Los hinchas del santo padre (4)

No supimos por qué retornó la lluvia de hojas secas, de las que muestran los libros que explican como es el otoño en otros países que tienen cuatro estaciones; vaya uno a saber si es cierto porque aquí sólo tenemos dos estaciones, si así se pueden llamar: un calor de infierno en los veranos y lluvia, barro e inundaciones en invierno, esto sin que el calor se vaya del todo. Desde que llegó el padre hasta eso cambió; hace unos meses, después de una de sus fiebres pastorales, y tal vez para desquitarse del patrón, asoló con una sequía sus terrenos y le hizo perder casi todas las siembras. Llovieron hojas toda la noche. Las viejas dijeron que “... era como cuando una se acuesta en el pasto y se duerme y alguien camina suave pisando la hojarasca, decían, y los truenos sonaban como toses suaves de hormigas que no quieren despertarnos. Para los demás esta lluvia fue bendita; las hojas se descompusieron con la humedad y abonaron la tierra y toda la vegetación creció feraz alrededor de las desolaciones de Fructuoso. Se desarrolló hasta una mata de lágrimas de cobre que había sembrado uno de los hijos de Carlos Sabogal. La tumba del primer Venancio se cubrió de lágrimas de bebé y centavitos que formaron una verde y mullida alfombra natural que conservó su mamá los años que le quedaban de vida. Vicente Trejos, uno de los primeros diez llaneros que trajo el patrón, y de los ocho que fueron a la guerra y descubrieron su invulnerabilidad fuera de Quente, porque su destino era morir dentro de sus fronteras, por voluntad expresa del cura párroco, murió atragantado por una pepa de mango, recogido al pasar sobre su caballo por los linderos de una propiedad de Ambrosia.

Nadie pudo explicarse cómo pudo ser tan bestia y tratar de tragarse semejante pepa tan inmensa. Durante los combates se dieron cuenta de que las balas no les atinaban, las lanzas erraban su trayectoria y los machetes y cuchillos no penetraban en sus carnes. La respuesta la conocimos el domingo de ramos cuando el cura dijo en el sermón que los diez dejarían sus vidas en su parroquia. Por esta causa se volvieron más prudentes durante sus visitas nocturnas a las enamoradas, su vigilancia sobre las casas sagradas y sus pequeños hurtos de frutas y gallinas en los terrenos y solares de la corte sagrada. Enteraron al patrón de sus pesquisas y del descontento creciente entre las personas más humildes ocasionado por el cobro de los tributos exigidos en nombre de Nuestro Amo, Vicente tampoco recibió sepultura cristiana pero le cumplieron un deseo expresado durante la campaña: “ Camaritas, cuando muera no le den mi carne a los gusanos, sáquenme las tripas y entiérrenlas, pero mi cuerpo déjenlo en la llanura para que lo devoren los gallinazos y así, cuando defequen volveré a la naturaleza esparcido por todas partes y volaré palpitando en la sangre de los animales...” Vieron con sus propios ojos al joven rey de los carroñeros desocupándole las cuencas a su compadre y a los demás de la bandada devorándolo como en un ritual porque era carne de macho y sabía a hombre completo.

El cura, en nombre de la Iglesia, tomó posesión de parcelas pertenecientes a campesinos morosos con las deudas de Nuestro Señor. Los animales confiscados a otros fueron a dar a los potreros cedidos en calidad de préstamo por Aminta. Mandó forjar hierros de marcar ganado en forma de cruz de Malta con la letra inicial de sus nombres y apellidos, una en cada punta y en el centro el monograma de JHS, para marcar los animales de mi Dios. Estableció turnos de vigilancia para cuidar sus pertenencias y abrió un libro de contabilidad para llevar con detalle las cuentas del erario parroquial. En el transcurso de sus desplazamientos llegó hasta San Antonio de los Mechudos, conoció a Mercedes, una de las mujeres del patrón, registró en el juzgado algunas propiedades y husmeó en los papeles del municipio. Retornó en compañía de su ángel guardián, flotando los dos al unísono y comentando misterios teológicos en latín, que es el idioma santo de los papas. Sibilina escuchó con atención sin lograr entender; de manera que trasladó su atención al claustro de las Hermanas de la Pasión que estaban ocupadas ordenando libros, objetos del culto, imágenes sagradas, ropas y utensilios variados que les iban llegando en las recuas venidas de la capital.

Las tres mujeres que compartían la santidad y el poder del padre, pasaban con frecuencia por las casas pidiendo flores para los altares, las entregaban a las monjas que se asombraban a causa de las aureolas, sus edades y olores de santidad que esparcían por las calles y que fastidiaban hasta el odio a los liberales cansados de tantos impuestos y tanta jodencia. Un liberal de los tibios, unos meses más tarde, tuvo que desocupar una casa de Anastasia para que se instalaran las hermanas religiosas. La Iglesia perdió un devoto y don Fructuoso ganó otro compadre, José Israel Romero que le dijo compungido “No me deje tirado, usted es mi última esperanza” y él le dijo que “tranquilo, yo saco de mis propiedades algún godo y que se vaya para el carajo. Que vean las viejas y el cura que si acomodan un azul lastimando a un rojo yo puedo acomodarlo  en una de mis casas y de paso me tiro a un godo. Clotilde parió a Tarcisio que fue recibido en este mundo por doña Encarnación, comadrona de dos generaciones y destinada a conocer la tercera. En San Antonio nació Tancredo de Concepción Chunza. En Santa Úrsula Encarnación Mora tuvo a Eufrosino que con los años sería medio maricón. En San Lorenzo del Oro María del Carmen Baquero recibió a Toribio, una de las ovejas negras de la familia.

En Fiquiteva Engracia Reina dio a luz a Aristóbulo y en el corregimiento de El Paraíso Mercedes Fuquen concibió a Obdulio, el primero de los hijos del patrón que aprendió a leer y escribir. En el quinto aniversario de la llegada llovieron maripositas tan pequeñas y hermosas que nadie quería moverse sino quedarse alelo mirando los millones de lepidópteros que formaban una alfombra natural abigarrada. Parecían suspiros de ángel al caer, dijeron, y los truenos sonaban como suspiros enamorados que se ahogan en la garganta. Todas las aves se atragantaron comiendo maripositas  y las hembras pusieron huevos policromados y de estos nacieron polluelos como guacamayas que jamás crecieron más allá del tamaño de un picaflor. Los huevos que consumimos los humanos tenían sabor eterno y sabor de santidad que los hacía repelentes a los liberales. Esto duró hasta que el viento arrastró innumerables alitas de los bellos insectos hasta los campos de don Frutos donde fueron ingeridas por el ganado, revueltas con el pasto y defecaban boñigas arco iris; al hombre esto le causó mucha risa y mostrando los dientes decía “este cura hijo de la madre le pone color hasta a la mierda...”

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