Federico Montemaggiore: Una historia singular (2)

Capítulo 2: “El Arribo”

En un tiempo había rosas en el jardín. Hoy, ya no. Vacía, gris, sin vida;  sin flores y sin almas. La observo con desazón, con tristeza y con ilusiones desesperadas donde dejé impreso el tesoro más preciado: mi adolescencia   Hoy  he vuelto a esta casa siendo un hombre, con el sueño rememorado pero quebrado por la angustia que padezco de un reencuentro.  La nostalgia embarga mis sentimientos, mi corazón, todo mi ser, pienso que debo – y esto es una obligación moral  – recordar cada instante de los acontecimientos vividos en esa casa….”

Así Federico Montemaggiore reflexionó aquella mañana cuando regresó a la vieja casa del pueblo donde pasó un verano singular junto a sus parientes.    

 

Diciembre de 1961.

En el año 1961 gobernaba en Argentina el Doctor Arturo Frondizi, un radical disidente fundador de un movimiento de carácter desarrollista que dividió a la antigua Unión Cívica Radical en dos partidos políticos; La Unión Cívica Radical Intransigente, del cual él era su máximo dirigente y la Unión Cívica Radical del Pueblo, el viejo tronco de Alem con la conducción del Doctor Ricardo Balbín. Frondizi había llegado a la presidencia en 1958 gracias a un pacto que celebró con el derrocado ex presidente justicialista exiliado en España, Juan Domingo Perón. Las bases militantes del proscripto partido que en 1955 un complotado ejército, marina y aeronáutica habían terminado con lo que ellos llamaban “el régimen peronista” una “dictadura fascista” que  se describía en los textos obligados en la secundaria cómo la “Segunda Tiranía” en alusión franca a la “primera Tiranía” de Juan Manuel de Rosas. Pero no solo se complotaron las fuerzas  armadas del país para derrocar a Perón, también partidos políticos opositores como la Unión Cívica Radical, el Socialismo y hasta el Comunismo, que, celosos porque Perón les había “arrebatado” los gremios y la clase más empobrecida y obrera, a la que según marcan los seguidores del General, les devolvió la dignidad perdida, dándoles vida a quienes se sentían marginados en una Argentina conservadora.

Frondizi, a partir de su asunción comenzó una verdadera revolución económica, la industrialización del país se hacía realidad en una Argentina aferrada solo a la producción agrícola-ganadera y de una economía agroexportadora, se transformaba de a poco en una economía que generaba trabajo tanto en la industria como en el tercer sector importante de la economía como lo era el de servicios y comercio. Su política agresiva en materia de petróleo, apertura de nuevos mercados internacionales, inspirado en la doctrina del desarrollismo de su principal mentor, el doctor Rogelio Frigerio, provocó un resurgimiento que, en lo político, no dio el mismo resultado en principio por dos razones fundamentales; primero, no se cumplió lo pactado con Perón, cual era, anular la proscripción del Partido Justicialista y promover el regreso del líder justicialista al país. Esto motivó el accionar de dos fuerzas contrapuestas: las fuerzas conservadoras que ponían sus esperanzas en el accionar de las fuerzas armadas como motor principal y motivador del fracaso de la insipiente democracia y por el otro lado, los gremios peronistas agrupados en la llamada 62 Organizaciones que, al ver incumplidas las promesas del Presidente, estaban expectantes a las directivas de su líder radicado en Madrid que, en definitiva. terminarían por desestabilizar al nuevo gobierno. Más, con todas estas fuerzas contrarias, Frondizi había llegado a 1961, logrando muchos de los objetivos propuestos. El panorama internacional  de esa década iniciada no era muy alentador, La Unión Soviética que mantenía su política de un imperialismo comunista, haciendo frente a los Estados Unidos, habían conformado dos grandes bloques internacionales: El Bloque Occidental cuyo liderazgo ejercía, obviamente, Estados Unidos y el Bloque Oriental con la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, que desde Moscú ejercía su influencia en toda la Europa Oriental hasta en la dividida Alemania. Fue el período que se conoció como Guerra Fría. La ex capital de la Alemania de post guerra dividida desde 1945 por las fuerzas vencedoras, trazó en aquella ciudad un muro, el muro de la vergüenza, como se lo denominó a fin de evitar que alemanes orientales se pasaran a occidente, de la opresión comunista a la libertad incondicional del mundo capitalista. De manera tal, que, cuando comienza la historia de este joven tan singular: Federico Montemaggiore, un adolescente de apenas dieciocho años, inteligente, sagaz, pero de una timidez notoria, pasaría en casa de sus tíos, una pequeña temporada veraniega antes de partir rumbo a Europa, donde residían sus padres Allí vivió una historia de pasiones, mentiras, conspiraciones e incomprensiones que marcarían para siempre su azarosa vida.

***

El tren que llegó al pueblo con retraso de media hora a la hora de la siesta, con una temperatura promedio de 30ºC. Para Federico Montemaggiore la primera impresión que tuvo fue bajar a un páramo, molesto por el calor y la soledad del lugar una típica estación de principios de siglo, tomó su maleta y un bolso de cuero y se acercó al único personaje de esta historia que estaba por comenzar en su vida, el guarda y jefe de la estación y de manera vehemente le reprochó:

-¿No hay en este pueblo un taxi?

El hombre que cumplía las funciones de guarda de la estación lo mira iracundo y con voz de tutor  responsable de un adolescente le respondió:

-¿Es usted el señorito Federico?

Más calmo, Federico respondió:

-Soy el sobrino político del Coronel Rafael Rivera Moscoso y quiero llegar a su casa…vengo a pasar el verano…bueno –miró a su alrededor y disgustado por el panorama poco acogedor del pueblo pequeño exclamó – espero que sea por un corto período, ya veo que no hay nada por aquí.

 - Soy el Jefe de la Estación ferroviaria, el Coronel Rivera Moscoso me pidió que lo acercara hasta su casa. Venga yo lo acompaño – y el Jefe de Estación Facundo García le tomó la pesada maleta.

Caminaron un par de cuadras, calles de tierra y polvorientas, hacía mucho tiempo que no llovía, lo que hizo reflexionar a Federico y para romper el largo silencio:

-¿No ha llovido últimamente?

- No hijo - respondió Facundo - estamos en periodo de seca. Dios está   enojado con este pueblo, los más jóvenes emigran y los viejos esperamos un milagro. – Y agregó- ya llegamos a la casa de tus tíos.

Federico levantó la cabeza y lo primero que sus ojos vieron de la casa fue el hermoso jardín cubierto de rosas de diversos colores y exclamó:

-Aquí no ha habido sequía!... mire ese jardín.

- Si…es que…doña Clarisa tiene un don especial en sus manos… todos aquí en el pueblo se preguntan lo mismo que usted  jovencito.  

-Es bellísimo… me reconforta admirar el colorido de estas rosas. 

El viejo guarda de trenes lo observó sorprendido y expresó:

-Hijo, los adolescentes de por aquí no contemplan las bellezas de la naturaleza, solo se limitan a cortarlas cuando pueden y si el coronel no los ve.

Federico  con una sonrisa casi melancólica le respondió:

-Es que éste jardín le da vida a éste  páramo. Invita a dedicarle algunos versos.

-Eso es bueno – añadió Facundo - dedique aquí todo su potencial para escribir poemas, la naturaleza lo inspirará y seguramente cuando conozca a su hermosa prima Stella… -se detuvo y cambiando de tema exclamó:-allí sale doña Clarisa.

Clarisa, una mujer muy delgada, de casi cincuenta años, de tez muy blanca, cabellos castaños y ojos color café,  labios pronunciados, apenas con un tenue color rosado, muy hermosa, muy parecida a su madre.  Federico casi no recordaba a su tía se sorprendió de aquella mujer que con franca sonrisa pronunció su nombre:

-Federico…Federico Montemaggiore, ¿Cómo has crecido? Y… ¡qué guapo estás…!

Federico se sonrojó sus ojos azules que contrastaban con su cabello negro se iluminaron de satisfacción por los elogios de su tía y más relajado a pesar de la larga trayectoria desde la ciudad al pueblo en ese tren que se conducía a carbón y recorría una velocidad máxima de 70 km, exclamó:

-¡Por fin…la civilización! – Y observó a Facundo que fruncía el ceño en signo de protesta silenciosa,  agregó – solo era una broma…

-Ven, hijo – exclamó Clarisa – dame un abrazo.

Federico se acercó a la mujer que extendía sus brazos y sintió el aroma del perfume a violetas que despedía suavemente de su cuerpo .El abrazo se prolongó por unos segundos y Federico ya se sentía como en su propia casa.

-Entremos…Rafael ya regresa y Stella salió a cabalgar – y dirigiéndose a Facundo expresó – gracias Facundo por traerme a mi sobrino.

-Ha sido un placer doña Clarisa. Que tengan un buen día.

El hombre se retiró y mientras se alejaba, Clarisa y Federico entraban a la casa.   

La casa estilo clásico decorada con  muebles de robles y cuyas paredes estaban pintadas de un verde claro reluciente, cortinas de voile blanco prolijamente repujadas contrastaban con las satinadas de una tonalidad verde esmeralda. Las paredes con cuadros familiares en especial del coronel Rafael Rivera Moscoso que lo mostraba en su uniforme militar de gala. Una foto de su prima Stella en su cumpleaños número 15,  con un clásico vestido blanco y un lazo de color rosado sobre su delgada cintura. Su sonrisa clara destilaba alegría y a la vez desafiante ante la mirada de algún joven que en esa fiesta, tal vez quiso sentirse atraído hacia ella. No recordaba bien el carácter de su prima. La había visto tan solo un par de veces cuando sus padres solían venir al pueblo, de eso hace un par de años o tal vez más. Miró a su alrededor y redescubrió aquella casa que por un verano iba a ser su hogar.

Clarisa interrumpió su pensamiento preguntándole:

-¿Estas cansado?...- y se corrigió – pero…que tonta soy, ¡claro que estás cansado!, deberías recostarte, compartirás la habitación con tu primo Roberto…

¡Claro!... se había olvidado de  Roberto…tan solo tenía un año más que él, pero no sentía simpatía por aquel primo. Roberto era todo lo contrario a él. Era fuerte, atlético, de contextura delgada, de estatura media, tal vez un metro y setenta centímetros. Él medía un metro ochenta pero dada su delgadez y poca musculatura su contextura corpórea era desgarbada.

-Si…-exclamó taciturno- no lo recuerdo bien, pasaron algunos años  - luego añadió -    pues no, no estoy cansado…prefiero conversar, hace mucho tiempo que no estoy en contacto con tu familia.

- Si, así es…Federico, tu madre Elena no ha sido una hermana que le haya interesado sobre las cosas de la familia…

- Tal vez por la ocupación de papá – trató de disculparse Federico.

-Claro…tal vez sea así, pero recuerdo cuando adolescentes no nos frecuentábamos, ella siempre compartía sus cosas con sus amigas….- observó a Federico que parecía incomodarse y añadió – pero, no quiero ponerte en una condición de fastidio…disculpa.

-No, por favor, yo…comparto lo que dice…me crié con la nana María ella me brindó el calor necesario para no caer en la indolencia y la frialdad que anida en la familia Montemaggiore – expresó con cierta nostalgia,  miró largamente a su tía, le tomó la mano y exclamó – creo que aquí me sentiré mejor…no puedo decir como en mi casa…

-Bueno, Federico –interrumpió Clarisa con una sonrisa que dejaron al descubierto una hermosa dentadura blanca y pareja- basta de recuerdos y ¿Qué te parece una taza de té?

-Sí –afirmó Federico más animado – cuando quieras…tía Clarisa.

-Luego, acomodarás tus cosas…ahí- se interrumpió – ha llegado tu primo Roberto.

Federico giró su cabeza hacia la puerta de entrada y observó que entraba un joven ataviado con típico traje rural, botas y bombachas de color marrón claro una camisa blanca y un pañuelo a lunares blancos sobre un fondo verdoso, el cabello despeinado y una mirada profunda y lleno de asombro lo interpeló:

-Creo reconocerte… ¿Federico Montemaggiore?...

-Sí, el mismo…primo Roberto.

Ambos se confundieron en un abrazo y Federico percibió el perfume a lavanda que despedía de su cuerpo, como asimismo el abrazo de su primo se tornaba fuerte y atrayente a su cuerpo, esto lo dejó algo confundido, ambos se miraron nuevamente y por fin Roberto se separó de su primo dando una palmada en su hombro derecho a la vez que se expresaba con voz ronca y su característica tonada campestre:

-¡Cuánto tiempo ha pasado!...- y mirando a su madre la saluda con un beso- hola mamá…un huésped en la familia… y ¡de lujo! - sonrió pícaramente para agregar- ha venido de la gran ciudad a este pueblo tan pequeño- y dirigiéndose a Federico le expresó – me encargaré de no hacerte pasar mal este tiempo.

-No te preocupes- interrumpió Federico- ya me siento reconfortado de estar junto a ustedes.

-Sentate – invitó gentilmente - yo me ubicaré aquí – señalando un cómodo sillón – a mi lado y mientras mamá prepara el té me hablarás un poco sobre vos.

-Poco es lo que puedo decir- exclamó con cierta timidez- he concluido mis estudios secundarios…y bueno – rió- aquí estoy…pasaré el resto del verano con ustedes y luego viajaré a Roma…papá fue designado agregado diplomático en la embajada, pienso seguir mis estudios universitarios.

 -¿Te decidiste por alguna profesión en particular? - interrumpió Roberto.          

 -Si - se apresuró a contestar Federico - Diplomacia.

-Ah…-exclamó  Roberto – sigues la línea de tu padre.

- Y del abuelo Alberto –agregó rápidamente Federico.

-Sí, claro…no lo sabía…pero, haber te pregunto - inquirió el primo - ¿es realmente tu vocación?

Para Federico esa pregunta le pegaba fuerte…su primo había dado en el centro de la duda que lo había perseguido durante un largo tiempo y se sinceró:

-No lo sé…tal vez sí o…no, es que no quisiera defraudar a mi padre y en definitiva a la familia Montemaggiore.

-No primo - interrumpió Roberto moviendo la cabeza en actitud negativa - no podés darle el gusto a los demás y restringir tu verdadera vocación…debés pensar en vos, tenés repetir siempre “primero yo” –sonrió frunciendo el seño y pronunciándose sus hoyuelos faciales.

Federico lo miró fijamente y por primera vez  reflexionó internamente que su primo Roberto no era la imagen que él se había formado en aquellos años de la niñez, que había algo más que lo atraía y que en su mirada franca se escondía una personalidad madura, equilibrada…pero, tal vez pensó ¿no se estaría equivocando?, el tiempo podría develar esa incógnita.

-¿Te ocurre algo? - interrumpió Roberto el súbito silencio de Federico, y agregó – parecías un tanto ausente…- sonrió nuevamente.

-No…perdoná…-  se disculpó  -  es que tenía otra imagen sobre vos.

-Si…si - interrumpió nuevamente el primo - ya lo sé, acaso… ¿ya has hablado con Stella?

-¡Oh no!- se sorprendió Federico- aún no la he visto.

-Bueno-exclamó Roberto echándose hacia el respaldo del sillón – porque es la única que puede hablar mal de mi…no le hagas caso…todo lo que diga en mi contra no es verdad.

-Lo tendré en cuenta - añadió Federico  y cambiando abruptamente de tema - y contame sobre vos, tus planes…que hacés, además de atender el campo de tu padre.

-Disfruto de la vida de campo, amo este pueblo, a su gente, en fin, aquí me siento bien, estoy en paz conmigo - se sinceró el primo.

Federico volvió a contemplar a su primo, sus facciones casi perfectas, un rostro tan hermoso como temperamental, sus cabellos despeinados por el viento y su tez tostada por el sol del verano. ¿No era el mismo primo que había conocido tiempo atrás?, o tal vez ¿no lo había mirado con la misma intensidad como lo hacía ahora?

De pronto se abrió la puerta de entrada y hacía su presencia el Coronel Rafael Rivera Moscoso, ambos se sobresaltaron, Federico por reflexionar sobre su primo y Roberto tal vez porque al igual que Federico había fijado su mirada en aquel muchacho  desgarbado y pálido de piel suave, de ojos muy azules que contrastaban perfectamente con sus cabellos negros y bien peinados, un muchacho de ciudad, de muy buena educación, muy tímido y de triste mirada, aseguraba en su pensamiento que éste primo habría sufrido mucho.

 -¡Ah! - exclamó con voz grave el Coronel - el hijo de Abelardo Montemaggiore… ¿Federico?

Federico se incorporó y se aproximó al Coronel extendiendo su mano para saludarlo, pero el Coronel lo tomó por sus hombros y lo estrechó hacia él en un fuerte abrazo, a la vez que exclamó:

-¡Venga un fuerte abrazo, muchacho! ¿Cómo ha sido tu viaje?

Federico se sentía sofocado por el apretón del Coronel que no lo soltaba hasta que Roberto terció:

-Papá – intervino Roberto - suficiente, el chico no puede expresarse, lo estás ahogando con tu abrazo.

-Oh si, disculpa hijo- se excusó el Coronel, separándose de Federico.    

-Un viaje largo y tedioso - se pudo expresar por fin Federico - el servicio de los ferrocarriles está cada vez más malo…

-¡El país está cada vez peor! – interrumpió el coronel y como si no le importara si les interesaba a esos jóvenes su opinión política siguió su discurso como si estuviera frente al regimiento de alguna guarnición militar - éste Frondizi comunista está descarrilando el país y entregándolo a los capitales extranjeros…¡es una tremenda injusticia! –exclamó indignado- no es posible, nuestro petróleo, a los yanquis y por el otro lado ¡apoyando al guerrillero Castro! , ¿Cómo se explica esto?...

Los dos jóvenes lo miraron sorprendidos, más aún, Federico que acababa de conocerlo, no tanto para Roberto que conocía las reacciones excitadas de su padre. El coronel prosiguió:

-La revolución del 55 se hizo para derrocar un régimen corrupto, populista y nazi… ¡perro traidor! – exclamó indignado refiriéndose a Perón.

El coronel estaba fuera de sí, su mirada perdida en los recuerdos de una época que estos jóvenes habían mirado pasar con la mentalidad de niños, Roberto recordaba cuando su padre con el grado de mayor del ejército había conspirado contra Perón en junio del 55 y posteriormente apoyando a Lonardi en el levantamiento de septiembre de ese año. Fueron días muy duros para la familia, su padre había sufrido lesiones en el enfrentamiento en Córdoba y recordaba como su madre sobrellevó  con dignidad la separación de su esposo a causa de estos sucesos.

El Coronel prosiguió su arenga política a los jóvenes que aún lo contemplaban atónitos:

-Tomen asiento – ordenó, por lo cual obedecieron de inmediato- di todo por la patria, ayudé a derrocar la tiranía del régimen peronista, combatí a los rebeldes en León José Suarez, llegué al grado de coronel del ejército y por haber participado del levantamiento de Giovannoni en San Luis el año pasado, Frondizi ordenó mi baja del ejército, ¿no es un acto de injusticia? - se preguntó sabiendo que no obtendría respuesta de ninguno de los dos imberbes que lo contemplaban admirados por la transformación de su rostro, hombre embravecido por la soberbia, común en los militares de aquella época, Rivera no escapaba a esa formación conservadora y elitista que impartía la Escuela Militar. Rafael tenía 49 años y parecía un hombre de 60, de tez blanca y cabellos entrecanos, sus bigotes caídos sobre su labio superior eran teñidos de negro, de estatura alta y contextura gruesa, impresionó a Federico, advirtiendo esto el coronel le reprochó:

 - ¡Vos que sabes de lo ocurrido a la patria en estos últimos 20 años!…es más, ¿Cómo tu padre acepta un cargo bajo éste gobierno que se cae a pedazos?

Federico reaccionó de inmediato:

- Mi padre es un diplomático de carrea y como tal fue ascendiendo conforme a su estudio y capacidad - interrumpió Federico y agregó con cierto dejo de orgullo- creo que marca la diferencia…

-Sí, claro - interrumpió Rafael - pero da igual, aun considerando los méritos propios de tu padre participa de una gobierno que no es nacional y cuya ideología vaya a saber uno de donde la extrajo el actual títere que tenemos como presidente… pronto será juzgado cuando caiga Frondizi

Federico se incorporo de su asiento como disparado por una flecha y lo increpó:

-Disculpe, Coronel - interrumpió  algo indignado por los dichos de su tío político – no creo que mi padre deba responder ante la justicia por lo que representa en su trabajo, su honestidad…

-No la pongo en tela de juicio - se rectificó Rafael – sé que es un hombre digno y por eso estaré dispuesto a ayudarlo, pero…- el tono del coronel se volvió reflexivo, pero a la vez  inquisidor al preguntarle sobre algo que Federico ignoraba – acaso ¿sabes de lo que se planificó en los años 30 entre el gobierno de Uriburu y la fábrica de armas que los hermanos de tu abuelo Alberto poseían?...

Federico no supo responder, nada sabía sobre eso, por eso con inquietud, esa inquietud juvenil, se apresuró a preguntar:

-¿Qué es lo que insinúa?... ignoro sobre esos sucesos, ¿usted podrá decírmelo?

El coronel reflexionó a tiempo, no iba a importunar al muchacho más por eso respondió:

-No ahora. No es tiempo y eso ocurrió hace mucho tiempo. No pasó más que de un simple hecho anecdótico. Tal vez en otra oportunidad. Lo que ahora sí puedo decirte es que en estos momentos la situación es mucho más compleja y difícil.

Olvidándose de aquel episodio y preocupado por lo que podría suceder con su padre, preguntó:

- Pero,…  ¿Ud. sabe lo que está por suceder en el país?...

-¡Claro, hijo!, esto no tiene retorno…la actitud adoptada por el Presidente con respecto a Cuba lo ha catapultado a su propia destrucción.

-Sin embargo - se animó a expresarse - no creo que su gobierno haya sido tan malo como sostienen algunos medios, la actitud del presidente con respecto a no seguir la política que Estados Unidos dictaba para Cuba fue un acto de una gran responsabilidad y valentía, según mi humilde entender, de soberanía y de independencia frente a la decisión del país del norte de romper relaciones con la isla é instar al resto de Latinoamérica a seguir los mismos pasos.

Al coronel no le importaba mucho sobre lo dicho por Federico, pero, le molestó respecto a lo que dijo de los medios, por eso un tanto exasperado le preguntó:

-¿Qué medios? - su voz  sonaba como acusadora y lleno de indignación - ¡qué medios!-gritó.

Federico tembló, lo dominó el miedo, pero respondió:

-Por ejemplo… - titubeó Federico - los gremios...las 62 organizaciones y…- tragó saliva – los militares.

-¡Mocoso impertinente! – Sentenció el coronel – estás en la casa de un militar de la Nación ¡no te permito que te refieras de esa manera! ¡qué sabés  de la acción militar de los últimos años! De un ejército que nació con la patria y que si ha intervenido en diversas ocasiones ha sido para salvar el honor de esta bendita tierra. Muchacho…no hables así si no tienes conocimiento cabal de cómo se suceden los acontecimientos y…- se detuvo para luego proseguir – quienes en esta sociedad están detrás de nuestra institución – reflexionó y luego le aconsejó - y piensa en lo que te dije hace un momento…

La situación de repente se había puesto muy tensa, de un monólogo dislocado de un militar resentido se había vuelto en una discusión que comenzaba a tener sentido visible ante los ojos de Roberto que observaba a su primo que se enfrentaba a su padre, situación esta que él jamás había intentado, pero, esto debía terminar, no podía ser que en menos de un par de horas del arribo de Federico, ya había un conflicto en puertas y Roberto tomó fuerzas y terció:

-Padre… ¿por qué no cambiamos de tema?...acaba de llegar mi primo y…

-Sí, si - interrumpió  el bravo coronel- tenés razón Robertito – y sonrió algo avergonzado para proseguir – bueno Federico no creas que has caído en una casa en la que su jefe es un cacique impertinente.

-No…- balbuceo Federico - es que… ¿puedo sentarme? – Se sentía débil después de haberse expresado de la forma que lo había hecho frente a su tío político – disculpa tío Rafael –por primera vez se animo a llamarlo por su nombre anteponiendo el parentesco- yo…

-No tienes que disculparte - interrumpió Rafael- es mi culpa – y cambiando de tema preguntó -  ¿no ha llegado Stella?

Pero a Federico le quedó un sabor amargo de aquella discusión, lo dicho por el coronel sobre su familia le causó inquietud y mucha curiosidad por saber que había sucedido en aquel período al que la historiografía revisionista había bautizado como “década infame”.

En ese preciso momento se abrió la puerta que daba a la cocina y Clarisa portando una bandeja conteniendo cuatro tazas de té, una tetera haciendo juego con las tazas y algunos escones con jalea de tomates:

-Bueno-exclamó – aquí está la merienda para recomponer los ánimos – Clarisa desde la cocina había escuchado la discusión y sonriente saludó a su marido – hola cariño…

- Hola, Clarisa – repuso con voz severa - vamos a la mesa así podremos disfrutar de un exquisito té que un coronel amigo me trajo desde Inglaterra… ¡ah Inglaterra! – suspiró queriendo  retomar un tema político- Londres, hermosa ciudad…

-Viajé con mis padres a Londres el verano pasado – se apresuró a interrumpir Federico, antes que el cascarrabias coronel comenzara con alguna perorata politiquera - muy húmeda - se animó a decir- es una ciudad gris – completó su comentario.

- Tal vez no la has conocido muy bien - expresó algo disgustado el coronel.- sin embargo, para mí, es una de las ciudades más intrigantes y hermosas de Europa – mirando fijamente a su sobrino político y desafiante - sos aún muy adolescente para admirar ciertos aspectos que brinda una urbe del viejo continente.

-Aún así – se expresó con soltura Federico - no creo haber dejado de conocer en su integridad esa ciudad, mi padre, muy a pesar suyo coronel - también lo miró fijamente a los ojos – respecto a la opinión que le ha generado mi padre - sentenció con firmeza - me ha hecho conocer la historia de aquella ciudad y he recorrido los principales lugares tanto históricos como culturales.

-Claro, claro, hijo – con ironía el coronel debía acallar a ese insolente – pero, además –prosiguió – nuestro país le debe mucho a Inglaterra.

- Disculpe tío Rafael – sigue la ironía ahora en Federico – he aprendido historia de mi país y no creo que le debamos algo a los ingleses, muy por el contrario – expresó con soltura – ellos nos han sustraído todas las riquezas que nuestro país tiene y… ¡por muchos años!

- ¿Te referís a la Baring…?- interrumpió el coronel.

- No solo a eso, toda la planificación de la generación del 80 se estructuró en función de la dependencia hacia los ingleses.

-¡Ah! – exclamó algo irónico el coronel – Revisionismo histórico… ¿esa es tu visión? –preguntó.

- He leído sobre revisionismo y también sobre el pensamiento liberal…Mitre por ejemplo - sintetizó Federico y continuó – no creo que él  esté dentro de esa corriente histórica – y miró a su tía y a Roberto que habían permanecido en silencio y tratando de salir de esa molesta conversación dijo con tono afable - perdón tía y perdón primo…es que no me di cuenta que no es una conversación apropiada para el acontecimiento.

-No – por fin se escuchó la voz de Roberto – creo que es muy interesante…pero, creo que tienes razón, al coronel no le agrada que alguien y menos un joven como vos le discuta algo sobre su postura.

- No, no Roberto – exclamó el coronel – creo que no conocés mucho a tu padre y esto es bueno que empecemos a sincerarnos sobre los que nos gusta o lo que nos disgusta.

- El té se enfría – terció Clarisa para romper nuevamente la tensa situación que comenzaba a tener ribetes muy complejos – veamos – prosiguió Clarisa – a Federico, que hace mucho tiempo no vemos y que por lo que veo se ha transformado en un joven talentoso debemos hacerle pasar veladas agradables y mostrarle las bellezas escondidas de éste lugar – sonrió con dulzura – tú te ocuparás de hacerle conocer, por ejemplo nuestra estancia.

- Si, claro mamá en estos días lo llevaré.

Y enseguida se abrió la puerta principal y apareció Stella.

Continuará…

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