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EL TRIBUTO (Capítulo III)

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PARA FINES COMERCIALES O DE DIFUSIÓN SIN EL 

CONSENTIMIENTO DEL AUTOR QUE ES Alfonso J paredes

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Capítulo 3





   Los rayos de luz que penetraban por la ventana y se diluían a través de las cortinas, lograron despertarme. Eran las 9 de la mañana. Abrí los ojos y tardé un rato en orientarme, en situarme en aquel lugar pues mi mente pensaba que estaba en mi casa. Por un momento imaginé que todo había sido un mal sueño, pero regresé a la cruda realidad con sólo observar la habitación, era evidente que no era la mía, es decir, la de mi casa. Un bullicio de gente se oía a través de la ventana, lo cual me producía un atisbo de curiosidad. Aunque ya despierta, estaba tardando en reaccionar y comprender donde estaba y por qué. Me costó levantarme, pero cuando lo hice me dirigí a la ventana para mirar, para hacerme una composición del lugar y, sobre todo, para comprobar si reconocía aquella calle. Debía saber dónde estaba, por si tenía que salir o tenía alguna emergencia, aunque más por curiosidad y por qué pensaba que estaba obligada a saberlo. Eché un vistazo para ver si reconocía el lugar, alguna esquina, algún portal o algo que me resultara familiar. Creí reconocer la calle..., ¡no me lo podía creer!, estaba casi segura que me hospedaba un poco más abajo de mi casa, en un edificio que albergaban oficinas de bancos y la oficina de recaudación de los servicios del agua y recogida de basuras del Ayuntamiento. Debía estar en los bajos, aunque todos esos locales no pertenecían a las oficinas que allí desarrollaban su labor, si no que eran alquileres. -¡ Pues menudo escondite!- Pensé, aunque pensándolo bien era el escondite perfecto, ¿quién iba a pensar que estaría tan cerca de donde me buscaban?. Entonces me acordé del sobre que me dio Bernardo y que tenía en el bolso, allí ponía la dirección, la leería y no me cabrían dudas del lugar en el que estaba. Cogí mi bolso, que había dejado en la mesilla, lo abrí y saqué el sobre donde estaba escrita la dirección. No me había equivocado, era la calle Amistad 40, apenas cien metros escasos de mi casa, aunque mi casa no se podía ver desde allí pues a mitad de la calle hacía un recodo a la izquierda para continuar hasta el final, de modo que para ver toda la calle debías situarte en el vértice del recodo, o sea a la altura del número 35 y 36. Si superabas estos números, desde un lado de la calle no podías ver el otro.

     Había recorrido mi calle miles de veces, con lo que me conocía todos los recovecos para, en caso de necesidad, pasar desapercibida. Empecé a pensar que efectivamente ese era un buen lugar para esconderme y a la vez controlar la situación. Podía ver la parte superior del edificio que se encontraba en frente de mi casa, pues los números pares de la calle hasta el número 36 eran todas casas bajas, como la mía, pero la acera de los impares eran una mezcla de edificios altos y casas bajas. Aunque...,  no había entrado en aquel edificio por esa calle, debía haber sido por la paralela. Se situaba a distinto nivel, de modo que el sótano de la calle Concordia, que era por donde había entrado, correspondían con el bajo de la calle Amistad. Sí, había entrado a un local vano, un local que no se había utilizado nunca e iba a ser explotado por algún centro comercial o algún negocio grande que estuviera dispuesto a alquilarlo. Aunque el edificio no era precisamente muy nuevo que digamos, ya tenía sus añitos, lo que me dirigía a formularme la siguiente pregunta: ¿cómo es que nadie lo había alquilado antes para explotarlo comercialmente?. Ni me importaba ni quería perder más tiempo en averiguarlo. No estaba allí para saber de los vericuetos o vicisitudes de aquel lugar, me daba igual.

    Seguí leyendo la nota del sobre,  lo cual confirmó plenamente mis sospechas,  decía :  “Entrar por la puerta del subsuelo de la calle trasera y para salir por la principal” .  No me hizo falta exprimir mucho mi cerebro para comprender que la puerta trasera para entrar,  su objetivo era despistar a posibles seguidores,  y la principal para salir porque nadie se lo esperaría.

    Me fijé en una nota que habían dejado en una nota pegada en la puerta del armario: “en este armario te hemos dejado ropa”. Me sentí aliviada pues no había caído en la cuenta que, con la urgencia con que habíamos salido de mi casa, no me había traído ropa para ponerme, tampoco me suponía que la iba a necesitar fuera de mi casa. Así que abrí el armario y allí estaba la ropa, dispuesta en sus perchas los vestidos, los pantalones y las camisas; la ropa interior en sus cajones y las sudaderas y jersey doblados en las baldas del armario. ¿Cómo sabían mis gustos? Era todo ropa nueva,  se habían tomado muchas molestias en seleccionar toda esa ropa,  incluso algunos vestidos y pantalones eran idénticos a los que yo tenía en mi casa.  Quien quiera que hubiera comprado toda aquella ropa,  había visto mi armario,  estoy completamente segura.  La talla de mi ropa interior era la adecuada,  por lo que me preguntaba:  ¿o tienen algún cómplice que les está ayudando y que me conoce muy bien,  o han estado espiando mi armario? .

   Sólo el detalle de la ropa del armario, me hizo caer en la cuenta de que no iba a ser una tarea corta de unos días. Hasta este momento quería pensar que esto se solucionaría en poco tiempo, que sería como un mal sueño, y que volvería a mi vida normal. A estas alturas estaba ya en la certeza de que no iba a ser así, el detalle de la ropa era muy elaborado y cuidado, me hizo pensar que aquello iba demasiado en serio, fue este detalle el que me hizo creer verdaderamente en la misión que tenía por delante y que no iba a estar exenta de complicaciones, baches e infortunios. Tomé conciencia, a partir de ese momento, de lo que me esperaba, y no me gustaba en absoluto. Siempre había querido formar parte de una trama de misterio, con sus claves, persecuciones, averiguaciones y, quien sabe, romances inesperados; pero eso sólo ocurría en las películas de James Bond y lo veía como un juego. Ahora estaba inmersa en una aventura que superaba la ficción y no era para nada lo divertida que esperaba que pudiera ser. Ya no había vuelta atrás, lo que me quedaba era la resignación y el empuje. Debía huir hacia adelante, llevándome con migo todo lo que se me pusiera a mi alcance y supusiera un obstáculo. Recordé las palabras de Ernesto: “la verdad te salvará la vida, no te la calles”.  Caí en la cuenta de esa frase, quien tiene la información tiene el poder y la verdad es poder. Tenía que ponerme manos a la obra y averiguar todo lo posible para defenderme,  para salvar mi vida.

   No tenía pensado salir ese día de allí, tampoco creo que me conviniera, por lo que elegí una ropa cómoda: la ropa interior, no necesitaba sujetador pues me sentiría más cómoda, unos pantalones vaqueros, una sudadera y unas zapatillas de deporte. Además tampoco esperaba visita de nadie en algún tiempo. Aquí me habían dejado sola, sin saber cuánto tiempo tardaría alguien en aparecer por aquí. Yo tenía que marcarme mis tiempos para la investigación, y no sabía cómo ni por dónde empezarla.

    Bien debía comenzar por el principio, como se comienzan todas la cosa, y lo primero era yo y para empezar tenía hambre, por lo que lo primero que iba a hacer sería lavarme y desayunar. Una puertecita situada la derecha del armario daba acceso al cuarto de baño, por lo que no necesitaba salir de la habitación para acceder a él, a pesar de que tuviera su entrada principal por el pasillo. Me aseé y me vestí. La cocina estaba situada en frente del cuarto de baño, la primera puerta a la izquierda que me encontré cuando accedí al apartamento. Era una cocina grande, una encimera en forma de u de unos cuatro metros de larga, albergaban la vitrocerámica, el horno, el lavavajillas, el frigorífico, microondas y otros electrodomésticos además de los cajones y armarios para almacenar el menaje y objetos varios. En el centro de la cocina había una mesa rectangular de 1,5m. de ancho por 2 m. de largo y cuatro sillas, una por cada lado de la mesa. En la pared de la derecha había un ventanuco con hojas correderas y una repisa que daba a la estancia contigua, una despensa a modo de armario empotrado y la televisión suspendida de la pared. La cocina debía tener unas dimensiones de unos 20 metros cuadrados.  Abrí la despensa y comprobé que había alimentos para pasar bastante tiempo sin tener que salir a comprar. El frigorífico y el congelador estaban repletos de alimentos y ordenados según categorías, verduras, frutas, carnes, pescados etc... Pensé que este detalle era otra prueba más que confirmaba mis sospechas y mis temores; pero ya estaba inmersa en la actividad. Me preparé un desayuno con café con leche caliente y dos tostadas de mantequilla y aceite. No recuerdo cuanto tiempo hacía que no desayunaba con tantas ganas y tan contemplativamente.

   Una vez terminado de desayunar me dispuse a inspeccionar el apartamento, me acordé entonces que Bernardo me dijo que me había dejado un sobre con instrucciones en el cajón de la mesilla. Deseaba que esas instrucciones me aclarasen cómo debía comenzar a trabajar, pero me podía más la curiosidad de inspeccionar el apartamento en esos momentos, que ponerme a trabajar de inmediato. Hacía un poco de frío en la cocina pues estaba la ventana del fondo abierta, mi curiosidad me llevó a inspeccionar a través de la ventana, aunque se vislumbraba desde la cocina un patio interior. Me acerqué y efectivamente, era un patio interior circunscrito por varios edificios. Parte de la pared del fondo del local vano daba a ese patio de luz, incluso pude intuir el agujero de la pared por donde se colaba el rayo de luz en su interior. Un edificio se erguía por encima del local. La altura, con respecto a la calle, de los edificios de enfrente era superior a la de los edificios donde yo me encontraba, de modo que el sótano de los de enfrente correspondía al bajo de los de mi lado. La calle transversal que comunicaba una calle con su paralela era empinada y escalonada. Por lo que deduje que a ello se debía que, la entrada al local fuese por una puerta situada en el subsuelo del edificio, a la que se accedía a través de aquellas escaleras que se introducían en la acera y que me recordaban al bar de la famosa serie Cheers. El local no llegaba por su interior a la calle, pues se cortaba por un tabique en su interior que lo separaba de pequeños locales comerciales a lo largo de la pared y que daban a la calle Concordia, por donde se accedían a ellos; una panadería, una zapatería, una tienda de bicicletas y una ferretería, confortaban el largo correspondiente a la calle. Bueno me satisfacía el hecho de que dispusiera de luz natural por ambos lados del apartamento, el que daba al patio interior y el que daba a la calle, jamás hubiera soportado estar encerrada sin luz natural. La ventana por la que me había asomado para ver el patio interior, distaba del suelo de éste alrededor de un metro y tenía una altura de metro y medio, más o menos, separándola del techo lo que restaba para llegar a los tres metros de altura que tenía el piso desde el suelo hasta el techo. Tenía sus ventajas e inconvenientes, por un lado, la ventaja del fácil acceso al patio interior, por otro precisamente ese fácil acceso, pues cualquier objeto que cayera de los pisos superiores supondría que los vecinos me iban a pedir que se los cogiera. Aunque, pensándolo bien, ellos no debían saber que el piso estaba ocupado, por lo que tendría que evitar dar señales de vida a mis vecinos, o por lo menos no dar confianza.

   Salí de la cocina seguí inspeccionando el apartamento. La primera puerta que le seguía a la de la cocina, correspondía a la del salón-comedor, lo de comedor era un decir pues la cocina servía a la vez de comedor, un ventanal a cortinado y con persianas en la pared de enfrente, dejaba pasar la luz para iluminarlo, una mesa central, dos sofás dispuestos en forma de ele alrededor de la mesa y apoyados sobre la pared del fondo y el lateral izquierdo, trepanado por un ventanuco con repisa que daba a la cocina, colocado a escasos centímetros del comienzo del sofá. En la pared de enfrente un mueble colgado arriba y otro apoyado sobre el suelo, éste de unos 80 cm de altura con respecto al suelo, recorrían la pared de lado a lado y , en el hueco central, sobre la pared suspendía una gran televisión plana. Algunos libros en los estantes del mueble superior y, en un revistero situado junto al sofá de la pared del fondo y debajo de la ventana, algunas revistas sobre historia del arte y sensacionalismo tecnológico.

   La siguiente estancia era la más interesante y donde iba a pasar la mayor parte del tiempo, trabajando sobre el cuadro. Se trataba de un despacho con vistas al patio interior. -¡Menos mal!, pensé al ver el ordenador encima de una mesa que hacía también de escritorio, una impresora multifunción al lado y estanterías repletas de libros de todo tipo atravesaban la pared de la derecha de lado a lado. La estancia no era muy amplia, apenas tres metros de ancho por los cuatro de fondo, pero era más que suficiente. No observé ningún teléfono, pero sí un módem que indicaba que disponía de internet, cosa que me alegró pues necesitaría esa herramienta. No me detuve a indagar en más detalles, pues seguro que tendría tiempo de sobra para fijarme en todos ellos. Así que visualicé sólo unos segundos el despacho y cerré la puerta para ir al cuarto que estaba enfrente, era el último que me quedaba por inspeccionar. Estaba deseando acabar con la inspección para ponerme manos a la obra con lo del cuadro y averiguar por donde iba a empezar.

    A estas alturas ya tenía claro que mi estancia se iba a prolongar, por lo que debía familiarizarme para poder estar lo más cómoda posible. Abrí la puerta de enfrente al despacho de trabajo, comprendí enseguida cómo se iba a desarrollar mi trabajo en aquella estancia. Todo estaba lleno de tintes, pinceles, cubos, espátulas, material para la impresión, cables, lentes, reactivos y un sinfín de instrumentos de laboratorio y todo lo necesario para un análisis exhaustivo de cualquier cuadro, fotografía o imagen que se pusiera por delante; además de todo tipo de material de limpieza del hogar y mantenimiento del mismo. Había dado por concluida mi inspección del apartamento, por lo que ya sólo quedaba ponerse manos a la obra. La verdad es que no me apetecía en aquel momento, pero era una necesidad imperiosa si quería sacar en claro algo.

    Fui a la habitación a recoger el sobre que me había dejado Bernardo con las instrucciones, abrí el cajón de la mesilla y saqué el sobre, que estaba lacrado con el logotipo del club de poetas. En realidad, estaba a punto de descubrir un entramado que se me escapaba de toda lógica, y que nunca hubiera podido imaginar. Esta cosa pensaba que sólo pasaban en las películas de intriga, misterio, teorías de la conspiración o en los libros de Stephen King. Saqué unos cuantos folios del sobre apaisado, tamaño din A4, que me había dejado en la mesilla y me dispuse a leerlos.

    A medida que los iba leyendo, no podía salir de mi asombro y se hacía patente la certeza de que la realidad supera la ficción. Comenzaba con el siguiente relato:

    "Descripción del cuadro: Copia al óleo del fresco situado en la Capilla Brancacci en Florencia de Tommaso Cassai, sin restaurar, autor desconocido. Se realiza cromatografía del cuadro y prueba de C14, resultado en cuanto a la cromatografía me indica que fue pintado antes de la quema de la capilla, por lo que se demuestra que lo pintaron antes de su primera restauración. En cuanto al C14 lo podemos situar entre el 1429 y 1450, autor desconocido, fecha esta de especial relevancia por lo que más adelante informó. Sobre el escenario se observan tres tiempos o escenas diferentes que me llevan a investigar sobre su significado, según bibliografía se observa a San Pedro, que podría representar el poder de la iglesia, obteniendo de la boca de un pez unas monedas. Anotación: pez pudiera ser la representación del pueblo al que la iglesia sangra con sus bulas y donaciones para favorecer situaciones. La escena central nos presenta a Jesús indicando a sus discípulos el camino para conseguir el tributo. Nota: el autor del fresco nos quiere dar el mensaje que se crean escuelas de recaudadores para beneficiar a unos pocos voy a mencionar a una familia que revolucionó el renacimiento y que impuso el censo para tener a todos controlados ya sabemos de quien se trata...

 - ¡Dios mío los Médici! - pensé en voz alta y continué leyendo-.

...Según mis investigaciones el segundo personaje situado a la derecha de la escena central, podría tratarse del mismísimo Felice Brancacci, patrono de la obra y relacionado con el comercio marítimo de la época, algo sospechoso en relación con la escena del hallazgo de la moneda...

- ¡Y tan sospechoso, era el que pagaba!, volví a interrumpir mi lectura y continué leyendo-.

 ...A mi modo de ver, existe cierto paralelismo de San Pedro con el Papa Martín V, de todos conocida la actividad que desempeñaba para la consolidación del poder de la iglesia, cuya financiación la obtenían del dinero para el pago de impuestos de fuentes ajenas a su entorno. Con todo ello Massacio pretendió transmitir con este fresco, su oposición a la reforma tributaria que se produjo en Florencia durante el año 1427, que obligaba a declarar las rentas propias con la introducción del catastro...

- ¡Y por eso se lo cargaron!, pensé-.

...Por último, la tercera escena, es la de San pedro, que esta vez pudiera representar al pueblo, pagando al recaudador sin piedad, el tributo recaudado para obtener los favores de los estamentos gubernamentales y de la iglesia.

    Impresiones personales: al poco de presentarse en Florencia, Tommaso muere en circunstancias nada claras, el fresco representa, a mi modo de ver una denuncia ante la sangrante situación de los artistas del momento; el que pagaba triunfaba y el que no pagaba el tributo quedaba relegado al más miserable abandono y olvido, y el que se quejaba o denunciaba la situación o estaba en contra, era muerto prematuramente y en circunstancias algo extrañas...

- ¡Lo que me suponía!, interrumpí mi lectura de nuevo, pero continué leyendo.

  ...Si la obra era meritoria y buena, daba igual se le daba fama a la obra, pero ya se habían cargado al autor, por lo tanto, le daban un reconocimiento póstumo a pesar de haberlo hecho morir. ¿A quién beneficiaría esto? Había una familia, los Medici, que impulsaron a los artistas de la época, dando lugar a un movimiento que se denominó “El Renacimiento”, pero para ello debieron mover muchos hilos y mucho dinero...

- ¡Ya lo había supuesto antes!, seguí con el texto.

...Tengo que averiguar varias cosas: ¿quién pintó el cuadro?, porque evidentemente se pintó antes de que sufriera el primer incendio y las numerosas restauraciones a las que sometieron el fresco; ¿por qué lo pintó y para qué?, sospechoso, quiso que viéramos el estado real del fresco, la dejadez a pesar de la importancia; ¿cómo murió Tommaso? se especula según algunos historiadores que fue envenenado, tengo que investigarlo; ¿qué relación tenían el hacedor de Tommaso y patrono de la obra Felice Brancacci, al que pintó en el fresco, con los Médici?."

    El resto de folios eran fotocopias del cuadro en negativo, con filtros, aplicando contornos y analíticas cromáticas en las que estaban anotados una serie de números y letras que no tenían significado para mí, en ese momento. Me quedé con cara de boba, pensativa y taciturna. No hacía nada más que darle vueltas, sobre todo a la posibilidad de que Tommaso hubiera sido asesinado y, si así hubiera sido, ¿por qué?

     Este debía ser un buen comienzo para investigar y para averiguar por qué al final de la historia Luis Camanes había muerto ahorcado.

    Introduje los documentos en el sobre, pero al abrirlo para que los papeles no se doblasen, pude comprobar que en su interior había una nota: "Esto es la punta del iceberg".

    Tenía la cabeza hecha un lío, por un lado, estaba la descripción de lo que había averiguado Luis, por otro estaba el asunto de Ernesto que no me cuadraba, por otro aquel niño. Debía tomar todos los datos y hacer una cronología para llegar hasta este punto en el que me encuentro. Pero, de pronto, un mar de ideas comenzó a rondar mi cabeza y eran las siguientes preguntas: ¿por qué el club de poetas quería averiguar lo que a Luis no le dejaron averiguar?, ¿cuál era el interés real del club?, algo no cuadraba. Sobre todo, y si Ernesto había puesto fin a la vida de Luis, pero oficialmente según la SIDTERPA se había ahorcado, ¿cómo conocía el club este extremo?, a no ser que tuvieran a alguien infiltrado que les informara. Estaba empezando a desconfiar de la versión que Bernardo me había contado, además se habían tomado muchas molestias conmigo.

    Ernesto, según su hermano Bernardo, había sido la última persona que lo había visto con vida. Necesariamente tuvo que tener una mínima conversación con él, aunque fuesen dos palabras. Con este pensamiento tenía pendiente que era necesario hablar con Ernesto y averiguar cuáles fueron las últimas palabras de Luis.

    Por otro lado, ¿qué sabían de mí y qué no sabían? El club de poetas parecía saberlo todo, al igual que la SIDTERPA. Entonces recordé lo que me dijo el niño antes de entrar la policía en mi casa: "Coja lo que necesite o lo que estén buscando y salgamos o la matarán con tal de conseguir lo que quieren". ¿qué estaban buscando?, lo que sabían que tenía; pero cogí algo más, algo que no sabían que tenía, y era algo que Luis me dio para guardar en el baúl y que me dijo que lo usara cuando le pasase algo. Sí, las llaves de la consigna de la estación de autobuses. Este detalle me hizo pensar que sabían que ocultaba algo, pero no sabían qué, si no ya me habrían matado. ¿Por qué entonces estaba con vida? Estaba claro, querían averiguar qué ocultaba. No sé quiénes eran los que querían averiguarlo, si los de la SIDTERPA, el club de poetas o ambos o, quizá..., una idea más macabra: que ambos fueran lo mismo.

    No podía ser, ya estaba empezando a tener paranoias, o delirios persecutorios o lo que fuese. Me estaba afectando demasiado, así que abandoné esa idea por el momento, ya habría tiempo de averiguarlo y espero que no fuese tarde.

   Algo de luz empezaba a vislumbrarse de entre toda aquella maraña de datos y desconfianzas, de dudas y de certezas. Tenía claro que debía ir a la estación a abrir aquella consigna, pero antes debía recabar más información. Para ello no cabía duda de que debía empezar a investigar con lo que tenía más a mano, que eran el cuadro e internet. Para intentar ver lo que Luis vio en el cuadro, debía primero recabar más información, por lo que tenía que empezar a usar el ordenador. Luego vería la forma de salir del apartamento para hacer algunas indagaciones, aunque sabía que eso era peligroso y que todavía era pronto para salir. Seguro que la policía o los de la SIDTERPA me estarían buscando.

    Decidida cogí las llaves del local y me dirigí a la puerta, la abrí y entré en aquel polvoriento antro, donde a mi derecha reposaba sobre la pared el susodicho cuadro. Ya me estaba empezando a hartar del cuadro de las narices, aunque debía reconocer que era una verdadera obra de arte. Si el cuadro era precioso, el fresco debía ser sublime. Este punto de la cuestión me llevó a formularme una idea: ¡tenía que ver el fresco en persona!

    Nunca había estado en Florencia, bueno, para hacer honor a la verdad, nunca había salido del país. Pero eso no iba a ser impedimento, a mí no había nada que se me pusiese por delante.

    Aparqué la idea por el momento y me dirigí hacia el cuadro. El polvo que levantaba al caminar por el pavimento de aquel local, me hacía estornudar. Al llegar al cuadro lo destapé y, tonta de mí, ¿cómo no lo había pensado antes?, no se veía apenas nada, necesitaba una luz o una linterna. Regresé al interior del apartamento y me dirigí al cuarto donde estaban almacenados los productos de limpieza, las herramientas y los reactivos y demás parafernalias que se guardaban allí, con la esperanza de encontrar una lámpara o una linterna.

    Por suerte pude encontrar una linterna debajo de unas cajas de cartón que estaban en el suelo; pero al levantar una de ellas, en una de las solapas que hacía de cierre de la caja, en el anverso pude leer: "Ropa de Verano de Luis". ¡Luis ya había estado aquí! pensé en voz alta. ¿Por qué no me lo habían dicho?  En ese momento pensé que debía ponerme en contacto con Bernardo, tenía muchas preguntas que hacerle.

    Linterna en mano me dirigí de nuevo al cuadro, al pasar por la cocina cogí una silla para poder sentarme y contemplar el cuadro más cómoda y detenidamente. Entré en el local, fui hasta el cuadro, coloqué la silla delante y puse la linterna encendida en el suelo, apoyada en una piedrecita de modo que hiciera el ángulo necesario para enfocar el cuadro, me senté y me dispuse a contemplarlo.

    Mientras tanto, en otro lugar de la calle Amistad, justamente en el edificio de enfrente al Nº 12, cuatro coches de patrulla de la policía aparcaban súbitamente en el portal. Una furgoneta de la policía hacía lo mismo unos segundos después. Tomaron posiciones alrededor del edificio y los quince componentes de la furgoneta, con mazas y armas en ristre, se dispusieron a subir las escaleras. Al llegar al cuarto piso puerta B, justo la que la ventana daba a la calle donde estaba mi casa, unos cuantos gritaron: ¡policía, al suelo! a la vez que derribaban la puerta de un mazazo.  Era la casa de Ernesto y era a éste a quien buscaban. No tardaron en dar con él, estaba sentado en el sofá, esperando, del cual no se movió. Lo engrilletaron allí mismo, sentado, con la mirada perdida y sin articular palabra. Un policía le informó:

-Queda Vd. detenido por un presunto delito de abuso de menores. Le informaremos de sus derechos cuando lleguemos a la comandancia. ¿Tiene o esconde algo que debamos saber y que le pueda perjudicar?

Ernesto siguió callado, con la mirada perdida.

- Le repito la pregunta: ¿Tiene o esconde algo que debamos saber y que le pueda perjudicar?, lo vamos a encontrar de todos modos, así que será mejor que colabore con nosotros sino, además, será imputado de un delito de obstrucción a la justicia.

Ernesto continuó en silencio.

-Bien, pues acompáñenos vamos a hacer un registro de su domicilio. Secretario Judicial proceda a informar. - dijo en voz alta el policía. Seguidamente el Agente Judicial comenzó a relatarle los artículos y títulos, puntos y comas, que le permitían realizar el registro de su vivienda:

- Rúbrica del Título VIII del Libro II modificada conforme establece el apartado siete del artículo único de la L.O. 13/2015, de 5 de octubre, de modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para el fortalecimiento de las garantías procesales y la regulación de las medidas de investigación tecnológica, vamos a proceder al registro de su vivienda según las siguientes condiciones:  Artículo 553 Los Agentes de policía podrán, asimismo, proceder de propia autoridad a la inmediata detención de las personas cuando haya mandamiento de prisión contra ellas, cuando sean sorprendidas en flagrante delito, cuando un delincuente, inmediatamente perseguido por los Agentes de la autoridad, se oculte o refugie en alguna casa o, en casos de excepcional o urgente necesidad, cuando se trate de presuntos responsables de las acciones a que se refiere el artículo 384 bis, cualquiera que fuese el lugar o domicilio donde se ocultasen o refugiasen, así como al registro que, con ocasión de aquélla, se efectúe en dichos lugares y a la ocupación de los efectos e instrumentos que en ellos se hallasen y que pudieran guardar relación con el delito perseguido. Del registro efectuado, conforme a lo establecido en el párrafo anterior, se dará cuenta inmediata al Juez competente, con indicación de las causas que lo motivaron y de los resultados obtenidos en el mismo, con especial referencia a las detenciones que, en su caso, se hubieran practicado. Asimismo, se indicarán las personas que hayan intervenido y los incidentes ocurridos.  Queda Usted informado y procedemos al registro de su vivienda.

    Ernesto no se había enterado de nada, estaba en estado de shock, una respiración lenta y superficial le hacía perder fuerzas por momentos.

    La policía empezó a revolver todos los recovecos del domicilio de Ernesto, cajón por cajón, baldosa por baldosa, e incluso, trepanaron con una barra de hierro el falso techo de la vivienda para ver si pudiera esconder algo allí.

    Habían subido cajas de cartón para meter toda la documentación que consideraran que podrían servir para la investigación, e incluso se llevaron el ordenador de sobremesa, el portátil, la Tablet y un teléfono móvil; algunos CD. y objetos como: unos prismáticos, una cámara fotográfica y dinero en efectivo que tenía guardado en un cajón. Como era de suponer droga no encontraron, ni tampoco armas.

- ¿Quiere usted salir a cara descubierta o prefiere que le ocultemos? - le preguntó el policía encargado de custodiarle.

    La voz casi no le salía del cuerpo e hizo un verdadero esfuerzo para contestar a la pregunta que le había formulado el policía:

- Prefiero que no me vean mis vecinos- y cerró la boca para no volver a articular ninguna palabra más hasta llegar a la comandancia.

    Le bajaron casi en volandas por las escaleras y al salir del portal, una multitud de personas allí congregadas, observaban con curiosidad. Alguno se atrevió a decir: - ¡criminal! - sin saber por qué lo arrestaban. O: -Parecía bueno el calladito y míralo, a saber, qué habrá hecho-. En fin, comentarios como este y otros más que no lograban hacer comprender las circunstancias a Ernesto.  

    Lo metieron rápidamente en un coche patrulla, con la cara tapada, y salieron zumbando para la comandancia, con las sirenas y los gálibos encendidos. El sonido retumbaba en las paredes de los edificios colindantes y los demás coches que circulaban por la vía, se iban apartando paulatinamente según les iban dando alcance los vehículos policiales.

    Incluso yo, que estaba ensimismada observando el cuadro, pude oír el estruendoso sonido de las sirenas policiales.

    Una vez llegaron a la comandancia, lo hicieron pasar a un despacho y le indicaron que se sentara en una silla situada en frente de una mesa de despacho. Seguidamente entró el policía que lo había detenido, se sentó en el sillón del otro lado de la mesa y dio comienzo a la lectura de sus derechos:

- Está usted detenido por un presunto delito de corrupción y abuso de menores. Tiene usted derecho a permanecer en silencio, a no declarar en su contra, a que esté presente un abogado durante la declaración, puede realizar una llamada telefónica a la persona o institución que usted elija, facilitándonos para ello el número de teléfono. Ahora permanecerá usted en prisión preventiva durante, un máximo, de 72 horas mientras se realizan las pesquisas para pasar a disposición Judicial. ¿Tiene usted algo que declarar que no sepamos y que sirva para el esclarecimiento de la causa?

    Ernesto permaneció unos segundos en silencio, aunque en su rostro se dibujó un atisbo de alivio, al fin y al cabo, él creía que lo buscaban por el asesinato de Luis.

- No, no tengo nada que decir- contestó Ernesto.

- Entonces acompáñeme- Le conminó el policía al tiempo que se levantaba del sillón y le indicaba que saliera delante de él.

    Entró en una sala donde le realizaron varias fotografías, de perfil, de frente, de cuerpo entero y del busto. Luego rellenaron su ficha de antecedentes y plasmaron su huella digital en el cartón.

    Salieron de la estancia hacia la derecha, atravesaron un pasillo largo, dejando atrás varias puertas a ambos lados del pasillo que correspondían a oficinas. Al llegar al final del pasillo, una vieja verja antecedía a una puerta blindada.  El policía abrió con sus llaves la verja y luego la puerta, invitando al reo a entrar en la estancia. Era una celda de unos ocho metros cuadrados aproximadamente, una silla y una mesa al final y un biombo que tapaba una taza de wáter a un lado, era todo el mobiliario que componía el cuadrilátero.

   - La comida es a las 14 horas, se le servirá a través de la ventanilla que está situada en la puerta, la cena a las 21 horas y el silencio se hace a las diez de la noche. Si se encontrara mal y necesitara asistencia médica, llame a través del interfono que está situado a la izquierda de la puerta. Le recomiendo que no abuse del interfono para tonterías. Ahora si tiene que hacer alguna llamada, dígame el número de teléfono y le facilitaré un inalámbrico desde el que podrá hablar.

- No, no quiero hacer llamadas-. Respondió Ernesto.

- Bien pues que tenga un buen día- Contestó el policía cerrando estruendosamente las puertas tras de sí. Sus pasos fueron dejándose de oír paulatinamente, quedando a Ernesto sólo y en silencio en aquella celda.

    Entre tanto yo había estado ajena a aquellos acontecimientos, ensimismada contemplando el cuadro. Estuve examinándolo sin sacar ninguna conclusión, sólo admirando su belleza e intentando comprender la escena. Nociones tenía, por lo que había leído en el informe de Luis; pero..., recordé, números.

    Se me había pasado el tiempo volando, eran ya casi las tres del mediodía, hora ya de comer, así que decidí regresar al apartamento para prepararme algo de comida. Ya tendría tiempo de pensar en lo que se me acababa de pasar por la cabeza que, por otro lado, estaba ya bastante cargadita.

     Lo que sí había sacado en conclusión durante el tiempo en que estuve observando el cuadro, era que la próxima vez que me pusiera delante de él llevaría una cámara, una libreta, bolígrafos y lápices por supuesto y el ordenador portátil con la batería cargada. De este modo, todo lo que se me fuera ocurriendo o todo lo que averiguase durante la observación, quedaría registrado de algún modo.

    Me dirigía a la cocina para prepararme algo de comida, miré en la despensa y vi como un regalo del cielo ¡una lata de albóndigas con guisantes!  Me alegré sobremanera pues no tenía ni las más mínimas ganas de ponerme a cocinar, por lo menos ese día. Así que cogí la lata, la vacié en un plato y la calenté al microondas. Dos minutos. Puse en la mesa un tenedor, un cuchillo, pan de molde pues aún no había salido del apartamento para comprar pan del de verdad como yo digo, un vaso y una lata de refresco de naranja que había en el frigorífico. Pasaron los dos minutos. Encendí el televisor de la cocina, más que nada para sentirme acompañada, y saqué el plato caliente del microondas.  Me dispuse a engullir aquel manjar mientras observaba las noticias del telediario.

    Estaba saboreando mi merecida y elaboradísima comida y mientras daba un trago a mi refresco de naranja, de pronto...  La tos casi no me dejaba respirar, había aspirado algunas gotas del refresco a consecuencia de la inesperada noticia que estaba escuchando en el telediario:

- "Un conserje de un colegio público ha sido detenido hoy en su domicilio, acusado de un presunto delito de corrupción y abuso de menores. El presunto autor, en el momento de la detención se encontraba en su domicilio de la calle Amistad Nº 15.-Una imagen de los coches y una furgoneta de la policía en el portal en frente de mi casa salía por televisión mientras el presentador narraba la noticia- Para su detención se estableció un fuerte dispositivo de seguridad para evitar su huida y su posible linchamiento por parte de los curiosos que allí se congregaban a la espera de su salida.- La imagen del detenido con la cabeza tapada introduciéndose en un coche policial me estremeció. - La policía, así como los agentes judiciales, se han incautado, a consecuencia del registro de su domicilio, de numeroso material informático, documentos y cámaras fotográficas, con los que presuntamente grababa a los menores para difundirlo por la red. Según fuentes de la policía el presunto agresor no ha querido hacer declaraciones, ingresando en prisión preventiva para pasar a disposición judicial lo antes posible y no superando las 72 horas que marca la ley. Esta detención se enmarca dentro de una investigación que llevan a cabo el departamento de Delitos Informáticos del Cuerpo Nacional de Policía, en conjunto con los Servicios Sociales. Por lo que sabemos, la investigación sigue abierta y están intentando averiguar si el presunto asesinato del vigilante de la Biblioteca Delgado Valhondo, el pasado lunes, pudiera estar relacionado con el caso. Por otro lado, existe un dato sin confirmar y que está siendo investigado por si tuviera relación con el asunto, es la presunta y no confirmada desaparición de un alumno del colegio donde el conserje ejercía sus funciones, este detalle de la investigación está todavía por confirmar pues pudiera ser que la ausencia del menor fuera voluntaria. De todos modos, el caso ha sido declarado secreto de sumario, por lo que no podemos informar más de lo que acabamos de exponer.

    En otro orden de cosas, la elección de un diputado…"-

       El mundo se me caía encima, no pude seguir comiendo y un maremágnum de ideas rondaban mi cabeza a punto de estallar. Ese hombre ya no me cabía duda que era Ernesto, el hermano de Bernardo. Seguro que los de la SIDTERPA lo quieren interrogar sobre la muerte de Luis Camanes y se han inventado la excusa de lo de corrupción y abuso de menores, que, por otro lado, me da que pensar que andan buscando a Lorenzo. Lorenzo debe ser la clave de toda esta historia. Y ni duda cabe que me buscan a mí. Pero algo no me cuadra de todo esto. No debo salir de aquí bajo ningún concepto, seguro que están acechándome como lobos. Tengo que averiguar la mayor cantidad de verdades posibles para salvar mi vida.

    Dejé los cubiertos y el plato encima de la mesa, casi no había comido nada, ya tendría tiempo más tarde de limpiar todo aquello, así que me dirigí a la habitación a tumbarme y poner un poco en orden mis ideas. Fui al despacho del ordenador y cogí una libreta y un bolígrafo. Después fui a la habitación y me tumbé bocarriba en la cama sin deshacerla.

- ¿Bueno, ¿qué tenemos?  - me pregunté y comencé a enumerar mentalmente todos los datos que disponía; pero el cansancio hizo mella en mí y caí profundamente dormida.

    Habían pasado tres horas cuando una música que fue aumentando de volumen paulatinamente me despertó. No lograba identificar a qué correspondía aquella música, hasta que caí en la cuenta del teléfono móvil que me había facilitado Bernardo. ¿Qué debía hacer, cogerlo o no cogerlo? Esa duda me asaltó con ver la presencia del terminal en la mesilla. Sonó unas cuatro veces más y se paró, pero empezó a sonar de nuevo. Quien quiera que me llamase debía creer estar en la certeza de que yo estaba cerca del terminal, y que si no lo descolgaba era porque no podía o no quería, de ahí su insistencia, pensé yo. Me decidí a descolgar y, con voz dubitativa y temblorosa, formulé la pregunta de rigor:

- ¿Quien... es...? - casi no me salió la voz del cuerpo.

- ¡Por Dios Rosa! soy Bernardo, te he llamado al menos ocho veces. Debes visitar a mi hermano cuanto antes. Su abogado me ha llamado y me ha dicho que alguien, supongo que Luis Camanes pues sospecho que algo tiene que ver en su muerte, en su último momento le dijo a mi hermano que debía ponerse en contacto contigo, más adelante te explicaré cómo he llegado a la conclusión de mi sospecha. No dijo contigo concretamente, para ser más exactos dijo que debía ponerse en contacto con Rosa. Mi hermano no sabe quién es Rosa ni lo sabía en aquel momento, pero, entre usted y yo, ¿a quién más conocemos que esté relacionada con todo esto y que se llame Rosa? Tengo contactos en la comandancia, por lo que intentaré concertarte una entrevista, haciéndote pasar por abogada.

     No salía de mi asombro, estaba empezando a sospechar de Bernardo. Eran demasiadas casualidades. De momento no tenía más remedio que creerme lo del abogado que le había dicho que Ernesto..., bueno demasiado rebuscado ¿no? Pero ¿qué otra cosa podría hacer? Así que le pregunté por los detalles de mi salida del apartamento, debía salir vestida de hombre, para no levantar sospechas, a las once de la noche. Debía dirigirme a la sala de multicines "Las Musas", cuatro calles más abajo. Debía comprar una entrada para el asiento 56 de la sala 2 donde se proyectaba la película "Nerve, Un Juego Sin Reglas". Una vez allí debía esperar.

- Pero...- Iba a preguntar cuando me interrumpió:

- Pero nada haga lo que le he dicho y esta conversación se termina ahora. - Me colgó súbitamente.

    Empecé a buscar en el armario ropa de hombre, sólo había un pantalón negro de pinza, una camisa blanca de manga larga, una corbata y unos zapatos de hombre, empaquetados en un perchero. Debajo había una peluca de hombre. - ¡No han escatimado en detalles! -, pensé, - ¡pero esto es ridículo!, como si fuera una película de James Bond, total no son peliculeros. En fin, tendré que hacer el ridículo-.

    Lo tenían todo bien pensado: el traje con sus zapatos y su peluca, el asiento que debía tomar en el cine, la sala de cine y la película que debía escoger, a la hora que debía salir...

   Por un lado, estaba ya harta, pero por otro lado estaba empezando a tomarlo como una aventura, un poco abrupta eso sí, pero al fin y al cabo me sentía por una vez en mi vida protagonista de algo.

    Todo este asunto me estaba ayudando a quedarme como una sílfide delgada, cuando tenía hambre me la quitaban del susto, y cuando descubría algo nuevo se me quitaba el hambre o si estaba comiendo, algo inesperado hacía que dejara de comer. Por lo tanto, no hice ni ademán de cenar, me vestí, me puse la peluca, y abrí por primera vez la puerta principal del apartamento que daba a la calle.

    La cerré de inmediato al caer en la cuenta de mi aspecto. Ropa de hombre era sí, pero se me notaba el abultamiento en la camisa de mis pechos, así jamás pasaría por hombre por lo que no podía salir. La urgencia y la cantidad de situaciones y datos que pasaban por mi cabeza, habían impedido que pensara en esos pequeños detalles. Lo que quería era acabar cuanto antes con la situación, por lo que los pasé por alto.

    No podía ocultar mis pechos y mi contorno de mujer, por lo que se me ocurrió la idea de no disfrazarme de hombre, me pondría solamente la peluca para cambiar de aspecto y no ocultaría mi condición de mujer. En definitiva, tampoco me iban a reconocer con aquella peluca. El problema residía en que Bernardo esperaba a una mujer disfrazada de hombre.

    Regresé a la habitación, abrí el armario y elegí un pantalón vaquero y una camisa blanca de manga larga con flecos y algo de escote. Tampoco quería llamar la atención. Me maquillé y me puse la peluca. Era increíble. Era otra mujer y jamás me reconocerían. Había recogido mi pelo largo dentro de aquella peluca, ahora tenía aspecto de actriz de los años veinte. Esta vez sí, esta vez iría decidida a salir del apartamento. Cogí mi bolso, en el que metí las llaves y el móvil, algo de dinero y, bueno, todo eso que las mujeres llevamos en los bolsos como barra de labios, clínex, algún támpax por si acaso, toallitas y un cepillo de pelo, entre otras cosas que no servían para nada. Me dirigí de nuevo a la puerta, la abrí y esta vez la cerré por fuera. La puerta desde el exterior tenía aspecto de vieja, para dar la sensación de que aquella puerta albergara un trastero o algo similar. Di media vuelta y contemplé el portal del edificio. A mi izquierda se encontraban las escaleras, justo al lado derecho de las escaleras estaba el ascensor, diez plantas pude contar en los botones que se observaban pues la puerta estaba abierta y se podía contemplar el habitáculo interior del ascensor. Eso significaba que la última vez que se había utilizado, había sido para bajar. Frente al ascensor unas escaleras de cuatro escalones y el portón acristalado de salida al exterior. En el portal la única puerta, a parte de la del ascensor, que había era la del apartamento. En frente y justo al lado del ascensor estaban los 40 buzones de los vecinos, lo que me llevó a la conclusión que eran cuatro viviendas por planta, las cuentas no fallan, diez por cuatro cuarenta. De pronto, las puertas del ascensor se cerraron, eso sólo significaba una cosa, que alguien lo había llamado con la intención de bajar. - ¡Tengo que salir cuanto antes! - pensé en voz alta. No podía permitir que ningún vecino me viera en ese momento, sin conocerme de nada, allí en el portal, pensarían que..., bueno no sé qué podrían pensar. El caso es que no debía dejar que me vieran, al menos esa noche. Si me tenían que ver, tendría que ser dándome primero a conocer, no como la persona que soy realmente, me tendría que inventar una personalidad y una vida para poder relacionarme con ellos y que no se extrañaran al verme en el edificio. Además, seguro que, viviendo en la misma calle, pudiera ser que sin la peluca algún vecino me reconociera.

    Bajé rápidamente los cuatro escalones que me separaban del portalón acristalado, giré la manilla para abrir la puerta, pero nada, no se abría. Un sudor frío me recorrió por todo el cuerpo, el ascensor iba a abrir sus puertas de un momento a otro. - ¿Por qué no se abría la maldita puerta?, a lo mejor necesita llave para abrir desde dentro también-. Pensé muy contrariada, mientras de reojo observaba que el ascensor estaba a punto de llegar. Miré a la izquierda del portalón y observé un pequeño interruptor. Por fin caí en la cuenta. Debía pulsar el interruptor para poder abrir la puerta. Ya casi no me daba tiempo, así que corrí hacia el interruptor, lo pulsé y volví corriendo hasta la manilla de la puerta. Esta vez sí, esta vez se abrió la puerta y pude salir a la calle. Por los pelos, justo en el momento en que se cerró tras de mí la puerta, dejándome en la calle, se abrieron las del ascensor. Suspiré profundamente y comencé a andar hacia mi izquierda, acera abajo, en dirección a la sala de cine. Ni siquiera miré hacia atrás para ver quién era la persona que había salido del ascensor.

    Tras haber superado esta primera situación agónica, pude respirar y relajarme un poco. pero poco duró la alegría en la casa del pobre, como dice el refrán. Habían pasado ya 20 minutos desde que salí del apartamento, o sea que eran las once y veinte de la noche.  La película empezaba a las 11:30, por lo que había podido leer en un cartel de una marquesina de una parada de autobús, que anunciaba su estreno. Tenía todo anotado en un papel: el número de sala, el título de la película y el asiento que debía elegir. Ya podía divisar el luminoso de los multicines. Debía cruzar la calle, pues estaba en la acera de enfrente. Crucé por el siguiente paso de peatones. Había bastante tráfico, a pesar de la hora. Cuando empecé a caminar por la acera correcta un coche rojo aminoró su marcha, situándose a mi altura. El corazón se me iba a salir del sitio.

- ¿Te llevo a alguna parte, preciosa? - El conductor, de unos cuarenta años, con el pelo rizado, con bigote y una cicatriz profunda en el mentón izquierdo, había bajado la ventanilla del acompañante y me había preguntado de manera lasciva.

    Seguí caminando como si no hubiera oído ni visto nada.

- ¡Te he preguntado a ti muñeca! -. Me gritó algo enfadado.

    Tenía varias opciones: gritar y pedir socorro, lo cual iba a llamar la atención demasiado y no estaba en condiciones de hacerlo, montarme en el coche, cosa que no se me ocurriría ni borracha, o salir corriendo, lo cual iba a despertar el instinto de depredador de aquel individuo para envalentonarlo y que me siguiera. Tomé una cuarta opción: me acerqué a la ventanilla y armándome de valor y de forma chulesca le dije:

- Mira macho cabrío, tengo en el bolso una navaja, un bote de pimienta anti atracadores y unos pies que usan un 44 de talla de zapato, que dando una patada en salvas sean las partes, pueden hacerte mucha pupa. Yo que tú, dejaría de molestarme y me iría lo antes posible, si no quieres que te aplaste el cráneo ¡mamonazo!

    Le había herido en su propio orgullo, me miró sorprendido, subió la ventanilla y aceleró el coche hasta desaparecer de mi vista.

    No había pasado más miedo en mi vida, me temblaba todo el cuerpo, un poco más y me hago pis encima. No podía dar crédito a mi determinación con respecto a aquella situación tan desagradable, así que, cuando vi que el coche desaparecía de mi vista, me senté en el poyete de un portal contiguo para evitar caerme al suelo desmayada.

    Una vez repuesta del susto, proseguí mi marcha hasta que llegué a la taquilla de los multicines. No había colas, por lo que no tuve que esperar. La taquillera, que estaba ensimismada observándose sus uñas pintadas, se asustó al verme aparecer de repente.

- Por favor una entrada para la película "Nerve, Un Juego Sin Reglas", de la sala dos, si puede ser el asiento Nº 56- Le dije de la manera más natural que fui capaz, teniendo en cuenta el susto que llevaba en el cuerpo.

    Me miró como si hubiera visto un fantasma y me sostuvo la mirada unos segundos. Seguidamente bajó la mirada hacia el talonario de entradas, cortó una y me dijo irónicamente:

 - Va usted a tener suerte, sólo hay tres personas viendo la película en esa sala y por brujería o designios del destino, una de ellas se sienta en el 57. Llega a elegir un asiento más y no podría ser a su gusto. - Me tendió la entrada. - Son 4.50 Euros, si tiene el dinero exacto se lo agradezco, estoy fatal de cambio.

- Va a tener suerte, llevo el dinero justo. - Lo deposité en la bandeja y me dirigí a la entrada.

- La sala dos es la cuarta puerta de la derecha, a la izquierda tiene la tienda de las palomitas y los refrescos. - Me grito la taquillera, a lo que le contesté con unas gracias en el mismo tono de voz.

    Entré por la cuarta puerta de la derecha directamente, sin comprar palomitas ni refrescos, no tenía yo cuerpo para palomitas. La película había comenzado, por lo que la sala estaba a oscuras y comencé a andar con los brazos extendidos y un poco hacia abajo, dando pasos cortos, pues el cambio de luz del exterior al interior fue muy brusco y a mis ojos no les había dado tiempo a acomodarse. Toqué la primera fila de asientos, agaché la cabeza para fijarme en el número de asiento que hacía, más que nada para tener una referencia sobre las filas y los asientos.

- Por aquí señora, dígame el número de asiento. - La luz de una linterna me iluminó por detrás, me giré para ver, pero la luz cegadora me deslumbraba impidiéndome ver quien la portaba. Daba igual, imaginé que era el acomodador, por lo que me fie de él y le proporcioné la información que me había requerido.

- Sígame por favor. - pasó delante de mí y comenzó a andar pasillo abajo, yo le hice caso y le seguí. Se paró en la quinta fila de asientos. - Es la sexta butaca-. Me indicó.

- Muchas gracias-. Le dije. Permaneció alumbrándome con la linterna hasta que llegué al asiento y pude sentarme. Apagó su linterna y desapareció de mi vista.

-Buenas noches señorita Rosa-. Me susurró la voz del hombre que estaba sentado a mi derecha. Enseguida la identifiqué, era Bernardo.

- Buenas noches Bernardo-. Le repliqué también en susurros.

-Voy a ir directamente al grano, no haga preguntas, solo siga las instrucciones que le voy a dar. Escuche atentamente: me han seguido hasta aquí, aunque a usted no la han identificado ni la han seguido. Así que, antes de que termine la película, vaya a mi casa a la calle Bellavista Nº 3, primero C. Aquí tiene las llaves, espéreme allí, yo iré más tarde. Mi hermano, a través de su abogado, quiere hablar con Rosa, o sea usted. Como ya le he dicho por teléfono, él no la conoce, por lo que irá su abogado con usted. Además, él no quiere que esté yo presente. El abogado vendrá a mi casa mañana a primera hora y usted se irá con él. Ahora en diez minutos haga como que va al servicio y márchese directa para mi casa. Los vecinos creerán que es un familiar mío que viene de visita, ya los he enterado yo en previsión de posibles preguntas. Además, lo he anunciado a bombo y platillo para que los de la SIDTERPA se enteren y no sospechen de usted. Por cierto, no viene vestida de hombre, cosa que me suponía pues sus curvas son difíciles de disimular. Así que le he dado un voto de confianza y he pensado que se daría cuenta. Ya veo que no me equivocaba. Bueno ahora haga lo que le he dicho y no me dirija la palabra ni me conteste ni me diga nada.

    Sostuvo su cabeza sobre la mano derecha con el codo apoyado en el reposabrazos del asiento y fingió no conocerme de nada, continuando con la película.

    Pasado los diez minutos que me había ordenado que esperara, me levanté del asiento, esta vez sí podía ver la sala pues mi vista ya se había acomodado a la oscuridad de la misma. Me dirigí hacia la puerta por donde había entrado, y salí de la sala. Al abrir la puerta, la luz del hall me deslumbró, pero inmediatamente acomodé mi vista a la nueva situación. No me dirigí al W.C., si no que fui a la puerta principal directamente con intención de salir del cine.

- ¿Ya se marcha señora, no le gusta la película? -. Una voz masculina, que ya me sonaba pues era la del acomodador, me interrogó detrás de mí.

- Sí ya me marcho, y no es que no me guste la peli, es que me encuentro indispuesta-. Me giré al mismo tiempo que le contestaba. Era un señor mayor, con el pelo cano y bajito de estatura, yo diría que medía un metro sesenta.

- Lo siento mucho señor, espero que se mejore, ¿quiere que le llame a un taxi? -. Me contestó cortésmente.

-No se preocupe señor, ya lo llamo yo desde mi móvil, muchas gracias por su interés, hasta luego-. Me despedí para no ser descortés, al fin y al cabo, se notaba que su preocupación era sincera.

    Así hice, llamé un taxi. Unos 8 minutos tardó en llegar a la entrada principal del multicine. Le indiqué la dirección y sin más dilación se puso en marcha. Durante todo el trayecto el taxista permaneció en silencio. Tenía puesto en la radio del coche una emisora que retransmitía las noticias y de nuevo escuché la noticia de la detención de Ernesto. Como el taxista no hizo ningún comentario, yo también permanecí callada hasta el final del trayecto. La verdad es que me extrañó que el taxista permaneciese durante todo ese tiempo callado, no era una costumbre de los taxistas del lugar, eran más bien charlatanes. Claro que yo tampoco había cogido nunca un taxi a esas horas de la noche y no sabía las costumbres que tenían en esos horarios.

- Ya hemos llegado señora, son 10.50€-. Cuando me preguntó por el destino y estas, fueron las únicas palabras que articuló el taxista.

    Le di 11€ y le dije que la vuelta se la quedara de propina. Cerró la puerta y se marchó sin darme ni las gracias. - A lo mejor le pareció poca propina- pensé.

 

Me dejó justamente en frente del portal número tres, con lo cual sólo tuve que dar cuatro pasos para llegar a la puerta. Abrí el portal con la llave que me había dado Bernardo, entré y subí al primero por las escaleras que estaban en frente de la puerta del portal, a la izquierda del ascensor. Llegué a la planta y busqué la puerta C, era la tercera empezando por la derecha. Las puertas de cada piso estaban dispuestas en forma de "U", en la pared de la derecha estaba la puerta "A", en la pared de frente a la izquierda la puerta "B", en medio la puerta del ascensor, a la derecha la puerta "C" y, por último, en la pared de la izquierda se encontraba la puerta "D" y al lado las escaleras seguían su curso hacia las plantas superiores. Abrí la puerta y entré en el piso. A la entrada estaba el recibidor que distribuía dos puertas, la del salón en frente y la de la cocina a la izquierda. Al fondo del salón había otra puerta por la que se accedía a un pasillo por el que estaban distribuidas las habitaciones y dos cuartos de baño. Esperaría sentada en el salón a Bernardo. Pero no lo vería hasta la mañana siguiente pues me quedé dormida en el sofá.

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