Los hinchas del santo padre (6)

Ir a: Los hinchas del santo padre (5)

Capítulo seis

“Después de transcurridos dos años en paz,
los partidos políticos se alborotan de nuevo
y don Fructuoso marcha con sus llaneros
a la guerra más larga en la que participaría en toda su vida”

Don Fructuoso descansó con sus siete llaneros durante quince días y se le escurrieron algunas lágrimas por sus hijos fallecidos o malogrados; madreo en silencio al cura cabrón las putas monjitas y las santas a quienes el demonio confunda; “tranquilo patrón la gente dice, el siglo que viene va a ser de paz y prosperidad”, él, torcía la boca como diciendo, puro cuento.

Pasaron dos años de paz nacional pero, el cura, en un arranque de soberbia divina hizo llover un granizo enorme que se tiro las cosechas del pueblo y mato a los animales pequeños de los corrales porque sus feligreses estaban haciéndose los pendejos y no pagaban los impuestos sagrados; no entendía que estábamos apenas recuperándonos de los cobros anteriores; las pepas de granizo cayeron en la noche de un aniversario  que nadie recordaba que número era, él les borro de la memoria este recuerdo, quiso pasar a la posteridad como un benefactor sin tiempo; el granizo rompió tejas de barro, sumió tejas de zinc y desfondó techos de palma; el ganado se desbandó y los encontramos a tre4s días de carrera temblando de miedo, cuando uno quería después asustar una vaca, un caballo o un cerdo decía “granizo” y los ponía de nuevo a temblar como aquella noche; se oía como el galope de los jinetes del apocalipsis, dirían las tres santas, y los truenos eran como el ronquido de un huracán chiquito.

Hasta cuatro semanas después todavía podíamos tomar jugos helados, la gente guardo granizo en sitios frescos y como era de castigo del cielo demoraba mucho en derretirse.

En el festival gallístico, con representaciones de diez municipios, los mejores gallos fueron los de Quente y los de Santa Úrsula; todo iba pasando sin problemas hasta cuando, como dijo en el sermón del domingo;”Lo hice para preservar las buenas costumbres”; fue un asalto imprevisible; cuando el publico colocado alrededor del sitio del combate apostaba por su animal favorito, de pronto, irrumpieron en la enramada del pesaje los perros benditos, mataron los animales que esperaban amarrados su turno de pelear y terminaron con la vida de Jacobo Barbosa, uno de los llaneros del patrón que calzaba las espuelas al gallo giro de don Frutos, que se enfrentaba al culimbo del alcalde; los perros debieron estar muy hambreados porque se entretuvieron devorando las aves y se formó la matazón de perros amaestrados, tronaron los revólveres y casi queda sin ejército la religión; pedazos de animales rodaron por las calles del pueblo y paraban en las puertas de las santas. Von Walter lloró y maldijo a su mujer, abrazó a sus enormes retoños que estaban asistiendo a la escuela de misiones y trataban de hablar en cristiano, dijo: “Uno se vuelve viejo pero no deja de ser pendejo”. El cura, mandó a Casimiro tocar en las campanas la melodía del duelo para que saliera en lamentos tristes para meterse en los cerebros y brotara transformada en lágrimas por los ojos de sus fieles devotos importantes, porque los pobres sintieron como una brisita de alivio y los forasteros creyeron que el repique era por la muerte del llanero Barbosa. La tristeza era por la muerte de los animales benditos, mártires inocentes al servicio de la iglesia de Quente del Santísimo Sacramento.

Los niños de la escuela de misiones, apedrearon la casa del patrón y rompieron las tejas nuevas colocadas después de la rompezón hecha por la lluvia de granizo; las monjitas dijeron que sus pupilos actuaron por cuenta propia al saber que ese tal señor era un enemigo declarado de la iglesia y las creencias de la verdadera fe y que la infancia con su inocencia adivinaba la maldad de los mayores; “viejas gran tetonas -respondió don Fructuoso a quien le comentó- ellas alebrestaron a los chinos para que cometieran el atropello; Restituta Guavita le contó a mi hijo Eurípides, cuando vino a leer cuentos con él”.

Las vacadas de don Fructuoso padecieron una crisis nerviosa y producían la leche agria, continuaron con temblores después de la granizada, agudizados ahora con el olor de perros muertos que flotaba por el pueblo y que disipó los sueños perdidos; los hedores de cagajón de animales de feria y los aromas de fritanga terminaron con las pesadillas odoríferas de animales y humanos. Los toldos de comida, juego y mujeres saturaron la población como nunca antes en las ferias anteriores; los sueños lascivos de estas, invitaban descaradamente a los sueños de los pobladores a fornicar y metieron pensamientos de maldad en las cabezas de los santos varones. Los hombres, temieron soñar durante las siestas para no ser detectados por las santas o el cura, ellas, regaron olor de santidad para espantar las tentaciones pero, pasaban forasteros borrachos que abrazaban a la compañera y le ponían una mano en el sexo ante la mirada de las santonas y les gritaban: “Viejas pendejas, esto no lo hizo mi Dios solo para orinar”; alguno hasta le puso música a la frasecita. Brillaron sus aureolas de vírgenes de pueblo obnubilando vacas y campesinos de Quente; los forasteros pensaban igual que los chinos capitalinos: “estas señoritas tan viejitas están chifladas y que si las mujeres de la vida olieran y brillaran igual a ellas sería como tirarse a una estatua de la iglesia parroquial”. Los importantes hicieron reunión secreta para pedir cambio de alcalde porque el recién nombrado no se oponía a la desfachatez de los pecadores, andaba feliz detrás de las vagabundas, “acompañado por von Walter que persigue a la Lola, esa inmunda que se parece a la mujer de él; todos tienen el descaro, monseñor, vea que llevar por la fuerza al doctor Angel, de puros corrompidos para que su reverencia piense mal de su sobrino”. Tomaron medidas urgentes de precaución, los no implicados colgaran de una de las ventanas la santa bandera de Roma; las casas devotas, amanecieron con bandera papal flameando con las brisas mañaneras, a medida del transcurrir de las horas, el emblema de la Ciudad Eterna proliferaba en ventanas, puertas, toldos de fritanga, casas liberales del demonio y en la gallera; entonces ordenaron no salir a las mujeres decentes y que cualesquier menester los encargaran a las indias sirvientas a quienes si irrespetaban no importaba. Los borrachos persiguieron a los sueños femeninos curiosos que salían a comprobar si las mujeres de la mala vida de esta feria eran tan putas como las de la feria anterior o estas eran más legítimas, sus dueñas despertaban sobresaltadas porque los ebrios las seguían hasta los rincones donde se refugiaban, se la sacaban desvergonzadamente y meaban contra él para esfumarlo; ellas, despertaban antes pensando que se las iban a tirar. Prohibieron a los niños salir a la calle o asomarse a las ventanas para evitarles malos pensamientos y deseos; ellos se las ingeniaron para observar al señor Walter abrazando a la negra grandota y piernona, al médico perdido de la borrachera balbuciendo conocimientos que le escurrían con las babas y se reían entusiasmados observando a los forasteros acariciando íntimamente a las viejas guarichas como les decía un moreno venido del mar lejano; el alcalde andaba con una mona exuberante a quien le decían la “Catira venezolana”. El cura pensaba, “pobrecito Jaimito mi sobrino, ¿hasta dónde lo llevarán estos empedernidos de los infiernos? entre dos lo llevan a la fuerza”;el alcalde, cuando pasaron ante ellos y escuchó un comentario “perdone su reverencia y señoritas, así lo llevamos porque no se puede tener de la borrachera que se pegó”

Comentar