No existe el enamoramiento eterno ("Seguiré viviendo" 71a. entrega)

Ir a: Sarcasmo con el arte ("Seguiré viviendo" 70a. entrega)

En definitiva, la temática de la infidelidad y la pareja se le llevó a José buena parte de su vida. Eran muchas cuartillas presentando de diferente manera la misma perspectiva. Como era tozudo en defenderla, no pocas veces pasó por insolente. Pero entre tantas impertinencias había una que lo sonrojaba. Desde que ocurrió, nunca más tuvo sosiego para tratar a Clara. Francisco, quien recién se había casado, terminó escuchando por decencia las más inoportunas observaciones que le podía hacer José a un enamorado:

«Las fórmulas matrimoniales nos obligan a hacer juramentos de por vida aunque se salga de nuestras manos la posibilidad de hacerlos realidad. [...] El amor, ese que llamamos amor, no dura eternamente. [...] Ni la mujer comprende el talante masculino, ni nosotros nos sometemos a la dedicación y a la exclusividad que la mujer exige. [...] Nada hay más cierto  que la infidelidad del hombre y el rencor de la mujer. [...] Tras la infidelidad la mujer es implacable. [...] Que un hijo agreda a un padre o un padre atente contra un hijo causa asombro, pero que extraños que se amaron terminen de encarnizados enemigos no causa la menor sorpresa».

Francisco evitaba desmentirlo por respeto, y acudiendo a la diplomacia, que la tenía de sobra, le aseguró a José que sus recomendaciones servirían para ser feliz con Clara hasta la muerte. Le enfatizó la fe ciega que tenía en su esposa, por la que sus cuentas bancarias, sus propiedades y hasta las claves de sus tarjetas habían pasado a su dominio. Hacerle la revelación fue para Francisco un comentario nimio, pero José no lo dejó pasar sin someterlo a una revelación mordaz:

«Tras de grandes amores también se incuban antipatías mortales. Francisco, seré franco: nadie sabe si la mujer que hoy te ama y por la que das la vida algún día se vuelva tu enemiga. Y es que los adversarios que hacen el tránsito del amor al odio, son letales. Si a alguien confiara ese tipo de secretos sería a mis padres, siempre incondicionales y leales».

Francisco se marchó con ademán conforme, pero el “qué diría Clara si conociera tus lecciones”, fue un dardo que hizo a José consciente de su ligereza. Había sido una bellaquería. Sintió remordimiento, pero minimizó su falta pensando que era profético y práctico su aviso. En su soledad no sabía si era mejor reír o avergonzarse. Sentirse mal era lo justo, pues Clara también era su amiga. Aunque apenado, jamás fue capaz de presentarle excusas, y eso que supo que Francisco le había contado de la charla hasta el último detalle. Ella tampoco le manifestó nunca contrariedad alguna.

«A Clara la traicioné definitivamente».

Aunque afligido, no rectificó, pues consideraba que no habían sido gratuitas sus observaciones:

«¡Qué remedio, si ese suele ser el final de las parejas!»

No tuvo que hacer esfuerzo para traer ejemplos, tampoco tuvo que perder su objetividad para justificarse. A Joaquín, un día le reveló esa historia, y otras en que fundaba el acierto de sus observaciones:

«Piedad era mi amiga, hubiera podido ser mi amante. Otro se ennovió con ella y le llegó la prisa de casarse. Pidió mi opinión. Le dije de una: “No lo hagas”. Luego rectifique lo dicho: “Pero sin conocer en tu propia carne esa experiencia siempre me recriminarías tu eterna soltería. Prueba entonces, quizá no te arrepientas”. Mi sorpresa no fue la rapidez del matrimonio sino la prisa de la separación. Las cosas del destino: Una ex novia del marido se alojaba en el mismo hotel de los recién casados. Pasó al comienzo por simple conocida, pero la verdadera luna de miel la consumó con ella. Con diez puntos en el cuello cabelludo el marido traidor pagó su afrenta. “Si ves, le dije, odio a cambio del amor eterno que juraste”. De nuevo la pretendí apoyado en las demostraciones honestas de mi entrega. Pero su negativa fue rotunda: “José, no quiero enredos con casados”. Pero casado fue el hombre de su siguiente idilio. Así es, Joaquín, el potro salvaje de los sentimientos. Me resigné a seguir de confidente. [...] Otro matrimonio deplorable fue el de Antonio. La compañera que por fórmula nupcial lo iba a amar eternamente, lo mandó a la cárcel. Sofía le notificó su odio mucho antes de que apareciera el motivo por el que pregonó que lo sentía: un supuesto abuso de su hija que la justicia jamás corroboró. Fue una denuncia temeraria para vengarse de la infidelidad de su marido. De todo es capaz una mujer herida. [...] El caso de Lorena es diferente; fue ella la víctima del amor que terminó en la calle. Andrés se cansó de ella, la repudio, y le pidió el divorcio cuando ya tenían sus testaferros el dominio de sus bienes. Todos en materia de amor nos engañamos. Así sólo sea la declinación del sentimiento, el epílogo es triste para un afecto que se supone eterno».

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Luis María Murillo Sarmiento

Seguiré viviendo“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

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