El pintor prodigioso (2da parte)

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Los niños se las ingenian para entrar en la casa misteriosa del pintor y acá es donde comienzan las verdaderas aventuras.

Los comentarios aumentaban y cada persona agregaba algo que creía haber visto u oído. Se aventuraban hipótesis y el rumor crecía cada día con las sugerencias de los mayores:

- Mi marido piensa traerle la policía.

- Pero no ha hecho nada malo, decía otra.

- Eso es lo que ustedes creen, agregaba una tercera.

- Las amas de casa y madres de familia deberíamos ir a donde el señor obispo, agregaba la primera, y que venga a exorcizar la casa.

Se eternizaban en discusiones sin principio ni fin. Los niños sólo pensábamos en entrar a la casa a desentrañar lo que creíamos un misterio y que, a lo mejor no era nada.

-¿No será que roba niños?

- Pero ninguno se ha perdido, le respondían.

-  Eso no quiere decir nada...

Los tenderos se acostumbraron a escuchar las charlas y comentarios de sus parroquianas, guardándose sus opiniones personales.

- ¡Oigan, el tipo sí que es requeterraro- opinaba la más chismosa- nadie sabe de que se alimenta, miren que la muchachita esa, la coqueta de la esquina hasta lo saluda y le guiña el ojo, y se le insinúa la descarada..

-  Y, ¿Qué?

- Pues el tipo como si nada

Y dijo otra, como quien no quiere la cosa:

- ¡Oigan, y el hombre es hasta simpático!, No?

-¿ Qué comerá?. Mis hijos en el colegio están leyendo una novela de que trata de un militar retirado que espera la pensión y esta jamás le llega. Termina pensando que le toca comer excrementos.

Las charlas terminaban cuando se daban cuenta de que era hora de dedicarse a los quehaceres domésticos y se había hecho tarde. Nuestros padres, eran más despreocupados y menos complicados en sus pensamientos. Lo miraban como a otro hombre pero con características que lo convertían en un extraño. No compartía sus gustos, aficiones, actividades sociales, aficiones deportivas... mejor dicho no le gustaba nada de lo que a ellos le agradaba y, cuando trataron de integrarlo a sus veladas de los fines de semana, fueron a su casa y desde la puerta de la reja:

-         Don Patricio, don Patricio...  

Y repetían el intento en diferentes tonos:

- Don patricio, queremos charlar con usted...

Sólo el perro respondía con sus ladridos y muestras de ferocidad a sus llamados.

-         ¡Oiga, señor, como se llame, venga que deseamos dialogar con usted!

Nada. A veces el pintor madrugaba, antes de la salida del sol, a caminar por los campos, observar la naturaleza, dibujar bocetos y tomar fotografías. Eso lo sabíamos nosotros por nuestro papel de espías pero nuestros padres no hacían caso cuando les explicábamos. Además no era conveniente insistir demasiado porque podían entrar a sospechar ¿Qué demonios hacíamos detrás de ese sujeto para saber tanto? El artista retornaba cuando ya estaba oscuro y evitaba los sitios de reunión de sus vecinos para no tener que enfrentarlos y, de pronto, dar explicaciones en una conversación formal no deseada.

-         ¡Qué tipo tan extraño! Comentaban los señores adultos y regresaban a su sitio de tertulia guardándose cada uno sus pensamientos.

Un viernes, comenzando la noche, jugábamos en las calles de la barriada alumbradas por bombillos de mercurio, como era habitual. Correteábamos detrás de un balón de fútbol en un campeonato inventado y cuando sentíamos fatiga o aburrimiento, buscábamos el grupo de las niñas para desbaratarles el juego con las muñecas. En un pase desafortunado la pelota pegó en uno de los postes del alumbrado público y voló muchos metros ayudado por el viento hasta caer dentro del territorio rodeado por la verja de hierro. Todos pensamos que la pelota se había perdido para siempre. Preciso era una pelota de fútbol número cinco nuevecita, regalo del papá de Rodrigo la semana pasada cuando cumplió los once años. Este, muy triste y con lágrimas en los ojos balbucía:

-    Me la pagan por que mi papá me castiga.

-   Tranquilo, en un santiamén la sacamos, le decíamos.

-   O le doy la mía, lo consolaba Omar, es más viejita pero sirve. Acuérdese que con esa jugábamos hasta que le dieron la nueva. La embetunamos bien y puede que el cucho no se de cuenta.

- No hermanos -respondía- mi padre me la recomendó por que se la dio “El Pibe” después de un partido de la selección Colombia.

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