EL TRIBUTO. capítulo 1

 

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EL TRIBUTO

 

 

Dedicatoria

A Laura y Ana, mis hijas, espero que cuando

crezcan puedan leer «El Tributo» y se diviertan.


Gracias Carmen Torres por ese inicio que me ayudó a elaborar esta novela.



El arte de gobernar generalmente

consiste en despojar de la mayor

cantidad posible de dinero a

una clase de ciudadanos

para transferirla a otra.

Voltaire (François Marie Arouet)

(1694-1778)





Informa a nuestros compatriotas

de que el impuesto que

se pague con el propósito de

educar no es más que la milésima

parte de lo que se tendrá que pagar

a los reyes,  sacerdotes y nobles

que ascenderán al poder si

dejamos al pueblo en ignorancia.


Thomas Jefferson

 

(13 de abril de 1743 — 4 de julio de 1826)  

 

Prólogo


Todo comenzó como una conversación virtual en la que invitaba a tomar café. Dos perfiles de una red social, frente a frente, ideando la historia por turnos. Comenzó trepidante, casi sin aliento, en un tropel de situaciones descontroladas. Poco a poco fue tomando forma, a la vez que mi interlocutor se retiraba de la historia, aun así, agradezco su colaboración, aunque fuera sólo al principio de la historia. Por supuesto he dado cuerpo a su idea y la he expresado con mis palabras, trabajándola para darle forma.

    Y así nació Rosa, una chica como cualquier otra del montón y a la que la vida le había dado tanto penas, como glorias, como cualquiera de su condición. Una chica cuya aventura le supera en sus expectativas, con creces, rozando la esquizofrenia, tocando con la punta de sus dedos la paranoia. Aunque sus delirios se convertían en situaciones reales, con mucho peligro y rozando la muerte en cada momento.

 

    La búsqueda de datos para elaborar la historia me resultó un tanto tediosa, teniendo en cuenta que debía elaborar una historia ficticia con datos reales, sin dañar la imagen ni la sensibilidad de quienes afectan esos datos reales. Además, aunque de una ficción se trata, es correcto ceñirse a la veracidad de los datos históricos.

    En definitiva, es una novela pseudohistórica y ficticia con tintes de realidad, adornando para ello los datos adquiridos de fuentes oficiales y búsquedas a través de internet.

    Ni que decir tiene que todos los personajes que aparecen en la historia, son ficticios y que cualquier parecido con la realidad es fruto de la casualidad.

 

     Rosa podría ser cualquier chica que conozcamos, a la que le toca vivir una situación que podríamos calificar de rocambolesca y peligrosa. 

 

Capítulo 1




 Pedí la clave del Wifi y  me la dieron escrita en una servilleta de papel con la propaganda de la cafetería a la que me había acercado a tomar café, pero debajo se podía leer: "será en Alcandoria 66 a las 18:00 horas". Sólo quería leer la prensa en internet a través del móvil, sin que ello me supusiera un consumo excesivo de datos, o sea que quería internet en el móvil gratis y lo de tomar café era una excusa; pero esa nota debajo de la clave me estaba desconcertando y, de algún modo inexplicable, puso a trabajar mi imaginación dándole mil sentidos a aquella escueta frase, inventándome situaciones o motivos por los cuales, aquella misteriosa nota había llegado a mis manos, para que yo precisamente la leyera. Decidí introducir las palabras de la nota en el buscador del navegador del móvil, con la esperanza que me resolviera las dudas sobre a qué se podría referir la nota. Tarea harto difícil pues, o no encontraba nada, o era demasiado grande el archivo, o era demasiado lenta la conexión. Desalentada por la falta de respuestas a mis preguntas, arrugué la servilleta y la tiré a la papelera dando por imposible la búsqueda y miré la televisión para distraerme. No fui capaz de concentrarme en lo que estaba viendo, una y otra vez me venía a la cabeza “Alcandoria 66”,  miré a los camareros con la esperanza de vislumbrar una señal, un gesto cómplice, un guiño o algo, pero nada. Es más, el camarero que me había servido el café y me había facilitado la clave ya no estaba. Lo busqué con la mirada, esperando que al encontrarlo pudiera pedirle alguna explicación, pero no estaba en el local. Ya no estaba tranquila y, por alguna extraña razón, me había propuesto descubrir qué encerraba aquel misterioso mensaje de la servilleta de papel. La recuperé de la papelera, estaba muy arrugada, y la volví a leer por si, en un alarde de clarividencia, era capaz de descifrar el galimatías, pero nada, la arrugué y esta vez me la guardé en el bolsillo. Se me ocurrió que podía ir a la biblioteca, pues era el punto de acceso a internet más cercano que tenía, además contaba con potentes ordenadores que seguro me guiarían a través de internet para dar sentido a aquella frase. Me levanté dejando el café a medias, no podía soportar la intriga y debía resolver el asunto cuanto antes. Me dirigía a la barra para pagar la cuenta, introduje la mano en el bolsillo de mis pantalones vaqueros para sacar algunas monedas, cuando, el camarero de detrás de la barra advirtió mi gesto e inmediatamente se dirigió a mí:



-Srta. Un señor ha pagado su cuenta,  no debe nada.

- ¿Quien ha sido? Le pregunté para dar las gracias por la invitación.

-Un señor alto y rubio,  pero se ha marchado.

- ¿Sabría decirme a donde ha ido?

-No lo sé,  sólo dijo que estaba Vd. invitada,  pagó y se marchó por la puerta.

   Me quedé muy contrariada,  no sabía qué pensar,  pero de lo que a estas alturas estaba segura era que debía por todos los medios averiguar el significado de todo aquello.  Lo de aquel señor que me había invitado,  me había quedado desconcertada por completo.  Ya no me cabía la menor duda que era el autor de aquella nota,  si no ¿a que se debía invitarme y desaparecer? .  Así que estaba decidida a ir a la biblioteca.

   Salí de aquella cafetería, aunque estaba lloviendo insistentemente, este contratiempo no me impedía caminar todo lo aprisa y determinación que mis tacones me permitían. Alcandoria 66 ¿ Qué sería?, debía llegar a la biblioteca más cercana antes que cerrase sus puertas, se encontraba al final de la avenida. Las calles empedradas hacían que mis tacones resbalaran introduciéndose en los huecos de separación entre piedra y piedra del firme, haciéndome doblar los tobillos e infringiéndome dolor a cada paso que daba pero, no importaba, estaba decidida a ir a la biblioteca a solucionar mis dudas cuanto antes.

    Llegar hasta este punto me había llevado unos 20 minutos, y las puertas de la biblioteca "Delgado Valhondo" hacía 15 minutos que habían cerrado. Los tobillos y las rodillas me dolían por todo aquel esfuerzo para llegar a tiempo, pero me sentía dispuesta a saber qué era aquello. Me colé por una de las puertas de servicio que aún estaba abierta, accedí al hall principal a través de otra puerta contigua de incendios. Las alarmas no debían estar accionadas todavía, pues de lo contrario habrían detectado mi presencia. No vi a nadie, supongo que el vigilante debía estar cerrando puertas y haciendo la primera ronda, por si algún rezagado se hubiera quedado dentro de alguna de las múltiples salas de la biblioteca. La sala de “Recursos Informáticos” se encontraba en la primera planta, a la que se accedía por unas escaleras situadas a la derecha del mostrador del hall principal. Me quité los zapatos para no hacer ruido y subí aquellas escaleras, descalza y con los pies destrozados por la caminata. El contacto de mis pies descalzos con el suelo frío, me hizo dar un respingo, estaba frío, pero no importaba con tal de pasar desapercibida sin hacer ruido. Treinta y ocho escalones que se me hicieron eternos, giré a la derecha y anduve unos quince pasos para situarme en la puerta de entrada de la sala de "Recursos Informáticos”. Entré y pude observar que todos los ordenadores estaban apagados,  elegí uno y lo encendí ,  el primero que encontré.  Tardó un par de minutos en iniciarse, se me hicieron eternos. Abrí el navegador y escribí la palabra en el buscador: "Alconadoria 66" y aparecieron multitud de referencias. Tenía miedo que el vigilante cortase la luz y no pudiese averiguar nada. Elegí la primera opción y me apareció un evento: “Liga de la Ciencia”, que estaba ya desfasado pues la publicación era de hacía siete años. Pero me fijé bien y no andaba desencaminada, pues el sitio seguía existiendo. Al fin y redirigiéndome de página en página llegué a Alcandoria, era una sala-café-conciertos y exposiciones. Y precisamente esta tarde se exponían una serie de pinturas que formaban parte de una colección, que organizaba una especie de hermandad, “ El Club de poetas libres”.

   El tiempo se me echaba encima y, una mezcla de ansiedad y curiosidad me estaba martilleando pero,  ¿Qué tenía esto que ver conmigo? ,  parecía una película de suspense o una teoría de la conspiración.  Resultaba atractiva la idea de ser partícipe de una historia como esta. No soportaba la idea de que el guarda de seguridad me pillara infraganti pues había pasado ya algún tiempo allí dentro y, tarde o temprano, aparecería por aquella puerta. Una pregunta me invadía de todos modos mis pensamientos:  ¿a quien le interesaba que yo supiera todo esto? .  Acabé convenciéndome,  estaba decidida a acudir a Alcandoria 66,  no podía quedarme con la incertidumbre,  sobre todo necesitaba una explicación.  Tomé nota de la dirección y me levanté de la silla para salir de allí.

    Sólo quedaba encendida la pantalla del ordenador que estaba utilizando y que daba iluminación a la estancia de "Recursos Informáticos" de la biblioteca.  Resultaba evidente que el vigilante no se había percatado de mi presencia, puesto que no daba señales de vida.  

-- ¿Oiga? , -

   Grité con la esperanza de que el vigilante me encontrara y me abriera las puertas para salir. Eran ya las dos y media del mediodía. Repetí la pregunta al menos cuatro veces, y mi voz resonaba por los pasillos huecos, sólo chocaba contra los miles de libros perfectamente ordenados de las estanterías. De pronto alguien me sujetó del brazo por la espalda y palidecí del susto zafándome bruscamente de aquella mano que me había asido por la izquierda. Di media vuelta y comprobé, aunque ya me lo suponía, aliviada al mismo tiempo que contrariada, que era el vigilante. Un señor entrado en años, de mediana estatura, nariz aguileña, pelo canoso. Sus rasgos faciales, surcados por la edad, eran más bien cuadrados, el uniforme que portaba, pantalón monocromo azul marino oscuro y botas de campaña, chaqueta del mismo color con bolsillos por todas partes y con letras en amarillo escrito "VIGILANTE DE SEGURIDAD" y debajo el nombre de la empresa: "SIDTERPA", era la primera vez que veía ese nombre de empresa de seguridad, le daba a la vez un aire de solemnidad y de fuerza autoritaria. Comenzó a andar tirando de mí, cojeaba ligeramente. Me miró a los pies, que los tenía descalzos, y me hizo un gesto para que me pusiera los zapatos que portaba en la mano. Me apoyé en su hombro derecho con mi mano izquierda para ponerme los zapatos, primero el izquierdo, luego cambié de hombro y de mano y me puse el zapato del pie derecho. Bajamos con cierta premura las escaleras,  a pesar de su aparente ancianidad y de su cojera.  Llegamos a la puerta principal y con su manojo de llaves la abrió,  acertó a la primera con la llave que portaba en un llavero del que al menos colgaban treinta o cuarenta llaves,  y su voz sonó temblorosa para decirme:  

-por aquí señorita Rosa.

 Me quedé perpleja,  ¿Cómo sabía mi nombre? .  No se lo pregunté y nunca lo sabré porque jamás lo volvería a ver.  Me invitó a salir al tiempo que me formulaba la siguiente frase:  

-"condita,  tutus et implevit"-,  y cerró la puerta tras de sí. Era el colmo, ahora me hablaba en latín.

- ¡Oiga! ,  ¿Que me ha querido decir? - imploré aporreando la puerta con un mohín de desesperación,  pero no recibí respuesta,  mientras que vi a través del cristal como desaparecía en el interior de la biblioteca.

   Me quedé perpleja, sin saber que decir ni hacer, confundida, en medio de la calle y empapada, mientras del cielo seguía cayendo una lluvia persistente. El frío que se me colaba hasta los huesos, empezó a hacer mella en mí, o el cansancio, no sabría distinguirlo ni quería quedarme para pensarlo. Comencé a caminar, no sé, supongo que hacia mi casa, no estaba muy lejos, dos o tres manzanas. Pensé que llegaría pronto y tendría tiempo de sobra para tomar algo caliente y cambiarme de ropa. No estaba dispuesta a permanecer más tiempo así, mojada y en aquel lugar o cogería una pulmonía. Mientras caminaba no paraba de pensar en lo que me había dicho el vigilante y en lo que pudiera suceder en Alcandoria esa tarde, tenía que enterarme de algún modo.  

   "Condita, tutus et implevit", sería seguramente una de esas frases aprendidas de la gente mayor, que utiliza como refrán y que no saben qué significa, para darse importancia o una apariencia de intelectual, quizá buscando el respeto del interlocutor. Pero no se me quitaba de la cabeza, algo me decía que aquello que me había dicho el vigilante podría ser importante. Mis conocimientos de latín se remontaban a tiempos olvidados de estudiante, por lo que barajaba varias posibilidades sobre el significado; pero ¡qué demonios!, tenía que averiguar el significado, ya no podía aguantar más la intriga. Apresuré mis pasos en dirección a mi casa en la calle de la Amistad 12, me daría una ducha, me cambiaría y llamaría por teléfono a Luis Camanes, un amigo mío que había estudiado filología y lenguas muertas. Qué ironía, "lenguas muertas", me imaginaba una fila de lenguas necrosadas reposando en una encimera de un crematorio. Ironías a parte, debía poner en orden todas estas cuestiones, pues quedaban tan sólo unas tres horas para que sucediera, si es que iba a suceder algo, lo que fuera en Alcandoria 66. Ya casi he llegado a casa y me ha venido a la mente un viejo amigo que solía reunirse para hacer tertulia con un grupo de poetas, y creo haberle oído decir que quedaban en el "Alcandoria". Estaba hecha un lío, mejor subía a casa y me daba esa ducha y después lo pondría todo en orden.

   Llegué a casa. Me quité los zapatos, dejé el bolso en una silla y comencé a desnudarme para poder meterme en la ducha. El agua caliente me relajó casi de inmediato. Respiré profundamente y comencé a pensar otra vez sin casi darme cuenta. El latín no lo tenía fresco en la memoria. De hecho nunca se me dio bien y lo sucedido en la cafetería... Cuando terminé de ducharme, me sequé, vestí y cogí el teléfono para llamar a mi amigo. El teléfono empezó a sonar, pero nadie lo cogía. Seguí intentándolo un par de veces más, pero nada. ¿Qué pasaba? Estaba ya desesperada, se me escapaba de las manos y se estaba convirtiendo en una obsesión. Me acordé entonces del baúl, un baúl viejo y raído por la carcoma que guardaba en la buhardilla y me levanté como un resorte. Tenía que encontrar los apuntes de latín. Por otro lado me resultaba extraño que Luis no contestara a mi llamada, siempre lo había hecho, fuese la hora que fuese pues estaba enamorado de mí desde el instituto y, aunque se había distanciado más en el tiempo, no habíamos perdido contacto telefónico. Su padre nunca aprobó nuestra amistad, siempre decía que no llegaría conmigo a buen puerto. Quizá tuviera razón, era demasiado impulsiva, demasiado preguntona, demasiado de todo. Por fin llegué al viejo baúl, lo contemplé asqueada por la cantidad de mugre y polvo que había acumulado durante tanto tiempo de desuso, fui girando a su alrededor para ver si adivinaba o descubría de debajo de tanta mugre, por donde se encontraba la abertura. ¡ Maldita sea ! necesitaba una llave y ¿adivina quien la tiene? ,  me pregunté irónicamente.  Pues sí la tiene Luis Camargo,  al cual se la entregué en señal de alguna tontería de las de adolescente.  Tenía que dar con Luis como fuese y ya sólo quedaban 2 horas y media.  Ya está,  iría a su casa,  me daba igual lo que pudiera pensar después de tanto tiempo.  Debía darme prisa pues no me quedaba mucho tiempo,  menos mal que vivía relativamente cerca.  

   Por suerte había dejado de llover.  Me puse un abrigo y salí de casa para dirigirme a la casa de Luis.  Tal vez tenía estropeado el teléfono o estaba lejos de él y por eso no lo cogía. Cavilé un millón de situaciones por las cuales no había cogido el teléfono, pero perdía el tiempo.  Cuando llegué me di cuenta de que algo pasaba, la calle estaba atestada de coches y aquello era un hervidero de gente que iba y venía en actitud seria, entraban y salían del portal de su vivienda cabizbajos. Era evidente que allí estaba ocurriendo algo que no quería ni pensar, me negaba a imaginarlo. Me entró un miedo horrible. ¿Qué había pasado?. Había subido hasta su casa sin que nadie se hubiera percatado de mi presencia, debido a la dramática situación. Cuatro pisos de un ir y venir de gente. No, no podía ser. Tal vez... Allí estaban sus padres. Lloraban y recibían condolencias, tampoco se habían percatado de mi presencia. Por lo menos yo no vestía de manera muy inadecuada. Mis pantalones eran negros, igual que mi abrigo. La camisa era rosa pero no muy fuerte, no creo que... ¡Oh dios mío!. Estaba muerto.

    Me encontré mal, un escalofrío recorrió mi cuerpo y casi estuve a punto de desmayarme, pero debía mantener la compostura y no dar un escándalo. Sentí mucho dolor, me habían arrancado el corazón de cuajo. Dicen que las personas no saben lo que tienen hasta que lo pierden. Es verdad, ese fue el momento en que me di cuenta de lo que había sentido por Luis. Quizá no quise nunca saberlo ni que nadie lo supiera, por eso me lo negaba a mí misma y a los demás. Pero en ese momento supe que Luis había sido el amor de mi vida. Pasaron por mi mente pequeños detalles y momentos que había desaprovechado. Un montón de preguntas me invadían: ¿qué hubiera sido de mi vida si...?, ¿por qué no le presté la atención que necesitaba en algunas ocasiones? Y preguntas similares.  Es posible que me sintiera despechada,  sobre todo cuando estuvo en su pueblo,  a "despejarme un poco" me dijo.

     Luis era muy conocido y muy querido. Entre toda esa gente se encontraban sus alumnos del instituto, y gente que yo no conocía de nada. Entré en una salita donde se encontraban sus padres y supongo que sus familiares más allegados, aunque al lado de una ventana se encontraba un niño muy distraído mirando a la calle. Entraron en la habitación un grupo de personas que portaban una corona, iban vestidos con capas, camisas blancas y boinas, un poco extravagantes, pero enseguida comprendí quienes eran, aunque no los conocía de nada, pues en la corona de flores que depositaron delante del cuerpo presente de Luis rezaba : "El Club de poetas libres no te olvidan". ¡ Joder ! pensé,  se dedicaba a escribir poemas.  Decidí dejar por el momento el tremendo dolor que sentía, ya habría tiempo de expresarlo, puesto que estaba allí por un propósito, aunque mucho me temía que aquel acontecimiento iba a formar parte, como resultado, de mis averiguaciones. Ya me estaba poniendo muy nerviosa,  estaba como al principio y no había averiguado nada.  Decidí preguntarle a un doliente que se encontraba a mi lado:  

--Disculpe, ¿Por qué ha muerto Luis, que le ha pasado, si estaba muy sano?.  Me miró con cara de circunstancia y en voz baja y con tono de secretismo me dijo que se lo habían encontrado ahorcado en el altar de la ermita de San Luis, patrón de este barrio, le habían hecho la autopsia y aquí lo han traído para el velatorio y que le den santa sepultura-. No sabía aquel señor el daño que me habían hecho aquellas palabras, Luis ahorcado. Ya que había entablado conversación con el siniestro doliente, me atreví a preguntarle si sabía dónde estaba Alcandoria 66. Estaba dispuesta a llegar hasta el final pues eran demasiadas desgracias y demasiadas coincidencias.

-- ¡Allí era donde se reunía con sus amigos poetas! ,  a mí no me gustaba mucho ¿sabe señorita? ,  yo creo que eran todos homosexuales,  es un poco turbio.  El bar se encuentra a unos 200 metros de la estación de autobuses,  junto al cine "Las Princesas".

    Por fin sacaba alguna información en claro, me debía apresurar, le di mis condolencias a sus padres prometiéndoles que volvería más tarde, ya que en ese momento no podía quedarme porque tenía que ir a trabajar, les mentí, y ellos asintieron complacidos, aunque me temo que ni siquiera me reconocieron obcecados por el dolor. Me levanté de la silla y, de repente, un escalofrío me recorrió la médula, fue la mirada de aquel niño que estaba junto a la ventana. Me acerqué a él para preguntarle qué le pasaba y, levantando la mano para indicarme que no me acercara más, me dijo:

--"guardad,  proteged y cumplid".  

-- ¡Eso era! "condita,  tutus et implevit".  

    Un tremendo escalofrío recorrió toda mi médula, los pelos se me erizaron con la sola idea de la presencia de aquel niño y su comportamiento en aquella situación. Me quedé mirándolo fijamente, pero no fui capaz de sostener la mirada. Sin embargo, aquel niño siguió mirándome fija y funestamente. Parecía el mismo diablo. No podía permanecer más en aquella casa.

   Salí de allí con la certeza de haber perdido a alguien muy importante para mí. No sólo era la cruda realidad de la pérdida, si no la sensación de que esa pérdida no había sido en vano, que no lo había perdido del todo. Estaba convencida de que Luis, de alguna manera, me quería confiar algo que él sabía y que quería que yo lo custodiara o llegara hasta el fondo de la cuestión, como si se hubiera quedado a un palmo de resolver algo y sólo confiara en mí para terminar lo que había empezado.

    Sí, se reunía allí con sus compañeros, quizá sea que me invitaban a participar con ellos. Era una tontería, una idea estúpida... Quizá no tanto como que iban a robar. De cualquier manera, me senté en un banco del parque cercano para relajarme. Pobre Luis... Nunca imaginé que viviría para saber de su muerte. Al cabo de un rato me levante y comencé a caminar hacia no sabía dónde. De cualquier manera pronto sería la hora de acercarme hasta aquel lugar misterioso. Debía acudir, ya no tanto por mi curiosidad, sí no por Luis. Él no podía estar metido en nada malo. Un club de poesía me parecía lo más inocente del mundo. Ni pensé en que Luis pudiera ser o no homosexual. ¿Qué importancia podía tener eso? . Además estaba segura de que no lo era, pues estaba enamorado de mí. Seguro que era una elucubración para cotillear o tener tema de conversación por parte de aquel plañidero desilusionado que seguro estaba presente por compromiso más que por sentimientos. En cierta ocasión me escribió un poema, pero nunca me mencionó su afición poética ni que se reunía con un grupo de poetas. Es posible que le diera vergüenza, pues era bastante tímido, y eso le impedía hablar abiertamente de ello; pero... ¿ y si lo del grupo de poetas era una tapadera?, al fin y al cabo había muerto en circunstancias nada normales, ¡ ahorcado !. Ahora que lo pienso no puede ser, a Luis nunca se le hubiera pasado por la cabeza suicidarse. En cierta ocasión me comentó que la peor muerte que podía tener era asfixiado, quemado o ahogado. No podía ser. A Luis lo han tenido que ahorcar. Sólo de pensarlo me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, todo esto no estaba ocurriendo por casualidad: lo del mensaje debajo de la clave del wifi, lo del vigilante del museo y su frase misteriosa en latín, lo del niño distraído y quien sabe qué más va a ocurrir en el Alcandoria 66. A Luis lo han engañado y lo han metido en algo turbio, ¡como si lo estuviera viendo!.

    Ya sólo quedan dos horas para la cita de Alcandoria 66.  debo apresurarme y salir de todas estas dudas.  Eran demasiadas preguntas y estaba dispuesta a resolverlas,  aunque me enterase de algo que no quisiera saber.

     Había estado dando vueltas sin saber a dónde me dirigía y algo me llamó la atención: eran dos señores vestidos de negro me habían estado siguiendo todo el rato, sin que me hubiera percatado hasta ahora. los había visto en el velatorio junto a aquel niño. Apresuré la marcha para cerciorarme que me seguían y que no eran imaginaciones mías, pero allí seguían, en la distancia, por el mismo sitio por donde yo pasaba. Sentí un terror desmesurado, no sabía qué hacer ni hacia dónde ir. Una cosa tenía clara, debía ir a Alcandoria 66 a ser posible sin que nadie me siguiera.

   Se me ocurrió que podía perderles de vista en el centro comercial.  Allí,  podría cambiar mi aspecto y listo.  Estaba empezando a pensar que mi curiosidad me había llevado a algo que no estaba nada claro. A estas alturas ya estaba un poco cansada de la situación, estaba en un punto en el que pensaba que podría estar delirando o teniendo un ataque de manía persecutoria, todo esto me estaba trastornando. Pero aquellas personas eran reales y me daba la sensación o, mejor dicho, tenía la certeza de que me estaban siguiendo.

    Suspiré un segundo y caminé hacia el centro, con la esperanza que allí me pudiera camuflar entre la gente como había pensado. Cuando llegué, la cantidad de personas que había facilitaba la confusión, aunque tanto para ellos como para mí. Tenía la ventaja a mi favor que eran más altos que la media de los que se encontraban en el centro comercial, por lo que sabía por dónde iban con sólo divisar sus cabezas que sobresalían del tumulto. Se dieron cuenta de que me había percatado que me estaban siguiendo e intentaba eludirles, por lo que aligeraron su paso para intentar no perderme de vista. A estas alturas ya no se trataba de un seguimiento, se había convertido en una persecución. Debía subir a la parte alta del centro comercial, así tendría una perspectiva más ventajosa para poder despistarles. Subí las escaleras, me giré en el último peldaño para cerciorarme de la posición de mis perseguidores y entré en una tienda deportiva situada en frente de las escaleras, a comprarme un chándal y unas zapatillas. También me hice con una gorra. Por suerte para mí, no me vieron entrar, además la gorra me hizo invisible para ellos al salir de la tienda, y ya no pudieron seguirme, al menos yo no les veía. Al pasar por una tienda de electrodomésticos pensé que sería buena idea hacerme de una grabadora, por lo que pudiera pasar. Bajé, salí del centro y caminé hacia la cafetería, apenas me quedaban unos 50 minutos. Pero estaba segura de lo que iba hacer. Ya sólo quedaba llegar y salir de toda duda. Y fuera lo que fuera, estaba dispuesta a dejar constancia de ello. Con la grabadora .

   Con todo lo sucedido mi cabeza me daba vueltas, me acordé de mi madre que en cierta ocasión en la que estaba hecha un lío me aconsejó que pensara en lo que más me importaba, que daba igual lo que me rodeara, porque lo que más importaba era lo que iba a sacar en claro. Entonces tenía 8 años y mi vida transcurría entre el colegio, mis amigas y mi madre, pues mi padre murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía 4 años, me acuerdo vagamente de él, y siempre pensaba que me protegía ante cualquier adversidad. Era lo que más me importaba en aquel momento. Ahora lo sustituía Luis.

   De repente lo vi todo claro, debía regresar a ver al cadáver de Luis. La corona de flores del club de poesía tenía esa inscripción "condita, tutus et implevit", no era una casualidad, Luis debía haber muerto por algo relacionado con la frase: Guardad, proteged y cumplid. ¿que debía guardar y proteger?, ¿Qué debía cumplir?. Sin duda la clave estaba en Luis, pero ya lo habían liquidado, quizá buscando algo que él guardaba y que protegió con su vida. Ahora faltaba la tercera parte "...implevit". Sin pensar en las pintas que tenía , con aquella gorra, en chándal y con tan poco tiempo de margen, eché a correr, al fin y al cabo iba vestida con ropa deportiva y verme correr a nadie le iba a extrañar. Sorteaba a la gente milagrosamente para no caer por los suelos, agradecí que también me hubiera comprado aquellas zapatillas. Llegué al portal donde vivía Luis y me disponía a subir las escaleras sin importarme lo que la gente pudiera decir al respecto de mis pintas en un velatorio, cuando oí la voz de un niño:

-- ¡Señorita! -

   Me paré en seco,  era el niño de la ventana, esta vez su mirada estaba perdida, no me miró a la cara si no para otro lado.

- ¡Señorita! - repitió lánguido extendiendo su mano pequeña derecha, en la que portaba un sobre. - He arrancado este sobre de la cinta de la corona de flores de su amigo,  ¿Usted se llama Rosa Verdad? .  Sabía que iba a regresar,  es usted muy inteligente.  No puede volver a subir pues se extrañarían de su comportamiento y no sé qué tipo de gente hay arriba-. Habló de carrerilla sin tan siquiera dejarme contestar a sus preguntas.

   Me quedé boquiabierta,  no sabía que decir,  cogí el sobre y leí:  - “nunca las estrellas taparán tu luz” - Me estremecí de nuevo pues sin duda alguna el sobre era para mí,  levanté la vista para darle las gracias y para saber quién era ese niño,  pero ya había desaparecido.  "Nunca las estrellas taparán tu luz",  era el título del poema que me dedicó Luis en el instituto.  Las lágrimas afloraron por mis mejillas,  aún recuerdo aquél día:  

    estábamos sentados en el césped del patio de recreos del instituto, yo llevaba una minifalda que casi podría ser más bien un cinturón, o sea que casi se me veían las braguitas, unas botas altas y una blusa de color azul de seda que marcaban mis senos. Me había vestido para la ocasión pensando que podía convencer a Luis para quedar en una cita, era sólo una adolescente con las hormonas haciendo burbujitas; pero no pudo ser pues me dio la noticia de que se marchaba a su pueblo una temporada para despejarse y aclarar las ideas. Yo entonces le entregué las llaves de mi baúl, donde íbamos guardando las pruebas de todos los acontecimientos que habíamos vivido juntos, y que no abriríamos hasta que el destino nos volviera a juntar. El destino ha sido cruel pues ha llegado tarde, o ¡quizá no!. Abrí apresuradamente el sobre, no sé por qué pero llegado a estas alturas ya me estaba imaginando qué había dentro. Efectivamente dentro estaban las llaves del baúl, las llaves que quizá abrirían las puertas a la solución de mis dudas. Miré el reloj:  

-- ¡Oh Dios,  son las seis menos veinte! .  Otra vez a correr.

   Pude llegar a la casa en menos tiempo del que había pensado, de algo debía servir la carrera que me había marcado ¿no?. Saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta de casa. Sin pararme en ningún otro sitio, subí las escaleras de la buhardilla todo lo aprisa que pude y me fui directa al baúl. Esta vez sí tenía la llave, la introduje en la cerradura algo oxidada, me costó girar la llave hasta el punto de asustarme al oír un “clip”, pensando que me la había cargado. Por fin pude abrir el baúl, y lo que pude contemplar podría describirse como dantesco si no fuera porque eran recuerdos que habían sido depositados sin orden a lo largo de los años. Ya hacía algún lustro que allí no se había depositado ningún recuerdo, la llave se echó hace al menos doce años sin que se hubiera vuelto a abrir hasta ahora. Cogí una serie de notas y algunos poemas que había guardado de Luis. Recordé el sobre, me lo entregó con una llave dentro y una nota: “estas son las llaves de la consigna que está a mi nombre en la estación de autobuses, haz uso de ella sólo en el caso de que me pase algo”. Sentí que había estado perdiendo el tiempo, el propósito de abrir el baúl era encontrar mis apuntes de latín, pero a estas alturas ya sabía todo lo que debía saber, aunque una intuición femenina me había obligado a ir a casa y abrir el baúl. Como dice el refrán: “no hay mal que por bien no venga”, y había encontrado aquel sobre que guardé, entre otras cosas, y que seguro que me serviría para algo. Además estaba dispuesta a hacer uso de aquella llave, ¿acaso no le había pasado algo a Luis?, pues ya está debía abrir la consigna; pero ahora eso podía esperar, así que dejé en el baúl el sobre y lo cerré. Bajé a la calle y fui a la parada de taxi para coger uno, me monté en el primero de la fila de taxis aparcados en la parada.

-A alcandoria 66 por favor-

   El taxista miró a través del espejo retrovisor e inició la marcha,  sonaba una hermosa canción que no pude identificar el título ni el autor, aunque sí que estaba segura de que era música celta.  Eso me dio fuerzas,  me ayudó a tener las cosas más claras,  fue el único momento de relax que había tenido durante todo el día.  

   Tardamos en llegar unos siete minutos. Pedí la cuenta, pagué y me bajé del taxi. Me coloqué firme frente a la puerta y allí, a las 18:00 en punto, hizo mi entrada en la cafetería.  Era un local reconstruido sobre un palacete antiguo, quizá con tintes romanos. Frente a la puerta estaba la barra que iba de lado a lado de la pared haciendo forma de “U” muy ancha, sus extremos no tocaban las paredes paralelas, sino la misma pared del fondo. En la pared de la derecha, dos grandes arcos de mampostería franqueaban una sala contigua, más larga que ancha, al fondo un taimado que hacía la función de escenario y rodeándolo cuatro tinajas romanas de metro y medio de diámetro y llegaban casi hasta el techo abovedado. Todo iba a tener sentido, todo se solucionaría. La imagen de Luis rondaba mi cabeza cuando entré, y vi que había un grupo en un lado de la cafetería. La cantidad de ellos y sus caras me decían que eran quienes estuvieron en el funeral de Luis. Me acerqué a la barra y pedí un café con leche. De pronto, alguien, dijo mi nombre y, entonces, me di cuenta de que aquello, era real.  Tan real que toda esperanza de que allí iba a acabar todo se desvaneció en un instante. No sé si me quemaba más el paso del café con leche caliente que transcurría por mi garganta, o el contemplar lo que allí estaba a punto de ocurrir. Mi cabeza seguía dando vueltas, ¿ que era lo que tenía que proteger, guardar y cumplir?, era la pregunta que me formulaba insistentemente, martilleando mi cabeza. Señorita Rosa acompáñeme por favor. Me invitó el señor que se me había adelantado para recibirme, y que estoy segura que me estaba esperando, si no ¿cómo es que sabía mi nombre?, estaba claro que me esperaban. Bajó la mirada al suelo y se giró sin mirar si le seguía, porque estoy segura que lo daba por hecho prepotentemente. Su capa de color negro le arrastraba por el suelo no dejando ver sus pies, tal parecía que levitara, y con paso acompasado atravesó la puerta situada al final de la barra que giraba en forma de ele acabando en la pared. Ni se molestó en mirar hacia atrás para ver si le seguía, pero no tenía más remedio que seguirle, me hubiera sido imposible no hacerlo si quería ver algo de luz en todo esto. Entré en aquella amplia habitación y lo que allí contemplé me quedó anonadada. Era toda una galería de arte, cuadros de todo tipo y autores, pero realmente no eran demasiado valiosos, aunque sí eran bellos y bien ejecutados. El señor había desaparecido, no estaba inexplicablemente en aquella habitación convertida en galería de arte. Enseguida comprendí que me había quedado sola a propósito, quizá para que pudiera contemplar los cuadros con más detenimiento. La verdad es que yo no soy muy aficionada a la pintura y me cuesta reconocer a un autor y a su cuadro, a no ser que sea demasiado famoso o importante, aunque las clases de historia del arte sí que habían dejado su huella en mi memoria durante el instituto. Uno a uno fui mirando los cuadros, que no me decían absolutamente nada hasta que, en una esquina y a oscuras, un cuadro solitario me llamó la atención. Reconocí el cuadro, pero no como estaba allí pintado, lo había visto mejor pintado, más nítido, más nuevo, ya sé, lo había visto antes restaurado. Lo que allí estaba viendo era un cuadro sin restaurar, un cuadro en toda su crudeza, un cuadro virgen, y sí reconocí el cuadro de un valor incalculable, una réplica al óleo de  “El dinero del tributo”, un fresco en la Capilla Brancacci en Florencia de Tommaso Cassai, cuando aún no estaba restaurada; en definitiva el autor era uno de los precursores de grandes pintores como Miguel Ángel, Botticelli o Leonardo. El cuadro allí representado, sin duda plasmaba el deseo de documentar la historia religiosa a través de una combinación de color vivo, sombra y transparencia. El fresco muestra la llegada de Jesús y sus apóstoles a Cafarnaúm, Tommaso se basa en el relato del Evangelio de Mateo. Se observan tres escenas en la historia: la primera y a la izquierda del cuadro, Pedro pesca los peces en el lago de Galilea y extrae la moneda de uno de ellos, una escena central que corresponde con la petición de los Tributos con la inmediata respuesta de Jesús a Pedro al que le señala cómo encontrar el dinero necesario; y, a la derecha, Pedro da el dinero del Tributo al cobrador de impuestos frente a su casa.

- ¡Dios mío! este cuadro tiene que tener un valor incalculable, aunque yo sólo conocía la existencia del fresco en la capilla, no sabía que lo habían reproducido en pintura en un cuadro- Pensé en voz alta.  

-En efecto señorita Rosa, es el cuadro de la Capilla Brancacci sin restaurar. El que usted ha visto es una burda copia restaurada y tomada por auténtica- El susto que me llevé fue desapareciendo a medida que exponía su tesis, era otro de los dolientes del club de poetas que se presentó en casa de Luis a dejar la corona. Este era un poco más joven que el anterior, más guapo, con los ojos azules y melena rubia, metro ochenta aproximadamente y con una cicatriz debajo del lóbulo de la oreja derecha. Sus manos eran grandes con largos dedos y su constitución delgada. Me acordé entonces de la descripción que me dio el camarero sobre la persona que me había invitado al café y coincidían con los rasgos de la persona que tenía delante. Me tendió su mano para que le acompañara y nos dirigimos a una puertecita que había al fondo de la estancia muy poco iluminada.

-Usted primero señorita Rosa! -

-Aquí todo el mundo parece conocerme- Le increpé.  

- Luis nos habló tanto de usted,  que parecía ya como de la familia.  Me llamo Bernardo,  disculpe que no me haya presentado antes.  Todo ha ocurrido muy deprisa y la muerte de Luis nos ha cogido a todos por sorpresa- Atravesé la puerta y pasamos a una pequeña estancia que se utilizaba como despacho,  con su escritorio,  un ordenador y una impresora y una estantería repleta de libros,  y algunos manuscritos.

-Perdone,  pero ¿qué hago yo aquí? -

   Hablé sin darme cuenta de que en realidad había preguntado algo sin ser consciente de ello.  Tenía tantas preguntas,  tantas cosas en mi cabeza,  que... Entonces me miró y me dijo

-Cumplir lo que quería Luis.

    Le observé y me senté en una silla frente a la mesa.  ¿Cumplir? Pero... Sí, parecía que Luis me había escogido para cumplir lo que él no pudo hacer en vida. Aquella era la única parte del mensaje que aún estaba sin realizar. Lo demás, lo habían hecho Luis y sus compañeros. Aunque aún, me preguntaba a que se dedicaban. Deseé preguntar más pero, por algún motivo, la voz no salió de mi garganta como la primera vez, tan solo apareció una leve voz que no llegó hasta los oídos de Bernardo. El siguió mirándome, se levantó y se dirigió hacia la estantería de donde tomó uno de los ejemplares. Un manuscrito. Lo abrió con cuidado y comenzó a leer en voz alta:

-Nosotros, los hermanos de la Orden de “ El Club de poetas libres”, siempre velaremos porque la verdad salga a la luz, para que se cumpla dicha verdad, cada uno tendrá un hermano secreto que le sustituya cuando, por alguna desgracia, no se pueda realizar la misión en marcha. Ese hermano, ya sea hombre o mujer, nunca debe de saberlo, y ha de acudir por voluntad propia, siguiendo las pistas que el miembro le deje. Si llegado el momento, se niega a cumplir dicha misión, no será juzgada o juzgado, solo ignorado y, bajo pena de muerte, nunca dirá nada de la orden. Si así es, será ejecutado. -

   Dejó de leer y me miró

--Bueno esta misiva es ya antigua,  no creo que nadie se la tome ya en serio,  pero nunca se sabe,  hay de todo y puede que alguien se la tome al pie de la letra.  Yo le aconsejo que,  aunque no le de mucha importancia,  sí la tenga en cuenta a la hora de tomar decisiones.  Ahora,  dígame ¿qué quiere hacer? ¿Terminará la misión de Luis o nos ignorará hasta apartar de su mente todo lo visto y conocido?

    Guardó silencio esperando mi respuesta,  que no fui capaz de darla con palabra,  solo asentí con la cabeza.  Claro que les ayudaría,  pero ¿qué se supone que debía hacer yo?

   Cerró el manuscrito y lo devolvió a su lugar y volvió para tomar asiento. Yo estaba aterrorizada, acababa de aceptar mi sentencia de muerte para quien se tomara las normas de la hermandad al pie de la letra, en el caso de incumplir con el pacto tácito que me acababa de relatar Bernardo. Me quedé mirándolo implorando una explicación, un aclaramiento, una orden de lo que debía hacer, una descripción de la misión encomendada; mientras Bernardo ordenaba diversos objetos y documentos que había encima del escritorio. Por fin alzó la mirada para clavarla en mis ojos y con un discurso oficial empezó a relatarme el por qué , cómo y cuándo:

---Srta. Rosa, Usted no está aquí por casualidad, ni tampoco la hubiéramos aceptado si no cumpliera con las expectativas que creemos que debe cumplir. Sabemos de su capacidad de análisis, conocemos su lealtad innata y su discreción. La hemos puesto a prueba, los dos hombres de negro que la seguían eran colegas nuestros cuya misión era seguirla para comprobar si era capaz de percatarse de ellos, si no la seguían otras personas de las que le informaremos a su debido tiempo y si era capaz de zafarse de ellos con recursos suficientes. Las obras que Vd. ha visto en la improvisada sala de arte, la mayoría son burdas pinturas, sólo una es de un valor doblemente incalculable, puesta ahí para ver si Vd. era capaz de identificar la obra de arte y de valorar su importancia. Los cuadros ya no están en la sala y el cuadro importante ya está a buen recaudo, de eso nos hemos ocupado mientras estamos aquí hablando Vd. y yo. La puerta del bar por donde ha accedido hasta aquí, está siendo tapada y camuflada y jamás podrá acceder a este lugar a través de Alcandoria 66. La misión que le vamos a encomendar es de suma importancia, de hecho a Luis no lo han ahorcado por nada, creemos que agentes del gobierno encargados del patrimonio pensaban, creo que acertadamente, que Luis había averiguado algo relacionado con el cuadro que Vd. ha identificado en la improvisada exposición que le hemos preparado. Queremos saber qué había averiguado Luis, qué tiene que ver ese cuadro y por qué Patrimonio tiene una restauración que es réplica del original, que está en nuestra posesión, y que ellos anuncian a bombo y platillo que es el original restaurado.-

    Me levanté de la silla, pero no me dio tiempo a llegar al lavabo para vomitar.  Me sujeté en la puerta para no caerme al suelo mientras Bernardo me observaba sentado con cara de circunstancia y dándose a sí mismo la razón de que sabía la reacción que iba a sufrir tras la confesión del secreto y misión que me iban a encomendar.  Pude,  tras un breve instante en que permanecí agachada,  levantarme y erguir la cabeza.  

- ¿Está ya mejor señorita Rosa? - Asentí con la cabeza y me dirigí a la silla para tomar asiento.

--Siento haberla contado todo esto así de sopetón,  pero lo que tiene que ser que sea cuanto antes.  Venga conmigo-

   Nos levantamos de las sillas y nos dirigimos a la puerta del fondo que al parecer era una puerta principal.  La abrió y me invitó a salir a mí primero,  Bernardo me siguió y aparecimos en el rellano de un portal que daba a la calle,  era el portal 68,  contiguo a Alcandoria 66.  Salimos a la calle y me tendió la mano para darme un sobre.

--Tenga señorita Rosa, dentro del sobre están las llaves de este portal y de la oficina que acabamos de dejar, será su lugar de trabajo, también tiene unas instrucciones y algunos datos de interés y direcciones y teléfonos que les pueden ser útiles. Esta conversación no la hemos tenido "nunca", y si por cualquier circunstancia alguien preguntara por esta situación, lo negaré todo. A partir de ahora está Vd. sola, nada más se comunicará con la hermandad en casos extremadamente necesario o cuando convoquemos alguna reunión literaria. Entre las llaves también están las del lugar donde guardamos el cuadro y en la carta está escrita la dirección. Copie teléfonos y datos superfluos, memorice cuanto antes direcciones importantes, sobre todo la del cuadro, y destruya la carta cuanto antes.

    Bernardo hizo un gesto de despedida con la cabeza y se fue calle arriba sin mirar para atrás.  Yo permanecí allí inmóvil durante algunos minutos,  intentando asimilar lo sucedido,  sin importarme ni darme cuenta que estaba lloviendo y que hacía un frío que se introducía en los huesos.  

 

Ya se había hecho de noche y las tenues luces anaranjadas de las farolas iluminaban la calle dándole un aspecto de tétrica. Estaba sufriendo un brote psicótico, mi mente me daba vueltas y estaba aterrorizada de miedo, miraba hacia ambos lados de la calle para comprobar que no había ningún supuesto agente del gobierno espiándome. En chándal, zapatillas y calada hasta los huesos, llegué corriendo a mi casa, entré en mi habitación y sin cambiarme de ropa ni secarme, me tiré a la cama y lloré desconsoladamente.

 

CONTINUARÁ...

 

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