Entre el funeral y las cenizas ("Seguiré viviendo" Entrega 80)

Ir a: Con la enfermedad la crítica se volvió indulgente ("Seguiré viviendo" Entrega 79)

La escena era surrealista. El auditorio estaba colmado; los asistentes de impecable traje negro, circunspectos y en silencio, parecían esperar que la gala comenzara. Busqué con la mirada el foso tratando de encontrar la orquesta. No existía; en su lugar se distinguía una cripta. Delante reconocí un atril, y en el atril un extraño director de orquesta encubierto por la niebla. Entonces me aproximé entre avergonzado y aturdido por el eco de mis pasos, que resonaban en el silencio sepulcral, y sorprendido me topé en el lugar del atril con un altar, y frente a él con los ornamentos púrpura del conductor, que era en realidad un sacerdote.

Levanté mi rostro buscando su mirada y tuve la sensación de estar contemplándome al espejo. Eran mías sus facciones y suyo mi semblante. Al rehuir aquel inexplicable espectro tropecé con un mueble engalanado con muchas flores blancas. De caoba oscuro y madera labrada, tenía en su superficie una ventana aún no cubierta por los lirios. Miré a través y vi mi propia imagen, más que dormida: cérea,  inmóvil.

Con náusea me alejé del féretro. Como en un vértigo violento todo comenzó a girar. Todos los rostros me pasaban frente, uno tras otro se sucedían como los postes apilados por la velocidad del tren. Veía los de los concurrentes, el del sacerdote, el del difunto, todos eran uno: el mío, el del extinto.

De pronto retumbó en la catedral la voz del padre. También era la mía. «El político influyente se convertirá en ceniza, como la mujer bella que pone a los hombres a sus pies, como el millonario omnipotente que compra hombres y conciencias, como el escritor famoso, como el militar imbatible, como el criminal temible, como los matones que se sienten dueños de la vida, como tú y como yo. Todos nos convertiremos en ceniza». «Ceniza es ausencia, polvo... es nada», dije con regocijo mientras escuchaba la proclama contra el encumbramiento desmedido de los míseros mortales. ¡Qué así se pague la soberbia: con la insignificancia! Y comenzó a rondar mi mente la reflexión de un imposible: era absurdo pensar si estaba muerto.

Progresivamente un dolor sordo se fue haciendo conciente y finalmente me sustrajo de la especulación onírica. Los quejidos involuntarios pusieron en alerta a la enfermera. Preocupada se acercó y me preguntó su causa. Entre dormido y despierto recuerdo que no atinaba a responderle. Cuando estuvieron atentos mis sentidos le expliqué que era el dolor de siempre. De inmediato llamó a la central de enfermería y en cuestión de minutos apareció la jefe con una bandeja en la que venía una jeringa cargada de un analgésico que me aplicó en la vena. Cuando el dolor se puso en retirada, retomé el hilo del sueño interrumpido.

Me pregunté: ¿Quién tiene la razón? ¿Quien solamente vive en función del poder y del dinero? ¿Quién en frenética carrera tras la fortuna olvida disfrutar el mundo? ¿El trabajador impenitente que termina siendo esclavo de su oficio? ¿Quien no se pierde uno solo de los placeres terrenales? ¿Quien sólo vive para los demás? ¿O quien siempre pone a sus semejantes al servicio de sus intereses?

«¡Cuántas opciones! –dije–. Y todas correctas en boca de quien las practica. Pocas sabias y juiciosas, por no ponderar el riesgo que entrañan los extremos».

La vida tiene un límite, la muerte marca una frontera más allá de la cual todo es incierto: todo o nada, fin o infinitud. Atesorar más allá de nuestra existencia en este mundo es insensato. Sacrificar satisfacciones por intereses desmedidos tampoco es razonable. Nuestra inversión en esta vida debe tener un equilibrio, y ese equilibrio ha de tener por fin la satisfacción que quisiéramos sentir en el momento de la muerte. Creo que supe dosificar mis acciones como si administrara una riqueza para que alcanzaran a satisfacer hasta el último momento de mi vida. Esa tranquilidad me sumió en un sueño tan profundo que desperté sin tener noción de lo que había soñado.

Ir a: La dicha de evocar ("Seguiré viviendo" entrega 81)
Luis María Murillo Sarmiento

“Seguiré viviendo” es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo enfrenta su final con ánimo hedonista. El  protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas.

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Seguiré Viviendo

 

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