Fe, corazón y alegría (12)

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La moneda está en el aire

A partir de ese día, Miguel, Carlitos y Bruno se volvieron inseparables. Entre padre e hijo dejaron la cabaña como un auténtico estudio de pintor. Miguel estaba decido a apoyar a su hijo en su incipiente pasión por el arte.

Terminaron al atardecer, miraron con orgullo el resultado de sus esfuerzos, Miguel le había comprado un caballete, más pinturas, bastidores, acuarelas, telas y papeles especiales, en fin,  el taller de trabajo estaba  tan completo como el de un profesional.

-Falta algo -observó al final- Está muy sobrio para ser de un niño, es necesario darle el toque preciso para que sientas tu espacio en comunión contigo...

-¿Y si cuelgo en las paredes mis cuadros de súper héroes?- Preguntó Carlitos.

-No. Se me ocurre algo mejor -exclamó de pronto su padre- Voy a llevar tus obras a enmarcar ¿Qué mejor decoración que tus pinturas?

En la cocina, Micaela y Alma, comentaban contentas los  acontecimientos que estaban viviendo.

-La otra noche soñé con mi padre -Le confió Alma- estábamos conversando, me dijo que no debía sentir culpa por haberme ido a España dejándolo aquí, pues esa es la ley de  la vida, y que, por el contrario, me agradecía el que yo hubiera sido una buena hija,  por el tiempo que los acompañé y les dí tantas alegrías.

-¿Y usted qué piensa de eso?- inquirió Micaela.

-Pues he reflexionado mucho, ese sueño me hizo ver las cosas desde otra perspectiva, y sí, he cargado sentimientos de culpa que no deben ser. Ahora mi preocupación es sacar adelante todo esto para poder quedarnos aquí y que ustedes no se queden sin empleo.

-¡Qué bueno que toca el tema! -exclamó con viveza la buena mujer- ahora que Carlitos está con su papá montando ese dizque estudio, fui a ayudarles un rato. Mirando los dibujos me acordé mucho de mis tiempos de niña, de mis papás y mis hermanitos de cómo nos reuníamos todos desde antes que amaneciera para hacer quesos y mantequilla. De eso vivimos, y gran parte de mi familia se mantiene hasta hoy gracias a esta actividad. Y he estado pensando que nosotras podemos hacer lo mismo aquí.

-¿Queso y mantequilla? -preguntó sorprendida Alma

-Sí niña, es muy fácil, nada más nos hacemos de unas cuantas vacas lecheras -propuso con entusiasmo- yo le enseño a hacer los quesos y la mantequilla, son recetas de mi abuela, créame no hay nada igual en toda la región. Además podemos comercializar la leche bronca, los huevos de las gallinas y distribuirlos en los expendios del pueblo, los alimentos están ya tan industrializados que de seguro tendrán aceptación.

-Pero ¿tú crees que con eso podemos completar para sacar adelante sueldos y gastos? -preguntó titubeante- Además, ¿Cuánto cuesta cada vaca y cuántas se necesitarían? Aparte, habría que acondicionarles los establos y de ahí se derivan más y más gastos.

-¿Se le olvida que yo tengo lo suficiente para comprar vacas y todo lo demás? -anunció orgullosa Micaela- ¡Tenga fe! Si comienza el proyecto con dudas le echa mala vibra ¿Qué más puede perder? Tenemos que jugarnos el todo por el todo. El patrón me dejó dinero de sobra, con gusto se lo entrego a usted. Yo ¿qué más puedo pedir si tengo, gracias  a ustedes, techo, comida y cariño? ¡Luche mi niña hasta el final! ¡No permita que se pierda todo esto!

-Pero Micaela -objetó conmovida- ese dinero es tuyo, yo no podría ...

-Por favor -interrumpió suplicante- déjeme regresarle un poco de lo mucho que me han dado ustedes a lo largo de tantos años ... Hagamos el intento.

Alma permaneció en silencio unos momentos analizando la propuesta con seriedad. Finalmente, aceptó.

-Está bien, pero no voy a tomar tu dinero así como así -le aclaró- si vamos a trabajar en esto juntas, también estaremos unidas en lo demás, Micaela: nos vamos a asociar. Si tenemos éxito, la ganancia será para las dos.

La mujer, sonriendo, estrechó gustosa la mano que Alma le ofrecía. Y con este apretón sincero, sellaron el acuerdo.

- ¡Que mis padres y Dios nos amparen! - pidió Alma.

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Elena Ortiz Muñiz

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