El peregrino de la nada (7)

Capítulo 6: “Los siete se reúnen en Petra”

-Irás a Petra y te reunirás con los seis. Ellos os esperan.

Esa fue la orden dada al Peregrino, que de inmediato emprendió la marcha hacia Petra.

Juan no dejó de razonar el momento que le tocaba vivir. Extraño y complejo. Así lo definió en un descanso en el duro camino hacia aquella ciudad que él creía ya extinguida.

Tenía un largo camino por recorrer, así es que, debía estar preparado, no quería recibir órdenes de lo que tenía que hacer. Pero, entonces pensó en aquel pasaje que le tocara enfrentarse ante el hombre que dijo llamarse Sésimo. Éste hombre había pensado y decidido hacer lo mismo que ahora se proponía el Peregrino.

-Así y todo – reflexionó – no voy a transigir en hacer lo que se me ordene – entonces se detuvo y creyendo que alguien lo vigilaba se volvió hacia atrás, pero no vio a nadie – No hay entrega total, no soy un profeta, no soy creyente –exclamó y cómo si fuera un reclamo persistente, dirigiéndose hacia el azul diáfano reclamó:

-¡Por qué a mí!

El infeliz se debatía en una lucha interior entre su existencialidad manifiesta, previendo que su libertad ahora, sí, ahora estaba amenazada y él se resistía interiormente a que le quitaran lo que más había ansiado en toda su existencia en consecuencia obedecer el mandamiento de aquella voz que, aunque se le manifestó como un Ser Superior, no se había identificado como tal. Recordó que cuando él le preguntó si “El era Dios” aquella voz le respondió “Soy el Principio y el Fin…” significaba claudicar a sus principios libertarios.

-Principio y fin, no hay entonces infinitud – caviló con preocupación – entonces hubo un principio ¿Cuál sería? Y ¡cómo será el fin…! Siempre creí que todas las cosas tenían un principio y un final. Pero –volvió a repensar lo que estaba diciendo – el Principio juega como un testimonio de que El existió siempre antes de que iniciara ese Principio ¿Será de tal forma que no hay otra cosa superior a El mismo? Y si Él es la existencia misma, se une fundamentalmente con la libertad y si Él es libre ¿Qué razón existe entonces en privar mi propia libertad haciendo su Voluntad? Esta – repensó el Peregrino – es una contradicción metafísica que no puedo resolver, salvo que la Palabra sea un juego de reglas morales para quitar la libertad a los hombres. Sin estar convencido razonó:

- No me ha dado fundamentos para que cambiara mi razonamiento. Quiero, exijo entonces la devolución de mi libertad existencial. No puede mover mi existencia como una pieza de ajedrez a su antojo.

Cuando concluyó sus reflexiones que portaban en sí mismo una pesada carga de sospechas sobre su existencialidad y los porqués de las tribulaciones por las que estaba pasando desde que aquel enviado se le presentara, entonces él observó la realidad que lo circundaba y ya se encontraba en Petra, la ciudad misteriosa construida entre rocas. Pero, era una Petra muy activa. La ciudad dedicada al comercio, floreciente de activos comerciantes que portaban sus productos por todo el circuito principal de aquella ciudad tan extraña.

En lo que parecía una plaza, donde un cántaro de agua se encontraba en el centro mismo de aquella plaza, rodeado de una fontana que se alimentaba del agua que caía de ese extraño cántaro, los seis estaban sentados esperando nuevamente la llegada del Peregrino.

Nuevamente Gerón acudió a su encuentro:

-¡Habéis vuelto amigo! – Expresó con alegría – mi corazón vuelve a palpitar lleno de esperanza.

-¿Tenéis aún corazón, Gerón? – preguntó maliciosamente el Peregrino.

-Actuad de manera descortés – reprochó Gerón – estoy ofreciendo mis brazos para estrecharos en un abrazo de bienvenida.

-No estoy para abrazos, ni para que me recibáis con alegría. Se me dio una orden: O la oscuridad o la luz. Estúpidamente he preferido la luz, sin pensar que he sido vilmente engañado por Aquel. En la oscuridad aun podría tener dos cosas fundamentales: La libertad y la existencia.

-Seríais  un muerto como nosotros – le advirtió Gerón – No vemos la luz que alumbre nuestras almas.

-Pero, yo estoy vivo. Vosotros no lo estáis. Esa es la diferencia – volvió a recordarle el Peregrino – el alma – reflexionó - ¿tenemos alma? – Se preguntó – voy a sonreír – dijo con ironía – es algo que tenemos que analizar…en fin, llevadme con vuestros amigos, terminemos esto de una vez por todas. Mi vida no tiene sentido ya. He entregado mi libertad, lo único perfecto en el sujeto viviente, a Aquel que todo lo puede. Así debe haber ocurrido dos mil años atrás cuando aquellos hombres entregaron sus libertades existenciales para propagar la Palabra.

-Insistís en todo aquello que no ha sido aún – le recordó Gerón mientras se dirigían a la fuente central.

Allí estaban Uriel, Juriel, Gatriel, Micol y Rafén sentados, con sus túnicas color púrpura.

-¿No notáis el cambio que se ha generado en mi persona a causa de todo esto? – preguntó el Peregrino

-Ningún cambio observamos – respondió Uriel – sois el mismo cuando dejasteis la Ciudad de las Circunstancias.

Juan entonces tocó su rostro y contempló que no tenía barba, su piel delicada y tersa, sus cabellos estaban recogidos, tal como en un principio.

-No puedo creer estas transformaciones que estoy sufriendo. Ya no puedo relacionar la parte con el todo – expresó casi vencido por el cansancio – Dadme un poco de agua de ese cántaro – le dijo a Rafén que se había acercado para saludarle.

Rafén corrió entonces hacia la fuente y con sus manos juntó agua que llevó hacia el joven Peregrino.

-¿Qué es lo que beberé de aquí? – Preguntó al ver que nada quedaba en las manos de Rafén – aprecio tu voluntad pero no habéis satisfecho mi necesidad de beber.

-Hay algo que aún podéis recibiros – Rafén mantenía las manos unidas – puede calmar algo de tu sed.

El Peregrino resignado inclinó la cabeza y tomó un sorbo de aquella pequeña porción de agua que quedaba entre las manos de Rafén.

-¿Veis amigo, solo bastaba un poco para satisfacer tu necesidad incontenible de beber?

El Peregrino lo miró y sintió que había satisfecho su deseo  irrefrenable de beber, pero, con la altivez que aún mantenía a fin de no abjurar de sus principios, prefirió no responderle ni dar las gracias.

Rafén con humildad le tomó de la mano y lo condujo hacia sus compañeros.

-Él ha regresado. Hemos de esperar que se nos anuncie la Palabra.

Juan, vencido por todo lo que había pasado, pensando que su mente aun estaba libre de toda contaminación que perjudicara su pensamiento, se sentó y en silencio los siete permanecieron por espacio de varias horas.

Una mujer que pasaba por el lugar se detuvo y contempló a los siete. El más joven parecía ser Juriel, pero el más bello de los siete era sin duda el Peregrino.

No esperó a que aquellos hombres admiraran su figura. Era una hermosa mujer morena, de larga cabellera rizada, de ojos muy negros y labios pronunciados, la delgadez de su cuerpo apenas podía advertir que sus senos sobresalían de una fina túnica blanca que contrastaba con su color de piel. Dirigiéndose al Peregrino le preguntó:

-¿Queréis entrar a mi morada? Estoy sola sin hombre que me visitara en siete largos años, la lujuria que llevo en mi interior es superior a mi pudor  de mujer.

-¿Cómo os llamáis mujer?

-Acaso ¿importa? – respondió al Peregrino.

-Sí. Necesito llamaros por vuestro nombre si voy a hacer el amor contigo.

-Estrella es mi nombre y ¿cómo os llamáis?

-Estrella, mi nombre es Juan pero me dicen el Peregrino. Ven, llevadme hasta tu morada.

Los seis restantes se opusieron, Gerón le reprochó:

-¿Vais a tener coito con una ramera? ¿Dónde está la pureza de tu cuerpo que espera la Palabra?

-No espero nada y hace tiempo que no he visto la desnudez de una mujer ni he tenido coito.

-Ved entonces  - exclamó Gerón – saciad vuestra sed lujuriosa y no esperéis nada de nosotros.

-Nada espero – respondió el Peregrino y se retiró con la mujer.

+++

La morada de Estrella era una pequeña casa construida sobre las rocas, no había luz interior, prendió una lámpara y el ambiente se iluminó. La cama estaba prolijamente cubierta por una seda muy suave que el Peregrino tocó con sus manos:

-Proviene de Persia – aclaró Estrella – es el único regalo que me hiciera un forastero que un día llegó desde Babilonia.

-Es muy bella – comentó el Peregrino cuando advirtió que la mujer se había sacado la túnica y ante sus ojos pudo contemplar toda la desnudez de aquella bella morena.

Estrella se acercó y retiró la ropa del Peregrino, que quedó desnudo y rozando la suave piel de la morena.

-Siete años sin tener a un hombre a tu lado – recordó el Peregrino.

-¿Y vos? – preguntó Estrella.

-No recuerdo cuando fue la última vez que estuve con una mujer, pero hoy reviviré los mejores momentos en muchos años.

Ambos se recostaron sobre la cama y mantuvieron una relación sexual muy intensa hasta llegar al orgasmo en un acto de copula total.

La mujer le devolvió la esperanza que, ciertamente, él estaba vivo.

Cuando regresó a la plaza, los seis aun lo esperaban, era de madrugada, el Peregrino regresó con la mujer. El les dijo entonces:

-Ella permanecerá junto a mí.

-Estáis desobedeciendo la orden del Señor – exclamó Gerón.

-Pecado y lujuria – expresó un Rafén muy incómodo.

-Nada me importa…ella estará junto a mí – sentenció el Peregrino.

Estrella sonrió complacida mientras el resto la miró con despecho.

Continuará…

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