El Más Allá ("Seguiré viviendo" 78a. entrega)

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Esta vez enfundados en sus impecables túnicas los seres revelaban con perfección la nitidez de sus facciones. No eran como otras veces figuras difusas emergidas de la bruma. La niebla estaba ausente y como en un día soleado todo lucía impecable y luminoso. El ambiente daba a los mantos una tonalidad azul, clara y tranquila.

Enfundado en uno de aquellos hábitos descubrí a mi padre. Siempre había tenido la curiosidad de saber cómo sería: ¿Lo descubriría muchacho? ¿Acaso más viejo de cómo lo había dejado? Para mi sorpresa era el mismo del último día en que me acompañó en la Tierra. En un abrazo estrecho nos fundimos. Luego vino un silencio interminable en que sobraban las palabras porque de alguna otra manera estaban dialogando nuestras almas. Guiado por mi padre me fui acercando a un viejo profesor de mi colegio.

«¡Muchacho!», me dijo con sorpresa.

¿De dónde me ve como un muchacho? Vi mis manos y encontré las manchas y las arrugas de los años, pero mi maestro repetía «muchacho», como si no se percatara de que lo aventajaba en años. Su juventud frente a mi edad me despojaba del temor que un día le tuve.

«Muchacho, sí, porque así quedaste en mi memoria. Aquí la percepción depende del último recuerdo que en el mundo que nos antecedió tuvimos».

Y me dijo:

«No me temas –recordando el sobresalto que cuando era niño me infundía–, aquí no hay más que seres bondadosos, porque el remordimiento nos sume en la tristeza, y a este paraje hemos sido llamados para ser felices».

De la mano de mi padre, que parecía mi hermano, me fui adentrando en un mundo extraño y fascinante. El bien estaba asegurado bajo el precepto de quien causaba daño se penaba a sí mismo con las congojas de su arrepentimiento. Le insistí a mi padre que me develara los misterios de ultratumba. Sin aclararme nada me llevó a un paraje lleno de balcones, un mirador, al que me invitó a asomarme.

–Estos –me dijo– son los que creían en el infierno –y me señaló un profundo abismo convertido en horno–. Si miras bien, no todas las llamas son iguales, el suplicio es diferente dependiendo del grado de sus faltas. Y aquellos –dijo señalando en el balcón contiguo– son los que negaron la vida tras la muerte, los que no creían en Dios ni en la inmortalidad del alma.

Me esforcé por descubrirlos en el lugar oscuro y silencioso que mi padre me mostraba.

–No busques más, no existen, son los dominios de la nada.

Más allá me mostró un mundo idéntico a la Tierra.

–Ese –dije– es el mundo del que acabo de alejarme.

–Te equivocas es el universo de quienes murieron creyendo en la reencarnación.

–¿O sea que el más allá –debí llamarlo más acá– no es el mismo para todos?

–La fe –respondió– no es una creencia vana. En este reino estamos los que creímos en la magnanimidad de Dios.

Cómo me hubiera gustado continuar con la revelación onírica, pero la inyección que me aplicó en la vena la enfermera me provocó un ardor que me sacó del sueño.

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Luis María Murillo Sarmiento

“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

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Seguiré Viviendo

 

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