Federico Montemaggiore: Una historia singular (7)

Capítulo 7: “¿La conspiración?”

Eran tiempos de conspiración en la Argentina de los 60’. Militares por un lado, gremialistas por el otro, sectores de la vieja política conservadora del país, como así también los radicales balbinistas que bajo la pseudo denominación de Unión Cívica Radical del Pueblo, conspiraban contra el gobierno democrático de Arturo Frondizi. Y en verdad la actitud asumida por el presidente con respecto a Cuba, la presencia de autoridades cubanas para el sesquicentenario de la Revolución de Mayo, agregado a esto la situación del peronismo, aún proscripto, sin que hubiese posibilidad de avenencia, creaban un círculo vicioso que cada día se cerraba más.

Así, para las Fiestas de Fin de Año, la situación no era para nada muy tranquilizadora. Las recientes elecciones en varias provincias daba la sensación que para 1962 iba a caer el gobierno democrático. Para el Coronel Rafael Rivera Moscoso, esta era una posibilidad que lo catapultara al generalato, grado al que vio frustrado en 1960 a raíz de su participación en uno de los tantos levantamientos militares contra la autoridad democrática. La cena de camaradería había sido todo un acontecimiento. La lectura de una carta dirigida a los camaradas retirados, escrita por el Teniente General Toranzo Montero y leída por un general de división en actividad, había causado en el fatuo coronel un impacto electrizante, sentía en lo más profundo el deseo de voltear rápidamente a la autoridad legítima y conseguir prebendas políticas con la finalidad de acercarse aunque fuera tangencialmente a los capitostes del golpismo. Estaba dispuesto a todo, según le comentó al Coronel y amigo Ayala.

-¡Pronto estaremos con los tanques en la Rosada con la única finalidad que caiga otro de los traidores a la patria! Camaradas – había manifestado a la finalización de la cena – el camino que debemos transitar es difícil, pero no por ello estamos vencidos. La patria nos necesita, es hora de repensar en nuestro benemérito Ejército Argentino, que ha parido desde 1810 con honras la defensa de la argentinidad.

 Algún periodista arriesgado que se habría introducido al cónclave militar, reveló los dichos del coronel. No tuvo mayores consecuencias solo comentarios en revistas especializadas y algún diario de circulación vespertina con características sensacionalistas, en una Argentina acostumbrada a las conspiraciones traidoras de militares, políticos y gremialistas, pero, dejó picando la pelota – como se acostumbraba a decir en aquellos tiempos – que algo iba a ocurrir pronto.

El entorno en que se movía Rivera Moscoso causó revuelo aquella travesura exclamativa, era una imprudencia, aunque, se sabía a todas luces que la situación institucional del país no daba para más, lo cierto es que fue llamado por el General Ángel Lacoste, muy cercano al Secretario de Guerra, escasamente un día antes del veinticuatro de diciembre, fecha en que el osado coronel iba a regresar a su pueblo junto a su amigo Ayala. Era el mediodía cuando recibió el ultimátum de reunirse a las dos de la tarde con el General Lacoste. Rivera Moscoso comentó rápidamente a sus camaradas que iba a ser recibido por tan alta autoridad, en la creencia que cosecharía los primeros frutos de su apetito trepador. Se equivocó, Lacoste fue muy duro con él, tenía instrucciones precisas del Secretario de Guerra respecto de Rivera cuando se presentó al despacho luciendo su uniforme militar y el rango que ostentaba:

-Buenas tardes Coronel Rivera Moscoso –fue el cortante saludo del General al Coronel Rivera Moscoso. Rafael tendió la mano, pero el General se dirigió a su escritorio y le ordenó:

-Siéntese Coronel, seré muy breve en mis consideraciones, tengo una agenda muy ocupada y se me ha instruido por parte del Señor Secretario de Guerra, trasmitirle el malestar que ha causado un desliz inoportuno efectuado por usted en ocasión de reunirse con sus camaradas.

Rivera Moscoso lo observó detenidamente y sintió que un baldazo le caía sobre su cabeza al escuchar semejante reto, después de todo, no era un niño ni un conscripto, era un coronel retirado del Ejército Argentino, quien merecía todo el respeto y consideración, más aún cuando se había manifestado orgullosamente golpista:

-Perdón General – se atrevió a interrumpirlo - ¿Qué actitud errónea he cometido?, no entiendo, que yo sepa lo que he manifestado es “vox populi” y todos están conteste con ello.

-Se equivoca – lo increpó el General – no es momento de efectuar semejante comentario, cuando se están realizando los últimos esfuerzos para una salida institucional lo menos traumática.

-¿Acaso renunciará el Presidente? – preguntó Rivera Moscoso.

-Eso no le incumbe, coronel, pero de todos modos le adelanto que es muy posible la renuncia del Presidente, dadas las desagradables circunstancias vividas en los últimos meses y la fuerte resistencia de sectores muy importantes de la sociedad…pero hablar de golpismo… ¿ahora?...no es prudente y lo que usted ha hecho es romper la delicada trama política que se está gestando en estos momentos.

-Una desacertada declaración pública – rió el Coronel - ¡cuántas veces se han manifestado desde todos los sectores declaraciones públicas mucho más voluptuosas que las que acabo de decir a un puñado de camaradas!, ¿eso me convierte en un conspirador que traiciona los principios básicos del generalato, que sí, a mi criterio, no ha dejado de manipular las cuestiones de Estado cuantas veces se le vino en gana a algún miembro de la cúpula militar?

-¡Que está diciendo coronel! – le reprochó el General Lacoste - ¡modere su vocabulario!. Está en presencia de un superior y esto le puede costar caro.

Rafael Rivera Moscoso sintió la decepción más grande desde que había abandonado la carrera militar, era un conspirador contra la democracia, era un militar de la Libertadora, él había colaborado en derrocar a la “Tiranía peronista”, y después que solo manifestaba el deseo de sus colegas, era reprendido y estaba a punto de ser sancionado, o ¿lo querían fuera del círculo?... ¿por qué?...se preguntó algo desorientado. Más calmo el General Lacoste, se incorporó y le expresó la recomendación efectuada por el Secretario de Guerra:

-Rivera  - comenzó diciendo Lacoste – cálmese, no cometa más errores  espere los acontecimientos. No hay, no existe, por el momento un clima golpista – mintió – el señor Secretario de Guerra me encomendó decirle que sus manifestaciones han ido muy lejos, no podemos hablar de “tanques en la Rosada” cuando están por producirse elecciones en la Provincia de Buenos Aires, el mayor distrito electoral del país, que la población está muy sensible a los cambios que puedan sobrevenir con respecto a esta elección, que se realizan desde la Secretaría de Guerra los esfuerzos necesarios para llegar a la conclusión del mandato del señor Frondizi o analizar la posibilidad de su renuncia al cargo a fin de aclarar y recomponer el clima político del país. Es por todo ello que sus declaraciones sonaron desafortunadas y fuera de lugar, en una palabra, resultan inapropiadas al rango que ostenta, repito, ¡no existe en el ánimo de la fuerza actitudes de carácter golpistas!

El General había concluido su disertación cuando se interrumpió el silencio que acababa de producirse a raíz de las opiniones de Lacoste. El Capitán Rodríguez secretario privado del General, entró al despacho y se dirigió con premura hacia su jefe, le dijo casi al oído que “un enviado de Augusto T. Vandor ha solicitado audiencia urgente, mi general”, Lacoste respiró largamente antes de responderle:

-Lo atenderé de inmediato, cuando termine con el Coronel. Gracias y no deseo ser interrumpido. El secretario Rodríguez se retiró apresuradamente.

El coronel escuchó atentamente la reprimenda, de algo estaba seguro, él quedaba fuera de los planes que se preparaban. “Los gremialistas conversaban con los militares”, estos gremialistas ¿a quienes representaban? – se dijo sintiendo que una gran confusión le impedía continuar un diálogo coherente, en realidad, nada de lo ocurrido en esa reunión tenía visos de coherencia. El General Lacoste se había vuelto aún más nervioso, un representante tan conspicuo del gremialismo argentino se iba a reunir con él. Tenía que recibir instrucciones del Secretario de Guerra, es por ello que dio por terminada la reunión con Rivera Moscoso.

Salió del edificio de la Secretaría de Guerra consternado, se preguntaba una y mil veces ¿Qué había dicho fuera de lo común?...acaso ¿no estaban de moda los conatos de golpe de estado? ¿no lo decían los periódicos?, ¿la prensa especializada?. El respondía ahora por algo que estaba en boca de todos. No, algo no andaba bien, pensó, ahora los gremialistas afines a Perón, o tal vez traidores a la causa peronista, visitaban los cuarteles, de los políticos no era novedad, desde el golpe del 30’ era común mantener un contubernio con los militares, reflexionó, quería poder investigar más aún sobre ese asunto que parecía áspero y peligroso para el futuro de la patria, pero prefirió no malgastar más su tiempo en ese infierno capitalino y regresar pronto a su pueblo. 

El viaje de regreso junto a su camarada y amigo no fue muy placentero, sentía en lo más profundo una gran desilusión. Ayala lo advirtió pero prefirió callar antes que tener una discusión banal.

Continuará…

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