La homosexualidad ("Seguiré viviendo" 77a. entrega)

Ir a: Federico Castañeda ("Seguiré viviendo" 76a. entrega)

La homosexualidad fue para José un tema más bien frívolo, por lo que pocas veces fue un motivo para tratarlo en sus columnas. El blanco de sus críticas fue el proceder humano, y en este caso el individuo no era culpable sino víctima de su condición. Sin embargo, algún día, el despliegue sobre el matrimonio entre homosexuales le hizo tomar partido.

Era una materia para tocar con pinzas, un asunto serio, pero que en privado le provocaba risa. Comenzó por preguntarse:

«¿Qué puede haber más estrafalario que dos personas de un mismo sexo contrayendo nupcias?» 

Y a sus ojos pasaron risibles escenas del show de Benny Hill, el humorista inglés, en que un novio se espantaba al descubrir tras el velo de la prometida un rostro barbado, y bajo el vestido de novia el relieve de un bulto masculino. Era el uso del absurdo en beneficio del humor. Una licencia válida del comediante. Pero lo grave, ahora, era que el absurdo amenazaba apoderarse de la realidad. Se pasaba de la payasada al drama. Pensó que de pronto era la misma payasada, con consecuencias diferentes.

«Nadie merece derechos por ser homosexual sino por ser humano».

Y volviendo a la pregunta dijo para sí:

«Sintetiza todo cuanto pienso, pero resulta hostil para iniciar una columna».

La eliminó.

«Ha pasado a la historia el tiempo en que lesbianas y maricas fueron discriminados».

Le sonó peyorativo, prefirió escribir homosexuales.

«Tal vez deba decir en la historia reciente. Porque la homosexualidad fue aceptada en la Grecia antigua y en el imperio romano tolerada».

Mencionó que en el siglo XIX fue considerada enfermedad con base en los estudios de Krafft-Ebing, un neuropsicólogo alemán, que introdujo la patología sexual científica. Enriqueció un poco más su escrito con historia:

«Pero en 1973, con el respaldo de la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos, la homosexualidad salió de la lista de las enfermedades de la mente».

Creyó que resultaba muy condescendiente: ¿Quién iba a imaginar que en el meollo de la columna estaba su aversión al «sexo diferente»? Así que arremetió contra la adopción de niños por parejas homosexuales, la principal razón por la que las aspiraciones de ese tipo de personas le resultaban peligrosas. Citó a Freud quien consideró la homosexualidad como consecuencia de la falta de un progenitor del mismo sexo; sentó hipótesis sobre la identificación del niño con sus padres; defendió el derecho de los niños a un hogar natural con padre y madre; enfatizó las leyes de la naturaleza, que no dan hijos sino a parejas de individuos de diferente género; y atiborró el borrador con todo tipo de razones. Citando pros y contras, el escrito aunque polémico, le pareció objetivo. De los homosexuales también le fastidiaba a José su sensibilidad extrema y su insolencia.

«Estamos pasando de la intolerancia total a la condescendencia extrema; de la persecución a la minoría, al sometimiento por la minoría. [...] En la defensa de su condición los homosexuales muestran tal intemperancia que prácticamente invierten el concepto de normalidad, al punto que quienes no somos maricas, seremos los que en el futuro tendremos que ocultarnos».

Sin embargo a sus sentimientos no los dominaba la homofobia. Se dio cuenta que estaba respondiendo a la provocadora insolencia de los homosexuales más desfachatados, así que moderó las expresiones y resaltó la sensatez de aquéllos que obraban con prudencia, que confinaban a su vida privada el desarrollo de su inclinación, y vivían en armonía y sin escándalos.

«Ese comportamiento respetuoso –escribió– no merece menos que la respuesta considerada de la sociedad, comenzando por la tolerancia y terminando con el reconocimiento de sus capacidades. Porque debemos admitir que la genialidad de muchos de ellos enriquece la cultura universal». 

Cuando revisó el artículo le encontró las curvas de una carretera peligrosa, cambios de dirección en que una embestida terminaba en un gesto comedido y una aprobación antecedía una crítica mordaz. Defensores como adversarios de los homosexuales habrían de encontrar en esos párrafos motivos de satisfacción y de disgusto, y argumentos para mantenerse en su postura, por eso pensó José que su creación era objetiva.

Ir a: El Más Allá ("Seguiré viviendo" 78a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

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Seguiré Viviendo

 

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