Los hinchas del santo padre (4)

En la gallera también hubo regocijo e hilaridad porque cuando un gallo espueleaba a su rival, en vez del reguero de sangre roja y palpitante brotaba del vencido, incontenible, un diminuto arco iris mientras el vencedor  emitía gorgoteos de burbujas multicolores. Si los cristianos evitaban comentarios era por pudor porque sus defecaciones, en el solar o los platanales, estaban teñidas con las gamas infinitas de los pigmentos cromáticos. Los sueños vagabundos rondaban felices y se orientaban porque parecían realidades con sus tonos luminosos y alegres. Como si la lluvia de insectitos hubiera metido en los pensamientos ideas de carnaval, Don Fructuoso sintió hervir su sangre de inspiración y dos meses más tarde, cuando los últimos vestigios de mariposas volaron entre los murmullos de los vientos, inició la segunda feria ganadera de Quente del Santísimo Sacramento, pero esta vez, como si tuvieran un pacto tácito con el sacerdote, la feria fue casi sólo comercio de animales.

El número de mujeres se redujo a las meseras de los toldos y las vendedoras de comida en los toldos. Los juegos fueron menos numerosos y se instalaron con los demás toldos en un potrero a la entrada del pueblo. Lo único que abundó como la primera vez fue animales productores de bostas verdes, olorosas y frescas, pero no hubo esposas ni novias ni madres ni hermanas preocupadas. Tampoco se vieron borrachos descarados orinando contra las casas de prosapia  ni sueños pecaminosos rondando por todas partes  y siendo exterminados con agua bendita. Los pobladores que realizaron sus negocios y lograron echarse un polvo con una de las meseras,  regresaron a sus casas descansados  y con una sonrisa de satisfacción  que hizo pensar a sus consortes que era por el éxito comercial. La única que escudriñó en las partes traseras de los toldos y encontró catres y pilló parejas tirando fue Sibilina, y cuando recuperó el habla y quiso contar, años después, todo lo que guardaba en los archivos de la memoria, la declararon loca. El Santo Padre Querubín Paseó por los corrales, habló de animales con los ganaderos, averiguó precios y, ante el asombro de los foráneos, flotó sobre una vacada que venía desbocada en su dirección, cuando atravesaba la calle. La tregua fue útil para los dos bandos. Los sueños de las doce merodearon con cautela y asustaron a uno que otro visitante, repicaron las campanas nuevas con sonidos perfumados y murmullos angelicales para disipar el olor de majadas frescas, disipar el olor del cagajón y tranquilizar los animales cimarrones.

En todas partes se entonaron canciones de la patria para evitar los altercados por diferencias regionales y políticas. Clotilde vendió fritanga en un puesto alejado de la casa cural y hasta las santas salieron a pasearse entre la chusma con ademanes despectivos de superioridad, mientras daban el visto buen o a los tratos adelantados por sus mayorales. Al otro día en que el alemán fue visto por todos en tratos de amor con Dolores, la mulata que le hacía recordar a su esposa, se acabó la feria. La presencia del extranjero  nos recordaba que era el dueño de los perros benditos, al servicio de la religión y que persistía una guerra solapada entre las dos fuerzas del poblado pero ninguna se atrevía a asestar un golpe mortal y decisivo si no que preferían los ataques arteros contra las propiedades del adversario. Bueno, bien mirado tampoco hallábamos una solución definitiva a corto plazo.

Esta feria duró dos semanas y la presencia en público del teutón con la mujerzuela fue el ramalazo que azotó los recuerdos y pulsó las cuerdas nerviosas de los quentenses y les recordó que la situación no era tan normal. El tiempo transcurrido desde la lluvia de maripositas era sólo un sedante que ya estaba en el olvido de muchos pobladores que retomaban la realidad cotidiana inalterable en los recuerdos de Sibilina, la santidad manifiesta y declarada del cura, la edad sin tiempo de las beatas y los recuerdos humanos y dolorosos de Fructuoso Hernández y Clotilde que crecían a diario al saber de las murmuraciones constantes de los desposeídos contra los tributos de la Santa Madre Iglesia. El alemán llegó al pueblo en el momento más crítico de su despecho amoroso. Arriaba una recua de mulas cimarronas azuzadas por media docena de perros enormes y  encima de un montón de corotos se veía una jaula dorada con dos niños durmiendo un letargo artificial provocado por una dosis de agua de amapolas en el biberón. El hombre estaba furibundo contra la gran puta de su mujer que le dejó a los niños, de uno y tres años, para irse con un cantante que conoció en uno de los bailaderos del poblado costero donde se casaron cuatro años atrás. Se casó con él por la pura curiosidad de unirse a un extranjero y el acicate de las amigas que le decía “¡Ay, hermana, no sea boba, esos rubios tienen harta plata!” y ella las creyó. “Me alejé de la costa hacia el interior del país buscando un lugar apacible de tierra caliente para establecerme y criar perros. En Europa adiestraba animales para cazar zorras o cualquier presa, incluido el ser humano; perritos falderos y mascotas, en fin todo lo relacionado con caninos; estos seis son asesinos que entrené para matar cantantes de puerto y devorarlos...” Pasó con la recua en un caluroso atardecer de horno, llegó a la plaza y pensó entrar en el templo que veía abandonado pero no logró vencer la resistencia de las trancas interiores; “Belcebú”, el preferido de esa época lo jaloneó del pantalón y lo hizo seguirlo dos cuadras de infierno, “con razón la gente no sale”, pensó.

El perro se detuvo al frente de una casa solitaria con una ventana abierta; él se metió, desatrancó las puertas, retornó a la plaza y metió los animales y enseres en la vivienda. Salió en busca de algún ser humano para preguntar por el propietario y arreglar el precio del arriendo. Desató las mulas y las dejó sueltas al recordar las palabras del arriero; “Vea patrón, cuando llegue a su destino suélteme las bestias que ellas saben el camino, no desconfío de usted y si los animales no vuelven, tranquilo que con mis compadres, aquí presentes, manejamos muy bien el machete y no mire tanto sus perros que nosotros lidiamos con tigres y ya sabe, patrón, no hay desconfianza, vaya con Dios” “Yo no era amargado, fue mi ex mujer la que me dañó el genio. Que pueblo tan raro, como con fantasmas que se le cruzan a uno por todas partes y espíritus de perros. Tengo que averiguar quien es el dueño de esta... bueno, y estos que me miran por las ventanas. ¡Oiga niño, si, usted, ¿De quién es esta casa? Quietos bonitos…eso, ahí echados, ¿Cómo dijo? Si, son míos, todos. Sí, señor, son muy bravos pero solo atacan si les doy la orden. Gracias y hasta pronto. ¿Quién será ese don Fructuoso, el dueño? ¿Y esa viejita tan rara que veo por todas partes desde que crucé el paso del páramo. Me parece que la vi en los espejos de niebla y parece que me hablaba en el viento helado de los desfiladeros sin nombre que hacían aullar a los perros. Don Frutos al saber que un hombre con dos hijitos se había instalado en una de sus casas deshabitadas dijo “dejarlo, otro día hablo con él”. La cita se distanció en el tiempo y, cuando quiso hacerlo el alemán ya era amigo de los conservadores y tenía otra docena de perros traídos desde la capital, para adiestrar; esta palabra les parecía graciosa porque la usual era domar o amaestrar.

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