La dicha de evocar ("Seguiré viviendo" entrega 81)

Ir a: Entre el funeral y las cenizas ("Seguiré viviendo" Entrega 80)

La fuerza de José mermó al extremo de ser incapaz de sostener su cuerpo. Cuando lo acompañó la fortaleza odió la idea de ser prisionero de un camastro, ahora amaba la cama de hospital que tenía compasión con su fatiga. Con sólo incorporarse el desfallecimiento aparecía, pero la molestia culminaba en goce cuando por necesidad se desplomaba en la mullida colchoneta. Hundido entre las sábanas buscaba algo amable que hiciera menos exasperante el paso de las horas. Porque ya hasta leer lo fatigaba, y escribir le exigía grandes esfuerzos. Sin embargo se daba trazas para hacerlo. Dormir era en sus postreras horas la actividad más indicada. «Dormir.... dormir, y que mi sueño se junte con el sueño de la muerte». Así la imaginaba. «La muerte ha de ser un sueño más profundo».

Cerró los ojos y se aferró de nuevo al placer de sus recuerdos. «Lo bailao no me lo quita nadie», se dijo mientras la evocación lo hacía ver activo y vigoroso. ¿Qué haría un moribundo sin memoria? La enfermera se acercó a la cama y lo creyó dormido. Al caminar hacía la puerta, los ojos de José se fueron tras sus pasos. Le pareció idéntica, pero no era ella. Aún así, dejó que su imaginación volara. Creyó estar frente a sus hermosos muslos. Se empinaba más y más para alcanzar el libro. La escalerilla en que se erguía le ayudaba a ser más insinuante. Era la perfección de la creación atrapada en unas panty medias. Pero no eran solamente sus piernas. ¡Toda era bella! Su torso oculto tras la blusa blanca, su rostro juvenil, sus labios bermellón, sus vivaces ojos negros;  su pelo reluciente, que en cascada resbalaba por sus hombros; su cintura y sus caderas, provocativamente ceñidas por la minifalda.

–Lo siento señor.

–¿Disculpe?

–Que no he encontrado el libro. La edición está agotada. Tal vez en quince días.

–No hay problema, no es urgente. Puedo volver. Vendré todos los días.

–Tampoco es necesario.

Ensimismado en esa recordación hermosa, miró a su alrededor y no descubrió más que las paredes que de memoria conocía. Cómo le hubiera gustado sentir su cercanía. Cerró los ojos, suspiró y volvió de nuevo a los recuerdos. La sintió entre sus brazos y la estrechó; la observó extasiado, recorrió su rostro y le dijo que la amaba. Y se atrevió a besarla con pasión, como si en realidad contara la dicha de tenerla.

Pilar era en aquellos días una bibliotecóloga recién graduada, que frustrada en su aspiración de conseguir trabajo en una biblioteca, se había empleado en una pequeña librería. Tenía 24 años cuando la conoció José. No tenía novio y tenerlo decía que tampoco la animaba. No quería saber de hombres porque temía que la distrajeran de su empeño de trabajar y conseguir dinero. Pero José fue la excepción. Al fin y al cabo su posición social cuadraba en sus proyectos.

A punto de dormir, y concentrado en alguna remembranza, a veces conseguía José que el sueño por venir reprodujera los sucesos que guardaba su memoria. La evocación estaba a punto de convertirse en imágenes oníricas, dadas las ansias con que José lo deseaba, cuando  la visita del médico de turno truncó la fantasía.

Con la naturalidad de quien con un colega lo comenta, el doctor le refirió que el examen que habían tomado mostraba una hemoglobina demasiado baja.

–¿Cuánto es demasiado baja? –le preguntó José que ya era versado en el asunto–.

–Cinco, señor Robayo.

–Como quien dice que me muero o me transfunde.

–Exactamente. ¿Tengo, entonces, su consentimiento?

–¡Qué más hacemos! –dijo José, aunque sin estar por completo convencido–.

Sabía que con ello prolongaba la agonía, pero negarse era como repudiar el aire, o los líquidos que lo hidrataban. Medidas básicas que difícilmente se dejan de proporcionar o se rechazan. Prefería que la muerte llegara de repente y sin pedir permiso. Tres bolsas de sangre le aplicaron, y con ellas alguna energía recuperó su cuerpo. «Valió la pena», pensó cuando de nuevo estuvo enfrascado en su lectura. Pero un presentimiento le anunciaba que era por breve tiempo.

Ir a: Me rehúso a volver ("Seguiré viviendo" entrega 82)

Luis María Murillo Sarmiento

“Seguiré viviendo” es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo enfrenta su final con ánimo hedonista. El  protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas.

http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)
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Seguiré Viviendo

 

 

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