Fe, corazón y alegría (8)

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Problemas sin solución

La alegría inicial por la llegada de Miguel pronto se tornó en tristeza. El hombre, desde el principio mostró claras intenciones de llevárselos a España, a pesar de la oposición de Carlitos y Alma, quienes deseaban a toda costa permanecer ahí, las cosas empeoraron en cuanto se enteró de la mala situación financiera de la hacienda.

- Comprendan - Les dijo - En este país no es negocio la agricultura. Se requiere mucho dinero y tener la infraestructura necesaria para no depender totalmente de la benevolencia del clima. El gobierno tampoco te hará las cosas más sencillas. Están apostando a las importaciones, y a los dueños de las tierras no les queda más remedio que alquilar sus campos de labor o trabajar ellos mismos para los extranjeros. No hay mucho que hacer. Vendamos y regresemos a España.

- Pero Miguel - rebatía Alma con tristeza - algo se tendrá qué hacer, alguna solución debe haber. No puedo vender la hacienda. Aquí crecí, aquí nació nuestro hijo, aquí están enterrados mis padres - tuvo que hacer una pausa y luego continuó con la voz entrecortada - Aquí está mi vida y no me voy a dar por vencida hasta salvar este lugar.

Miguel, rojo de la ira, escuchaba sin sostener su mirada. Finalmente, habló:

- También mis intereses están en España, ahí está nuestra casa. Tengo un buen trabajo ¿Qué más quieres mujer?

- A veces - Contestó Alma con serenidad - no es lo más fácil y confortable lo que le da sabor a tu vida. Los retos son los que le imprimen pasión a tu existir. Esta conquista es para mí un desafío, y con ella se consolida la última voluntad de mi padre. Perdóname Miguel - Lo miró con la tristeza reflejada en sus ojos - Pero esta vez no dejaré todo para ir tras de ti.

- Tal vez - Afirmó Miguel mirándola por primera vez en toda la conversación-  nos equivocamos al formar una familia. Nuestros horizontes no parecen ser los mismos.

Carlitos, desde su asiento, escuchaba en silencio sin haber probado bocado en toda la cena, mientras debajo del mantel estrujaba la servilleta con furia e impotencia.

Su familia se estaba desmoronando poco a poco. Bruno seguía echado frente a la puerta enflaqueciendo cada día, muriendo lentamente sin que pudieran hacer nada, el abuelo ya no estaba con ellos, la hacienda pasaba por el peor momento financiero de su historia, aunado a ello, su papá quería obligarlos a deshacerse de todo para llevárselos de vuelta a un lugar al que no pertenecían.

¿Por qué las cosas se habían complicado de tal manera? Mientras sus padres discutían acaloradamente, Carlitos se levantó de la mesa, sin que lo notaran y salió de la casa.

Ahí seguía Bruno. Echado en el mismo lugar, esperando lo que no podría ocurrir nunca, se sentó en el piso junto a él y comenzó a acariciarle el lomo, por un instante, Bruno pareció alegrarse, haciendo un intento por mover su cola, solo dos segundos, después regresó a su melancolía habitual.

El niño, abrazándolo se echó a llorar, gimió como un bebé por la añoranza que sentía, por la impotencia que le dominaba, lloró de rabia, de amargura, de miedo y de soledad.

En casa, Micaela lo buscaba en todas las habitaciones. La noche había caído, afuera la oscuridad lo dominaba todo, lo encontró con las lágrimas aún frescas sobre su rostro, durmiendo junto a Bruno, frente a la puerta de la casa.

Ni Alma ni Miguel habían notado su ausencia. Después de la acalorada discusión, cada uno se encerró en una habitación, estaban tan enfrascados tratando de ganar la batalla uno al otro, que habían olvidado a su hijo.

- Pobre muchachito- murmuró la fiel mujer mientras intentaba levantarlo en brazos y meterlo a  casa - que tristeza tan grande estás padeciendo.

 

Como si fuese su madre, lo llevó a la cama, lo acostó y arropó, después de bendecirlo y encargárselo con gran fervor a Dios, pidió con todas sus fuerzas al abuelo:

- Patrón, no nos abandone. Dénos fuerzas para continuar y hacer lo correcto, pero sobretodo, ayude a mi pequeño ¡Lo necesita tanto!

A pesar del calor sofocante que las escasas lluvias no lograban aminorar, una ráfaga de viento entró por la ventana  dándole directamente al niño en el rostro secando sus lágrimas.  Carlitos esbozó una sonrisa a pesar de que permanecía dormido.

Elena Ortiz Muñiz

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