La igualdad ("Seguiré viviendo" 72a. entrega)

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«Doctor, la igualdad no es más que una frase de cajón», me dijo la enfermera, que es una auxiliar que pronto recibirá el grado de socióloga. Le cambia con frecuencia turnos a otra de las enfermeras que me atiende. Llega de noche. De día estudia en la universidad. Trae libros para preparar materias, pero casi siempre el trabajo frustra su intención; peor aún, el trasnocho le cobra en clase las horas de sueño que le debe.

A veces me cuenta sus lecturas, enriqueciéndolas con sus propias opiniones. No le falta la cita con que me demuestra sus conocimientos. Cuando hablamos sobre la igualdad me explicó que los hombres como dijo Lincoln nacen iguales, pero dejan de serlo desde el momento de su nacimiento. Y puso como ejemplo la suerte de los compañeros de colegio de su padre que cuando niños vivían en condiciones semejantes.

«Hoy –me dijo– uno es un hombre acaudalado, otro un simple obrero, mi padre un hombre del montón. La igualdad no existe, la suerte y el proceder del hombre se encargan de frustrarla. La recompensa no es proporcional al esfuerzo realizado. Es como el destino de una planta, a unos les florece, a otros se les muere».

No pude negarle su argumento, pero juntos analizamos otros factores que le arrebataran al azar la justificación del éxito. Mencionamos entre otros el carisma, la intuición, la visión del futuro, la prudencia y la osadía. Yo, volviendo a la igualdad, le improvisé un discurso:

«La igualdad a la que me refiero no alude a las condiciones intrínsecas del hombre, siempre diferentes, ni siquiera a los hechos incomprensibles del destino, sino a las oportunidades que debe garantizar la sociedad: Igualdad de posibilidades, igualdad de derechos, ausencia de discriminación. Una lucha que hay que librar contra la misma humanidad, porque es su ambición la causa de la desigualdad. El hombre que reclama los derechos, es a la vez el hombre que los atropella. ¡Que todo esfuerzo sea recompensado con fortuna, pero que no exista iniquidad con los débiles y necesitados! Es tan justo que el ingenio, la inteligencia, las habilidades y el tesón brinden prosperidad, como que los desheredados de esos dones no subsistan en condiciones infrahumanas. ¡Es un asunto de justicia! ¡Es un asunto de equidad! Por el solo hecho de existir, todo ser humano tiene derecho a la satisfacción de sus necesidades básicas. A partir de ellas es que pueden entrar los hombres en justa competencia».

Me dijo que la emocionaba mi propuesta, e insistió en que las grandes brechas sociales debían eliminarse. No indagué, y apenas ahora me pregunto: ¿su vocación será marxista? De pronto ella albergó una duda semejante, qué iba a imaginar que departía con un capitalista. Mencionó que sólo podía entender que existieran seres con abundantes bienes materiales en contraste con otros totalmente desafortunados, como producto de la voracidad humana; y debió sentir que yo la secundaba cuando expresé que en toda su historia la humanidad jamás había respetado el principio de igualdad con que yo presumía que había traído la creación al hombre.

«En un principio la Tierra fue de todos; sin suplicarlos ni comprarlos, a todos debieron pertenecer sus frutos».

Eso afirmaba, en medio de cierta exaltación, cuando  una opresión en el pecho me quitó al aliento. Alarmada con mi dolor y con mi ahogo, Amelia salió en carrera por el médico. Me resigné a morir atormentado por la angustiosa sed de aire. En pocos minutos una mascarilla con oxígeno me calmó la asfixia. Tomaron muestras de sangre de la ingle para examinar mis gases arteriales. El médico me examinó pero fue parco y evitó las conjeturas.

Era de madrugada.

Para descartar un tromboembolismo me llevaron al servicio de radiología. Supe de la sospecha cuando llegó el informe que la desmentía. De haber sido correcta, pienso que la habrían callado.

Eso me resultaba indiferente.

Si a la muerte aguardaba, la muerte llegaría. Más me importaba contar con la morfina y el oxígeno, los remedios que me había calmado.

Ir a: La absurda prepotencia del adulto frente al joven ("Seguiré viviendo" 73a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

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