El peregrino de la nada (11)

Capítulo 10: “Un tiempo que no fue”

El despertador sonó a las 7 en punto. Juan Barbaró  despertó de un extraño sueño.

Había soñado que viajaba en un tiempo y una época en otra dimensión. Un sueño que parecía real.

Miró a su alrededor y vio su departamento pequeño, desordenado, ropa arrojada por ambos lados de la cama, dos botellas de un fino whisky, importado por un amigo íntimo desde la lejana Escocia. Una nota pegada en el espejo de su cómoda que leyó desde lejos y que decía “Gracias amor por la noche que pasamos, debo viajar nos vemos en un mes: Estrella” y debajo de la signatura los labios de la mujer estampados con un rouge muy llamativo.

Miró su cuerpo y contempló su desnudez, había tenido sexo esa noche, pero, él no recordaba nada y algo que le preocupó por demás, no recordaba el rostro de esa mujer llamada Estrella.

-¿Estrella? – se preguntó con admiración – pero, ese era el nombre de la mujer de mi sueño…¿Qué ha ocurrido aquí?

Miró el reloj y recordó que tenía que concurrir a la Facultad de Filosofía de la que era profesor de Historia de la Filosofía.

No había casi tiempo no pudo tomar un baño, calzó sus pantalones y zapatos, con la camisa a medio prender y el saco puesto a la mitad, salió del departamento y ya en la calle, decidió tomar un taxi.

Durante todo el trayecto desde su departamento hasta la Facultad de Filosofía, Juan Barbaró experimentó un extraño suceso, le impresionó al joven profesor porque apreció que  el vehículo que lo trasportaba se hallaba suspendido a varios metros del asfalto, la velocidad del  automóvil era sideral y él mismo percibió en su mente casi alocada que estaba realizando un viaje fantástico, el tiempo corría velozmente no se detenían las agujas del reloj cuando observó la hora, aquellas agujitas doradas daban vueltas y vueltas y todo a su alrededor era un juego de luminarias multicolores que cómo ráfagas de viento chocaban contra aquella carrera alocada.

De pronto, el movimiento cesó. El tiempo se detuvo. El silencio se adueñó en su mente. Estático, sudoroso, vio cómo el conductor del taxi giraba medio cuerpo lentamente y escuchó primero como una voz muy lejana que inmediatamente se aclaró y todo parecía normal:

-Hemos llegado a la Facultad de Filosofía. Son cincuenta pesos – le dijo sonriente.

Absorto aún por la experiencia vivida, inexplicable, tomó su billetera y extrajo un papel de cincuenta pesos, allí impresa estaba la figura de Sarmiento “¿Qué día es?” “¿Qué semana?” “¿Qué año?” se preguntó antes de abonar la tarifa impuesta por el taxista:

- Aquí tiene – extendió su mano con el billete y luego se animó a preguntar - ¿Puede usted decirme que día es hoy, es decir también en que fecha estamos?

El conductor lo miró extrañado, pero acostumbrado a que le hicieran preguntas de distintos rubros, casi sin prestarle mucha atención le dijo:

-Hoy es lunes tres de octubre de dos mil once, señor.

-Sí…sí…-exclamó Barbaró – gracias.

-Que tenga una buena jornada, señor.

-Igualmente se lo deseo a usted – retribuyó Juan.

***

Caminó hacia el aula donde debía exponer su clase a jóvenes que cursaban el segundo año de la carrera de Filosofía. Juan Barbaró tenía la cátedra de Historia de la Filosofía desde el año 2008 que había ganado por concurso como profesor adjunto.

Subió al estrado, el auditorio estaba casi cubierto por la presencia de alumnos, algunos cursaban por segundo año consecutivo la materia de modo tal que el público era muy variado, tanto en sujetos de diversas edades como de ideas políticas.

Comenzaría las últimas cuatro semanas del cuatrimestre con el desarrollo de la filosofía de Jean Paul Sartre, autor por el que sentía especial preferencia. Su tesis académica había sido desarrollada sobre un tema específico referido al libro “Los Caminos de la Libertad”.

-Jean Paul Sartre, tal vez y no quiero exagerarles – comenzó su alocución – fue el más destacado filósofo que diera el siglo XX. Su filosofía existencialista lo pone a distancia del marxismo. Para leer e interpretar a Sartre no hay que asumir una postura predeterminada, hay que leerlo, interpretarlo con la razón y no con los sentimientos. Podemos asumir una postura crítica cuando hayamos compartido o no sus concepciones. Representa éste filósofo una de las corrientes que más despertaron pasiones en las décadas del 40 al 60 y podríamos estirarlo hasta los ’70. Sus obras representan la genialidad que encofra su pensamiento existencialista.

El es ateo. Lo cual significa que niega la existencia de Dios. En el “Ser y la Nada” instala para la discusión el tema esencia-existencia y él sostiene que la existencia precede a la esencia. Es la propia existencia que hace al hombre un ser libre, responsable de sus propios actos, sin excepción y sin excusas. La libertad es el paradigma y núcleo central de su filosofía… - y en ese preciso momento, tuvo que meditar lo que acababa de decir y volvió a su mente la presencia de aquel peregrino de su extraño sueño, trató de no razonar y confuso muy confuso dio por concluida la clase, Juan Barbaró aun impactado por las experiencias sensitivas vividas en menos de veinticuatro horas lo hicieron repensar sobre unas cuantas cuestiones de carácter eminentemente filosóficas.

Llegó a su departamento y observó el panorama de aquel habitáculo pequeño.

-Desordenado – pronunció en voz alta y se preguntó - ¿Dentro de éste desorden material puedo moverme libremente? – y su respuesta  fue inmediata – Sí, claro, soy responsable del desorden que yo mismo he provocado y  me siento bien, pero, para Pedro, por ejemplo ¿Le produciría la misma sensación de bienestar? Pedro es ordenado, cumple con sus obligaciones y por sobre todas las cosas, es un moralista. Significa entonces ¿qué yo no poseo moral? No – inmediatamente respondió – La cuestión de las normas, de los usos y costumbres son imposiciones sociales que hacen que para algunos estén bien por que están conformes con ellas y para otros, como en mi caso, las aborrezco…estoy bien así, es la libertad de la que gozo en este reducto, reducto que me pertenece, del que soy exclusivamente responsable. Más… - se detuvo - ¿Por qué estoy imponiéndome un replanteo cuando jamás pensé que podría no estar conteste  con mi propia libertad existencial? ¿Qué es lo que me inclina a repensar en las reglas de convivencia que son las que han amenazado la libertad del hombre?, Sartre dice “Es responsable – de su libertad – sin excusas” lo que significa que mi existencia es un fenómeno subjetivo. Es correcto – afirmó – entonces no puede haber un replanteo de la moral personal cuando se es consciente de su propia responsabilidad.

A ésta altura de las cavilaciones de Juan Barbaró retornó a su estado de total confusión que, sin tomar consciencia de lo que estaba haciendo, impulsado por movimientos extraños, comenzó a transitar por toda la habitación y en un rapto de total obnubilación comenzó a arrojar todo lo que encontraba en su camino, rompiendo objetos que él miso había atesorado durante mucho tiempo en sus interminables viajes por diversos lugares del mundo.

Corrió hasta el ventanal que daba a la calle, en el sexto piso y arrancó de dos manotazos el cortinado. Allí se detuvo en su alocada carrera destructiva. Miró a su alrededor y al fin exclamó:

-Ahora ¡Sí! Está todo tal como yo lo deseo.

Juan Barbaró había casi destruido su departamento. Los ruidos llegaron hacia el corredor y varios vecinos tuvieron que dar aviso al portero del edificio.

Pedro Ferrero, el ordenado portero-administrador del pequeño consorcio golpeó suavemente la puerta del departamento de Juan Barbaró:

-Profesor… - llamó con voz tenue - ¿está usted bien?

No se escuchó respuesta desde dentro. Alguien le sugirió a Pedro:

-Entre Pedro, a este hombre le ha ocurrido algo.

Pedro Ferrero volvió a golpear y repitió la pregunta, pero lo mismo que la primera vez no obtuvo respuesta en consecuencia, el considerado portero tomó la llave correspondiente y antes de poner la misa en la cerradura, la puerta se abrió, allí todo desalineado, Juan Barbaró se hizo presente y mirando fijamente a Pedro le reprochó:

-Acaso, dentro de mi propiedad ¿No puedo hacer lo que me plazca? ¿Qué normas me lo prohíben?

-Perdón – respondió Pedro – las normas del consorcio prohíben los ruidos molestos.

-Y ¡Quién se ha sentido tocado por mis ruidos molestos!

-Somos varios, Profesor – exclamó uno de los consorcistas.

-Vea amigo… - la voz de Juan se escuchó temblorosa – soy responsable de mis actos, si a usted le incomodó, me hubiera golpeado la puerta en lugar de incomodar a mi amigo Pedro.

-Creo haber hecho lo correcto – respondió el consorcista.

-No lo creo, pero todo esto es una estupidez que las mismas normas que los hombres hemos creados nos traen complicaciones, ex profeso…¿saben por que?

Todos lo miraron sorprendidos, hasta el propio Pedro que tenía un respecto casi inmaculado  hacia el profesor Barbaró. El profesor continuó:

-Las normas se han hecho para mantener el orden. Eso es lo que se traduce hacia el resto de los crédulos. Las normas se han hecho para tener poder de aquellos que necesitan mantener el poder que han logrado.

Observó a todos y luego los invitó:

-Pasen…pasen, les voy a explicar…no perderán mucho de sus valiosos tiempos.

Todos obedecieron. En el tremendo desorden que había en la habitación, Barbaró volvió a invitar:

-Ubíquense como mejor puedan. Esto es signo que hay ambiente de libertad.

-¿Libertad? – preguntó el ordenado Pedro.

-Sí mi buen amigo, para vos no hay nada mejor que el orden. Bueno, eso es para tus gustos, entonces, aflora tu libertad, pero no lo es para mí. En fin, quería seguir con la explicación referente a las normas. Desde que el hombre se asentó en territorios fijos, constituyendo en consecuencia núcleos sociales, se dieron en consecuencia dos tipos de manifestaciones, aquellos que pretendían imponer respeto y orden y los otros que deseaban mantener su status quo de libertad absoluta. Los primeros inventaron las logias, organizaciones que tenían por finalidad imponer reglas de carácter social con el pretexto de ordenar la convivencia social pero su finalidad última fue conseguir el poder y mantenerse en el. Pero también surgieron los grupos religiosos, que inventaron la Palabra de Dios que imponía a su pueblo normas de convivencia, el mismo fin: conseguir poder. Estos dos grupos que en principio parecían antagónicos, tuvieron que pactar y repartir parte del poder, sumiendo a los pueblos en la ignorancia y la pérdida de sus libertades.

Luego, de muchos avatares llegó el poder absoluto, teorías que reivindicaban el absolutismo monárquico – después que mantuvieran un conflicto entre el poder terrenal y el poder divino – los primeros gobernaron sus países con total desprecio por la voluntad del pueblo.

Las libertades individuales, que dicen fueron producto de los filósofos del siglo XVIII y por último en la Revolución Francesa, no hizo otra cosa que cambiar el rumbo o destino del poder absoluto: de la aristocracia tiránica a la democracia burguesa. Solo un cambio de denominación. Ni la Revolución Rusa, ni la Cubana por mencionar algunas de las que pretendieron cambios terminaron por alcanzar la misma finalidad: Una elite que se instala para mantenerse en el poder. Esto ya lo han discutido filósofos desde Marx, Weber, Pareto, etc. Etc. No quisiera aburrirlos, pero debo manifestarles que hoy el poder lo tienen los partidos políticos y los grupos de presión: sindicatos, fuerzas armadas, iglesia…

A esta altura, Pedro que estaba ya  muy incómodo por la clase de política que les estaba dando el profesor, se atrevió a interrumpirlo:

-Disculpe Profesor, pero…¿tiene relación la queja de sus vecinos con lo que usted está diciendo?

-Por supuesto, mi querido Pedro, este reducto es mi fuente surgente de libertad, cuando salgo de esa puerta – é indicó la puerta de salida – pierdo mi libertad y me tengo que atener a las reglas que se han impuesto a través de los siglos. Ustedes – señaló a sus vecinos – han obrado de la misma manera que aquellos grupos de los que les hablé. Socavaron mi libertad al reclamarle al administrador sobre mi comportamiento en mi propio reducto liberal.

-Profesor – volvió a interrumpir Pedro – pero para nosotros estas normas de convivencia ayudan a la salud intima de cada persona ¿Cómo podemos hacer para que usted no se sienta incomodado? Democráticamente decidiríamos que resolver por mayoría. Así y todo alguien quedaría resentido, pero, el grueso – es decir la mayoría – estaría conforme con las decisiones que se habrían adoptado.

-Es precisamente lo que éste sujeto, yo, quiere corregir. La libertad debe preexistir a cualquier otro factor que se interponga en el  sujeto que condicione su libertad.

Un joven, vecino y estudiante de la facultad de Filosofía que hasta ese momento no había hablado sino que se limitó a escuchar la arenga del profesor Barbaró, pidió la palabra. Juan lo observó detenidamente antes de concederle el derecho a hablar. De figura delgada y algo desgarbada, vestía una simple remera desgastada y un vaquero que por tan viejo había perdido su color, calzaba ojotas y sus cabellos desordenados al igual que su barba mostraba un rostro afilado de ojos hundidos y de una palidez muy pronunciada, tal vez debido a la alimentación escasa, luego de este repaso por la figura de aquel joven, el profesor Barbaró levantó su brazo y exclamó:

-¿Qué es lo que tiene que decir…joven?

-Mi nombre es Hilario. Hilario Peres, con “ese”, profesor…

-Lo cual indica que eres judío.

-Así es Profesor ¿algún problema profesor? – preguntó Hilario.

-No – exclamó Juan – Pero adelante qué es lo que tenés para decirnos.

-No entiendo el motivo por el cual estamos aquí reunidos, hubo una queja, creo que es lo normal en un edificio donde viven personas que tienen distintos caracteres, formas de pensar…en fin, cada cual es como es Profesor Barbaró. Pero, de todos modos me interesa expresar algo que creo usted no entiende o no quiere entender. Usted profesor – sentenció Hilario – es tan absolutista en su postura filosófica libertaria como lo son aquellos que hablan sobre lo que les han enseñado desde muy niños que no es otra cosa que respetar las normas de comportamiento social. Usted Profesor – acusó ahora Hilario – habla de su libertad de hacer o no hacer, es lo que todos hacemos…no…no – permítame seguir hablando, ante una señal de interrupción de Barbaró – usted se extralimita en su hacer o no hacer, aun estando dentro de su habitáculo, no puede o mejor dicho no debe hacer su voluntad, porque nada…entienda, nada - repitió – le pertenece de manera absoluta. Usted no tenía derecho a hacer lo que hizo y según advierto lo que usted hizo fue por un rapto desesperado de pérdida de identidad, ese “absoluto” que usted remarca lleva implícito una negación y de lo absoluto pasa a un relativismo que reafirma su voluntad de no ser. Entonces, disculpe usted si en esto puedo llegar a ser algo impertinente, usted niega su propia libertad, porque está desesperadamente llamando la atención a los que aquí estamos presentes. Nada es absoluto, profesor, usted lo sabe mejor que ningún otro, el mundo se mueve dentro de un relativismo que determina cómo son las normas que están prescritas, es decir ordenadas, para que se entienda, normas que hacen a la convivencia y que no pueden ser denostadas porque son aceptadas  por la mayoría de los que componen la sociedad. No estoy para nada de acuerdo con esta “mise en scène” que usted ha montado para su propio desahogo emocional…

-Si vos no estás de acuerdo con mi puesta en escena, agradezco tu sinceridad, pero te diré algo, esto no está para discutirlo en este momento, quisiera hablar con vos a solas, luego.

-Estoy viviendo al lado. Usted jamás se percató de mi existencia y ¿sabe el motivo? Por soberbia, por desprecio del otro, es lo que yo entiendo. Yo en cambio tuve que soportar todas sus melomanías histéricas…

Todos se largaron a reír, hasta el propio Barbaró, pero, el rostro del profesor dejaba traslucir la desazón y la humillación de haber fracasado ante un joven que supo ponerlo en su lugar.

***

Juan e Hilario quedaron solos. El profesor invitó al joven a beber un jugo de naranjas con gin, a lo que Hilario hizo un gesto de aceptación. Barbaró preparó el cocktail y le entregó una copa a su vecino.

Ambos no se animaban a comenzar el diálogo, por último Hilario rompió el silencio:

-Profesor, usted me invitó a dialogar…bueno ¿qué tiene para decirme?

-Voy a confesarte algo Hilario Peres, soy un intolerante. Sí un estúpido intolerante ¿conforme ahora? – expresó con cierta ironía.

Hilario lo observó detenidamente, luego el joven expresó:

-Eso no es nuevo para mí. Lo he estado observando no solo aquí, sino también en la facultad. Soy su alumno y usted ni siquiera se dio cuenta.

-¿Qué? – sorprendido Barbaró por la revelación de Hilario y temeroso que trascendiera en los claustros universitarios de la histeria sufrida ese día atinó a reprocharle – porqué no me lo dijiste antes Hilario Peres, yo…

-Usted – le interrumpió el joven – que habla tanto de su libertad no ve más allá de la punta de su nariz. Está cegado por la soberbia, por su hipocresía de sentirse superior al resto porque no respeta las normas, porque se atiene a su postura filosófica y no comprende que cada cual es dueño de sus acciones.

-Mirá Hilario – interrumpió Juan – no hay retorno, hay un tiempo que fue y otro que viene. No pertenezco a éste tiempo, lo sé. Anoche tuve un extraño sueño que pienso contarte, si lo aceptás, ese sueño me hizo reflexionar sobre este aspecto, todo me pareció distintos a partir del momento en que desperté, todo se aceleró en mi conciencia, en mi mente  solo advertía que viví en otro tiempo y en otro espacio. Este no es mi espacio Hilario.

-Pero – Hilario estaba sorprendido por la revelación del profesor – usted está aquí presente, lo veo, puedo tocarlo y de hecho estoy dialogando con usted.

-No es tan sencillo – reflexionó Barbaró – espera a que te cuente esta fantástica historia y luego me dirás si estoy o no experimentando algo nuevo.

-Lo escucho profesor Barbaró.

Continuará…

 

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