Federico Montemaggiore: Una historia singular

TOMO I

Capítulo 1

Ciudad de México 1976.

Federico partió rumbo a Asunción, donde tomaría el avión que lo llevaría a México. Nueva identidad, pasaporte falso, un extraño paquete a entregar cuando llegara a la capital mexicana. Todo un desafío pero, debía probar, no tenía escapatoria, era su última posibilidad. Francia no podía ser su destino final, era peligroso, además, Pérez le había dicho “no, Francia para ti no, eso cuesta mucho, pero muchos dólares y tú no tienes donde caerte muerto”. La negativa de Pérez y la probabilidad de ser descubierto en Ezeiza, le negaban toda posibilidad de viajar a París. No era su destino reencontrarse con su familia. En el Aeropuerto de Asunción no tuvo problemas con su pasaporte ni le revisaron el famoso paquete. Abordó el avión un Douglas DC 9 y esperó tranquilo el vuelo que lo llevaría a su destino final: México.

Cuando el Douglas aterrizó en el Aeropuerto Internacional de México, en Argentina se había producido el 24 de marzo de 1976 un golpe de estado que derrocó a María Estela Martínez, la viuda de Perón. Una junta militar integrada por el Teniente General Jorge Rafael Videla, el Almirante Emilio Massera y el Brigadier Agosti instalaban en el país una durísima dictadura con el beneplácito de los diferentes grupos de presión, partidos políticos y de la sociedad en general.

Federico se encaminó hacia la aduana y allí comenzaría una larga agonía, que duraría veinticinco años. La autoridad mexicana observó el pasaporte de Federico, lo retuvo por unos minutos, hubo consultas, no le colocaban el sello, los minutos se hicieron eternos para Federico, por último lo invitaron a pasar a una sala privada. Federico accedió, sintió que todo se le volvía en contra. Le retiraron su pequeña maleta y el paquete con el destinatario para Victorio Palacios. Un desconocido para él. Cuando lo condujeron a la pequeña sala, un inspector de la policía federal de México lo entrevistó:

-Señor Emmanuel Rodríguez Alba, soy el inspector Durán.

Federico trató de incorporarse para tenderle la mano, pero lo asieron con fuerza y lo volvieron a sentar, comprendió que las cosas no venían bien:

-Usted viaja con pasaporte falso, señor, usted no es ciudadano mexicano – fue la acusación certera del inspector – además ¿sabe usted que es portador de gemas de diamantes por un valor varias veces millonario?

-No tengo nada que ver con ello – alcanzó a decir Federico.

-Queda usted detenido por falsa identidad y contrabando. ¿Tiene usted un abogado?, si no lo posee la Procuraduría del Estado le ofrecerá uno. Tiene todas las garantías del debido proceso. Todo lo que diga a partir de ahora puede jugar en su contra.

Federico no entendía nada. Había sido víctima de un contrabando millonario y no sabía ¿por qué?, algo no le salía bien, desde aquel secuestro en Buenos Aires. Los milagros inesperados, lo habían salvado, hasta hoy, aquí ya no. Lo esposaron y lo condujeron a la alcaldía. Allí quedó detenido preventivamente. Se le proveyó de un abogado de la Procuraduría Federal, el que se presentó de inmediato ante Federico:

-Señor Rodríguez Alba, soy Leonardo López Ríos, su abogado provisto por el Estado Mexicano, deberá confiarme todo lo que sabe respecto del cargo más grave, contrabando de diamantes. Usted proviene de Paraguay y según su pasaporte es ciudadano mexicano, pero, lamentablemente esto deberá probarse por qué el mismo es falso, entonces… - se detuvo y se disculpó ante la mirada atónita de Federico  - creo que he ido muy de prisa, es que debo preparar su defensa, y debo saber todo en detalle. Señor ¿Quién es usted?

 Federico lo observó detenidamente, era un joven profesional, muy joven, casi inexperto, lo advirtió por su nerviosismo, cuando le tendió la mano para saludarlo, sus manos estaban sudorosas, la frente brillante por el sudor que corría por su rostro. Leonardo López Ríos era bien parecido, un joven mexicano recibido posiblemente en la Universidad Autónoma, su delicado manejo del idioma, le hizo recordar su juventud en la estancia de los Rivera Moscoso. Al fin le dijo:

-¿De qué defensa me estás hablando muchacho?, ya estoy condenado, mi nombre es Emmanuel Rodríguez Alba, soy mexicano, de Oaxaca como reza el pasaporte, hace muchos años que no vivo en mi país, soy profesor en Letras y me he recibido con honores en la Sorbona. Puedes averiguarlo – se arriesgó – pero de nada servirá aquí.

-Disculpe usted – interrumpió Leonardo López Ríos – eso debo evaluarlo yo, por favor coopere y dígame la verdad. La República Mexicana es un país libre, democrático y justo, tenga presente lo que le digo, profesor Rodríguez Alba.

-¿Usted quiere la verdad? – preguntó - ¿desea saber todo sobre mí?

Leonardo lo miró fijamente, luego respondió:

-Sí, señor, toda la verdad. Es la única forma en que podría salvarlo.

-Pero me entregarías a un censor más peligroso, cruel lo cual significaría perder la vida de inmediato. Por lo menos aquí iré preso por mucho tiempo, allá es muerte segura.

-¿Dónde es allá…señor?

-Argentina – respondió Federico – me extraditarían.

-Señor. Dispongo de todo el tiempo que desee. Cuénteme toda la verdad, por favor.

-Mi nombre es Federico Montemaggiore – dijo al fin – soy argentino, naturalizado francés, me secuestró la guerrilla para adoctrinar, soy izquierdista y ateo, o por lo menos lo era – recordó el milagro producido en ocasión de su odisea con el ejército - ¿puedo seguir?

-Lo escucho.

-Bien, pero, lo que diga aquí, en el estrado negaré todo. No puedo arriesgarme a una eventual extradición. Para mi familia soy un desaparecido, ¡qué más da! Amigo mío. Te contaré mi historia, espero no aburrirte. Pero, quedará entre nosotros. Tú imagina después la estrategia para que mi condena aquí no sea muy larga.

Y Federico Montemaggiore le contó toda su historia hasta su apresamiento en el Aeropuerto de México.

***

El juez le dictó la prisión preventiva, sin posibilidad de pagar una fianza. El delito era muy grave y por ello, Federico fue llevado a una de las prisiones del Distrito Federal, un centro preventivo en el ala norte de la ciudad. Allí esperó cinco meses Federico para ser juzgado en juicio oral, era totalmente inocente, su abogado defensor lo sabía, ya que Federico le reveló su historia, pero no tenía la autorización para contar esa historia, además, podría correr el riesgo que el gobierno militar de Argentina pidiera su extradición por considerarlo un “ideólogo peligroso de la guerrilla argentina”, cuestión que no era cierto, pero, las circunstancias del caso, así lo delataban, aún más, se lo creía partícipe en los sucesos de la Provincia de Tucumán, situación ésta que agravaba aún más su condición de “reo de alta peligrosidad”, sin huellas digitales, sin documentación que respaldaran sus dichos, la defensa se caería por sí sola. Mantener la inocencia de un tal llamado Emmanuel Rodríguez Alba era casi imposible, documentación falsa, agravado por el delito de contrabando y su “eventual relación con el mafioso Hipólito Navarrete, cuyo uno de sus alias era precisamente Victorio Palacios,  buscado por la policía del Distrito Federal y con pedido de captura internacional, narcotraficante, contrabando de piedras preciosas, tales como diamantes y esmeraldas, con vinculaciones en Colombia, Estados Unidos y Paraguay. ¿Qué sabía Federico de éste personaje?, nada. ¿Por qué lo complicaron en esa misión tan peligrosa?, precisamente, por él no conocía a nadie, no había vinculaciones con ningún miembro de la banda y porque su presencia no lo vincularía jamás a ese tipo de relaciones. Pero, para mal de Federico, rápidamente fue descubierto y ahora debía enfrentarse ante un tribunal que lo condenaría sin más trámites. Una defensa sin estrategias para descolocar las acusaciones de la Fiscalía, todo se desarrolló en un clima de rechazos por parte de la Defensa, pero que no tenían sustentos firmes. La condición de declararse inocente, fue el único y verdadero acierto de esta triste situación por la que debió enfrentar definitivamente Federico Montemaggiore. Al fin la condena se dictó a veinticinco años de cárcel, sin posibilidad de reducción de pena. En 1977, a un año de su detención, Emmanuel Rodríguez Alba, ese era el nombre que mantuvo hasta el final Federico, fue trasladado a la prisión del Distrito Federal de máxima seguridad, dada su “vinculación” con el narcotraficante Hipólito Navarrete. Allí pasaría el resto de sus días. Tenía treinta y tres años cuando ingresó al penal y tuvo por compañero de celda a Eliseo Vázquez, un convicto por tráfico de armas, con una condena de treinta años, llevaba  en prisión ya diez años. Tenía mucho por compartir con Federico Montemaggiore. Pero, antes de lograr su “estabilidad en prisión” debió sufrir los avatares de todo novato, el maltrato de los propios reclusos, el hacinamiento, por último la violación. Fueron dos años de penurias y desgaste para éste hombre recibido en la Sorbona, nacionalizado francés, buscado en Argentina por presunto partícipe de asaltos y crímenes, que no había cometido, buscado casi febrilmente por su familia y por el gobierno de Francia. Nunca se supo sobre su paradero, era un desaparecido de la dictadura que caía tras la derrota de la guerra de Malvinas en 1983. Los reclamos del gobierno francés, los reclamos de la familia de Federico, especialmente de Rocío, hasta el final de sus días, no pudieron dar con quien un día desapareció, producto de un secuestro de la propia guerrilla con la intención que fuera un ideólogo revolucionario y que adoctrinara a los nuevos reclutas. Toda una red de desaciertos que se concatenaron y terminaron con un cargo de adulteración de documento público y contrabando agravado por su vinculación con el narcotráfico. Toda una farsa, toda una mentira, de un hombre entero que se negó a someterse a la justicia de su país, sabiendo lo que le esperaba con un gobierno dictatorial, totalitario y exterminador de aquellos que pensaban diferente. Prefirió la cárcel de un país que conocía de lejos, que tenía presente de sus fuertes valores de democracia, libertad y justicia. Precisamente, con él, no se hizo justicia y padeció las desventuras más trágicas que un hombre podría haber resistido.

Solo el poder escribir su historia, día a día, desde aquel comienzo cuando llegara al pueblo de los Rivera Moscoso un diciembre de 1961 pasando por su período vivido en París y sus tribulaciones cuando llegara a su país de origen a finales de 1973.

Con su compañero de celda, Eliseo Vázquez trabó una excelente amistad, tenían la misma edad y habían pasado por la prisión los mismos momentos desesperantes. Tenían para compartir mucho, por qué mucho era el tiempo que tenían para estar juntos. 

Eliseo Vázquez fue el compañero de celda de Federico, desde el primer momento en que Federico entró a la celda, hubo una comunicación entre ambos que los conectaba interiormente, no hubo recibimiento amenazador, ni mínimas discusiones por cuestiones domésticas propias a la convivencia en un habitáculo de tres metros cuadrados. Federico tenía lo único que había solicitado, papel y lápiz. Pocas cosas necesarias para la higiene de un hombre, una afeitadora eléctrica, jabón, toallas y ropa interior. Para su actividad diaria, Federico había solicitado trabajar en los talleres gráficos, la imprenta de la prisión que se ocupaba de trabajos que el Estado solicitaba y cuyo costo era mucho menor que si lo entregaban por licitación a empresas privadas. Claro, no podrían hacerse todos los trabajos, ya que el taller no contaba con maquinarias de avanzada, como así tampoco de muchos convictos que quisieran trabajar en ese ambiente con olor a papel y tinta. En cambio, Eliseo se desempeñaba en la cocina. Era buen cocinero y le había impuesto de un nuevo estilo a las comidas que se le servían a los convictos especialmente cuando se trataba de mayor número de los que se habían presupuestado. Él siempre podía encontrar soluciones simples que alcanzaban para dar de comer a un número superior al esperado. Ambos se reunían después de las actividades en el gran patio de la prisión, donde compartían amenas reuniones con otros convictos afines a sus modales y expresiones, por lo general no eran muy molestados por otros tipos que solo buscaban peleas. En algunas oportunidades, Federico tuvo que enfrentarse a éste tipo de situaciones, pero, pronto se apartaban, ya que lo consideraban un miembro del temido Hipólito Navarrete, el narcotraficante que se encontraba prófugo de la justicia. Pero, otros como los que se movían al lado de Ramón Hernández, solo esperaban una buena oportunidad. Los días pasaban y cuando llegó a oídos de Federico que la democracia había vuelto a la Argentina, demasiado tarde para él. Su abogado le aconsejó que pidiera informes a la cancillería argentina para analizar su situación, incluso, el gobierno francés reclamaba por su desaparición. Pero, Federico Montemaggiore, cansado de sus sufrimientos se negó a todo lo que le propusieran, era una incongruencia, según su abogado López Ríos, pero, Federico no iba a mostrarse así ante su Rocío, su eterno amor, ni ante su hijo. Acabado, destruido moralmente, enfermo, al borde de una muerte segura, sin tiempo de confirmación, pero segura al fin. No quiso hacerlo, sus seres queridos tenían que conservar la imagen que de él tenían, sin darse cuenta, que todos aquellos amores, sufrieron su desaparición hasta sus propias destrucciones.

***

Eliseo observaba con detenimiento los movimientos de Federico dentro de la celda. Colocaba su mesita delante de la cama y colocaba el papel prolijamente y después comenzaba a escribir. Al principio, Eliseo no se atrevía a preguntar sobre qué escribía, pero, un día la curiosidad pudo más que la discreción y en consecuencia le preguntó:

-¿Qué estás escribiendo?, ¿puedo saber?.

-Claro. Es más – se animó a confesarle – tú serás depositario de éste libro.

Eliseo lo observó con sorpresa:

-¿Yo? – preguntó - ¡ándale!, - le salió una expresión bien mexicana que causó gracia en Federico - ¡qué va, hombre!...¿qué he hecho yo para merecer esto?

-Mucho – respondió Federico – me defendiste en el patio de la agresión de Ramón Hernández.

-Pero, recuerda, qué tú primero recibiste una embestida en el comedor, cuando se acercaron a mí para recriminarme por qué te ofrecía más comida que a los demás, tú te interpusiste y… te la dieron a ti. Casi te desangras. Te operaron del bazo.

-Y tú me cuidaste – respondió Federico.

-Bah – exclamó Eliseo – parecemos dos viejas chismosas, tratando de ver quien hizo más.

Ambos largaron una risotada que resonó en casi toda la galería. De pronto, Federico comenzó a decirle:

-Mira, Eliseo. No llegaré a cumplir mi condena. Te confesaré algo.

-Emmanuel, no me asustes, por favor.

-Debes tomarlo con calma. Te diré lo que solo los médicos y yo sabemos, tengo el virus del HIV, en una palabra me contagiaron de SIDA.

-¿Cómo? – exclamó Eliseo – ¡cómo es eso!

Federico, trató de guardar calma y luego le relató un suceso que Eliseo desconocía.

-Recuerdas aquel día en que dos guardias me llevaron para un interrogatorio.

-Sí – respondió Eliseo – estuviste más de una semana ausente, nadie supo responderme que te había ocurrido, cuándo volviste, no me animé a preguntarte, tu rostro no era el mismo.

-La gente de Ramón Hernández me esperaba en aquella salita contigua a los baños de la Sección II. Bueno, me castigaron y por último me violaron, no sé quien fue o quienes fueron, recibí la humillación más terrible de toda mi vida ¿Por qué?, sencillamente porque aún creen que tengo relación con ese tal Victorio Palacios.

-Hipólito Navarrete – corrigió Eliseo.

-Bueno, o ¡cómo diablos se llame!, no sé quién es y no me importa, la cuestión es que me arruinó la vida. No quisiera contarte lo que he sufrido en todo éste tiempo, dos miembros de seguridad, seguramente pagados por algún personaje de Ramón Hernández, traicionaron su deber. Ellos vieron como me golpeaban, como laceraban mi cuerpo, me arrinconé en una esquina tratando de proteger mi rostro, allí, me desnudaron, y me forzaron…

-No sigas, hermano, te hace daño rememorar aquel momento.

-Es necesario que lo supieras, al tiempo, empecé a sentirme enfermo. Tú lo comprobaste, fui al dispensario del penal, allí me hicieron análisis y me confirmaron que tenía el virus del HIV. ¿Por qué?...¿por qué se ensañarían conmigo?

Eliseo tenía la respuesta:

-La banda de Ramón es contraria a Hipólito. Aquel está preso y éste se fugó. De allí viene la bronca, amigo. ¡Qué fatalidad!, mi amigo. Diosito no querrá que te mueras. Bah, siempre lo nombro y sostengo que soy ateo. – Se quejó.

-No, amigo, la suerte está echada, ya nadie puede hacer algo por mí. Solo tú, Eliseo Vázquez. Debes prometerme que cuando salgas de este infierno, viajarás a Argentina y entregarás esto a una mujer llamada Rocío del Valle, te indicaré los lugares donde podrás encontrarla, ella debe conocer mi historia y el porqué de tantos desencuentros. ¿lo prometes?

-¡Pues sí, amigote!...pero, tú no te vas a morir. Te lo puedo prometer.

-Mira, Eliseo, te contaré una historia, hay aquí en México una sola persona que la conoce, esa persona fue mi confesor civil: mi abogado defensor. Ahora la conocerás tú.

-Será un placer escucharla Emmanuel.

-Aquí está todo escrito, pero no quiero aburrirte con la lectura, te conozco que eres remiso a leer, pues entonces, te narraré mi historia.

Y así Federico Montemaggiore le contó a Eliseo Vázquez sus tribulaciones a partir del desencuentro con sus seres queridos.

-Mi verdadero nombre es Federico Montemaggiore, soy argentino, naturalizado francés…

Comenzó a contarle y Eliseo atento a su confesión, lo escuchó a la vez que algunas lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

***

Eliseo Vázquez cuidó de Federico durante todo el tiempo que duró su enfermedad. En la clínica que fuera internado, bajo custodia policial, Eliseo solicitó un permiso extraordinario para cuidar a su amigo, habló con el alcaide de la prisión:

-Siento el deber de hacerlo, señor – le explicó Eliseo – este hombre siempre fue inocente y está pagando una culpa muy cara.

-Todos dicen lo mismo, señor Vázquez. Usted lo ha dicho en diversas oportunidades, ¿por qué debo creer en la inocencia del señor Rodríguez Alba?.

-Sí, es verdad, señor. Yo lo dije, pero tenía una razón, quería salvarme, tenía que inventar un pretexto. Pero, el caso de Emmanuel, es distinto, todo fue un engaño, un vil engaño y ahora sufre las consecuencias de esa confusión. Tiene SIDA, señor, permítame estar a su lado.

-Voy a pensarlo. Por lo pronto, puedes acompañarlo en la sala del penal, hasta que lo internen mañana. Veré lo que puedo hacer.

Eliseo se retiró con la esperanza de poder cuidar a su amigo. Federico estaba muy enfermo. Le sobrevino una neumonía que con los antibióticos que le proporcionaban en la sala de primeros auxilios del penal, no combatían la bacteria que infectaban sus pulmones. Las complicaciones se extremaban dada la enfermedad que padecía desde hacía tres años. En la noche, el cuadro se complicó y tuvieron que entubarlo con respirador artificial y trasladarlo a la clínica estatal. Eliseo no pudo acompañarlo. No obtuvo el permiso esa noche.

A la mañana siguiente, en su celda, por primera vez, Eliseo tomó el cuaderno que contenían cientos de hojas manuscritas y comenzó a leerlo: La dedicatoria estaba dirigida a: “Rocío, mi único y verdadero amor y para mi hijo Jean, para que conozca mi historia.” 

 

Continuará…

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