Los hinchas del santo padre (1)

Unos años tarde para sacarla a la luz.  En su momento no pude escapar del REALISMO MÁGICO y, como todos los escritores se ubicaban en el Caribe de mis amores y desdichas, por llevar la contraria me ubiqué en los LLANOS ORIENTALES DE COLOMBIA, igual de mágicos y de hermosos.

El padre José María Querubín entró como el alma de un santo por  las calles solitarias. Flotó en el sopor del mediodía a lo largo de las tres cuadras que separaban el parador de las mulas del templo parroquial. Al pasar, sonrió como un arcángel vengador al perro flacuchento y tuerto, echado a la sombra en una esquina para protegerse del calor, que levantó la cabeza para observarlo con su ojo bueno mientras meneaba la cola y unos minutos más tarde descendió al frente de la puerta de la casa cural, igual que una aparición celestial. 

Todos los días, a esa hora, los olores de los almuerzos caseros y los sueños de siesta saturaban el aire candente (entre las doce del mediodía y las dos de la tarde), confundiendo los aromas de las cocinas pueblerinas, que flotaban en vapores, con los sueños disímiles que escapaban de las alcobas para encontrarse en cualquiera de las esquinas de la plaza o al frente del café “El Tunebo”  a continuar con las conversaciones interrumpidas por sus dueños, ahora plácidos en las hamacas o en las camas. Los sueños femeninos asomaban tímidos  a fisgonear los de los varones desde la semi penumbra de las habitaciones.  Los sueños fueron, después de Sibilina y el perro del ojo único, los terceros habitantes que vieron la llegada, no avisada pero solicitada con insistencia al Señor Obispo por las tres señoritas principales. Ellas pedían la presencia de un representante de Dios en esta tierra. Nadie más lo vio antes del estruendo emocional que mandó en huida desordenada a los sueños, de regreso a sus orígenes pero, algunos quedaron, por ahí, perdidos, vagando en los zarzos, por los rincones oscuros de las casas y en recovecos de pensamientos. La casa cural esperaba un morador legítimo y su reconocimiento se manifestó con la forma desaforada como retumbó la puerta ante los primeros golpes del cura y la resonancia por los pasillos del eco raudo que corrió a meterse en la inconsciencia de Casimiro Chicuazuque, sacristán de la parroquia, quien se preguntó para no contestarse: ¿Quién será, a estas horas del día en las cuales nadie en su sano juicio se moviliza por las calles?  El eco continuó golpeándole los tímpanos hasta despertarlo por completo y cuando el hombre se paró a abrir lo acompañó hasta la puerta, que se había entreabierto para mostrar al recién llegado la belleza agreste del jardín interior que asemejaba una selva portátil, los corredores sombreador y las columnatas decoradas con enredaderas vivas.

Casimiro se sobrecogió al observar la parte de la silueta del visitante, que le dejaba ver la puerta a medio abrir, recortada contra el dorado refulgente del sol a las  espaldas sacerdotales y el halo como un vaho luminoso que lo bordeaba  como a una aparición del cielo. Permaneció alelado unos segundos; mientras, se santiguaba y se frotaba los ojos con la mano derecha, se acomodaba mejor los pantalones con la izquierda y encaminaba sus inseguros pasos hacia la persona del cura párroco que llegaba para regir las almas, sentimientos, pensamientos y vidas de los fieles de Quente que  por falta de sacerdote estaban descarriándose entre brumas de pecados pestilentes que también escapaban en las horas de sueño, sólo que estos eran nocturnos y no tenían aromas de cocinas sino de fornicaciones, malos pensamientos y deseos pecaminosos. Por fin regresaba la salvación, pensaba el sacristán.

El padre, rumiando rabia, renegaba contra este pueblo de los mil demonios, perdido en las estribaciones de la Cordillera Oriental, comienzo de la llanura ilimitada y contra el  transporte de mulas ariscas que recorría caminos de terror  bordeando caminos de espanto con soledades que se adivinaban eternas en el fondo de los abismos. Esta aldea lo recibió con un escupitajo de polvo en los ojos y el guiño involuntario de un perro idiota que se alegró de verlo sin conocerlo; “maldita sea mi suerte”, se repetía, y todo ocasionado su temperamento explosivo que lo indisponía en todas partes con las personas más influyentes, que se quejaban ante las altas jerarquías eclesiásticas y estas lo destinaban cada vez más lejos, hasta llevarlo a este lugar olvidado, perdido en el territorio de la patria, que ni siquiera aparecía en el mapa, a donde lo enviaba el arzobispo con intenciones de hacerlo pasar allí todos los años que le restaran de existencia al servicio de la santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana dirigiendo a las almas del poblado que tanto “solicitaron un santo varón de vuestras características, para reconstruir algunos sentimientos derruidos por el desamparo de la iglesia diocesana”, dijo el Obispo.  Y ahí estaba cumpliendo la orden de su jerarca. 

Antes de que Casimiro las tocara, las hojas de madera de la puerta chirriaron contentas y se abrieron del todo para mostrar al asombrado sacristán la figura alta y fuerte del viajero. Este penetró seguido por las maletas, ante el asombro del pobre hombre que sólo atinó a postrarse ante esta aparición que suponía celestial  y luego buscar la mano portadora del anillo sagrado, que distinguía a los hombres de la iglesia, para besarlo. El sacerdote recién llegado recibió halagado este gesto de veneración, contento por el encuentro con el primer ser humano que topaba en el pueblo; entonces, por primera vez sonrió desnudando un juego increíble de dientes en su boca de arcángel, mientras miraba desde su altura, con ojos de inquisidor, el estado aparente de la casa y la pared externa del ala derecha del templo que podía verse desde su posición. Pensó en la mula pajarera que pocas horas antes se encabritó y lo tumbó en el borde de un precipicio donde no podía asirse de nada y sintió debajo de sus pies el vacío de una bruma sin fin que lo arrastraba hacia el fondo. De pronto un suspiro sobrenatural de gracia lo detuvo, y, mientras lo regresaba hasta el camino, susurros de ángel le infundieron poder, según dejó escrito años después en sus papeles de canonización.

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