Federico Montemaggiore: Una historia singular (15)

Capítulo 15: “El Regreso”

Buenos Aires, junio de 1974

En una Argentina convulsionada  en junio de 1974, Federico Montemaggiore y su madre regresaron al país y de inmediato, viajaron al pueblo donde se suponía se encontraba Rocío y Clarisa.

Al ver la vieja casa, Federico se extrañó de no encontrar las rosas en el jardín: “En un tiempo había rosas en el jardín…hoy ya no” repitió en voz alta, Elena contempló la casa y le manifestó:

-Parece abandonada.

Federico se aproximó a la puerta de entrada y golpeó con fuerza. Al rato salió un hombre ya anciano:

-¿A quien busca?

-La familia Rivera Moscoso – repuso Federico.

-No viven desde hace por lo menos dos años. Se trasladaron a la Capital Federal.

-¿Conoce usted su dirección?

-No. Soy el casero. Su dueño actual es el Coronel Manuel Benitez Flores.

-¿Me permite hablar con él?

-Imposible. El se encuentra en Buenos Aires. No regresa hasta el mes de enero.

-¿La familia Ayala?, tiene usted noticias.

-No viven más en éste pueblo. El señor Andrés Ayala se encuentra en Estados Unidos.

Federico comenzó a desesperar. ¿Cómo ubicaría a Rocío en Buenos Aires?. De pronto recordó que tenía la dirección de Stella.

-Mamá – le dijo, su voz parecía un canto de esperanza  – debemos volver a Buenos Aires, Stella, la hija de tía Clarisa, tengo su dirección, ella podrá darnos el domicilio de tía Clarisa y Rocío.

Llegaron a Retiro y de inmediato Federico ubicó a su madre y a su hijo en un hotel  de la Avenida de Mayo, él tenía la dirección de Stella registrada en su agenda. Se aseguró antes leyendo la dirección y salió en busca de un taxi. Vio a una Buenos Aires cambiada, temerosa por el accionar de comandos a los que llamaban “terroristas”, pero no solo desde la izquierda, desde la derecha el Ministro de Bienestar del agonizante gobierno de Perón, se acercaba el desenlace de su muerte, había formado una asociación ilícita a la que llamaban la Tripe A  (Asociación Argentina Anticomunista) de extrema derecha. La gente se resistía a dar información. Corría el miedo, no había confianza en el viejo conductor y menos aún quien iba a sucederlo, su esposa doña María Estela Martinez a la que los peronistas sindicalistas llamaban cariñosamente Isabelita. Federico llegó al edificio donde supuestamente vivía Stella. Pero, una vez más la frustración y la desesperación. Stella, se le informó ya no vivía allí, se había ido en el año 1971 y no había dejado su nuevo domicilio. Consternado, sin esperanzas, Federico regresó al hotel:

-Nada. Madre. Nada. Stella partió con rumbo desconocido. Nadie sabe dónde está. ¿Dónde busco ahora en éste país del desconcierto?

-No debes desesperar. Creo que lo mejor será que regresemos a París.

-No – fue un rotundo no – debo encontrar a Rocío, saber que es de la vida de ellos. ¿Cómo comenzar?, no lo sé. Estoy cansado. Ven Jean – llamó a su hijo – quédate conmigo en la cama. Deja que tu abuela descanse bien.

En la madrugada de octubre de 1974, habían transcurrido cuatro meses de un búsqueda intensa, cuando la situación del país ya era caótica, Perón había muerto el 1 de julio de ese año y la Presidenta Martinez no podía contener el desborde económico y social, más aún las acciones de la guerrilla que se había autoexcluido en la clandestinidad, mantenían en vilo a los Montemaggiore que en una búsqueda infructuosa, las esperanzas ya estaban perdidas. La habitación del hotel donde residían momentáneamente rompió el silencio, un golpe seco en la puerta. Federico se levantó y corrió el cerrojo. De pronto un fuerte empujón, rompió la puerta y con fuerza dos hombres penetraron en la habitación:

-Servicio de Inteligencia – se anunciaron.

Federico quedó atónito. Su madre despertó aterrada.

Los hombres preguntaron:

-¿Federico Montemaggiore?

-Sí – alcanzó a pronunciar Federico

-Debe acompañarnos, sin resistencia, por favor.

- ¡A qué se debe este atropello! – manifestó el joven con ira.

-No haga preguntas y acompáñenos.

Lo tomaron por la fuerza y lo sacaron. Federico en su desesperación, alcanzó a rogarle a su madre:

-¡Pronto, mamá. Ve al juez. Un Habeas Corpus. Al consulado francés….no lo olvides!

Cuando decía estas últimas palabras, ya estaba en los pasillos del hotel. Elena Azcurra y su nieto Jean no volvieron a ver a Federico Montemaggiore.

Elena, desesperó. El gerente le solicitó gentilmente que abandonaran el hotel, la policía federal había requisado el lugar ante la denuncia de la desaparición de una persona de apellido Montemaggiore, lo mismo llegaron al hotel tropas del ejército, en un día el infierno, no detuvieron a Elena porque exhibió el pasaporte francés, pero registraron el dormitorio. Elena corrió al primer juzgado y presentó un recurso de habeas corpus, tal como su hijo le había pedido. El juzgado tomó la declaración pero no dio seguridad de un resultado inmediato. A la tarde, instalada en otro hotel y con escasos recursos, Elena se entrevistó con el Cónsul Francés.

-Se trata de mi hijo, es ciudadano francés y fue tomado por la fuerza en la madrugada. Desconozco su paradero, ¡Monsieur, por favor mi hijo corre peligro, ha desaparecido.

-Veremos qué podemos hacer, Madame. Su hijo es una persona importante, pero está radicalizado y esto no es bueno en estos momentos que vive el país argentino. Hablaremos con los organismos de seguridad argentina. Queda la posibilidad que se encuentre detenido en alguna comisaría o lo que es más peligroso en algún centro de detención militar.

-Pero…- sorprendida Elena – no es esto acaso ¿una democracia?

-Madame- sonrió el cónsul francés – esto no es una democracia. Esto es un país sin rumbo y …perdone usted…sometido al caos y la violencia.

-No quiero asustarme. Tengo a mi nieto, él es francés.

-No se preocupe. Lograremos la búsqueda de su hijo y le recomiendo que deje el país y vuelva a Francia. En todo caso, nosotros nos ocuparemos del tema.

-No tengo casi dinero para retornar. Busco a mi familia y no la encuentro. Estoy desesperada.

-El consulado pagará sus boletos de regreso. No se detenga en este país por más tiempo. Mañana a esta misma hora, la atenderé personalmente y le informaré sobre el posible paradero de su hijo.

Elena salió del consulado aún más desesperanzada que cuando acudió en ayuda, el pequeño Jean le preguntó:

-¿Y Papá donde está?...¿qué sucedió, abuela?

-Oh mon petit…no lo sé. Pero él volverá…y regresaremos a París.

-Si abuela. No quiero quedarme aquí. Quiero volver a París.

-No te preocupes mon petit, mon cher…retornaremos pronto.

Las manifestaciones se volvieron el denominador común. Los secuestros y asesinatos de personalidades de la cultura y la política desaparecían o eran asesinados ya fuera en lugares públicos y o privados. Ni al día siguiente ni los sucesivos el consulado tuvo respuestas para Elena:

-Los servicios de seguridad no tienen registrado a Federico Montemaggiore. Madame aquí pueden ocurrir dos cosas – la voz del cónsul se escuchó grave y preocupada – Hay elementos de izquierda, que valorando la posición política  de su hijo  lo hayan retenido para que colabore en sus planes estratégicos; o la derecha ultra conservadora lo ha…

-¿Asesinado? – se anticipó Elena.

-No lo sabemos, es posible. También queda una tercera suposición, que cualquier organismo de las fuerzas armadas lo tenga retenido en algún campo de concentración.

-¡Oh  mon Dieu! – exclamó Elena – no, s’il vous plait…mon fils…mon fils…

-Tranquila Madame, tengo los pasajes para usted y su nieto. Estaremos en contacto con el Ministerio de Relaciones Exteriores en París. Deben viajar mañana por Air France. No espere un minuto más. El paradero de Federico Montemaggiore es desconocido, ni usted ni yo podemos hacer nada al respecto, por ahora. Tome estos pasajes y salga inmediatamente del país.

Elena Azcurra, salió del Consulado consternada, temía por la vida de su hijo. Ya nada podía hacer. Tampoco supo del paradero de su hermana Clarisa. Todo un enigma. El desorden administrativo, el caos político, la desidia de la gente marcaba a fuego un trágico período de la historia argentina. Elena retornó a París junto a su nieto y no volvió a regresar.

 

 

FIN DEL TOMO I

 

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