Los hinchas del Santo Padre (3)

Al poblado llegaban noticias aisladas de un enfrentamiento entre patriotas de nuestra nación –decía en sus sermones- pero un ejercito es bueno y defiende la religión verdadera, la moral y las buenas costumbres; en cambio los otros - aquí hacía una pausa para tomar aire y vociferar- son unos mal patriotas, como alguien que todos conocemos, enemigos de Dios, su doctrina y sus representantes...”. En el fondo de numerosos corazones se prendía una llamita de esperanza, que no escapaba en las horas de sopor, y ardía por el pronto regreso de don fructuoso, mientras, otros quemaban veladores ante los altares de los santos para que jamás retornara. Los informes fragmentarios llegaron anunciando que el ejército del gobierno legítimo y conservador había triunfado. Los godos de Quente y sus alrededores y sus peones y asalariados celebraron el final feliz (para ellos) con Te deum de agradecimiento al Señor de los Ejércitos. Pasados veinte días el suelo trepidó golpeado por el trote de caballos y el aire vibro con los cantos de borrachos y alegrías de regreso. El patrón cabalgaba sobre un hermoso azabache enjaezado con silla española, estribos metálicos, botas militares con espuelas, sable al cinto y un vestido impresionante de adalid que le quedaba ajustado a su formidable humanidad. Sus hombres montaban en pelo, mugrientos de sangre, polvo y sudor, borrachos de aguardiente y gritando maldiciones contra los godos. Clotilde salió cariñosa a recibirlo pero no lo abrazó; le alcanzó un envoltorio que resultó ser un bebé y le dijo.”Es Venancio”, el contestó “Que bien” , la encaramó en las ancas del corcel y lo espueleó rumbo a la casa acompañado por el coro de sus soldados llaneros que exclamaban: ¡Viva el partido liberal!

Los diezmos que amortizaron con dolor y directamente los quentenses los pagó don fructuoso con perdidas inexplicables, primero murieron sus animales primogénitos, luego el moco negro acabó con sus gallos de riña, sus caballos finos cogieron una tembladera que los estremecía lenta al principio y se aceleraba hasta descoyuntarlos y dejarlos desarticulados en el suelo que parecían un saco de cuero lleno de huesos, sus cosechas se perdieron en un diez por cien a causa del gorgojo o los gusanos, sus animales vivos semejaban mazorcas por la cantidad de nuches y sus mujeres e hijos estaban en los puros huesos. Esto ocurrió en el transcurrir de los casi doce meses que permaneció peleando en la guerra civil contra los conservadores del gobierno legítimo. A su regreso de la contienda el rey de los gallinazos entró, de pronto, en una honda melancolía, se paró en lo más alto de la cruz de la torre del templo como un mal presagio y lloró lágrimas de cobre que cayeron desde su altura al atrio donde rebotaban con notas musicales lúgubres, los niños que curioseaban las recogieron para elaborar camándulas; así permaneció diez días y llegaron los buitres de su bandada, lo levantaron con el viento de sus aletazos y lo elevaron hasta una nube gris, desde allí descendió planeando, observando por vez postrera la sabana que lo vio nacer, bajó en una espiral muy lenta hasta un nido desconocido e inaccesible para dejar la existencia en medio de suspiros metálicos, ahí se encontraba el polluelo que lo reemplazó durante los años que pasaron mientras los dieciséis partos de Clotilde, hasta el nacimiento de Benjamín Tercero Huérfano; entonces se marchó después de ella, derramando lágrimas diamantinas sobre su tumba.

Durante su ausencia sus vacas y las de su compadre del alma parieron terneros de dos cabezas y un sector lo culpo del fenómeno, de las enfermedades que jamás conocieron antes y de las calamidades sufridas por la comunidad. Por la feria, su participación en la guerra, sus ataques arteros contra los bienes terrenales de las santas personas. Lo inculpaban ellas y reconvenían a los pobladores por no agredirlo. Durante las hostilidades bélicas nacieron Venancio de Concepción Chuza en San Antonio de los mechudos, quien a los dieciocho años marcharía detrás de una de las bandidas que llegaban a las ferias; Venancio de Encarnación Mora que diez años después regaría el cuento de las campanas que guardaba su madre en el patio y utilizaba de materas; en Santa Úrsula de los Perdidos Venancio de María del Carmen; Venancio de Engracia Reina en Fiquiteva y Venancio de Mercedes Fuquen, ella sería, después de Clotilde, la esposa que daría más hijos a Fructuoso.

Empezó el transcurrir sin tiempo de los sueños de siesta que ya no eran espontáneos y se perdían con facilidad en los calores de las doce. Algún día, durante la siesta, llegaron las campanas y los sueños no retornaron a los durmientes sino que corrieron a esconderse; el cura les dijo que el reloj demoraba más tiempo en llegar porque traerlo era más complicado a causa de los caminos que rodeaban los precipicios de espanto, y los arrieros debían andar con mayor tiento con sus recuas, los puentes de miedo y esas nieblas perpetuas que marean el cerebro y ese sacerdote que se aparece, de repente, a los viajeros. Las beatas organizaron grupos de oración y comisiones de ornato y embellecimiento para decorar la Casa del Señor y celebrar misas solemnes de alegría por la llegada de las campanas nuevas. Aminta les decía “vengan les enseñamos la misa en latín y cantos a la virgen”, eso si, para que vaya uno a decir los contrario, las cosechas se dieron óptimas y los animales se reprodujeron en abundancia, como una bendición del cielo. De inmediato los Villalba, menos mi compadre, los Sabogal, los León, que son unos levantados, Los Reina, que no son de los mismos de mi mujer Engracia, una de mis mozas como dicen ellos, los Torres de la familia de don Matías el donador del reloj, los Morenos, los Guevara, los Baquero que tampoco son nada de María del Carmen y los Mora que no son parientes de mi amor Encarnación. Para ya recogieron los frutos vegetales y conocieron los animales, hicieron aspavientos de pagar los impuestos al prelado porque “hay que dar a Dios lo que es de Dios y al cura lo que es del cura”... Las familias menos pudientes aumentaron sus deudas, los arrendatarios de las parcelas se endeudaron a perpetuidad y los indios indefensos pasaron a ser propiedad de las personas importantes como jornaleros de Dios y les repetían: “¿De que les sirve ganar todo el mundo si pierden el alma?” y ellos con la cabeza gacha pensaban que los ricos ya tenían el alma en poder de Satán y se santiguaban temerosos. Esta vez fueron las gallinas de sus mujeres las pagadoras inocentes de los tributos; enfermaron de peste boba que iniciaba con un embotamiento que las hacía parecer borrachas hasta caer en un sopor tontarrón hasta que la muerte les dejaba una sonrisa imbécil en el pico, en contra partida el perrito pequinés del vicario, que trajo de su viaje secreto, apareció castrado limpiamente y las bolitas amarradas del aldabón de la casa cural.

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