Vote por los mejores escritos del 2016

Vote por la mejor crónica del 2016 Vote por el mejor cuento del 2016 Vote por el mejor ensayo del 2016 Vote por el mejor minicuento del 2016 Vote por el mejor monólogo del 2016 Vote por la mejor opinión del 2016 Vote por el mejor poema del 2016

EL TRIBUTO (capítilo II)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

QUEDAN PROHIBIDAS LAS COPIAS Y REPRODUCCIÓN

PARA FINES COMERCIALES O DE DIFUSIÓN SIN EL 

CONSENTIMIENTO DEL AUTOR QUE ES Alfonso J paredes

Esta obra está protegida legalmente en el registro de la

porpiedad intelectual.

http://www.safecreative.org/license/copyright

 Capítulo 2

 







 No podía ni imaginar la repercusión en mi vida y en la vida de algunos políticos y personas relevantes de la cultura y el arte iban a tener la aceptación por mi parte de la pertenencia a aquella sociedad, y a la continuación de la misión encomendada a Luis.



   Pero no me quedaba más remedio que dedicarme a esa misión. A estas alturas era imposible echarse atrás, aunque tampoco sé si quería hacerlo por mi curiosidad, me sentía atraída por esa misión.

     Tosía un montón cuando me desperté, me sentía fatal, tenía frío, la frente me ardía y la garganta me dolía. No me cabía la menor duda de que me había resfriado. Haberme acostado con la ropa mojada, había contribuido a generar mi malestar.  Me sentía muy contrariada, pues no era el mejor momento para eso, no me podía permitir el lujo de caer enferma. Dios mío si al menos tuviera el apoyo de alguien...; pero no, no podía contar con nadie, con nadie en absoluto. Tenía que sacar fuerzas de flaqueza. Me levanté de la cama, me fui a la ducha, y el agua tibia recorrió mi cuerpo para dejarme extasiada, ¡cuanto necesitaba aquella ducha! Tras secarme, comencé a pensar en que lo mejor era recuperarme para ponerme en marcha, porque luego, necesitaría de toda mi fuerza para poder cumplir la misión que me encomendó Luis. Así que decidí quedarme un par de días más en cama. Sólo me levantaría para ir al baño o para tomar algo líquido.

    No lejos de mi casa, alguien, también estaba algo mareado, y no era por un resfriado, si no por el hecho de que yo había comenzado con lo que dejó Luis. Claro que yo, en ese momento, no sabía eso, lo supe a posteriori, cuando me reuní con ese hombre en una comisaría, pero aún no hemos llegado a eso, vamos por partes. A ese pobre hombre le remordía la conciencia porque le habían hecho creer que había acabado con la vida de Luis por error. Se llamaba Ernesto. Era un conserje en el colegio de primaria, y, además, el hermano de Bernardo. Ernesto había sido enviado por el gobierno para que colocase pruebas en contra de Luis bajo amenazas, pero cuando fue a poner la primera, Luis le descubrió y Ernesto, que no controla su fuerza, le asesinó, almenos eso fue lo que le contaron. Luego fingió que había sido un suicidio. Para la organización no cabía duda de que Luis fue asesinado, pero yo no sabía eso aún, solo sabía que Ernesto permanecía hasta altas horas de la madrugada despierto con las luces encendidas. Lo que no sabía, era que estudiaba para localizar al resto de los miembros de la organización, creyendo, como le había dicho el gobierno, que era una organización criminal.

   Por supuesto Bernardo no sabía que su hermano Hernesto era un agente camuflado de Patrimonio del gobierno, por lo que yo tenía entendido en ese momento.  ¿Cómo se lo iba a suponer? ¡Su propio hermano! .  Aunque como ya dije antes,  que supe que sufría bastante por este hecho.  Los servicios de información para la defensa del territorio y del patrimonio ,  “LA SIDTERPA” ,  dependientes del Ministerio de Defensa,  Interior y Cultura,  por supuesto mandaron a su propio forense,  quien certificó que había sido un suicidio ahorcándose hasta la muerte, de eso sí estoy segura.  Pero como ya dije antes,  para llegar a esta conclusión,  voy a ir paso por paso:

Al segundo día de permanecer recuperándome en mi casa, me levanté dispuesta a pasar un tercer día, pero al ver mi móvil en la mesilla no pude resistirme a la tentación de echarle un vistazo para ver si me habían llamado. 38 Llamadas, 60 WhatsApp y todos refiriéndose a la preocupación por mi estado de salud y a mi localización, ya que no había acudido a mi trabajo ni tampoco había respondido a las innumerables llamadas y mensajes enviados por mis compañeros. También habían dejado algún mensaje en el contestador, uno de mi madre preocupándose por mí, o más bien echándome la bronca

- ¿Donde estás Rosa hija,  ya has estado de juerga y has bebido? ,  llevan tus compañeros de trabajo dos días llamándome para preguntar si te ha pasado algo.  Ya me tienes preocupada y me estás asustando,  esto no se le hace a una madre,  por lo menos llámame y da señal de vida. - Sonó el pitido de fin de mensaje.

    Como mi madre ya me conocía y sabía que en otras ocasiones en que había estado de juerga, no había dado señales de vida en varios días, pensaba que en esta ocasión era lo mismo. Así que lo primero que hice fue llamar a mi madre por teléfono. No tenía nada preparado para contarle, pero lo mejor era decirle la verdad, que había estado enferma y que no me había podido mover de la cama, sin más y sin juergas de por medio. Cogí el teléfono y marqué el número, un tono, dos tonos, tres tonos, hasta ocho tonos sin respuesta. Me eché a temblar, me estaba mareando y sentí la necesidad imperiosa de ir al baño a aliviar los retortijones de estómago que estaba sufriendo en ese momento, sólo de pensar que a mi madre le hubiera ocurrido algo. Luego pensé:

-Tranquilízate,  toma aire,  y analicemos la situación.  Puede que esté en el baño y no haya podido coger el teléfono,  puede que me haya equivocado de número,  puede que haya salido a la compra o a cualquier otro quehacer. -

    Mi madre es una persona hogareña, sale poco, tiene poca relación social y la que tiene es muy selecta y en contadas ocasiones. Siempre ha estado al otro lado del teléfono cuando la he llamado, esta es la primera vez que no me contesta a una llamada. Así que volví a marcar el número, esta vez me cercioré que los números eran los correctos, y de nuevo ocho tonos y ni señal de vida. Ahora sí me debía preocupar de verdad. Llamé al trabajo para decirles lo mismo que tenía pensado decirle a mi madre, pero no se lo tomaron nada bien, de hecho supe a posteriori que habían estado haciendo pesquisas con la policía pensando que podrían haberme secuestrado o algo peor. Yo soy cajera de la Caja de Ahorros Monte de la Esperanza y llegados a esta situación debían contratar a un sustituto o sustituta, ya que era una entidad financiera pequeña y no podían prescindir del poco personal que disponían. Claro eso les iba a suponer el desembolso de un dinero extra que no sentaba nada bien a los propietarios de la entidad.

    Después de hacer la llamada pertinente,  me duché,  me pinté,  me puse mis pantalones vaqueros y una blusa con flecos por fuera y zapatillas de deporte.  Al fin y al cabo no iba a ir a ninguna fiesta ni ninguna reunión social,  ni siquiera iba a salir con mis amigas.  Sólo pretendía acercarme a casa de mi madre para interesarme por su paradero,  si estaba bien y saber por qué no me había cogido el teléfono.  Así que bajé las escaleras y salí a la calle. De nuevo me empezó a temblar todo el cuerpo, pero no de frío, y supongo que palidecí de súbito, pues al pasar por un quiosco pude ver un titular de prensa: "Un vigilante de la empresa ASEGURISA es hallado muerto en el baño de la biblioteca "Delgado Valhondo", donde realizaba su trabajo. No me lo podía creer, el nombre de la empresa no coincidía con el nombre del uniforme de aquel vigilante que me abordó en la biblioteca. Tenía que comprar ese periódico. Me acerqué al quiosco y compré un ejemplar,  doblé la esquina y me puse debajo de la marquesina de la parada de autobús.  Debía coger el 12 que era el que me dejaba en la calle Concordia,  justamente en el Nº 7 que es donde vive mi madre; pero como aún quedaban unos 10 minutos para que llegara mi autobús, abrí el periódico y me dirigí directamente a la página de sucesos, donde aparecía la noticia del titular de prensa, y leí:

"El vigilante de seguridad de la empresa ASEGURISA, que custodiaba las dependencias de la biblioteca pública Delgado Valhondo, fue encontrado el lunes, al entrar el turno de la tarde, tendido en un servicio de caballeros de la biblioteca, por uno de los empleados, ha sabido este diario por fuentes no oficiales. Según dichas fuentes, el vigilante de seguridad presentaba signos de violencia, en concreto un golpe inciso contuso en la región occipital del cráneo, lo que le produjo, presuntamente, la muerte instantánea. Según ha sabido este diario, los empleados encontraron un ordenador encendido y en su pantalla aparecía la página web del Café-Tertulias Alcandoria. Las autoridades están investigando estos hechos y se ha declarado el secreto de sumario..."

    Fui incapaz de seguir leyendo, estaba horrorizada y segura de que me iba a salpicar. Me encontraba mareada, muerta de miedo y se me saltaron algunas lágrimas, pero debía continuar con mi propósito, ya no había vuelta atrás, debía comprobar si mi madre estaba bien.

  Llegó al minuto un chaval de unos 22 o 23 años, con los pantalones vaqueros bajados de modo que dejaban ver medio calzoncillo de su trasero, un jersey negro, la mitad de la cara estaba oculta por un gran mechón de pelo y la otra mitad al descubierto. En su mano derecha portaba un móvil última generación del que salían unos auriculares directos a sus oídos, infundiéndole a su cuerpo un movimiento rítmico y mimético hacia atrás y ´hacia adelante. Le miré el suficiente tiempo como para darme cuenta de los rasgos descritos y luego desvié la mirada fingiendo que me daba igual que estuviera allí; pero no paraba de pensar en que si no se echaba para atrás ese pelo, jamás se le iban a curar los granos de ese lado de la cara, cosa que me causaba risa pues era una verdadera estupidez. Volví a echarle una mirada y me quedé perpleja, me sostuvo la mirada y sin emitir sonido pude leer en sus labios que me decía : “Implevit”. Me quedé helada y con la boca abierta. Cuando me disponía a pedirle explicaciones, paró una motocicleta a su lado, le invitó a subir y se marcharon a toda velocidad. No me dio tiempo a articular palabra pues todo pasó muy rápido.

Sólo deseaba llegar a casa de mi madre y comprobar que todo estaba bien.

   Llegué muy cansada, Estaba muy nerviosa y preocupada al mismo tiempo. Pero cuando pude situarme frente a la puerta, sentí que todo iba a ir bien. Por un momento, pensé que todo era un mal entendido. Y así fue. Mi madre entró en ese momento con el carro de la compra.

- ¿Qué haces aquí? -

Me preguntó entre curiosa y enfadada.  La miré y,  de pronto,  sentí unas ganas enormes de abrazarla y contarle todo de principio a fin,  aunque sabía que no podía.  Pero a las madres no se les puede ocultar nada, misteriosamente intuyen que algo no anda bien. Estaba tan asustada y tan confusas que no podía disimular mi estado de ánimo ni físico.  Entramos en su casa y ella,  intuía yo,  estaba esperando una buena respuesta,  pero yo ya no sabía que decirle,  aunque salí de casa sin saberlo.  Comencé entonces a darme cuenta que,  quizás,  esta era una de esas oportunidades en las que se miente sin ser pecado.  Entonces,  decidí que sería en parte mentira,  y en parte verdad.  

-He estado muy liada con las cosas de la casa,  y también he estado enferma.  De hecho,  aún tengo un fuerte resfriado encima.

-Eso te pasa por salir de noche.  Si te quedarás en casa...- Sentenció como tantas veces había sentenciado,  con frases de madre.  Las frases de las madres eran para todas iguales o demasiado parecidas.  Si salías te decían:  - ¡No bebas! - o - ¡Cuidado con lo que bebes,  a ver si te van a echar alguna pastilla o droga en la bebida! - Si te resfriabas:  - ¡Ves,  ya te dije que con tan poca ropa te ibas a resfriar! - En fin que existían una serie de frases que todas las madres adoptaban la obligación de sentenciarle a sus hijas en según qué circunstancias.

- ¿Quieres que te prepare una menta poleo o un café calentito?

Me gritó desde la cocina mientras descargaba y colocaba la compra

-Vale mamá,  una menta poleo.  ¿Te acuerdas de Luisito? -

Le vociferé desde el salón.

- ¿El de la Sra. Petra,  el que estaba por ti? -

Me vociferó a su vez desde la cocina en un tono algo jocoso.

- Sí,  pues se ha muerto,  mejor dicho se ha suicidado- le mentí, aunque era la versión oficial- y estuve el lunes en el velatorio,  es por lo que me resfrié,  pues me calé hasta los huesos.

   Dejó de colocar la compra en la cocina y vino corriendo al salón con cara descompuesta y de circunstancia.

- Pero ¿cómo no me has avisado? ,  Luisito el de la Sra. Petra,  ¿cómo que se ha suicidado? Si tenía la vida resuelta,  ¿qué es lo que ha podido pasar por esa cabeza? .  Tengo que llamar y ver a su familia,  no me lo van a perdonar que no haya asistido al funeral.  Espero que comprendan que no me he enterado de nada hasta ahora ¿Donde es la misa de difuntos? .

   Mamá me bombardeó a preguntas, se respondió a otras que se formulaba a sí misma afirmando categóricamente y dándolas por cierta. Yo por mi parte no quise dar más explicaciones que las que le podían interesar a mi madre y que no revelaran nada de lo realmente acontecido al respecto de la misión que me habían encomendado y a la relación misteriosa de Luis Camanes con todo este asunto. Pensé que cuanto menos supiera del asunto, mucho mejor para ella y para mí. La misa de difuntos se celebraría el próximo domingo, y pensé que a lo mejor acompañaría a mi madre a la celebración de la misa, sería una excusa para ver si me podía enterar de algo o hablar con alguien para sonsacarle algún tipo de información, la que fuera, daba igual, quizá la tontería más insospechada podría darme alguna información importante.

   Con todo el ajetreo se me había olvidado el chico que vi en la parada de autobús, y de repente me estaba acordando de lo sucedido. Era realmente extraño, un niñato sin otro oficio que escuchar música por su Smartphone estaba revolucionando mis pensamientos, estaba descolocándome totalmente y a la vez me hacía sentir un miedo espantoso por lo que todo ello comportaba. Pero lo que realmente me tenía más asustada en ese momento, era el titular de prensa.

      Por tercera o cuarta vez alguien me hablaba en latín, ¡y eso que era una lengua muerta! ¿Por qué ese niño, y en ese momento? Había algo que se me escapaba de mi entendimiento, algo que se me había pasado por alto, algo que no había comprobado o preguntado. Quizá me estaba avisando de algo o quizá era casualidad. Estaba hecha un lío.

   Cuando se hubo enfriado un poco la menta poleo que me había preparado mamá, le di un sorbo largo y casi me atraganto cuando recordé el baúl de casa, había algo más de lo que no me había dado cuenta. Debía ir lo más rápido posible, ya no me fiaba de nada, podían entrar en mi casa para buscar lo que Luis guardaba. Me estaba volviendo paranoica. Debía inventarme una excusa para zafarme de mi madre y salir de su casa lo antes posible. Ella seguía hablándome, pero yo no me estaba enterado de nada pues estaba ensimismada en mis elucubraciones. Para que no diera la sensación de que la ignoraba, me quedaba con la última palabra de cada frase y se la repetía, así quedaba satisfecha y pensaba que estaba poniendo interés en lo que me contaba.

-Bueno mamá que me tengo que ir,  he recordado que tengo cita con el médico dentro de diez minutos (le mentí) -

Me levanté del sillón y le di dos besos,  uno en cada mejilla,  y me dirigí a la puerta de salida.

-Pero hija si no me has dejado terminar de contarte lo de la Julia,  ¿No quieres que te acompañe al médico? -

Me dijo mi madre muy contrariada y con un mohín de circunstancia.

- ¡Mamá que ya soy mayorcita! Sé contarle yo solita lo que me pasa al médico.  Y lo de la Julia lo dejamos para otro día.

Realmente no sabía qué era lo que me estaba contando ni quien era la Julia,  pero me amenazó con contármelo el domingo cuando fuéramos a la misa de funeral de Luis.

   Por fin cerré la puerta tras de mí y me dispuse a ir a mi casa lo antes posible, para inspeccionar de nuevo el baúl. Algo se me había pasado por alto y estaba casi convencida de que se encontraba en el baúl.

   Otra vez a coger el autobús que me dejara cerca de la puerta de mi casa. Por suerte llegué pronto, azarosa y cansada, y de nuevo subí al doblado a inspeccionar el baúl. Puse el periódico en el suelo y empecé a revolver sin saber qué debía buscar y en relación a qué. Tenía una mezcla de emoción y tristeza, de ansiedad y curiosidad al mismo tiempo. Mis manos revolvían el interior como si fueran dos remos a contra corriente. Pude encontrar una libreta azul donde me escribía a mano algunos poemas, la abrí emocionada y embargada por el recuerdo de los años de nuestra aventura para descubrir el mundo, para zamparnos el mundo sin respirar y de un bocado, sin saber que el mundo se nos podía atragantar, nos daba igual. Leí con lágrimas en los ojos uno de los poemas:

AMOR SINCERO

No soy sincero

si algún día te oculto,

cobarde de mí en la hora

en que el amor me embarga,

si no te digo:  ¡te quiero! .

No me escondo en el tumulto

de una multitud que llora,

a la hora en que se larga

por no tener dinero.

Y no me importa ser inculto

si por culto se llora,

pues a veces saber amarga.

No soy sincero

si algún día te oculto

que por ti mi alma llora

y sin ti la hora se alarga,

si no te digo que te quiero.









  

   Seguí leyendo algún que otro poema y recordando momentos pasados,  unas veces con una sonrisa en los labios,  otras con lágrimas en los ojos y otras con mucha melancolía.

   A parte del menta poleo que me había preparado mi madre, no había tomado ningún otro alimento desde hacía ya unas cuantas horas, por lo que mi estómago rugía como un león enjaulado y necesitaba reponer fuerzas; pero de ningún modo estaba dispuesta a perderlas cocinando, así que decidí encargar una pizza a Telepizza mientras  ordenaba un poco aquellos recuerdos que navegaban entre mis manazas. Seguía sin poder lograr relacionar los objetos del baúl con lo que se me podría haber pasado por alto de todo este asunto, sólo contaba con el sobre con la llave de la consigna y poco más. Hasta que, de pronto, recordé la grabadora. ¿Cómo se me había podido olvidar?, intuí que en la grabación podría haber alguna pista de lo que se me podía haber pasado por alto. Recordé que la tenía en el bolsillo del pantalón de chándal que me había quitado y echado al pongo todo del cuarto de baño, donde almaceno la ropa sucia hasta que tengo la suficiente cantidad como para poner una lavadora. Bajé rápidamente las escaleras del desván y corrí hasta el final del pasillo, donde estaba el cuarto de baño, abrí la puerta y empecé a vaciar el pongo todo que estaba detrás. La ropa estaba esparcida por el suelo del cuarto de baño y oí un golpe sordo al caer el pantalón de chándal al suelo, sin duda era la grabadora. Estaba decidida a volver al desván y oír la cinta mientras observaba los objetos del baúl. Pero antes  llamé a Telepizza, la voz de una jovencita sonó al otro lado del teléfono:

- Telepizza dígame-,  me quedé unos instantes en silencio,  pensando si la grabadora dispondría aún de pilas cuando se oyó por segunda vez:  

-Telepizza dígame-

- ¡Ah,  si! ,  perdone la tardanza,  por favor ¿me podría mandar una ibérica a la calle Amistad Nº 12? ,  es una casa baja.

-Si por supuesto,  déjeme un número de teléfono y a nombre de quien.

   Le di los datos que me solicitaba y colgué el teléfono para dirigirme inmediatamente al desván junto al baúl. A mitad de camino me paré en seco, tenía que comprobar, antes de subir, si la grabadora aún tenía pilas. Apreté el botón de  “play” y, menos mal, había  grandes de lo que eran. por el corte de pelo que llevaba, al cazo como antes. Vestía ropa sport de marca, por lo que deduje que sus padres eran de alta alcurnia, pero no me cuadraba que anduviera sólo en el velatorio y ahora avisándome de un peligro, menos me cuadraba que lo hubiera mandado a avisarme Bernardo, lo cual no deja suerte, todavía quedaban pilas cargadas en la grabadora. Subí rápidamente las escaleras del desván y me acerqué al baúl abierto, no perdí el tiempo y me dispuse a escuchar la grabación que hice en el despacho de Alcandoria 66.

   Llevaba ya un buen rato escuchando la grabación y mirando dentro del baúl, creo que la escuché cuatro veces, cuando ante mis ojos apareció un plano de Florencia. No sé por qué, debió ser una corazonada o algo similar, pero pensé que podía tener relación, mejor dicho, sabía que podía tener relación. Me disponía a revisar el plano más detenidamente cuando sonó el timbre de casa. - Debe ser de Telepizza, pero, ¿que pronto han llegado?- pensé. Baje las escaleras del desván y me dirigí a la puerta de entrada para abrir, no sin antes echar un vistazo por la mirilla, nunca se sabe quién puede llamar a tu casa. No vi a nadie, y no porque no lo hubiera.

- ¿Quién es? - pregunté en voz alta detrás de la puerta cerrada.  Una voz de niño me contestó

-Señorita Rosa.

   Enseguida reconocí la voz,  era la del niño de la ventana y enseguida me embargó una sensación de miedo y curiosidad al mismo tiempo.  ¿Cómo sabía dónde vivo? Y,  ¿Que hace aquí y que quiere?

-Señorita Rosa,  ábrame,  deprisa,  por favor.

   Accedí a su petición y abrí la puerta.  Ante mí apareció aquel niño con claros síntomas de estrés,  mirando hacia derecha e izquierda,  como queriéndose asegurar de que nadie le miraba,  que nadie le seguía.  Me empujó y entramos los dos en casa,  cerrando la puerta tras de sí.

-Señorita Rosa,  me manda el Sr Bernardo,  ¿ha hecho Vd. un pedido a Telepizza? ,  me sorprendió que supiera esa circunstancia.

- Sí ¿Por qué? ,  ¿cómo lo sabes? - Pregunté curiosa.

-Tenemos que salir de aquí de inmediato.  Coja lo que necesite o lo que estén buscando y salgamos o la matarán con tal de conseguir lo que quieren.

   Me gritó nervioso y reclamándome prontitud, sus brazos gesticulaban y señalaba hacia arriba, como si fuera un ente superior quien fuera a hacerme todo eso. Me fijé mejor en sus rasgos, al fin y al cabo lo tenía delante de mí implorándome que saliera de mi casa con él, era un niño de unos diez años, delgado cara alargada y pelo negro azabache, muy guapo, sus ojos color miel claros, nariz chata y boca pequeña, sus orejas pegadas a la sien parecía dar el aspecto de no albergar dudas sobre la credibilidad de su aviso. Y lo de la traducción del latín, o quizás no lo hubiera traducido él, sino que se lo habían dicho traducido para que me lo transmitiera. De nuevo las dudas me asaltaban, ya no solo estaba echa un lío, si no que estaba cabreada con todo aquello. Ahora resultaba que un niño de diez años me estaba diciendo que mi vida corría peligro si permanecía en mi propia casa, pero de todos modos le creía. Era surrealista e increpé al niño:

-Pero ¿tú conoces al Sr. Bernardo? ,  no sé qué relación puedas tener con él,  pero ¿por qué me tengo que creer lo que un mocoso me está diciendo,  sin conocerlo de nada? .  Dime ¿Cómo te ya...?

   Me interrumpió sin ni tan siquiera haberme escuchado nada.

-De prisa Srta. Rosa,  ya vienen,  le tienen pinchado el teléfono los de la SIDTERPA,  me ha dicho el Sr. Bernardo que se lo diga y vienen a por Vd.,  vamos se de un sitio donde nos podemos esconder.

   Me cogió de la mano y tiró de mí,  pero no pudo moverme pues permanecí allí como si fuera una estatua.  Tenía que recoger la grabadora,  el cuaderno azul,  el sobre con las llaves de la consigna y el plano de Florencia.  No sé por qué, pero intuí que podría ser lo que estaban buscando. Le estaba haciendo caso y fiándome de un mocoso de diez años.

-Espera aquí chico-. Le dije mientras corrí al desván para coger todos los artículos,  cuando también me acordé del sobre que me dio Bernardo al salir de la oficina de Alcandoria 68.  El sobre estaba en una estantería del mueble del salón,  subí primero al desván,  recogí el plano,  el cuaderno,  las llaves de la consigna,  la grabadora y los metí en mi bolso; bajé al salón cuando oí un portazo y la voz del niño:

-Ya están aquí,  ¿Qué hacemos?

    Alargué la mano y cogí el sobre de la estantería del salón y fui al encuentro del muchacho.  Me lo encontré corriendo hacia mí a mitad del pasillo.  Le tendí la mano para agarrar la suya y tiré de él en dirección contraria.  Al final del pasillo a la derecha estaba la cocina y al fondo de la cocina la puerta del patio.  Oí como aporreaban la puerta fuertemente al tiempo que gritaban:

-Abra la puerta,  Rosa,  somos de la policía.

    Lo primero que se me pasó por la imaginación fue que me hacían responsable de la extraña muerte del vigilante de la biblioteca, por eso venían a por mí. Tenía ya clarísimo que tenía que huir, aunque no sabía a dónde dirigirme.

- ¡Y un cuerno! - grité muerta de miedo.  Miré al niño y le dije:

- Vamos hay una salida trasera por el patio de la cocina.

   Atravesamos el patio y abrí la puerta que daba a la calle,  se abría por dentro con una manilla, pero por el exterior necesitaba una llave para abrir.  Al mismo tiempo oí un estruendo,  habían derribado la puerta de mi casa.

   Salí a la calle Sevilla,  sabiendo que ya no podría volver más a mi casa y con un mocoso agarrado a mi mano derecha,  asustado y llorando de miedo.  Nos perdimos por una de las calles transversales y cuando ya creíamos que estábamos a salvo de aquellos salvajes, aunque todavía se podían oír las sirenas de los coches de policía,  el niño paró en seco y con voz ansiosa me dijo:

-Srta. Rosa,  tengo que llevarla a un escondite donde le espera el Sr. Bernardo.

   Me encogí de hombros y asentí,  dejándome llevar por el crío. No tenía ningún plan pensado ni ninguna otra opción, así que nos pusimos a caminar, yo detrás del niño.

   Después de callejear durante tres cuartos de hora,  llegamos a una calle donde, al lado de uno de los portales, había una escalera que bajaba por debajo de la acera,  me recordaba al bar de la serie Cheers.

     Guiada por el niño bajamos las escaleras y sacó una llave del bolsillo del pantalón,  la introdujo en la cerradura y,  con dos vueltas a la izquierda,  abrió la puerta.  Un hedor a polvo y a amoniaco invadió mis fosas nasales en el preciso momento en que se abrió la puerta.

- Hace mucho tiempo que nadie abre esta puerta Srta. Rosa,  ni tampoco ha venido nadie a limpiar. - se excusó el niño.

      Yo me encogí de hombros. El sitio estaba oscuro, aunque pude divisar, gracias a la poca luz que dejaba pasar la puerta entreabierta, que era un local vano, con las columnas de los pilares del edificio al descubierto, una nube de polvo se intuía a través de un pequeño rayo de luz que penetraba en la estancia, a través de un agujero de la pared más alejada a la puerta. La puerta se cerró tras nosotros y nos quedamos totalmente a oscuras, a excepción del pequeño rayo de luz del agujero de la pared. Dimos tres o cuatro pasos cuando el crepitar de las patas de una silla arrastrándose por el suelo, rompió el silencio rebotando el sonido contra las paredes de aquel antro.

-Bienvenida de nuevo Srta. Rosa. - Reconocí la voz de Bernardo,  que esta vez sonaba pausada y con sorna.

   A estas alturas mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra de aquel antro.  Pude ver como atravesaban delante de mí cuatro ratas,  tranquilamente y sin asustarse. Bernardo estaba sentado a caballo en una silla,  con el respaldo delante y apoyando la barbilla encima.  También miró y siguió con la mirada a las ratas.

-No se asuste,  ya se acostumbrará a ellas,  como ellas ya están acostumbradas a nosotros. - Me informó Bernardo.

   La verdad es que no estaba asustada, si no que me producían repugnancia. Guardé silencio ante las palabras de Bernardo, esperando una explicación. Miré a mi alrededor y en una esquina vi un objeto del tamaño de una cama recostado sobre la pared y tapado con unas sábanas. Bernardo me mantuvo la mirada, escrutándome e intentando averiguar mis pensamientos mientras se pensaba lo siguiente que me iba a decir. Se levantó bruscamente de la silla y dio media vuelta para dirigirse al objeto que estaba apoyado sobre la pared en aquella esquina...

-Rosa- hizo una pausa y yo permanecí en silencio mientras me acercaba poco a poco hacia él.

- Vd. misma podría haber abierto la puerta con su llave de haberlo querido- me increpó.

- De haberlo sabido- le corregí.

- Lo sabía, sólo tenía que haber leído la carta que le entregué con las llaves. Por cierto ¿ ya la ha destruido?- no me dejó contestar- Pues debería haberlo hecho como le dije, si los de la SIDTERPA la hubieran encontrado, habría puesto la misión en serio peligro, y no sólo la misión si no su vida y la de gente que no conoce todavía, pero que está relacionada con Vd. y la misión. Esto que está apoyado en la pared es el cuadro que vio en Alcandoria 66 y este lugar es donde lo escondemos. Es aquí donde debe venir a estudiar el cuadro para averiguar lo que Luis había descubierto. No ha empezado todavía la misión, ni siquiera ha pensado sobre cómo empezar.

-¿Cómo puede decir semejante desfachatez?- le interrumpí con ira y con gran enfado.- ¿ A caso a todo lo que me ha pasado no le da importancia?, me han seguido, me habéis mandado con vuestros estúpidos mensajitos en latín de un lado para otro, me habéis amenazado, me habéis metido en un asunto que no tiene ni pies ni cabeza, han derribado la puerta de mi casa y a saber que han hecho dentro, ahora piensa la policía que yo he matado al vigilante de la biblioteca que, por otro lado, no me extrañaría o mejor dicho estoy convencida que lo hizo ese otro de esa empresa, ¿cómo se llama? ¡ah, sí! SIDTERPA que no sé qué demonios significa y es la segunda vez que lo oigo.  Han querido matarme y ahora no puedo volver a casa.  ¿Y dice que ni siquiera he empezado? . - Me sentía enojada,  con lágrimas en los ojos y,  sobre todo,  con unas ganas tremendas de pegarle un puñetazo en la cara y saltarle todos los dientes,  por muy Bernardo que fuera y por muy poeta literato que fuese.

- Conténgase Rosa,  hay un niño delante.  Por cierto se llama Lorenzo y por lo poco que se de lo que averiguó Luis,  deberías indagar en su pasado.  Venga conmigo a solas un momento.  Espérate ahí Lorenzo. - Me asió del brazo y me llevó a un lado más oscuro de aquel antro asegurándose que desde allí no nos iba a oír Lorenzo.

-Es huérfano de padre y madre, murieron en un accidente de tráfico, creemos que no fue fortuito si no que  la SIDTERPA está implicada, desde entonces vive conmigo, extraoficialmente porque “Protección de Menores” lo busca pensado que ha huido tras la muerte de sus padres, a los que conocí a través de mi hermano Ernesto, que es conserje del colegio donde iba Lorenzo. Evidentemente ahora ya no va a ese colegio y mi hermano no sabe nada, mejor evitar que lo sepa demasiada gente y menos mi hermano pues enseguida le interrogarían los de la SIDTERPA  y lo descubrirían, mi hermano un pobre conserje. Luis descubrió algo relacionado con él y con el cuadro y la SIDTERPA, no sabemos cómo, se enteró de que Luis había hecho el hallazgo.  Desde entonces Luis me dijo que lo seguían y que creía que su vida corría peligro, yo no lo tomé muy en cuenta y le quité hierro al asunto, pero, aquella mañana, Luis apareció ahorcado. El resto ya lo conoce- Me informó Bernardo susurrándome al oído, mientras vigilaba que Lorenzo no se acercara demasiado para no oír lo que me decía.

-Pero...- increpé enérgicamente- ¿me quiere decir que demonios es SIDTERPA?

    Se hizo un silencio sepulcral durante unos segundos, luego Bernardo acercó su boca a mi oído derecho y susurrándome me dijo:

- Son los servicios secretos, los espías. Las siglas SIDTERPA corresponden a los Servicios de Información para la Defensa del Territorio y del Patrimonio ,  “SIDTERPA” ,  dependientes del Ministerio de Defensa,  Interior y Cultura.

     Yo enmudecí durante unos instantes, intentando asimilar la información que me acababa de facilitar Bernardo. Ya se me habían pasado las ganas de partirle la cara y le observaba con la mirada clavada en sus ojos, haciéndole saber que comprendía la situación y el secretismo conferido, dada las circunstancias  que se trataba de un menor y que Luis había sido asesinado. ¿Qué sería lo que Luis había descubierto?. De repente me entraron unas ganas enormes de averiguar qué había visto Luis en el cuadro que tuviera relación con Lorenzo, teniendo en cuenta que la imagen era del siglo XV en pleno renacimiento. Era absurdo. Se despertó en mí una curiosidad enorme y sentí la necesidad imperiosa de llegar al fondo de todo este asunto.

    Estaba en estos pensamientos cuando Bernardo levantó la mano y apuntó con el dedo hacia arriba, como queriendo decir:  ¡un momento!. Empezó a andar a paso ligero hacia un lateral de la estancia donde había una puerta, la abrió y entró. No sabía si seguirle o esperarle y, justo en el momento en que iba a salir en su busca, apareció de nuevo por la puerta por la que había entrado, con una bandeja con comida en una mano y una mesita pequeña de 40X50X50 en la otra, dirigiéndose hacia mí.

- Sé que no has comido nada desde... bueno no sé exactamente desde cuándo,  pero debes tener mucha hambre. - Me gritó mientras se acercaba,  con la intención de marcarse un tanto a su favor.  Y lo había logrado,  se marcó un tanto a su favor,  porque me hubiera comido un elefante si me lo hubiera servido en bandeja.

-Tres días- le repliqué.

    Me colocó la mesa delante de mí,  puso la bandeja encima y me trajo la silla donde estuvo sentado hacía un rato,  indicándome con ademán cortés que me sentara y que degustara la comida que me había traído.  Macarrones con tomate y atún,  una cuña de queso,  una naranja y un vaso de refresco de naranja.  Aquello me parecía un verdadero manjar,  teniendo en cuenta el hambre que tenía,  y me dispuse a devorarlo todo.

   Bernardo se retiró a un lateral de la nave con Lorenzo, pude ver como hablaban entre ellos, pero no pude oír nada de lo que estaban diciendo y, llegados a este punto, tampoco me importaba demasiado. Le agarró de la mano y le acompañó hacia la puerta, supongo que le despidió pues le abrió la puerta y le dejó marchar. Cerró la puerta y se quedó de pie delante de ella observándola, pensativo, pero lo que creo que realmente estaba haciendo era tiempo, tiempo para que terminara de comer.

   Yo no dije nada mientras engullía la comida que me había dispuesto,  apenas alcé la cabeza para ver la situación de Bernardo,  quizá porque estaba aterrada,  quizá porque estaba avergonzada o quizá porque no quería desperdiciar nada de lo que estaba comiendo.  Terminé con el último gajo de la naranja y levanté la cabeza,  Bernardo se adelantó tres o cuatro pasos,  me miró fijamente y en tono un poco enfadado y un poco condescendiente empezó a relatarme:

-Rosa,  Rosa,  Rosa. - hizo una pausa para pensar cómo iba a encauzar lo que tenía que decirme.

-"condiita, tutus et implevit". -  Hizo otra pausa mientras yo le observaba impaciente.- ¿Crees realmente que esa frase te ha llevado a Alcandoria 66 o te ha traído aquí?. No has comprendido nada. “Guardad, proteged y cumplid”, ¿Que hay que guardar, proteger y cumplir, Srta. Rosa?. No lo sabes ¿Verdad?. Pues nosotros tampoco, no te sorprendas, te pusimos la frase para ver si nos dabas alguna pista. A Luis lo mataron los de la SIDTERPA, yo creo que mi hermano sabe algo, por lo que temo que le interroguen, por eso él no sabe lo de Lorenzo. Es la frase que me dejó Luis escrita en una servilleta de papel antes de salir de la cafetería, donde me confesó que pensaba que le seguían, me dijo que me pusiera en contacto contigo y que investigaras esa frase y el cuadro, que ya lo entenderías y que cuidaras de Lorenzo. Yo no sé si es buena idea lo de Lorenzo, pero seguro que algo tiene que ver con todo esto. El descubrir esta trama y la relación que tiene todo esto con ese niño, la SIDTERPA y el cuadro, supera en mucho la capacidad de comprensión de cualquiera que lo intente. Estás a partir de ahora en busca por el gobierno, sólo nos tienes a nosotros y a la verdad. Si descubres la verdad, no te la calle pues el decirla te salvará la vida. A partir de ahora dormirás en un cuarto contiguo a esta estancia, tienes comida, cocina, cama, televisión y un ordenador con internet. Te proporcionaremos todo aquel material que creas necesario para examinar el cuadro. No saldrás de aquí sin antes ponerte en contacto conmigo con este teléfono móvil, con un número nuevo a nombre de un compañero del club de poesía, para que no puedan rastrearte con  tu terminal. Y por último, cuando salgas, deberás cerciorarte de que no te siguen. Te hemos proporcionado ropa de hombre para que te puedas camuflar, las salidas siempre las harás de noche, ¡ah! lo de la oficina de Alcandoria 68 olvídate es demasiado peligroso,  seguro que la están vigilando.  ¿Tienes alguna pregunta?

    Me tendió la mano para depositar en mi mano una tarjeta con su número de teléfono,  me proporcionó un terminal de teléfono móvil que sacó del bolsillo y un cargador de móvil.  Por supuesto el número de teléfono móvil que me proporcionó para que le llamara,  no constaba a su nombre en previsión de que lo tuvieran pinchado.  

   Mientras yo palidecía intentando asimilar toda la información que me había dado Bernardo, él me miraba fijamente a la espera de cualquier pregunta que le pudiera hacer. Noté que había pasado de tratarme de Vd. a tutearme, de modo que le dio a la conversación un tono más cercano y paternal, al mismo tiempo que me dotó de mayor confianza, aunque atisbaba un tono más inquisitorial. Nunca me había sentido tan inferior, tan apabullada y tan tonta. Y pensar que, a pesar de todo lo sucedido, aquella misión me había parecido emocionante, con su frase en latín de la que creí haber resuelto su enigma, pensando que me había llevado a Alcandoria 66 y hasta aquí. Ahora ya no me parecía tan emocionante, ahora ya estaba jugando con mis sentimientos, mi integridad moral y física, con mi vida y podría ser con la de un niño.

   Sí, si tenía muchas preguntas en la cabeza para formulárselas a Bernardo, pero no era capaz de articular palabra. Sobre todo quería saber ¿por qué?. Ya no estaba atraída por el cuadro, ya sólo quería volver a mi vida anterior; pero algo me decía que debía seguir, pues mi vida a partir de aquí había cambiado. Era necesario seguir pues creo que de ello dependía mi vida, me había metido de lleno en algo que me superaba y que debía solucionar. Ya no había marcha atrás, por lo que decidí no formular ninguna pregunta a Bernardo, agachar la cabeza en señal de asentimiento y obedecer en todo lo que se me mandaba.

   Estaba muy cansada ,  eran demasiadas cosas,  demasiadas preguntas,  mi trabajo,  mi casa,  mis amigos,  todo lo que hasta ahora tenía quizá lo había perdido ya.  No podía pensar claramente y ,  aunque era extraño,  estaba tan apabullada que no estaba teniendo ningún ataque de ansiedad,  como hubiera ocurrido en otras circunstancias con la mitad de problemas imprevistos de los que ahora estaba teniendo.

   Por otro lado estaba mi trabajo, no podía ponerme en contacto con mi jefe o con mis compañeros. En estas circunstancias iba a perder mi trabajo por lo que me surgieron una duda primordial: ¿de qué iba a vivir?, del aire seguro que no. Tenía que aclarar esta tesitura con Bernardo, aunque intuía que este no era el momento, ya habría tiempo más adelante. Además, seguro que esta situación ya la habría previsto y ya que iba a trabajar para ellos, seguro que tenían prevista mi remuneración. A lo que me llevó a la siguiente duda, está más aterradora, ¿qué pasaría con mi madre?, ¿qué le contarían?. En fin, tiempo seguro que habría para aclarar todas estas cuestiones, ahora lo que más me preocupaba era descansar y no pensar en nada por unas horas.

   Bernardo se debió percatar de todo esto y me asió por el brazo para dirigirnos hacia la puerta por donde salió con mi comida. Los pasos sonaban huecos y rebotaban en las paredes de aquella nave, rodeando sus columnas para volver a nuestros oídos. Guardábamos un silencio sepulcral mientras nos dirigíamos a la puerta, ya estaba todo dicho por ahora. Me dejé llevar. Cuando estábamos a la altura de la puerta, Bernardo la abrió, una cortina de luz inundó la nave de modo que incluso hacía daño a la vista. El haz de luz dejaba ver un halo de polvo del mismo tamaño que la distancia que recorría la luminiscencia. No tenía ni ganas ni fuerzas para fijarme en los detalles que se vislumbraban con la entrada de luz en aquella nave. Bernardo se apartó hacia un lado de la puerta e hizo ademán cortés para que yo pasara primero. No pensaba llevarle la contraria, ni tenía ganas, así que cumplí su deseo y entré yo primero. Me quedé anonadada, tras esa nave que guardaba tanto polvo y suciedad, sólo había que atravesar una puerta y un paraíso se escondía detrás de ella. A estas alturas cualquier apartamentico me parecía un paraíso. Un pasillo central iba de un extremo a otro, culminado por sendas puertas una por donde yo había entrado y otra de salida al exterior, supongo. A cada lado del pasillo se distribuían tres puertas, las de la derecha no distaban de una a otra la misma distancia que las de la izquierda. A la derecha la primera puerta era de un cuarto de baño espacioso, de 4 metros de largo por tres de ancho, con bañera, lavabo, bidel y taza de wáter.  La siguiente puerta de la derecha pertenecía al dormitorio, de unos 16 metros cuadrados,  con una ventana al fondo y al lado distal de la cama cuyo cabecero estaba pegado a la pared de la izquierda en el sentido de mi marcha, empezando por la puerta por donde había entrado, dos mesitas, una a cada lado del cabecero de la cama y un armario en la pared de enfrente, a la derecha del armario una puerta que daba al cuarto de baño y de la que no me había percatado en mi primera inspección del W.C. Una mesa de escritorio y una silla completaban el mobiliario del dormitorio, cuya pared estaba pintada de color pastel. No pude continuar con la inspección del apartamento por el momento, pues estaba tan agotada que decidí posponerla para cuando hubiera descansado.

    Bernardo,  que se había percatado de mi lamentable estado y de la necesidad de descanso que mi cuerpo requería,  se despidió de mí con un tono que insinuaba lástima:

-Bueno Rosa, descansa y repón fuerzas, yo me marcho y no sé aun cuando volveremos a vernos, aunque estoy seguro que lo haremos. En el cajón de la mesita de la derecha de la cama te he dejado un sobre con unas instrucciones, léelas cuando te levantes y estés mejor. Ahora toma una ducha y acuéstate, se te ve muy cansada. No intentes ponerte en contacto con tus compañeros de trabajo o con tu madre, tendrán los teléfonos intervenidos, ya nos encargaremos nosotros de todo eso. A tu madre le diremos que te hemos ofrecido un trabajo en Italia y que te has tenido que marchar a toda prisa, sin poder avisar a nadie y que ya la llamarás cuando puedas, en fin la intentaremos tranquilizar para que no se preocupe al menos durante algún tiempo.

   Cerró la puerta tras de sí y quedé sola en la habitación. Oí cómo cerraba la puerta del final del pasillo y echaba la llave. Le hice caso, tomé una ducha y me tumbé en la cama. Las sábanas eran de seda, del mismo color que la pared de la habitación, por lo que deduje que tras la decoración estaba una mujer, aunque no era el momento de hacer ese tipo de averiguaciones. Como manta y colcha tenía un nórdico enfundado, de color blanco con trazos cortos de rayas negras. Me habían dejado un pijama de color blanco y amarillo debajo de la almohada, de mi talla, lo cual me sorprendió. Estaba todo muy bien pensado.

   Me puse el pijama,  me tumbé en la cama y me arropé hasta por debajo de la barbilla y caí profundamente dormida.

Comentar