Fe, corazón y alegría (13)

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Y la prosperidad entró por la puerta

Se compraron cinco vacas,  Miguel, junto con otros empleados de la hacienda construyeron los establos. Al principio fue un poco difícil acomodar los productos en los expendios, la gente, en ocasiones, desconfía de lo nuevo, pero la calidad se impuso, y finalmente se logró el objetivo.

Alma, agregó a la lista pan de nata, pastel de chocolate y galletas de queso. Un buen día, el teléfono comenzó a sonar y los pedidos a llegar. La mercancía en las tiendas se acababa con rapidez al tiempo que los comerciantes requerían entregas más grandes.

Los quesos y la mantequilla de Micaela, en efecto, eran riquísimos y la repostería de Alma deliciosa. Así que las mujeres comenzaban a trabajar en la madrugada terminando hasta bien entrada la noche; Miguel y Carlitos ayudaban a supervisar la distribución de los productos, la ordeña de  vacas,  recolección de huevos y empaque de alimentos, todo mundo estaba inmerso en la nueva empresa.

Sin embargo, la demanda era enorme. Los pedidos llegaban incluso de otros pueblos, pronto, las vacas fueron insuficientes y la mano de obra también.

-O compramos más vacas - anunció Alma con preocupación- o contratamos más gente, el dinero no alcanza para todo,  nosotros no podemos seguir con tanta carga ¿cómo vamos a surtir los pedidos?

-¿Y si pedimos pagos adelantados? - sugirió Micaela.

-Pero ¿cómo nos van a pagar por algo que no hemos entregado? Si algo sale mal y el pedido no llega a su destino ¿Cómo responderemos después? Es arriesgarse demasiado.

Los cuatro estaban sentados en la mesa de la cocina, ocupados en encontrar una solución al problema, mientras Bruno roía un hueso con singular avidez junto a ellos.

En ese momento, el teléfono sonó, era el hombre al que Miguel le llevó los dibujos de su hijo a enmarcar.

-Ya están listos sus marcos, señor -le hizo saber- le informo que desde que comencé a montar los trabajos en ellos, la gente ha estado entrando en el local atraída por las pinturas... ¡las quieren comprar!... y señor... están dispuestos a pagar los que sea por ellas. Dicen que se sienten transportados a su infancia perdida solo con mirarlas.

Cuando Miguel colgó el teléfono, todos veían con curiosidad la rara expresión en su rostro, los miró con extrañeza,  después se echó a reír a carcajadas abrazando a su hijo, mientras Bruno ladraba y corría por la cocina celebrando con él las buenas noticias.

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Elena Ortiz Muñiz

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