mesa salpicadas, en el piso dos charcos de sangre, José desvanecido, las enfermeras buscándole las venas con apremio y el médico colocándole la sonda en el estómago. Ya nada delataba aquel trajín. Si acaso la sonda nasogástrica que evacuaba la hemorragia digestiva y la bolsa de sangre que gota a gota le restituía la que perdía.

–Otra unidad de glóbulos le ordenó el doctor –le dijo la enfermera al abandonar el cuarto.

Eleonora se recostó en el sofá, cansada, sin intenciones de dormir, dispuesta a cuidar el último sueño de su padre. Tres horas después la claridad se coló tras las cortinas. El sueño y la transfusión mostraban a José recuperado. Eleonora en cambio traslucía en sus ojeras la angustia de una noche interminable. A pesar de su presentimiento se mostró satisfecha con la estabilidad del cuadro clínico y esperó para marcharse que José espontáneamente despertara. Cuando lo hizo bromearon con los difíciles momentos por lo que habían pasado, y aunque débil, José volvió a jactarse de su fortaleza, fortaleza que nadie hubiera imaginado en dónde residía. Con más cariño que nunca se despidió Eleonora, y le puso en las manos su carpeta.

–¿De veras esperas que hoy escriba? –le dijo José desconcertado.

–Claro papá, ya estás restablecido. Pero ese era apenas un pretexto. Quería al volver hallarlo vivo: cuando lo veía aferrado a sus apuntes lo imaginaba a salvo, cual si esa agenda fuera el talismán que lo ligaba al mundo.

Las siguientes horas trascurrieron en una tranquilidad inusitada. La enfermera sin pronunciar palabra cuidaba el dinamapp que daba cuenta de la salud de su paciente. Ese aparato, que monitorizaba el pulso y la tensión, rompía en cada ciclo el silencio que el escritor necesitaba. Para completar el atentado contra la introspección de la que debía nacer un pensamiento, seis veces por hora el manguito se inflaba en el brazo de José en una rutina al parecer innecesaria, porque en cada toma repetía las mismas cifras, por demás normales. José le pidió que lo apagara. En medio del desgano José garrapateó algunas frases esperando que en algún momento su inspiración se iluminara. Algunas ideas por fin llegaron a su mente en blanco y las consignó en la agenda, en medio de un sopor extraño. Las alarmas del monitor nunca sonaron. Nunca se supo que el equipo se había apagado por solicitud del mismo enfermo y que la enfermera había abandonado a José creyéndolo dormido, cuando en realidad se estaba desangrando.

Mientras la anemia sumergía a José en la inconciencia, sus ojos se iban cerrando con placidez y sin dolor, mejor que bajo el efecto de un analgésico potente. A su imaginación, azuzada por la hipoxia o por la muerte, llegó el olor de unos azahares. Se sintió frente a un bullicio en medio de una bruma densa. Fue rompiendo la niebla con sus pasos y pudo ver siluetas confusas de las que emergían voces inconfundibles, voces que él había dejado de escuchar por años. «¡Si te da miedo no lo intentes!». Era Ernesto, su tío abuelo, el viejo decrépito que José visitaba con apatía cuando era niño. Estiró su mano pidiéndole que lo siguiera. José vaciló, con el presentimiento de que al hacerlo su camino ya no tendría retorno. Prefirió dar media vuelta y vio a los suyos, a los vivos, a lo lejos. Se despedían agitando las manos y expresándole en silencio amor y gratitud. No eran sus voces, mudas por la circunspección; ni sus labios, detenidos en una sonrisa enternecida los que le transmitían a José el mensaje de aquellos corazones; era un clamor extraño que resonaba en su interior, como si un amplificador magnificara las ondas invisibles de la radio. Entendió que tenía libertad para marcharse. Se despidió también, agitando su mano en un adiós inagotable; en un gesto para decirle a todos que en idéntica forma los amaba, y que los guardaba en el mejor rincón de sus afectos. Sintió deseo de avanzar en ese mundo, que sin conocer, comenzaba a atraerlo con la sensación de una dicha incomparable. Un sólo lamento en el universo que dejaba lo hubiera detenido, pero nadie lo reclamó. Ni siquiera Eleonora se atrevió a atajarlo. Dentro de sí, sintió José que su hija resignaba su dolor con la ilusión de que un día lo seguiría para vivir con él eternamente.

 Repentinamente descubrió que se había liberado de todos sus dolores y que había recuperado la capacidad que había perdido. Su mente, incapaz de distinguir ya entre lo real y lo ilusorio, percibía su cuerpo renacido, libre de todas sus flaquezas. De nuevo lo acompañaba el brío extraordinario de la juventud.

Giró entonces para ponerse al frente de su tío y descubrió que ya eran cientos las manos que lo reclamaban, más que las de sus deudos de este mundo. Eran las de sus seres queridos que disfrutaban la paz de los difuntos. Buscó en ellos a su padre persuadido de que le ayudaría a dar en aquellos dominios, como lo había hecho en éstos, sus primeros pasos.

Eleonora recogió la carpeta que día a día acompañó a su padre, la misma que horas antes había dejado entre sus manos. Estaba tirada bajo la cama, semioculta entre los faldones de la cobija que caía del lecho. Al abrirla encontró escrita de su puño una sentencia, tal vez su despedida. Leyó la hoja, estaba salpicada con manchas achocolatadas, sabía que era su sangre.

Una lágrima rodó por su mejilla.

«Un escritor debería morir con la pluma entre sus manos, porque siempre hay un pensamiento que la alienta... [...] No sé si es la sugestión la que fragua este sopor. ¿Será la muerte este sueño profundo que me invade? Me siento ligero, como con alas, volando al infinito... si muero... mis razones seguirán viviendo».

–Papá... papá –le dijo Eleonora con ternura y cual si esas palabras tuviera el don de despertarlo.

Tras un largo silencio tomó sus manos entrecruzadas sobre el pecho y céreas, las acarició. Besó sus mejillas y su frente, y cubrió por último su rostro con la sábana.

 

FIN

 

Luis María Murillo Sarmiento

"Seguiré viviendo" es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte, en la que un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Hoy llega así a su fin “Seguiré viviendo”. Su publicación fue de pronto tan larga como la muerte del protagonista. Con unos fragmentos que fueron mi presentación en El Rincón de los Escritores, el 30 de diciembre del 2007, la novela tuvo su primera entrega en este portal el 6 de abril del 2008. Casi cuatro años después conocen el final sus lectores. Habrán ellos de perdonarme el suspenso... o mi desidia.

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Seguiré Viviendo

 

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