Los hinchas del santo padre (4)

El patrón lo saludaba y charlaban de perros, pero jamás le tocó el tema del arriendo; esto extrañó al pueblo porque al joven Hernández no le temblaban los pantalones ante nadie. Este fue otro enigma que ni Sibilina pudo desenredar. Aminta, que vivía casi al frente, se santiguaba al escuchar los ladridos pero su curiosidad eterna pudo más y empezó a enviarle con su sirvienta Rita parte de sus comidas, preparadas con recetas extranjeras; no le agradaban al alemán pero las engullía cerca de la ventana donde mejor pudiera ser observado por la dama; ella se satisfacía viendo que no dejaba nada en el plato y él, sabiéndose espiado, gesticulaba con agrado y saboreaba cada bocado pensando que ella creía, “este si es un señor europeo que sabe de cocina, no como esta manada de salvajes de aquí que no comen sino tragan”.  Las tres defensoras de la Santa Fe  y las costumbres cristianas, hasta cuando no hubo cura, iniciaron La Tertulia Cotidiana para comentar en reuniones privadas los acontecimientos locales, regionales y, en lo posible, nacionales y mundiales. Tenían varios distintivos como su calidad de vírgenes parroquiales intocadas e intocables, sus olores de santidad encargados a una prestigiosa perfumería francesa experta en aromas de gloria y las aureolas de santas compradas a plateros alemanes que realizan trabajos como de ángeles.

Las tres pertenecían a la estirpe fundadora de pueblos y estaban marcadas con su soltería ineludible, su carácter de autoridad divina, sus enormes bienes materiales, el amor a la Santa Madre Iglesia y un odio sempiterno contra el partido liberal. Sintieron angustiadas el hálito del tiempo transcurrir sin fechas en el pueblo sin vicario apostólico; vivieron en sus cuerpos añosos la angustia de los mártires en un pueblos sin director espiritual, con unos pobladores que realizaban actos impuros hasta en sueños y que no se arrimaban ni por curiosidad al templo de Dios; se ahogaron con las angustias que sintieron los doce apóstoles al no ser escuchadas por esa caterva de incrédulos; lloraron la desdicha al mirar tan pocas parejas unidas por el sagrado vínculo del matrimonio sacramental, y eso porque se casaban en uno de los municipios vecinos; se enfurecieron hasta congestionarse contra los campesinos y los indios que se unían en concubinato según las premuras de sus cuerpos, para concebir hijos destinados al infierno desde el nacimiento, descarados del demonio. Desde siempre vigilaron los sueños y cuando llegó el reinado del Santo Padre pudieron aportar pruebas durante los juicios de la fe porque  conservaron durante años las imágenes de adulterios, masturbaciones, violaciones oníricas de santos varones, caricias obscenas de noviecitos y deseos carnales de casi todos los feligreses. En cambio no se fijaron en los sueños de usura, de juramentos rotos, de injusticias y traiciones a la patria y a la familia ni los atropellos contra los indígenas y sus familias; tampoco se fijaron en los delitos de lesa humanidad no en delitos comunes porque el único pecado que hace llorar a Nuestra Madre del cielo y a su Santísimo Hijo es el delito de la concupiscencia, impuros del demonio.

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