Federico Montemaggiore: Una historia singular (10)

Capítulo 10: “La confesión de Leontina”

Leontina Sosa no era mujer de guardar secretos que pudieran perjudicar de alguna forma la vida de otros, en este caso la de su propio hijo. La desesperaba la idea  que su Tomás descubriera sus orígenes emparentados con su odiado patrón y consecuentemente Stella era su hermana, la mujer que le ocasionaba pasión desenfrenada, con la que había tenido una intensa relación carnal. ¿Qué ocurriría si alguno de ellos, tanto como su hijo, como Stella o el matrimonio Rivera se enterase de lo ocurrido casi treinta años atrás?

Rafael sabía parte de la historia, cuando Leontina le contó la verdad sobre Tomás, él se limitó a ordenarle silencio y para él era cosa olvidada, no existió nunca, llegó a decirle a la mujer que había poseído casi por la fuerza. Leontina no podía guardar ese secreto por mucho tiempo, la embargaba la desesperación, la rebeldía de no poder gritar esa verdad. Y no podría hacerlo, si ella lo revelaba, se desmoronaría su familia, no sabía qué actitud podría tomar Tomás. No podía pensar en su desesperación que ocurriría, pero, para Leontina Sosa, era prioridad que alguien se enterara para sacarse esa tremenda culpa que sentía y ahora que Cipriano, su marido, le había comentado lo sucedido entre los jóvenes, se agravaba la situación y era prioritario que alguien la ayudara a encontrar una solución. Pensó en Clarisa. Era mujer bondadosa, que tenía una relación afectuosa con ella y sobre todo su gran capacidad de escuchar con paciencia y de esa forma dar forma a una solución no traumática.

Se decidió buscar la manera de contactar a Clarisa, por eso, aquella mañana calurosa de un enero que recién comenzaba, montó su caballo y con firmeza se dirigió a la casona colonial, seguramente Clarisa la recibiría y la escucharía.

Llegó casi al mediodía, sabía que el coronel no se encontraba y que Clarisa podría recibirla. Efectivamente cuando bajó de su caballo, Clarisa se encontraba en la galería de entrada, sentada, tal vez, un merecido descanso ya que en su mano tenía un vaso con limonada. Cuando vio a Leontina, Clarisa se incorporó y fue a su encuentro, un poco sorprendida al saludarla le manifestó:

-Leontina… ¿a qué se debe tu visita?...pasa mujer, tienes una palidez muy acentuada en tu rostro…pasa y siéntate, ¿un vaso de limonada? – la invitó con voz complaciente.

Leontina obedeció y agradeció el ofrecimiento. Luego más recuperada, le preguntó:

-Doña Clarisa… ¿hay gente en la casa?

Clarisa se sorprendió y respondió:

-¡Qué pregunta extraña!... pero, precisamente, en este momento, estoy sola, como siempre – sonrió resignada.

-Doña Clarisa – comenzó Leontina con voz muy apagada, tenía miedo de lo que pudiera ocurrir- debo contarle algo que, desde hace muchos años usted debió saber y yo, por cobardía no le conté.

-¡No me asustes mujer! – Clarisa apagó su sonrisa y mostró un rostro preocupado -¿qué es lo que me tienes que contar?

-Verá usted…-dejó el vaso con limonada sobre la mesita de mimbre y trató de hilvanar las palabras justas para no crear una situación verdaderamente incómoda y provocar la desesperación, Leontina Sosa, continuó:- Hace muchos años, precisamente veintiocho han transcurrido, cuando el coronel no había contraído aún matrimonio con usted…- se detuvo, tenía la boca seca y tomó nuevamente el vaso ante la mirada un tanto sebera de Clarisa – se acercó a mi rancho, Cipriano, mi esposo, fue enviado por el coronel al pueblo inventando un pretexto, que aún no recuerdo y no importa, cuando mi esposo se marchó, el coronel se acercó a mí y…- volvió a detenerse, Clarisa impaciente le reclamó:

-Prosigue mujer…¿Qué ocurrió?, acaso…¿te poseyó?.

Clarisa había ido directo al tema, lo advirtió, porque conocía a su marido, Leontina asintió con la cabeza y luego prosiguió:

-De esa unión nació Tomás.

-¿Tomás? – repitió Clarisa, ya alarmada.

-Sí…Tomás es hijo de Rafael.

-Y ¡a que viene todo esto ahora! – le reprochó Clarisa - por qué me cuentas esto ahora, ¿Qué es lo que ocurre? – inquirió muy intrigada y ya preocupada.

-Esto no se hubiera sabido nunca, si no habría sucedido algo terrible.

-¿Se enteró Rafael? – interrumpió Clarisa muy nerviosa.

-El patrón lo sabe desde hace muy poco y  me ordenó callar y olvidar lo sucedido.

-Y… ¿Cómo sabes que Tomás es hijo de Rafael? y  ¿Cipriano?

-Lo mismo me manifestó su esposo…debo decirle que Cipriano es estéril, él no lo sabe, pobre, él no lo entiende…así es que, la seguridad es total, además – y se adelantó a noticiarle sobre Teófilo- Teófilo no es hijo nuestro, lo recogió Cipriano recién nacido de una criada de la Estancia El Progreso que falleció al tener al niño.

-¿Qué ocurrió ahora para que me vengas a revelar tremenda verdad? – el tono de voz de Clarisa sonaba inquisidor, no era la misma mujer y Leontina tuvo miedo, pero tenía que proseguir con su verdad.

-Doña Clarisa, no estaría yo aquí si lo que voy a contarle no fuera de extrema urgencia y necesidad.

-Mujer…decime por favor que ocurre - Clarisa ya no estaba asombrada, mas bien muy asustada.

-Es que es muy fuerte – le tomó la mano a la mujer y le pidió que tomara asiento junto a ella, después con los ojos llenos de lágrimas prosiguió – Cipriano vino a contarme una historia que vivió antes de la Navidad en el establo de la estancia, vio a Tomás y su hija Stella, viviendo un romance apasionado, brutal, carnal…

-¡Basta! – le exigió Clarisa - ¡que broma macabra es esta!...donde querés llegar con esta parodia…

-No es una parodia, doña Clarisa, es una desgarradora realidad, ellos son hermanos y han tenido relación carnal…Cipriano presenció la escena amorosa. Créame, no persigo nada con esto, es más, la paternidad del patrón me la iba a llevar a la tumba… pero esto cambia por completo la terrible realidad.

Clarisa no podía seguir escuchando a aquella mujer. No le creyó. Era una vil mentira, su hija jamás podría haber cometido semejante acto desmesurado. No, dijo para sí, esta mujer quiere algo más, tal vez busque revancha, después de todo llevaba sangre india, trataría de vengarse y obtener beneficios para su hijo:

-¡Retirate de mi casa! – ordenó Clarisa – ¡Te vas ya! No te creo en nada de lo que has dicho, ¡por Dios!- se persignó – es de una crueldad propio de alguien tan malvado que no podría haber pensado de vos, ¡mujer sin escrúpulos!, ¡que pretendés sacar de todo esto!. ¡decime! – y la tomó de los hombros fuertemente, Leontina no la escuchaba, solo lloraba y atinó a decir:

-Créame, doña Clarisa, no pretendo nada, solo quiero salvar a mi hijo y a su hija, ¡por lo que más quiera, créame!...

-¡Andate! – fue la última palabra amenazante de Clarisa  y a empujones la sacó de la galería– ¡India tenías que ser para tanta maldad! – remató Clarisa fuera de sí.

Leontina abandonó el lugar, montó su caballo y se marchó al galope, sin rumbo, estaba perdida, la única persona que podía haberla ayudado, no le creyó, a quien podría recurrir ahora, nadie iba a creerle, en su desesperada carrera no advirtió que el caballo castigado con furia por la mujer se desbocaba, corrió y la mujer fue derribada por una rama de un árbol añejo, cayó del caballo y quedó tendida en la llanura solitaria.

Leontina Sosa había acabado con su vida, se desnucó al caer y murió instantáneamente. Tal vez fue lo mejor que le ocurrió a su atormentada vida, lejos quedaba la casona de la estancia, muy lejos su rancho, el sol del verano golpeó fuerte en el cuerpo sin vida de Leontina Sosa, en esa inmensidad solo un árbol y una pobre mujer desesperada.   

***

Cipriano Vega, el capataz de la estancia “La Estrella”, llegó a su rancho al atardecer, le resultó extraño que su mujer no estuviera preparando la cena, como de costumbre, vio que el caballo de Leontina estaba con la montura y con las riendas sueltas, también se extrañó de ello, Leontina era muy precavida con esas cosas. Teófilo estaba en la casa y a él le preguntó:

-Que sabes de tu madre.

El joven le respondió:

-Salió antes del mediodía y no regresó.

-Pero - interrumpió afligido Cipriano – el caballo está aquí.

-Sí. Vino solo, pero, mamá no regresó.

-¡Hijo! – le reclamó Cipriano con severidad - ¡como no me has avisado!...¡pudo haberle ocurrido algo a tu madre!... ¿dónde está Tomás?.

-Todavía no regresó.

- Andá a buscarlo, ¡rápido!, no podemos perder más tiempo, algo le ha ocurrido a tu madre.

Teófilo salió corriendo, recién comprendió lo que su padre le decía con desesperación. Tomás aún trabajaba en el campo, subido al tractor araba una parcela. Teófilo llegó a la carrera, gritando:

-¡Tomás!....¡Tomás!...regresa a casa…algo ha ocurrido con mamá.

Tomás no lo escuchaba…seguía en sus labores, hasta que Teófilo se le interpuso:

-¡Eh!...¡tontito!...- le gritó jocosamente- ¡que te pasa!...

Teófilo no tenía casi voz, estaba muy agitado, había corrido casi cinco kilómetros y la angustia lo embargaba, Tomás apagó su sonrisa al ver que su hermano tenía el rostro desencajado, traspirado y asustado, ya alarmado le preguntó:

-Teófilo…¡que ocurre!...

Teófilo pudo recuperar el habla y le dijo:

-El tata dice que vayas urgente…mamá se fue al mediodía y no ha regresado…está alarmado, teme que algo le haya ocurrido…

Tomás apagó el encendido del tractor y lo abandonó en el medio de la parcela, corrió unos cuantos metros hasta que tomó el caballo lo montó y galopeó hasta donde estaba parado Teófilo:

-¡Vamos!...subite…

Y a todo galope se dirigieron al rancho. Allí estaba Cipriano, sentado y sus brazos apoyados en la mesa, con los ojos llorosos por la angustia, Leontina no era de hacer esas cosas, ella siempre estaba en la casa, trabajando en sus quehaceres domésticos, cuando no, ayudando en las tareas del campo. Pero, esta vez no había aparecido por el campo donde trabajaban arando la tierra.

Tomás se acercó a su padre y le preguntó:

-¿Qué pasa, Tata?

-No sé hijo…tu madre no ha aparecido desde el mediodía, según me narró Teófilo…me temo que algo malo puede haber acontecido.

-Pero, ¿Dónde fue?... ¿lo sabés Teófilo?

-No. No me dijo nada, montó su caballo y tomó rumbo para la casona.

-¿La casona? – preguntaron al unísono padre é hijo.

-Sí. – respondió algo confundido el muchacho – creo que tomó ese rumbo…no sé – dudó.

-Pues, entonces, habrá que ir para allá – respondió Tomás.

Era de noche, una noche muy oscura, ¿Quién los atendería en aquella casa?. Al coronel le molestaba que lo interrumpieran sino era por algo importante y Leontina…¿era importante para el patrón?...

-Hijo – reflexionó Cipriano – es muy tarde ya, está oscuro y no podemos saber bien donde fue tu madre…debemos esperar é iniciar la búsqueda por la mañana.

Cipriano tenía razón. Nada se podía hacer en la inmensidad de la llanura. Había que esperar y una luz de esperanza, mientras tanto, podía verse en la larga y trágica noche para los Vega. A lo mejor, Leontina aparecía. Había que esperar y pasar la noche en vela. Pero, la esperanza se apagaba a medida que transcurrían las horas. Leontina no aparecía y la angustia se hacía más desesperante.

Por fin amaneció. A las cinco y diez de la mañana, Cipriano y Tomás tomaron sus monturas y se dirigieron al pequeño establo donde estaban los caballos, los prepararon en silencio. Nada bueno iban a encontrar, ambos lo sabían. Teófilo, a pesar que quiso acompañarlos lo convencieron que se quedara por si había noticias. ¿Dónde podría estar Leontina en la inmensidad de la pradera?, los campos de La Estrella eran en su mayoría vírgenes, no se habían cultivados todavía miles de hectáreas. Todo resultaba difícil para llegar a conocer el lugar exacto donde estaba Leontina.

Cipriano, además de capataz, era un experto conocedor de las tierras que circundaban la estancia, hacia dentro, palmo a palmo las había recorrido, pero en esa inmensidad, la congoja que lo apenaba, el cansancio y la vejez que hacían que sus años le pesaran y lo turbaran, se transformó en una peligrosa aventura, Tomás le ayudaría y pronto encontraría a su madre, con una actitud reflexiva, inteligente y perspicaz le sugirió a su padre:

-Mamá conocía muy bien el camino a la casona…algo debió de ocurrir para que hiciera que no llegara a destino, tal vez, tuvo una descompostura o tal vez el caballo se desbocara…no sé Tata, podemos hacer un camino distinto desviándonos de la ruta hacia la casona, la búsqueda debe orientarse en otro sentido…

-Tal vez tengas razón hijo. Tu madre sabía bien lo que hacía, pero en esta oportunidad, ¿Qué pudo haber ocurrido?...me inclino llegar a la casona, primero.

-Entonces – lo interrumpió – usted vaya a la casa del patrón y yo cambiaré la ruta, tomaré por el lado opuesto, hacia el oeste.

-Está bien – asintió el capataz.

Cipriano emprendió el camino hacia la casa colonial. Había transcurrido hora y media desde que salieron del rancho, en una minuciosa búsqueda, Cipriano no encontró rastros hasta llegar a la casa del patrón. Rafael ya había salido. Clarisa servía el desayuno a sus hijos y a Federico, cuando se anunció Cipriano:

-Perdón doña Clarisa por la hora – se disculpó.

Clarisa se sorprendió al verlo allí parado y muy temeroso:

-¡Hombre!... ¿qué hace usted aquí? – preguntó sorprendida la mujer-¿no debería estar con mi marido trabajando?

-Es que una gran pena me invade, doña Clarisa – respondió el hombre- no sabe usted – y pronto hizo la pregunta que Clarisa no quería oír – ¿si mi Leontina vino ayer a verla?

Clarisa no respondió de inmediato y luego manifestó confundida:

-No – mintió – no ha venido, es más, hace tiempo que no nos vemos.

-Mi hijo Teófilo me informó que alrededor del mediodía tomó su caballo y rumbeó    hacia esta dirección – desde ayer que no la hemos visto.

Clarisa estaba a punto de desfallecer, ¿por qué mintió?, tuvo miedo de las revelaciones de Leontina, pero insistió:

-Pues, aquí no estuvo, Cipriano.

-Está bien – se resignó el hombre – mi hijo Tomás está recorriendo el campo. Tenemos una grave tribulación, nunca había ocurrido algo así con Leontina.

-Claro, si, ella era muy conocedora del lugar… ¿Mi marido conoce la situación? – preguntó.

-No, hemos salido muy temprano, pasamos la noche en vela pensando que un milagro se produciría y nuestra Leontina apareciera, por cierto…- se detuvo pensativo Cipriano- el caballo volvió al rancho, según me confesó Teófilo, pero varias horas después…de todos modos muchas gracias doña Clarisa…voy en busca de Tomás.

Clarisa no respondió al saludo del capataz, sus hijos la notaron extraña, incluso Federico se arriesgó a preguntar:

-¿Estás bien tía?...

-Si…estoy bien, pero preocupada.

-¿Por qué te vas a preocupar?, después de todo Leontina Sosa era una india baqueana y ya va a aparecer – expresó Stella sin ningún tipo de compasión ante la preocupación del capataz y de su madre.

-Vos siempre tan indiferente a todo – le reprochó Roberto – pobre mujer, deberíamos todos ayudar a esa familia – reclamó, aún sin pensar que era la madre de Tomás, el peón que lo había humillado, pero era superior a todo aquello, se trataba de una persona de la casa y había que ayudar.

- Tal vez tengas razón, querido hermano, pero no es para tanto.- acotó y se levantó de su silla con dirección al dormitorio, no quería entrometerse en los problemas de Tomás, dejaría pasar unos días y luego lo citaría nuevamente, después de todo, pensó, él me responderá pase lo que pase.

***

Cipriano siguió el camino indicado por su hijo, lo encontró, Tomás estaba arrodillado  tomó fuerzas y muy lentamente se apeó del caballo y avanzó caminando, divisó el cuerpo inerte de Leontina, su mujer, se aproximó más rápido y tomó a su hijo por detrás, Tomás no se sorprendió, sabía que era su padre, lo miró en silencio, luego se levantó viendo que las fuerzas de su padre flaqueaban ante aquella escena de dolor:

-Tata – al fin pronunció - …está muerta, mamá está muerta.

Cipriano contempló el cuerpo de su mujer, aún así, con la palidez mortal, se veía hermosa, el pelo negro que pintaban algunas canas, largo hasta la cintura,  recostado hacia atrás de la nuca rodeaba su delgado rostro. La sangre coagulada por el efecto de tremendo impacto había penetrado la tierra. El cuerpo frágil de esta mujer fue levantado por Tomás, no podría verla allí inerte por más tiempo. Tomó coraje y entre sus brazos volteó el cuerpo sobre su caballo. Cipriano no respondió y no derramó una sola lágrima, esperó que su hijo le ordenara:

-Vamos tata, hay que regresar al rancho. Necesita que la velemos y le demos cristiana sepultura. No hay caso .Ella ya no está entre nosotros. Sea fuerte, tata querido.

Cipriano Vega perdió lo que más había amado en su vida. Leontina había sido su sustento, su fortaleza, le había dado todo lo que él no había tenido, además de un devoto amor,  fortalecido por treinta largos años.

***

El coronel Rivera llegó en su camioneta al rancho de los Vega, muy indignado, se bajó y entró a la humilde vivienda, Teófilo estaba dentro esperando por su padre y hermano, a él se dirigió con irreverencia le preguntó:

-¿Dónde está tu padre y el vago de tu hermano que no han ido a trabajar?

Teófilo asustado por la mirada fija del patrón atinó a responder:

-Fueron a buscar a mi mamá…se fue ayer y no ha regresado aún.

-¿La india se ha ido?... ¡adonde!

-No lo sé…el tata debe estar por llegar…espérelo.

-Esperar… ¡son todos unos vagos!...¡la india sabe cuidarse sola!...¡que tienen que ir a buscarla! – Rafael estaba muy nervioso, cegado por la desobediencia del capataz de no haber ido al trabajo ese día y no haberse enterado, además Tomás había dejado el tractor en medio de la parcela toda la noche, abandonado; eso lo había enfurecido aún más.

En ese preciso momento llegaron Cipriano y Tomás, que escucharon el alboroto que el patrón hacía en su vivienda, Tomás recobró fuerzas y se preparó para encararlo, pero Cipriano lo detuvo:

-No Tomás…por favor, por respeto a tu madre, no lo hagas.

Tomás se contuvo una vez más, Cipriano entró al rancho, mientras el hijo retiraba el cuerpo de Leontina, el coronel le increpó:

-¿Qué has estado haciendo viejo inútil?... ¿acaso no sabés que hay mucho por hacer?...

- Patrón…Leontina está muerta.

Rafael pareció no entenderle, siguió con sus insultos hasta que vio a Tomás que entraba con el cuerpo de Leontina en sus brazos, el coronel reflexionó y preguntó:

-¿La india está muerta?

A lo que respondió Tomás:

-¡Mi madre ha muerto, señor!

Teófilo rompió en llantos y se abrazó a su padre al ver tan dantesco espectáculo, Rafael no supo que decir, no podía creer que Leontina hubiera muerto, pero inmediatamente recobró la soberbia que lo caracterizaba y les manifestó saliendo del lugar:

-Tienen un día para darle cristiana sepultura…lo lamento…era una buena mujer.

Rafael subió a la camioneta, puso sus manos en el volante y respiró profundamente, se sentía más aliviado, por fin dijo en voz alta:

-¡Carajo india! ¡me hiciste un gran favor!, ahora podré dormir tranquilo.

Rió sarcásticamente y salió a toda marcha.

El coronel no sabía que horas atrás Leontina Sosa, presintiendo tal vez un desenlace fatal contó la verdad a  Clarisa, si bien la mujer de Rafael no le creyó, pronto se daría cuenta que lo que le había expresado aquella mujer era una gran verdad.

Continuará…

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