Los hinchas del Santo Padre (3)

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La guerra de poder entre el cura y don Fructuoso sigue pero, una de tantas guerras civiles del siglo XIX lo alejan de Quente. Durante su ausencia aumentan las desgracias de los liberales y el poder de José María Querubín y las beatas. La llegada de las primeras monjitas agrega un detalle que pudo ser amable.

Las santas, sin hijos reales, consideraban sus vástagos espirituales a los conservadores de Quente, sin excepción, se ahogaban en un sufrimiento insoportable con los orgasmos placenteros de los hombres y las vagamundas llegadas de la lejanía, el susurro de las cartas sobre los paños de las mesas de juego, con el rodar de las bolas en las ruletas y los cachos, por el erizamiento de las carnes al penetrar las espuelas de marfil y el goteo de sangre agónica en el gallo vencido, con los chupetes de ojos tuertos a los plumíferos a ver si se les devolvía la vida. Se iban en rezos de ira contra todos los mercaderes de vicios igual que Jesús cuando los expulsó del templo; sentían sobres sus pieles deslizarse las bolas del billar acabados de cambiar y que no se comerían las reses y parpadeaban al deslizarse sus lágrimas impotentes sobre las mejillas marchitas sin tiempo; incapaces de impedir las abominaciones de esa caterva de malhechores y falsarios y rezaban “por el santo padre de nuestro poblado que perdió sus gracias sobrenaturales y no han servido las oraciones, procesiones y rogativas y vamos a organizar otra romería a la Virgen Milagrosa para que nos conceda el don de la venganza contra este pueblo de impenitentes irredentos”.

Los forasteros armaron un problema con los sueños, sin proponérselo, porque dormían sus borracheras a mediodía y sus sueños escapaban entre vapores alcohólicos a mezclarse con los del pueblo y los espantaban por su perversidad, lascivia y libidinosidad más acentuada que la muy grande de los lugareños. Las busconas trasnochadas se dormían con su compañero ocasional y sus ensoñaciones volaban buscando varones irreales para seducirlos y tirar con ellos delante de los ojos castos oníricos de las mujeres locales que despertaban de la pesadilla en su lecho real preguntándose si sería verdad; entonces, asomadas a las ventanas miraban la realidad de otros hombres con otras mujeres pecaminosas diferentes de aquellas de sus malos sueños, durmiendo acodadas en una mesa en compañía de un desconocido.

Las tres señoritas encontraron sueños perdidos deambulando por sus casas en horas inciertas y los atomizaron con agua bendita cuando eran desconocidos o los orientaron con soplos de oración si eran castos y del poblado. Los más corrompidos fueron reservados en damajuanas como prueba para los juicios divinos cuando pertenecían a cualquier feligrés. Sueños de don Fructuoso, su mujer o de sus allegados no encontraron ni uno, tal vez porque no durmieron en los ocho días o porque era tan grande la antipatía hacia ellas y el sacerdote que ni en la inconciencia rondaban por sus cercanías.

Los rumores de la feria acabaron y el pueblo quedó en un silencio extraño sin relinchos de caballos, mugir de reses, balar de ovejas, gruñir de cerdos, cantar de gallos; sin música llanera que no dejaba dormir, sin vulgaridades de ebrios, jugadores, forasteros, mujerzuelas. El silencio se materializó en el aire, quieto, tangible. Ellas, con su previsión de santas, recogieron grandes cantidades en recipientes enormes de cristal para cuando se ofreciera y años después lo utilizaron. Las personas de toda laya sufrieron dolores de cabeza a causa del silencio excesivo, el olor de estiércol y excrementos de borrachos, pero transcurrían los días y el Santísimo Padre Querubín (la silente Sibilina así lo designaba desde su vigilia de sueños insomnes) no recuperaba sus facultades dominantes de la naturaleza y sus fenómenos. Sin poder precisarlo con exactitud, cuando se marcharon las mujeres ocultas por los llaneros en la hacienda del patrón, el padre recuperó la sonrisa, su aura y sus capacidades sobrenaturales.

Desde el instante en que recuperó sus capacidades empezó a castigar a los transgresores “que hicieron caso omiso de las recomendaciones de la Madre Iglesia y la amenaza de anatema anunciada para dichas personas... dos días después de iniciada la mal recordada feria, que burlaron la vigilancia de sus castas novias y esposas para lanzarse al torbellino inmoral y deshonesto con los forasteros y esas indias corrompidas que mi Dios confunda en lo más profundo de los infiernos”: Todos los primogénitos de Quente del Santísimo Sacramento cayeron heridos a cama por una extraña enfermedad que no pudieron curar con ninguna de las medicinas naturales dominadas a la perfección por los ancianos.

Los pobladores lloraron por sus culpas, pidieron perdón en el sacramento de la penitencia y en coro clamaron a Dios por el perdón para sus pecados y maldijeron a don Fructuoso y a las vagabundas que trajo para las ferias y a sus mujer que puso un toldo de fritanga en la esquina de la casa cural y a sus compadres y a los llaneros que ocasionan tantos daños en las propiedades de las personas principales. Y pidieron por el perdón para los creyentes que no desafiaban las iras del enviado divino y porque “la ira de Tu enviado no aumente cada día”, y oraron por Barrabás devorado en vida en la gallera y por nuestros hijos del alma “ que se mueren picados de ponzoña extraña cuando su única culpa es ser los mayores de sus hermanos”. El terror pintó de miedo los rostros cuando nacieron terneros con dos cabezas.

Las beatíficas damas suspendieron temporalmente sus tejidos y sesiones de rezos y chismes y aprovecharon la oportunidad para pasearse orgullosamente por las calles y ofrecerse de intermediarias ante el hombre de Dios y conseguir la curación del infante postrado en el lecho con fiebre alta ocasionada por las pústulas que cubrían su trasero y que obligaba al enfermo a permanecer boca abajo a todas horas pero ninguno curaba. El párroco no aceptaba intermediarios y pasados tres días los enfermos adquirieron un tono violáceo que variaba con la temperatura corporal y una tos con humo verde oloroso a azufre que impregnó las viviendas y flotó en los calores agobiantes como maldición infernal; decía el cura que eran indicios del averno que salían por boca de los niños, víctimas propiciatorias para expiar las culpas de los progenitores.

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