El mundo subjetivo de la felicidad (“Seguiré viviendo” 56a. entrega)

Ir a: Una soledad desgarradora (“Seguiré viviendo” 55a. entrega)

La idea de que la muerte siempre hará sentir la insignificancia de la vida, me trajo a la mente la imagen de un escuadrón de hormigas aplastado por mi pie, inmenso frente a ellas. Igual imaginé a la humanidad ante la muerte: impotente y minúscula. Y tuve la sensación de remontarme al infinito viendo empequeñecerse todo en la distancia. Vi el enjambre humano indistinguible del ejército de artrópodos; lo reconocí como nunca frágil y extinguible. La misma Tierra era un ínfimo punto en la inmensidad del universo.

¿Como no comprender que mi mundo, para mi inconmensurable, era objetivamente menos que la nada? Vistas así las cosas, sufrir o morir carece de importancia. ¿Por qué habría de sentirse mi extinción entre más de seis mil almas que habitan en la Tierra? ¿Qué podía ser una muerte entre millones de millones que se dan a diario entre todas las especies? Es por efecto de nuestros sentimientos que se vuelve un macrocosmos nuestro mundo íntimo y pequeño. De algo debería servirnos a los moribundos reconocer el trance como algo cotidiano, como un hecho para el universo intrascendente. Pero atrapados en la exigua inmensidad de la existencia, difícilmente escapamos al dominio de las emociones.

La proximidad del instante supremo me devolvió a la incertidumbre del pasado. Ya no como un ejercicio filosófico desapasionado, sino como una inquietud que tiene que ver con mi destino. A pesar de todas mis hipótesis desconozco el más allá. No tengo certeza de los feudos de la muerte. El ejercicio mental en pos del conocimiento de ultratumba resulta interesante, pero estéril. ¿Existirá? ¿Si existe, cómo es? ¿Habrá en realidad una rendición de cuentas?. A veces parto de la premisa de que la existencia terrenal no es justa, pues muchos se van con una deuda considerable con el mundo; a otros tantos el mundo es el que adeuda. Especulo poniendo en tela de juicio el principio de justicia que anima al universo. ¡Qué importa!, digo en ocasiones, aunque no haya justicia que todo termine con la muerte. Pero no parece procedente. Temo que la justicia es infinita e infalible. Que echa mano al más allá. Que obliga a que exista otra vida tras la muerte. O si no ¿cómo se repara a quienes fueron maltratados a su paso por la Tierra? ¿A los humillados por sus semejantes? ¿A los golpeados por la naturaleza? ¿A los que dejaron en rojo el balance de sus satisfacciones? ¿Y cómo se ajustan cuentas con los que se marchan jactándose de sus picardías? Ese es un motivo para esperar justicia en otro mundo. De pronto es al contrario,  padecimientos de éste saldan cuentas de otra dimensión y de otra vida. Aunque suena lógico, ningún silogismo me convence, pues mis deducciones no tienen que coincidir necesariamente con las leyes de quien hizo el mundo. Teorizar sobre cosas tan ocultas entretiene mas no conduce a nada. El futuro aquí o allá  es especulación, el pasado certeza.

«No abandones tus recuerdos –me dice Javier– porque con ellos agradeces a Dios las dichas que tuviste». Y razón tiene, porque apoyarme en hechos del pasado no deja mi vida al garete como lo hace el porvenir incierto. Cuando miro el ayer revivo momentos exquisitos y veo con asombro la enormidad de mi existencia, edificada paso a paso. Es grato ver que al término de mi peregrinaje llegué imperceptiblemente a una cumbre lograda sin demasiado esfuerzo. Fue el producto de los años, el resultado de envejecer, sencillamente. Aunque no sobran los que creen que es el producto de un esfuerzo desmedido. Los jóvenes me llaman profesor, maestro y me hacen venias; pero muchas veces desconocen el contenido mi pensamiento. Mi impresión es que rinden más pleitesía a mi edad que a mi intelecto. Sea cual sea la razón, me hace sentir en un púlpito, con derecho a pontificar sobre lo humano y lo divino, como dueño que soy ya de la totalidad de mi existencia. Bueno, salvo del trecho final, el único pendiente. Mis impresiones sobre lo justo, sobre el bien, sobre la verdad, sobre la felicidad, sobre la libertad, tienen el aval de la experiencia; el peso de una vida entera. Mi instintiva propensión a escribir se fortalece con reflexiones como ésta, cuyo destino quedará al buen juicio de Eleonora. Me esfuerzo en redactarlas en forma legible e impecable, con el deseo recóndito de que lleguen a la imprenta; con el propósito de seguir reinando en esta vida tras mi muerte. Leo y releo mis escritos. Lo inédito como lo publicado. Hoy repaso unas envejecidas notas. Nada tan grato como confrontar lo que ayer dije con lo que hoy diría: «La tristeza tiene en su esencia la felicidad, es la dicha negativa, el bienestar que se nos ha escapado. Para sentir el gozo tenemos que saber  de la tragedia. La felicidad es un bien que muchas veces reconocemos retrospectivamente; tarde, cuando ya lo hemos perdido.

Chejov me diría que la felicidad no existe, sino sólo el deseo de ser feliz. Yo lo rebato. Rotundamente afirmo que la felicidad existe. Es la sumatoria de las dichas transitorias que pesan más que los momentos malos. No es el edén que idealizamos, sino la sucesión de hechos, muchos ajenos a nuestra voluntad, que culminan con una sensación deliciosa y pasajera; un sentimiento propenso a descubrir lo positivo donde los infelices no encuentran un motivo de alegría; un sentimiento que nace y vive dentro de nosotros, porque lo proporciona más nuestro propio ser que nuestro entorno. La felicidad puede estar en lo fastuoso, pero con más frecuencia en lo pequeño. Quien reconoce esas significativas pequeñeces encontrará más satisfacciones en lo poco, que quienes ambicionan en lo mucho». Si algo he de agregar a estas meditaciones, es que mi enfermedad no eclipsó el recuerdo de mis dichas, sino que entretejió con sus amargos sinsabores nuevos gozos que elevaron el superávit de mi felicidad. Porque he tenido satisfacciones desde el brote hedonista compensador que sucedió al diagnóstico, hasta el estrecho mundo de este apretado cuarto. Claro que las mejores fueron las primeras, aunque acabaron pronto.

Recuerdo cuando llegó el momento en que la sola saliva bastaba para distenderme, y el dolor abdominal en un crescendo insoportable se resistía a los analgésicos corrientes. Le cogí aversión a lo que antes me halagaba, luego dejé de anhelar esos placeres; en otras palabras ya no sufría por ellos. Tratar de disfrutarlos me producía más malestar que gozo. Viajar, comer, flirtear, ir a la gala de un concierto dejó de divertirme. La felicidad para mi humanidad exhausta es el reposo. Las mujeres dejaron de ser objeto de conquista, no tengo vitalidad para ofrecerles; el deseo se encuentra aletargado. Mi mayor dicha, y lo resalto, es el descanso, calma maravillosa con que mi aliento se repara. Me distraen la lectura y mis escritos; las visitas, cuando no tengo que esforzarme en ocultar las mortificaciones que la enfermedad me causa. Aunque sé que lenta e inexorablemente me consumo, que gracias a la anemia parezco esculpido en alabastro, y que mi cuerpo, más bien un esqueleto, se ha transformado en la auténtica estampa de la muerte, no siento angustia que me perturbe seriamente. Ni siquiera la agitación de los postreros estertores, ni la incertidumbre de lo que en el más allá me aguarda. No sé si morir feliz sea algo como esto, pero hacerlo con tanta tranquilidad es placentero.

Luis María Murillo Sarmiento

Ir a: La escritura, el mito y la verdad (“Seguiré viviendo” 57a. entrega)

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

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