José y Joaquín, entre pícaros y filosóficos (“Seguiré viviendo” 14a. entrega)

Por temor a la muerte se ama la vida (“Seguiré viviendo” 13a. entrega)  

El término tiene, Joaquín, variadas acepciones. Creo que se prostituye todo aquello que adultera o degrada su fin en pos de un interés que le es ajeno. El sexo como proveedor de placer pervierte su finalidad cuando se aparta de la satisfacción de los deseos carnales. Por eso me arriesgo a afirmar que actúan como las meretrices, las mujeres que se entregan al marido por obligación y sin placer alguno.

–¡Qué sofisma! Una tergiversación magnífica en que la virtuosa termina siendo menos que la arpía. La llamaré la hipótesis de la esposa-prostituta.

–Más bien diría una paradoja formidable, porque el argumento no es mentira.

–Habrá quienes lo nieguen, pero yo lo acepto. De por sí me irritan las mujeres que no se deleitan con lo carnal, y lo practican. Es un engaño que las prostitutas jamás gozan el sexo; de pronto las entretiene más que a las casadas.

–Volviendo al tema –dijo José–, la mala fama la cargan las que a cambio de marido tienen clientes, pero de tiempo inmemorial la mujer se ha ofrecido al hombre con tal que la sostenga.

–Por milenios las casadas han encontrado techo y comida como pago a sus favores.

–Aún hoy las mujeres sin medios para sostenerse se prostituyen en el matrimonio.

–¡Algo tiene de burdel la sagrada institución del matrimonio!

Allí estaban Joaquín y José poniendo a la moral en aprietos, haciéndola sonrojar como en sus años mozos. Porque tratándose de insolencias, nadie para alentar a José como Joaquín. Cuando los dos se juntaban todo era cuestionable, las verdades vacilaban, la irreverencia campeaba, se esfumaba lo absoluto Era la sinergia de sus pensamientos en un complot contra lo establecido. Era la antípoda de los encuentros con el cura Javier, marcados por la contradicción y la prudencia. Cuando José sentía llegar a Joaquín se relajaba, se olvidaba de la formalidad y se disponía a lidiar y a gozar con lo mundano. Pero si Joaquín bajaba a José del olimpo de su compostura, José forzaba a Joaquín a ponerle seso a sus intervenciones.

–La mujer cohibida por la sociedad –siguió José–, ha sido alentada por opciones que atentan contra su dignidad. Es reconfortante que cada día haya más mujeres profesionales, dueñas de su destino, que no tienen que aceptar una unión en inferioridad de condiciones.

–Aun a costa de nuestras conquistas –se lamentó Joaquín–, porque una mujer necesitada es una presa fácil.

–Si nos oyeran dirían que somos cínicos.

–Cínicos y machistas –sentenció Joaquín.

–Sin embargo, no las estamos infamando. Venderse fue para la mujer un mecanismo de defensa, una estrategia para sobrevivir.

–¡Están exoneradas! No culpamos a las mujeres porque tengan que vivir del hombre. Hasta inconsciente ha de ser esa costumbre.

–Qué usen su sexualidad para atraparnos me parece un juego delicioso –sentenció José–; que lo aceptemos a sabiendas de que lo hacen por necesidad y con disgusto, parece reprobable.

–Gústenos o no, ellas siempre podrán compensar la desigualdad con sus encantos. ¡Déjalas que se valgan de nuestra debilidad incapaz de resistir sus atractivos! No dirás que las feministas te pusieron de su lado.

–Ellas son el otro extremo del cordel, y el menos agradable. Son mujeres en pugna permanente. Arrasaron con la feminidad y el arquetipo tierno. Yo, Joaquín, defiendo el derecho de la mujer a la igualdad, pero en armonía permanente con el hombre, nunca la rivalidad entre lo sexos.

–Pues yo me erizo al verlas. Como alguien dijera comparando al hombre con su perro, entre más feministas conozco, más quiero a las rameras.

 

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