Federico Montemaggiore: Una historia singular (4)

Capítulo 4: “Roberto”

Federico se despidió de sus tíos que aún estaban en la sala, Clarisa le dio un beso en la mejilla y le comentó:

-He puesto tus valijas en la habitación de Roberto, tienes preparada la cama, hijo.

-Gracias, tía Clarisa, usted siempre tan atenta a todo, hasta mañana.

Clarisa sonrió y le respondió de igual manera, el coronel estaba absorbido por la lectura y no lo saludó, aún estaba enojado con su sobrino político.

El joven entró en la habitación de Roberto y observó que el primo aún estaba levantado, sentado sobre su cama con la cabeza entre sus manos apoyados sus brazos sobre las dos piernas, levantó su cabeza y miró fijamente a su primo que hacía su entrada, con voz tenue Roberto lo invitó a sentarse en la cama:

-Vení, sentate – era la misma expresión reciente que le había hecho Stella – ¿tenés deseos de hablar o estás muy cansado?

-No…bueno, un poco si, ha sido un largo día.

-Ya lo creo, pero, es bueno que mientras más pronto conozcas a esta familia, mejor – esta actitud de Roberto lo descolocó un poco, pero, sin que su primo se diera cuenta de ello, le respondió:

- Nunca llegamos a conocer a las personas, cada uno esconde tras de sí algo que no podremos descubrir nunca o al menos en un futuro inmediato. Nos conocemos casi superficialmente, no voy a filosofar Roberto, pero es así, vos no me conocés o lo que crees conocer – reflexionó - asimismo puede estar errado, yo, tampoco se mucho de vos aunque lo poco que hemos hablado  haya ayudado a formarme una nueva imagen sobre tu persona, pero, no te conozco…aunque me esfuerce mucho siempre habrá algo que no sabré de vos… por lo menos por ahora – se rectificó porque creyó que lo que acababa de decir no era muy comprensible, sonaba a casi confuso, por la expresión de la mirada de su primo que atentamente lo escuchaba.

-Soy muy simple, pero tenés razón hay cosas que no sabrás de mi, cuando te dije por ejemplo, que me sentía muy bien en este lugar, te mentí – se sinceró – no estoy bien aquí ni en el campo, a veces quisiera huir pero soy tan cobarde…

-No…-interrumpió Federico- no te culpes, por Dios, sos una buena persona, de eso estoy seguro, pero no un cobarde, ¿cobarde porque no te enfrentás a tu padre?...yo tampoco me he enfrentado al mío, eso es natural y normal en nosotros…

-No es lo único que me hace pensar que soy un cobarde…no pude seguir estudiando, ¿sabes por qué? …-se detuvo y lo miró a los ojos luego prosiguió- tuve miedo a enfrentarme a la gran ciudad, tuve miedo de que mi padre – se detuvo, movió su cabeza hacia el lado costado contrario a Federico- me obligara a ingresar al colegio militar, ¡y lo hizo! – Se arrebató – lo intenté unos meses y me descalificaron, ¿Cómo podía seguir en la ciudad?, fue un deshonor para él y una humillación para mi…

-¿Por qué humillación? - interrumpió Federico – elegiste tu propia libertad, he ahí la importancia de las decisiones que tomamos en la vida, la libertad de hacer o no hacer, Roberto, ¿lo entendés?, entonces ¿por que hablás de humillación?.

-Precisamente por lo que dijiste hace un momento, hay cosas que no conocés de mí, que son muy fuertes y que dan miedo reconocerlas.

-Es lógico – expresó Federico- ni  siquiera durante el resto de éste verano podremos llegar a conocernos lo tan profundamente que quisiéramos, pero, pienso que al conocerte puedo empezar a conocerme a mí mismo, ¿te parece lógico?.

En esto,  Federico se equivocaba, ese verano iba a ser imborrable de su memoria, para el resto de su vida, pronto tendría que actuar no solo para reconocer quien era Roberto, sino para reconocerse y redescubrirse así mismo.

-En fin, -se resignó Roberto- este sí que ha sido un largo día. Estas cansado y no quiero aburrirte con mis miserias…

-No expresés lo que no es, por favor –volvió a insistir el primo – pienso, que en lugar de hablar de miserias, deberíamos enfrentar nuestras propias angustias. Por eso tengo la firme convicción  que nos llevaremos muy bien.

-Así lo deseo yo.

Roberto comenzó a desvestirse, mostrando un cuerpo atlético, al fin quedó completamente desnudo, situación que molestó a Federico que lo observó sorprendido, Roberto se detuvo frente a él advirtiendo la situación incómoda de su primo le preguntó:

-¿Es la primera vez que compartes la habitación con un hombre?

-Sí, y no es por pudor - se apresuró a contestar - en el internado era todo diferente, solo que me ha irritado un poco.

-Disculpá, no volverá a suceder.

-No, está bien, siento que debo acostumbrarme a nuevas situaciones.

Roberto se cubrió con las sábanas y extendió sus brazos detrás de su cabeza, mientras observaba detenidamente a su primo que comenzaba a desvestirse con cierta lentitud, de pronto Roberto lanzó un pequeño dardo al recatado primo:

-Decime, Federico ¿sos virgen?

Federico se detuvo justo cuando trataba de desabrochar su pantalón de lino, enrojeció ya que no esperaba semejante pregunta y debía ser sincero, era virgen, no conocía aún el placer de haber estado con alguna mujer, tenía dieciocho años, ya no era púber, pero tampoco era hombre a los ojos de los que lo conocían, al fin respondió:

-Debo reconocer que sí. Esto me avergüenza, sinceramente.-Se confesó el muchacho.

-Pero no, -exclamó Roberto y rió a carcajadas situación esta que irritó más aún a Federico- perdoná, mirá- y se sentó en la cama – en estos días nos haremos una escapada al pueblo vecino donde hay un lupanar, conozco a una mujer que no te cobrará por el servicio.

-¿Crees que es la forma?

-Pero,  sí - afirmó el primo - no hay otra aquí…ya verás y si no…no queda otra que masturbarse… ¿lo has hecho?

Otra situación de enfado para el joven desgarbado, tenía que contestar y por la afirmativa, no podía negar algo que ya había hecho en muchas oportunidades.

-Sí - fue un sí muy tímido con sabor amargo por la vergüenza que le ocasionaba – en ocasiones…lo he hecho.

-Yo también – confesó Roberto- no es pecado. Hasta los curas de por acá lo han hecho.

“Como lo sabes” se preguntó Federico, pero prefirió callar, dar por terminada la cuestión y apresurar a desvestirse, mientras su primo lo seguía con la mirada.

-Te ves bien así primo- admitió Roberto- si…-afirmó - sos lindo.

-No te burlés, por favor, no tengo tu cuerpo.

-Pero, igualmente, más de una mujer estaría suspirando por vos.

Federico sonrió ante la picardía de su primo y se metió en la cama, a la vez que le apuntó con un “hasta mañana”, cuando Roberto apagaba la luz del velador.

***

Clarisa sirvió el desayuno, ayudada en esta oportunidad por una doméstica muy joven, la llamaban María Pomaro A las ocho de la mañana, la pereza de los jóvenes se hacía sentir en la mesa, sentados casi dormidos todavía, el coronel impecablemente vestido con traje de campo, se sentó como siempre en la cabecera de la mesa y preguntó:

-¿Stella?, ¿aún duerme?

-No - respondió Clarisa - salió a preparar las monturas.

-¡Otra vez! - con fastidio el coronel- pero, esa chica es incansable – y dirigiéndose a Roberto le reprochó - vos también deberías prepararte en la equitación, es un buen ejercicio - sentenció.

-Sabés que no me gusta - respondió taciturno el joven - tengo el jeep y voy a la estancia en pocos minutos.

-Flojedad…hijo- volvió a reprochar el padre- pero, en fin, es tu decisión.

-Hoy tengo que ir a la estancia, -dirigiéndose a Federico - podrías acompañarme.

-SI, claro, no tengo otra cosa que hacer.

En ese preciso momento entró Stella ataviada con su traje de amazonas, saludó a todos y dirigiéndose a Federico le preguntó:

-¿Vendrías conmigo a dar un paseo a caballo?

-No - se apresuró a contestar Roberto - él vendrá conmigo a la estancia, ya está pactado.

Stella puso su mirada con aire de desdén y repuso:

-¿Desde cuándo decidís por los demás? Y más aún no has dejado a Federico ni  siquiera elaborar un pensamiento con respecto a mi proposición.

Federico pareció encontrarse entre dos muros, empezaba a sentirse asfixiado por el acontecimiento desagradable que comenzaba a desarrollarse.

-Por favor, no peleen - terció el primo - es cierto Stella…- sintió profundamente lo que iba a decir, ya que su deseo era poder estar con su prima - ya estaba comprometido con Roberto para conocer la estancia, espero que haya otra oportunidad.

- Ya lo creo, pero, igual…- se detuvo - ¿tenés realmente deseos de visitar la estancia?, ¿no tenés que asumir compromisos si no estás a gusto?

-No, por favor, claro que estoy deseoso de conocer la estancia – mintió- voy con gusto.

Stella se sentó como era costumbre al lado de su madre y tras desayunar, se despidió y salió hacia el establo que quedaba al fondo del predio, montó un caballo, ya que la yegua no estaba en condiciones y salió al trote por el portón que daba al norte de la casa.

Federico y Roberto se fueron por la puerta de entrada, Clarisa en el jardín comenzaba a regar sus rosas, antes que los jóvenes partieran, les advirtió:

-Se avecina una tormenta, esta no pasará de largo por el pueblo. Tengan cuidado.

-No te preocupés mamá vamos en el jeep.

Los jóvenes se subieron al viejo jeep, un trasto rejuvenecido producto de la segunda guerra mundial y raudamente Roberto lo condujo a la máxima velocidad que daba el motor levantando tras de sí una polvareda  que llegó hasta la propia Clarisa,  haciendo ademanes de disgusto con sus brazos, Roberto rompió en una risa muy contagiosa que fue seguida por Federico.

Tomaron la vieja ruta de tierra que los llevaría a la estancia del Coronel a unos quince kilómetros del pueblo. En casi quince minutos estaban en la tranquera, Federico se apresuró a bajarse y abrirla para que Roberto pudiera entrar con el jeep, tras cerrarla, el joven se ubicó nuevamente en el asiento contiguo del primo conductor. No habían intercambiado palabras en el trayecto, Federico aún pensativo por el fracaso del paseo con su prima, resignado, prefería no hablar.

Llegaron a la casa de la estancia, previamente habían pasado por un pequeño cuarto abandonado, que casi inadvertidamente pasó por la vista de Federico, pero, cuando llegaron a la casa, preguntó a su primo;

-¿Y que es esa habitación parece deshabitada?

Roberto no contestó de inmediato, pareció meditar las palabras que iba a pronunciar, pero al final expresó:

-Una construcción abandonada, seguramente mi padre la comenzó hace algunos años y quedó inconclusa.

-Si - interrumpió Federico - pero tiene puerta y candado.

-Observaste bien, primo – pareció molesto Roberto.

-No, casi pasó inadvertida para mí, pero pude apreciar esos aspectos…en fin, sin importancia, ¿no?

-Claro, claro que no tiene importancia, es más jamás entré allí – mintió el primo- alguna vez investigaremos.

A pocos metros se acercaba el capataz de la Estancia, Don Cipriano, así lo llamó Roberto:

-Cipriano, ¿Cómo va todo?

-Ah, niño Roberto - respondió el hombre que vestía un par de bombachas, alpargatas y un sombrero sobre su cabeza, una camisa muy desteñida, tal vez por el tiempo transcurrido y un pequeño pañuelo de color rojo ajustado al cuello - hoy se han muerto dos terneros, falta agua, la tormenta de anoche pasó de largo por acá .

-Se avecina una nueva…Cipriano, donde están los animales.

-Allá – indicó Cipriano dirigiéndose al corral - los hemos separado del resto y los llevaremos a un kilómetro para los caranchos.

El panorama era, a pesar de la intensa sequía, hermoso: la llanura extensa con múltiples colores marcaba la línea con el horizonte donde los nubarrones azulados cargados de agua se acercaban a una velocidad escalofriante.

La casona de estilo colonial daba el punto final al conjunto maravilloso de esa pradera extensa como lo había imaginado cuando, en las lecciones de geografía, el profesor explicaba las bondades de la pampa argentina, su fertilidad y magnificencia hacían de esta región la gran economía trigal reconocida, hasta ese entonces, en todo el mundo occidental muy en especial en la vieja Europa. El orgullo argentino, hoy parecía ingrato ante los ojos tristes de sus paisanos…no llovía y la tierra noble de esa llanura empezaba a perecer. No importaba otra cosa para esa gente, la lluvia debía llegar para volver a vivir y esta vez parecía que el destino iba a querer darle otra oportunidad: Dios haría caer su maná del cielo. Pronto comenzaron los refucilos en el horizonte cada vez menos lejano, los relámpagos aparecían refulgentes entre las nubes blanquiazules y una brisa con aire húmedo comenzó a correr suavemente. Cipriano cambió de ánimo sonrió alegremente y mirando a los jóvenes les dijo:

-¡Vamos!, tienen que irse porque llega el aguacero.

-Vamos a entrar a la casa.

Roberto tomó la iniciativa de encarar hacia dentro, pero Cipriano lo detuvo asiéndolo del brazo y lo alertó:

-Niño Roberto, es posible que la tormenta dure varias horas y los caminos queden intransitables, acuérdese de la laguna…

-Está bien, Cipriano - dijo al fin Roberto - nos iremos – y dirigiéndose a Federico - vamos primo, Cipriano tiene razón, otra vez haremos una visita más larga.

Federico respiró tranquilo, no quería quedarse en esa casa, y menos aún si debían permanecer varias horas. Ambos se dirigieron al jeep y emprendieron el regreso al pueblo.

La tormenta estaba encima de ellos y comenzó a caer torrencialmente la lluvia con truenos fuertes, la mañana de pronto pareció anochecer, se veía muy poco y el camino comenzaba a enlodarse.

-¡Por fin!- exclamó Roberto con intensa alegría- agua… ¡agua! Mucha agua…-mientras conducía raudamente, reía. Federico contempló la felicidad de su primo que parecía un niño jugando bajo la lluvia, “¡que felicidad!” se dijo para sí Federico y por primera vez tuvo la sensación de estar al lado de un ser que él en su soledad había deseado toda su vida…creía estar con un hermano así es que…sin querer compartió la alegría de Roberto e inesperadamente posó su mano sobre el hombro del primo…Roberto dejó de reír y miró fijamente a su primo, descuidando el manejo del vehículo, Federico retiró bruscamente la mano, pero Roberto aún contemplando el rostro de su primo le sonrió agradecido y esbozó un “te quiero primo”.   

 Por fin llegaron al pueblo y pronto estuvieron en la casa.

Federico bajó del vehículo y corrió a la entrada de la vivienda, estaba empapado y preocupado por Stella, ¿habría podido llegar?...   

Al entrar pudo apreciar que su prima estaba sentada en el living atraída por la lectura de una novela policial, Agatha Christie era la autora de moda en ese tiempo, Stella detuvo su lectura, observó largamente a su primo y luego con una sonrisa en sus labios, sonrisa un tanto maliciosa, según pudo apreciar Federico, dijo:

-¡Por fin!, los intrépidos primos que se arriesgaron en la tempestad.

-Hola - alcanzó a decir Federico sin hacerle caso a los dichos de su prima- voy a cambiarme estoy empapado.

-Ya veo…vení - hizo ademán que se acercara a su lado, el obedeció la orden y tímidamente se adelantó hacia ella- vení - repitió – no voy a pegarte, tontito- ya sonaba a sarcasmo, inexplicable, o tal vez era normal en ella - yo dí un hermoso paseo, vos te lo perdiste, Federico.

-Lo sé –atinó a responder el joven para continuar – pero, la aventura no estuvo del todo mal.

-¡Por supuesto!- exclamó Stella- con Roberto puede suceder cualquier cosa, menos, algo serio.

-¿Por qué actúas así con tu hermano?- se animó a preguntar Federico- él…

-Si…- lo interrumpió Stella – él es todo amor, pero…tené cuidado – e hizo ademán con su mano como pegando – puede pegarte fuerte, muy fuerte.

-No entiendo-interrumpió Federico, que ya comenzaba a tiritar por la ropa mojada en todo su cuerpo- ¿Qué querés decir con esto que pega  fuerte?

Stella no respondió en el acto, lo miró fijamente y luego le dijo con voz suave:

-Ya te vas a dar cuenta, cuando ocurra…ve a cambiarte, luego seguiremos hablando.

Federico abandonó el lugar y se dirigió a la habitación, Roberto había entrado por la puerta trasera y ya se estaba cambiando.

-¿Todo bien con Stella? - preguntó Roberto.

Federico lo miró sorprendido, no estaba todo bien con su prima, respondió:

-No…todo mal. No logro entender a tu hermana. Un rato es dulce, otro amarga y diríase hasta venenosa.

-Tendrás que acostumbrarte. Nunca nos hemos llevado bien. Podríamos haber hecho una dupla para defendernos mutuamente, pero, ella es intransigente, en fin, ahora estas tu y algo va a cambiar…no me cabe la menor duda - suspiró.

-Habló sobre ti diciendo que pegas fuerte - interrumpió pensativo Federico, ignorando las palabras de su primo.

-¿Si?...-preguntó sin sorprenderse- ¿ves?...así es ella conmigo… ¿pego fuerte?... ¿en qué sentido? - volvió a preguntar tratando de ignorar el sentido que ella le había dado.

-No lo sé, Roberto, pero te digo que en pocas horas, esto ha comenzado a hartarme…sin dejar de preocuparme.

-No te preocupes, esto ha sido así por años y seguirá así salvo que tú puedas revertir la situación y tengo fe  que así será.

Ambos quedaron en silencio haciendo cada uno lo suyo.

***

Clarisa preparó el almuerzo, llovía intensamente, sonreía agradecida al Altísimo por haber otorgado una bendición. Federico la sorprendió cuando preparaba las verduras.

-¡Oh…me asusté! ¿Cómo les fue?

-Y…bien, tía… parece que traje la lluvia, si bien no la armonía – se animó a decirle.

Clarisa lo observó  detenidamente, comprendió que su sobrino había advertido la situación familiar y eso la entristeció hubiera querido dar otra impresión, pero, su  sobrino ya sabía lo que pasaba en esa casa.

-Mira Federico- dijo al fin- he puesto todo mi empeño para dar otra imagen a esta familia, pero, he sido débil, no supe darme el lugar que me correspondía, mi marido...

-Sí, querida tía … no es necesario que te hagas problemas por mi …tanto políticos, militares y diplomáticos en este país tratan a sus familias y en especial a sus mujeres como elementos de utilería, cuando los necesitan, se acuerdan que existen, en consecuencia, ellos dirigen la tropa y no aceptan que los contradigan, lo he sufrido en carne propia, con una diferencia – y se detuvo, Clarisa lo observaba atenta y por sus mejillas corrían algunas lágrimas – mi madre es el molde de mi padre, usted…por el contrario eres todo dulzura y amor.

-Gracias, hijo - atinó a decir Clarisa y rompió en llanto abrazándose a su sobrino, Federico la sostuvo entre sus brazos y con ternura le expresó también su agradecimiento.

-Bueno…- ya recuperada – debo seguir con mis quehaceres. Rafael llegará pronto, aunque con esta lluvia, tal vez demore hoy.

-¿Dónde fue? - preguntó Federico.

-A la casa de Ayala. Está empecinado con recomponer las relaciones entre Stella y Andrés.

-Pero, ¿Por qué? Tía –Exclamó con vehemencia Federico- si ellos no se quieren, no debería insistir.

-Sabes- interrumpió Clarisa – es una cuestión de negocios, se unen los campos con el matrimonio y esto aumenta la riqueza y el poder en toda la región. Ellos están convencidos que harán un buen negocio y por lo tanto no importará si los chicos se quieren o no.

-Y este Andrés… ¿Qué tal es?

-Para nada bueno…-exclamó Clarisa y se llevó las manos hacia el rostro compungido- pienso en Stella, ella, bueno…ella tiene su carácter también, pero, Andrés Ayala es arrogante y arriesgaría a calificarlo como un déspota…no puedo decirte mas, hijo.

A Federico le quedó una amarga sensación de desazón, pensaba en Stella, a pesar de todo, el sentía atracción por su prima, una atracción casi irresistible, casi incontenible, ¿era amor?, “si la amo” pensó el joven introvertido, sabía que nunca iba a poder decirle a ella que la amaba, sin advertir que Stella también lo amaba.

Continuará…

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